martes, 16 de septiembre de 2014

La cultura de la queja

Cuando el ánimo de los sesenta contra el elitismo entró en la educación americana, trajo consigo una enorme y cínica tolerancia de la ignorancia del estudiante, racionalizada como una muestra de consideración hacia la “expresión personal” y la “autoestima”. En lugar de “angustiar” a los chicos pidiéndose que leyeran más o pensaran mejor, cosa que podría haber perjudicado sus frágiles personalidades al tomar contacto con las exigencias del nivel universitario, las escuelas optaron por reducirles las lecturas obligatorias, reduciendo automáticamente su dominio del lenguaje. Faltos de experiencia en el análisis lógico, mal preparados para desarrollar y construir argumentos formales sobre los temas, poco habituados a buscar información en los textos, los estudiantes se atrincheraron en la única posición que podían llamar propia: sus SENTIMIENTOS ante las cosas. Cuando los sentimientos y las actitudes son las referencias principales del argumento, atacar cualquier posición es automáticamente un insulto al que la expone, o incluso un ataque a lo que considera sus "derechos”; cada ARGUMENTUM se convierte en AD HOMINEM, acercándose a la condición de hostigamiento, cuando no de violación. “Me siento muy amenazado por su rechazo ante mi opinión sobre [marque una]: el falocentrismo / la diosa madre / el tratado de Viena / el módulo de elasticidad de Young.” Introduzca esta subjetivización del discurso en dos o tres generaciones de estudiantes que se convierten en maestros, con las dioxinas de los sesenta acumulándose cada vez más, y tendrá el trasfondo de nuestra cultura de la queja

Robert Hughes, La cultura de la queja. 

jueves, 11 de septiembre de 2014

Viático beckettiano


Los ojos consumidos por las injusticias se entretienen abyectos en todo aquello por cuanto han rogado durante mucho tiempo, en el último, el verdadero ruego, el que nada pide. Y es entonces cuando un airecillo acogedor resucita las plegarias muertas y nace un murmullo en el mudo universo, reprochándote afectuosamente haber desesperado demasiado tarde. Como viático no lo hay mejor. Profundicemos más. El aire puro.
Beckett, Malone muere. 

miércoles, 10 de septiembre de 2014

Sobre la elegía

Aquí. Deleuze, siempre fascinante.

Morrisey - Every day is like Sunday

Conversación con el ángel Iblis

Mientras esperaba a que hirviese el agua para hacer un té oyó un voz que decía: yo soy el ángel Iblis, derramo mis lágrimas sobre el caos informe de todo lo perdido, lloro amargamente por todo aquello que no ha sucedido entre los hombres, mi llanto empapa las oportunidades perdidas, las malas decisiones, la torpeza y la cobardía, la soledad y la tristeza; llora conmigo, tenemos mucho por lo que llorar, amigo mío, pues no habrá redención ni ángeles guardianes; solo quedan ángeles tristes, ángeles como yo, que no paramos de llorar; te he sido encomendado pero sintiéndolo mucho no me veo con fuerzas para protegerte y cuidarte. Mis alas están resquebrajadas, visto con harapos. Si saliésemos los dos juntos a caminar fácilmente podríamos ser confundidos con vagabundos, así de jodidas están las cosas. Tal vez pereciésemos de hambre, de desolación, de aburrimiento. 

Y él dijo: tú eres un ángel extraviado. Te he estado esperando. No sufras ni te preocupes por mí. Sé de sobra que no podemos redimir el pasado. No de momento, al menos. Pero yo sé que la lámpara eterna se alimenta de lágrimas, de las lágrimas derramadas por todo aquello que no ha pasado entre los hombres, por lo olvidado y lo ignorado, y el último día brillará, brillará para siempre. El llanto de los abandonados encenderá la lámpara eterna. No te preocupes, estoy seguro de ello. Alegrémonos un poco. Aunque sea solo un poco. Dios odia a los tristes.

Y el ángel Iblis, el ángel extraviado, continuó: tu fe carece de racionalidad, la lámpara eterna no existe. Debes comprenderlo. Eres un tarado bastante adorable, pero la parte de tarado no te la quita nadie. Sé que la noticia para ti es terrible, casi insoportable. Pero en este casi debes cifrar tus esperanzas de sobrevivir. Debes aprender a confiar en ti mismo, chico. Tu lámpara es solo una fantasía, una imagen con la que soñar, un nombre para repetir en la oscuridad e infundirse ánimos, nada más. No habrá un día final de redención y felicidad perfecta, solo silencio. 

Y él replicó, con el gesto hosco: ni siquiera me gusta ser yo mismo, no hablemos ya de confianza, de confianza en mí. Ser yo mismo es agotador e inútil. Eso es lo que pienso de ser yo mismo. Encárgate tú de que lleguemos a buen puerto. O de que lleguemos a algún puerto. Necesitamos llegar a un puerto, eso está claro. Y nada de malo hay en repetir un nombre o una imagen salvadora. ¿No tienes alas? Bien, arrastrémonos por la tierra entonces. Hay días en los que el cielo está despejado y es agradable caminar mirando el azul que no acaba nunca. Hay días en los que es posible, incluso, sonreír. Arrastrémonos con una sonrisa por esta tierra maldita.

Y el ángel Iblis se quedó callado durante un buen rato, con los ojos anegados de lágrimas. Luego dijo: todas estas palabras se perderán. No quedará nada. Ni tú ni yo. Tampoco los libros, las canciones o las películas quedarán. Ni siquiera los amores juveniles, ni siquiera los primeros besos, ni siquiera las miradas furtivas o las palabras de amor quedarán. Todo será arrasado por el canto fúnebre del Universo. Y yo he venido aquí a llorar por todo eso...

Y él dijo: eres un ángel triste, pero no tienes razón.

sábado, 6 de septiembre de 2014

Cuentos

En mis cuentos, dice, los personajes siempre viven al borde de la locura, la rodean, la acechan, la pretenden y la temen, y siempre acaban por disolverse en extrañas brumas místicas, o caerse en agujeros o en el barro. Los finales son abruptos y absurdos. Un tipo sale a dar un paseo, por ejemplo, porque lleva mucho tiempo, sin motivo alguno, encerrado en su cuarto, enclaustrado como un eremita meditabundo y solitario y triste, y recorre calles y calles, las hojas otoñales cubren las aceras, enormes sauces llorones se agitan con parsimonia a su paso, todo está envuelto en una atmósfera fantasmagórica, nostálgica tal vez, una atmósfera que quisiera ser onírica, aunque tal vez no llegue a tanto. Es más bien una atmósfera donde la realidad y la ficción, la vigilia y el sueño, se vuelven indiscernibles. El tipo se detiene durante un rato en un parque, poco a poco va anocheciendo, cada vez hace más frío, las farolas se encienden y él, de repente, sin mediar explicación, se transforma en un lepidóptero, sus pies se separan del suelo y se siente atraído irremediablemente por la luz de una farola. Va hacia ella volando, medio hipnotizado, totalmente fascinado, y escucha un voz que le dice: ve hacia la luz. No se sabe si muere o qué le pasa. No se sabe qué significa la luz. No se sabe de dónde viene la voz. La frase final es tópica y no está, espera él, exenta de ironía.

En otro de mis cuentos, continúa, un tipo llega tarde a algún lado. Va corriendo. Corre todo lo deprisa que puede. Corre y corre, como un loco. Atraviesa la ciudad. Una mujer desnuda, desde una ventana, trata de infundirle ánimos. Casi se choca contra un farola, trastornado por la visión de la mujer desnuda en la ventana. Finalmente, cuando está a punto de desfallecer, sale de la ciudad y aparentemente es engullido por un agujero sin fondo. Sobre las montañas nevadas resplandece un sol de justicia.

En otro, un tipo y su amigo charlan y pasean por un patio vallado. El patio es enorme, pero apenas hay un poco de hierba verde, el resto es un terreno baldío, desolado. Especulan sobre la posibilidad de que bajo la tierra reseca y polvorienta que se extiende más allá de la valla, una llanura cuyo fin la vista no alcanza, se oculten millares de cadáveres olvidados. El tipo es un lector infatigable de la Biblia y cree firmemente en la existencia de los ángeles y de los fantasmas, que vienen a ser lo mismo, según él, o, al menos, a coincidir en un punto de capital importancia: ambos son sustancias incorpóreas. Lejos de constituir un absurdo metafísico, los ángeles y fantasmas son reales. De alguna manera. Aunque hay que admitir que de una manera muy extraña. Pero eso, dice, no es la cuestión. Eso no tiene ninguna importancia. La claridad, el frío, la nitidez del alba son, según el tipo de mi cuento, signos angelicales o el resplandor de presencias angelicales. Pero cualquiera sabe. Cada dos por tres declama frases que saca de la Biblia o que se inventa o que sueña. En el mundo habrá tribulación, rechinar de dientes y amargura, pero ánimo, yo soy la luz y la danza, quien baile conmigo no perecerá. Frases de ese estilo. Polvo eres, guardián de un Reino que no existe. Mezclas raras, idas de olla. El tipo se pasa la vida así, declamando con voz estentórea y con la mirada extraviada. Cierto día, mientras dan uno de sus paseos, se encuentran con una muchacha desnuda acurrucada al lado de un árbol. La muchacha tirita de frío (está nevando) y no responde a ninguna de sus preguntas. ¿Qué hace ahí? No se sabe. El amigo, al que hasta ahora la narración no había prestado la más mínima atención, trata de comunicarse telepáticamente con ella. Sus intentos, como es natural, fracasan. Pero él insiste. Hay un monólogo interior muy largo y enrevesado en el que se da cuenta de estos intentos fracasados de establecer comunicación telepática. Suena una sirena. A todo volumen. Es la hora de cenar, tal vez. Sea como fuere, deben volver. Son muy estrictos con los horarios. El amigo intenta abrazar a la muchacha, pero atraviesa su luminosa piel incorpórea, se cae y su cara se hunde en  el frío barro. El tipo, mientras corre por el patio para acudir a la llamada, se ríe a carcajadas y le dice que incluso los locos saben que a los ángeles o a los fantasmas no se les puede abrazar.

lunes, 1 de septiembre de 2014

Vollmann dispara contra la muerte

Words are like bullets that I shoot against death. And I have the feeling that if I shoot enough, I might kill death and we could live forever.

William T. Vollmann

lunes, 11 de agosto de 2014

Solos

Solos, como pequeños vagabundos, llenos de fe ciega y furiosa, se aventuraron hacia la tierra prometida y fueron aniquilados.
Marcel Schwob, La cruzada de los niños

lunes, 28 de julio de 2014

No soy un intelectual

Yo no soy un intelectual, escribo con el cuerpo. Y lo que escribo es una niebla húmeda. Las palabras son sonidos transfundidos de sombras que se entrecruzan desiguales, estalactitas, encajes, música transfigurada de órgano.
Clarice Lispector, La hora de la estrella

La belleza


La belleza es el misterio supremo de aquí abajo. Es un resplandor que solicita la atención, pero no le ofrece ningún móvil para durar. La belleza promete siempre y no da nunca nada; suscita un apetito, pero no hay en ella alimento para la parte del alma que procura saciarse aquí abajo; solo tiene alimento para la parte del alma que mira. Suscita el deseo, y hace sentir claramente que en ella no hay nada que desear, porque de ella se espera antes que nada que no cambie.
Simone Weil

Death cab for cutie - Soul meets body

jueves, 3 de julio de 2014

La gravedad y la gracia

Citas escogidas:

"Dios atraviesa el espesor del mundo para venir a nosotros"
"La imposibilidad es la puerta que da a lo sobrenatural. No queda más remedio que llamar a ella. Otro es el que abre"
"Es hermoso el poema que se escribe manteniendo la atención dirigida a la inspiración inexpresable en cuanto inexpresable"
"Esa vulnerabilidad de las cosas valiosas es hermosa porque la vulnerabilidad es una marca de existencia"
"Estoy completamente segura de que hay Dios en el sentido de que estoy completamente segura de que no hay nada real que se parezca a lo que yo puedo concebir cuando pronuncio ese nombre"
"La fe constituye la experiencia de que la inteligencia ha sido iluminada por el amor"
"Dentro del ámbito de la inteligencia, la virtud de la humildad no es otra cosa que la capacidad de atención"
"Degradamos los misterios de la fe haciendo de ellos un objeto de afirmación o negación, cuando lo que deben ser es un objeto de contemplación"
"Todo cuanto concibo como verdadero es menos verdadero que esas cosas cuya verdad se me hace inconcebible, aunque las amo"
"El objeto de la búsqueda no debe ser lo sobrenatural, sino el mundo. Lo sobrenatural es la luz: si hacemos de ello un objeto, lo menoscabamos"
"La belleza es la armonía entre el azar y el bien"
Simone Weil

domingo, 22 de junio de 2014

Legitimidad

No voy a insistir (mucho) más en lo que ya he dicho. La monarquía carece de legitimidad democrática. La expresión misma monarquía democrática es conceptualmente absurda.

Estabilidad

El argumento, por llamarlo de alguna forma, de la estabilidad que proporciona la Corona. Se trata de un supuesto acríticamente asumido (es una idiotez, en realidad), pero bueno, sea. Entonces, ¿por qué no ponemos a un dictador? Que se acabe el caos de los partidos. Que el ejecutivo no esté sujeto al mundo ontológicamente inferior del devenir. La estabilidad, dicen. La paz, decía el otro, el que puso al anterior Rey.

La monarquía a través del espejo

Cuando es una persona quien legitima una institución en lugar de ser de al revés, mal vamos.

sábado, 7 de junio de 2014

Último atardecer sobre la tierra

Solo de manera muy vaga y desvaída se imagina su porvenir. Sabe que no es conveniente llamarlo antes de tiempo, o si no uno se encontrará con un presente muerto. Algo así recuerda haber leído en los diarios de Kafka, pero no sabe muy bien qué significaba, o no quiere saberlo.

Se ve a sí mismo, envejecido, en un lugar frente al mar, un lugar alejado de todo y de todos, en una terraza abandonada, sentado en una vieja silla de hierro de color verde, con unos cuantos libros que reposan sobre una mesa también verde, también de hierro y también vieja. Un libro escrito por un latinoamericano melancólico y valiente, un latinoamericano que supo que los poetas lo pueden soportar todo, aún cuando eso, su extraño oficio, les envíe a la locura, a la pobreza o a la muerte. En la muerte desembocamos todos, en cualquier caso. Otro libro es uno que trata sobre un viejo que sale a pescar un pez y logra pescar el pez, uno enorme, pero durante el camino de regreso los tiburones se lo van comiendo y todo es bastante triste pero a la vez, de un modo extraño, esperanzador. Un libro sobre el orgullo y sobre la resistencia, tal vez, aunque lo cierto es que el libro, como todos los buenos libros, es indefinible y no se sabe de qué trata, solo se sabe que uno lo ama y que leerlo le ha salvado la vida. Hay otros libros, pero la imagen del futuro resulta borrosa, los títulos son indescifrables, la arena azota las cubiertas, algunas páginas salen volando, revolotean con el viento, como si estuviesen jugando. Palabras desgarradas y felices.

Está leyendo, de vez en cuando mira el mar, sentado con las piernas cruzadas, la piel reseca por culpa del salitre, el rostro sereno. Bebe largos tragos de su cerveza. Fuma un cigarro tras otro. En realidad, su rostro no está sereno sino debatiéndose entre la gravedad y la gracia. La hermosa lucha de toda una vida, piensa. Hace viento, mucho viento, el oleaje se encabrita y ruge feroz, como si llamase a alguien que insiste en ignorarle. La arena le golpea en los ojos. En el cielo se amontonan nubes negrísimas, pero no se trata, de ningún modo, de un mal presagio. Parece la antesala de algo, pero no hay manera de averiguar nada.

Fuma y lee y mira el mar y el horizonte de nubes negras y no tiene miedo.

Inevitablemente, recuerda los días felices de antaño. Inevitablemente, se pone triste. Pero también contento. La ceniza del cenicero sale volando por culpa del viento. La brasa de su cigarro brilla con un fulgor casi sobrenatural. Es hermoso. Siente la brisa recorriendo su piel vieja y reseca y eso, más o menos, es todo. La imagen no ofrece detalles del contexto. ¿Dónde está? ¿Cómo ha llegado ahí? ¿Tiene familia? ¿Hijos? No puede saberse.

Lo que sí puede saberse es que lágrimas de felicidad y de tristeza surcan sus arrugadas mejillas y que se prepara una tormenta y que atardece. Y que el último atardecer sobre la tierra se parece mucho a un atardecer cualquiera.

Con todos mis respetos, señor Bolaño.

viernes, 6 de junio de 2014

Ruiseñores, melancolía

Decía Cioran que en un mundo sin melancolía los ruiseñores se pondrían a eructar.

Oda a un ruiseñor, John Keats

Quieto, ocioso, abotargado... La experiencia central del melancólico es una ralentización de su tiempo interno frente al cual la marcha de la vida exterior resulta absurdamente acelerada y como arrastrada por una farsa irrisoria y enmascarada.
María Bolaños, Pasajes de la melancolía: arte y bilis negra a comienzos del siglo XX 

miércoles, 4 de junio de 2014

martes, 3 de junio de 2014

Carlos Fernández Liria - Capitalismo y ciudadanía

Hípica, esquí... No paran





PD: Ya, prometí que no iba a dar más la vara con el tema, pero, en fin, si vamos a seguir teniendo instituciones profundamente antidemocráticas y corruptas, al menos habrá que reírse de ellas. En 1994 y en 2003 ya había, aunque parezca mentira, críticas a la Monarquía (y otras fechorías).

lunes, 2 de junio de 2014

Prometo no dar más la vara con este tema de los bribones



Nacen borbones, se crían bribones y se mueren bobones
Leopoldo María Panero

Pensamiento crítico



PD: Hay que leer a Marx, efectivamente. El manifiesto comunista es un clásico ineludible. Yo recomendaría también Manuscritos de economía y filosofía. Aquí una breve reseña que escribí ya hace bastante tiempo sobre esta obra.

A los reyes no se les vota



No me voy a cansar de decirlo: en ausencia de legitimidad democrática, la Corona se inventa un relato mítico sobre sus orígenes. No veo qué objeción se le puede hacer a esto.