Habitualmente, siguiendo una etimología quién sabe si acertada o falaz, se dice que el término religión tiene que ver con una suerte de religación o conexión. Agamben, como es sabido, impugna la mentada etimología y señala que la religión tiene que ver justamente con lo contrario, con la separación, y de ahí, por cierto, sus elogios a la profanación como restablecimiento a la esfera del uso de lo que había sido separado, situado en una esfera sacra (dicho sea entre paréntesis: ¡profanemos la Biblia misma! Lo que equivale a decir: usémosla, leámosla).
En este punto, podríamos ejecutar triquiñuelas conceptuales harto conocidas, tales como tirar por la calle del medio y decir, al modo derrideano, que ni una cosa ni la otra. Y lo cierto es que no tenemos más remedio que hacerlo, por cuanto a nuestro parecer ese resto irreductible, esa sacra retracción del ser o trascendencia a la que aludirían en distintas maneras las experiencias religiosas implica de suyo una separación y, al mismo tiempo, paradójicamente, una conexión. Escisión y a la vez religatio, pues, con esa esfera misteriosa, inconcebible, para siempre velada.
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Ni «espíritu de sacrificio», ni «afán de superación», ni «aspiración a la excelencia». Ni ningún respeto o simpatía por tales cosas.
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1. No hay que echar guisantes a la ensaladilla rusa. Ni a nada. Es más, no hay que comer guisantes. 1.2. A no ser que sean crudos. Directame...
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