27 de noviembre de 2009

El insomne procastinador nietzscheano entretenido

Ahora que escribo menos que nunca siempre pienso antes de dormirme en escribir libros extraños y maravillosos con estructuras inmensamente complejas y también enigmáticamente simples y personajes simpáticos a los que quisieras llamar por teléfono sin motivo alguno, solo para escucharles y saber que existen, que están ahí, en algún sitio, y personajes enamorados de abismos que están a punto de caer y perderse, pero que finalmente no lo hacen porque son unos fantásticos y valientes equilibristas de la vida, aunque su seducción fatal por la nada los sitúa siempre en la cuerda floja y peronajes turbios y poderosos que traman y conspiran y ocultan una negra verdad que no debe ser desvelada porque si no el mundo peligrará y personajes ingenuos y tiernos y transparentes y palabras enredadas en el viento para acariciar por la noche e imágenes luminosas e hipnóticas que fascinen y protejan y evaporen los miedos inútiles y nos lleven a un lugar más allá del bien y del mal y nos ayuden a afrontarlo todo, absolutamente todo, todas las tragedias y desencantos que se acumulan emponzoñando nuestra ligereza, con una risa sin resto alguno de sarcasmo, una risa libre, un alegre decir sí.

10 de noviembre de 2009

El imparable viraje del universo hacia la electrónica

9 de noviembre de 2009

Microcuento sin moraleja

El asesino era un monje lector de Tomás de Aquino que dejaba extrañísimas pistas, símbolos de un alfabeto extraterrestre, cuadros abstractos, citas de Homero, emoticonos, sujetadores gigantes y cosas así. Muy inteligente y perturbado. Su perseguidor no le iba a la zaga en cuanto a inteligencia y perturbación se refiere. Un viejo libro polvoriento, ubicado en una sección supersecreta de una antigua biblioteca, le dio la clave para descubrir la identidad secreta del asesino. Al parecer, era él mismo. Cuando lo supo no cupo en sí de tan asombrado que se hallaba. La duda paralizaba su capacidad de raciocinio, por no hablar de la merma sufrida por su capacidad de actuar. ¿Qué hacer? Pasó dos días sin comer ni dormir, viendo un canal de teletienda. Al tercer día se preparó un bocadillo de pan con chocolate y un vaso de leche caliente, asesinó a todos los monjes del monasterio y el resto de la jornada se dedicó a hacer zapping. Hubo de lamentar varias veces la calidad de la oferta televisiva ahora que su soledad le impedía solazarse con los comentarios y las risas de los otros monjes. Al día siguiente, amaneció muerto. En la pantalla podía leerse No o mala señal.

6 de noviembre de 2009

Le dije (sin voz, solo con el pensamiento)

le dije yo no sé qué hacer siempre me dejo llevar
le dije quisiera vagar por ahí coleccionando espuma de mar
le dije mi memoria guarda agujeros por los que te puedes despeñar
le dije imagino tus piernas desnudas que quisiera acariciar
le dije mi mano ahora tiembla de tanto inútil soñar
le dije sé muy bien que no estás ausente simplemente no estás
le dije quisiera rodar una road movie contigo sin morir al final
le dije no busques nada detrás de mí no lo vas a encontrar
le dije yo no quiero trabajar ni tampoco madrugar
le dije quisiera reirme toda la noche y luego despertar
con una sonrisa de bobo pegada en tu lunar
le dije básicamente no hago nada por mi vida eso es lo que hago más
le dije quisiera pasear de noche a la luz de las farolas y desvelar
el misterio del ser que ronda por la ciudad estelar
le dije dejemos de una vez este lugar
le dije construyamos nuestro Nunca Jamás
le dije nunca supe muy bien qué es la realidad
le dije pareces cansada vete ya a descansar
le dije mañana tendremos que madrugar
le dije se puede al mismo tiempo volar y fumar

5 de noviembre de 2009

Ausencias

Aquella risa que espantaba mi tristeza
aquellas botas de agua que no te compraste
todo es ausencia translúcida
ahora que empieza el frío
y acabamos todo el vino agrio del bar
y caminamos desmayados
sin oficio ni beneficio
espectadores que no aplauden ya
juntos pero solos
la ciudad parece deshabitada
no sabemos qué esperamos
siempre pedimos otra más
pero ya no somos los mismos
y nuestra casa no nos la podemos comprar

4 de noviembre de 2009

El hijo de Dios



Nudozurdo. Buenísimos. Postpunkis ochenteros del futuro saltando a la pata coja sobre una línea pintada con una tiza blanca sobre un desierto en el que no para de llover. Y la lluvia borra la línea. Y todo se mezcla. Y en Lonres ya degustan la tortilla de patatas. Y Joy Division se erigen en el agujero negro del rincón de la galaxia emitiendo una luz rara que no es onda ni partícula ni tampoco esplendorosa, sino una disposición anímica transmutada en sonidos repetitivos e hipnóticos, vibraciones estelares, la música underground de las esferas, que transforma la percepción del paseante anónimo que recorre ciudades descompuestas, borrosas, hudizas, letales, divertidas, desoladas, hermosas, a 220 kilómetros por hora a ninguna parte.

22 de octubre de 2009

De viaje

Se cambió el nombre y el color del pelo. Empezó a fumar. No mucho, cinco cigarros al días. Pisó el acelerador del coche, un coche viejo y peligroso con toda clase de recuerdos fatídicos y hermosos adheridos a la tapicería como un polvo espeso y pegajoso que el viento era incapaz de desprender, por muy fuerte que pisara el acelerador. Abre la ventanilla. La ceniza revolotea histéricamente unos instantes antes de ser succionada por el paisaje exterior, un paisaje seco, duro, monótono, mudo, un paisaje con los dientes apretados que parecía desafiarnos a todos, retarnos a resistir, en un extraño juego sin premio alguno. Empezó a llorar, despacio, sin hacer ruido, había sido capaz de contener las lágrimas durante mucho kilómetros solitarios, pero finalmente se deshizo en lagrimas, en silencio, la carretera se ve empañada, demasiado larga, sin destino. Hoy ha fumado más que cualquier otro día. Se mira el pelo en el espejo, no se reconoce. Tendría que mudar también la piel, alterar el timbre de mi voz, modificar el ritmo de mis pasos, la dirección de mis miradas y azuzar el fuego de mis ojos en busca de la felicidad. Dicho esto último con la ambigüedad propia de la ironía, una ironía inevitable, de obligado cumplimiento, nacida del temor, fruto de la desesperación y siempre disponible para templar frases y sentimientos arrebatados, lanzados sin red hacia el ridículo. Qué clase de personas somos, en qué clase personas nos hemos convertidos, por el amor de dios, vamos buenos, dónde está el cementerio, el coche aparcado lejos del arcén, mientras el llanto se le seca en la piel, dejando un surco ligeramente oscuro y hermoso, los ojos vidriosos, retraídos, los labios pálidos y las mejillas coloradas esforzándose en construir un esbozo de sonrisa que se queda flotando en el viento, desvaída mueca que sobrevuela el abismo. Arranca de nuevo el coche, toma el desvío hacia la autopista, el sol le molesta en los ojos, se pone las gafas de sol, y qué bien le sientan, con el pañuelo al cuello, parece salida de una película antigua, en blanco y negro, con la cazadora negra de cuero, que le da un aire salvaje y sofisticado, y empieza a reír, carcajadas tímidas al principio, carcajadas desatadas y estruendosas luego, riéndose sola como una loca, muy por encima del límite de velocidad, circulando por las desoladas autopistas que bordean sin atravesar las ciudades, movimiento perpetuo, sin progresión, sin sentido, puro movimiento sin fin, como la vida, por la red de carreteras, su compleja geometría, sus entrecruzamientos, en busca quien sabe de qué, acaso del olvido o, en todo caso, piensa, de una memoria distinta de la suya, una memoria fusionada con otras memorias, no necesariamente de personas, la memoria de las rocas y de la lluvia y de la tierra mojada y de crepúsculos rojos y de animales diminutos y de helechos cósmicos, pero qué estoy diciéndome, volviéndome loca. Dejar todo atrás. Huir, resistir. Aún no sabes de qué eres capaz. Asustada, desde luego, pero decidida, aunque reconoces que incluso la más firme de las determinaciones flaquea, acosada por la incertidumbre y por el miedo, por la nostalgia y por la furia, en fin, por tantas cosas, tantas zonas de penumbra y deseos carcomidos por el tiempo. Se trata de un equilibrio precario, un juego de claroscuros intermitentes. Seré capaz, lo sé. Formulas profecías con la esperanza de que se conviertan en profecías autocumplidas. Ser capaz, en eso consiste la libertad, ni más ni menos. Que tomen notas los estudiantes y dejen de joder con significados abstractos: voluntad de potencia, afectos alegres, afectos tristes, cuerpos. En una gasolinera para, reposta, compra un bocadillo, una botella de agua, repone fuerzas. El cielo está despejado y luce increíblemente inmenso, azul abismal, nunca lo había sentido así, un inmenso lienzo vacío, lleno de posibilidades, pero vacío, la noche del mundo, como su conciencia, prometedor a la vez que amenazante. Todos los comienzos son difíciles, una voluntad que no se determina no es real. Te dices esto siempre. Sin embargo, ella ha huido movida más bien por un impulso ciego, por una voluntad ciega. Desde luego, no sé lo que quiero, quiero querer algo, eso sí, pero no es mucho, con eso no se construye una vida, al menos no una vida firme y encarrilada, sino más bien una vida a la deriva de señorito mimado y frágil e irritante alma bella, con pájaros en la cabeza, eso sí. Una vida llena de una ansiedad absurda. En fin, la insoportable levedad del ser y todo eso. Una vida light, desprovista de sustancia. Esperas el acontecimiento de lo maravilloso atacando al mundo de los hechos como agua de mayo, pero es fugaz, respiras el aire fuerte de la cumbres y acto seguido caes. La consabida danza ciclotímica. Subes el volumen de la música. Podría arrojarme por un precipicio, pero el fotograma no se congelaría, me moriría sin más, sin fábulas esperanzadoras sobre la emancipación que valgan. Una muerte sin épica, un dato más acumulado fríamente en alguna bases de datos. Ya hay que poner las luces, ya se ha hecho de noche, todavía no has llegado, por muy deprisa que vayas no hay meta así que da igual. En tu casa no hay nada que cenar, duermes con dolor de estómago. Mañana será otro día. Tienes miedo. No importa, serás capaz.

3 de octubre de 2009

Wind

No recuerdo quién fue el primero en sugerirlo. Tal vez no fue nadie. Tal vez todo comenzó como un temor presentido por todos, como una posibilidad que nadie se atrevía a verbalizar. Cada día caminábamos menos. Poco a poco, fuimos dejando de hablar entre nosotros. Un grupo de cinco o seis personas estuvo con nosotros durante un mes. Ni siquiera nos saludamos. Por supuesto, tampoco nos despedimos. De vez en cuando, por la noche, alguien lloraba. Su llanto se diluía en el crepitar del fuego. De todos modos, seguimos buscando. Pero la sospecha de quizá no hubiese nadie en Wind no era algo que pudiera ignorarse. Tal vez murió hace muchísimo tiempo. La imagen de los inmensos espacios en los que la luz se desplegaba con un temblor tímido se repetía en mi cabeza. Lo otros, sin embargo, albergaban visiones diferentes. Tal vez un sistema autónomo gobierna el flujo de imágenes. Tal vez no haya programador. El sistema tiene fallos. No podemos compartir el mundo. No podemos hablar entre nosotros.

Wind

Las lejanas tierras de Wind se transformaban en nuestra imaginación a cada paso que dábamos. Sedientos, cansados, los inmensos espacios en los que la luz se desplegaba con un temblor tímido y acogían al caminante duraban unos instantes y se desvanecían. Callejones oscuros, sucios, surcados por el griterío soez de los traficantes. El temor a ser asesinados y abandonados como perros. Nuestro deseo de huida hacia adelante, hacia las borrosas tierras de Wind, que nunca coincidían con las visiones serenas en la que descansar al fin, sintiendo la brisa otoñal en la piel, ni con las visiones del laberinto asfixiante de calles sucias y ruidos incesantes. Wind se mantenía impetérrita en su mudez, casi al alcance de la mano, hurtando su verdadero rostro a nuestros continuos esfuerzos por descifrarle, sembrando el camino de innumerables máscaras, a veces prolongando una visión con el propósito de engañarnos. Una risa, acompañada de una mirada cruel, deshacía el encanto. El miedo, al caer la noche. Alrededor del fuego, en silencio, temblábamos y respirábamos profundamente. No era preciso decir nada. A Wind le gustaba ocultarse.

26 de septiembre de 2009

Irremediablemente

Soñé algo así como me volvía loco. Loco del todo. Irremediablemente. Tenía tanto miedo que tuve que despertarme. Imaginaba mi cerebro y le rogaba que funcionara bien. Tanto miedo. Despertar. Quería ocultarme en un lugar fuera del espacio. Algo así como una necesidad imperiosa de escuchar música desgarrada y triste y de llorar de nostalgia me sobrevino al despertar. Imaginaba mi cuerpo drogado sobre un escenario, mi cuerpo salvaje y demasiado cobarde para envejecer. Cantaba y luego le rogaba a la chica de la primera fila que me abrazara muy fuerte sin mirarme a los ojos. Tanto miedo. Alguien me decía estás como un puta cabra. Yo callaba. En serio, insistía. Prefiero irme a casa, decía yo. Poco antes de despertar. Tanto miedo. Mi cerebro ahora no puede pensar en nada. Repta sobre el lodo tratando de no sucumbir. Tratar de no sucumbir agota todas sus fuerzas. Ella decía todo va a ir bien, ensaya pasos de baile mientras te arrastras por el lodo, pequeños pasos invisibles, oxigenarán tu cerebro. Tu cerebro hambriento de horizontes absolutos.

18 de septiembre de 2009

Reinado de la incertidumbre

El futuro se anuncia con el sonido retro de sintetizadores viejunos. Una vez destruida la línea simbólica de la modernidad, la lógica del revival instaura ciclos de repeticiones huérfanas de origen y de meta. Indigentes ontológicos, despertamos del sueño o pesadilla de la identida total en devenir hacia sí misma a lo fragmentario, lo múltiple, al caos de inesencialidades desatadas ante nuestros aturdidos ojos. Eterno retorno sin el relato de la teodicea según el cual Dios es principio y fin de todo cuanto hay. Lo verdadero es el todo, y el todo es esencialmente resultado, decía Hegel. Hoy, sin embargo, el todo es lo imposible. El todo ha muerto. No hay resultado final. Película sin the end. Apertura radical. Reinado de la incertidumbre.

14 de septiembre de 2009

Huir

Tardes de electropop y Spinoza a mediados ya de septiembre, 2009, acuciado por pasiones cuya naturaleza tiene el extraño poder de sumegirte en una atmósfera líquida como de ensueño blando e infinito. Sin embargo, un leve temblor tenebroso inquieta la serenidad de la atmósfera. Una especie de oscuridad informe o ruido sordo planea siendo, a la vez, lo más cercano y lo más lejano. Huir de aquí, susurra una voz; huir de aquí, con decisión, con valentía, un pie y después otro, paso a paso, huir, alejarse lo más posible de aquí, dejar de una vez de columpiarse en la atmosera anestesiante que te envuelve y abrir los ojos, y despertar, regresar al mundo de los vivos, y caminar, con la mirada fija en el horizonte, aun si se trata de un horizonte surcado por nubes negras y amenazadores, sobre todo si se trata de un horizonte de nubes negras y amenazadoras, sin apenas equipaje, quemando las huellas, olvidando, avance a toda máquina, con alegría, que las nubes negras y los ruidos sordos son encantamientos que te impiden caminar y has de cruzar, si de verdad quieres despertar, el umbral de la fantasía paralizante que te ata a tu lugar de origen.

19 de agosto de 2009

La escritura recargada apesta

Dado que la escritura recargada apesta y dado que soy muy proclive a escribir llenándolo todo de metáforas, comparaciones y adjetivos innecesarios, tal como hace Muñoz Molina, he decidido imponerme una serie de reglas:

1. Pensar en cómo lo escribiría Muñoz Molina y tratar de hacerlo de la manera más opuesta.

2. El verbo es la clave del enunciado. Tener en cuenta siempre esta tesis.

3. Prohibido hacer metaliteratura. Prohibido citar a Baudrillard.

4. La estética no es un adorno. La estética será cognitiva o no será.

5. Rechazar los significados abstractos.

6. No intentar, jamás, tener estilo.

7. No abusar de las enumeraciones.

8. No abusar de la adjetivación.

9. No abusar de las metáforas.

10. No abusar de las comparaciones.

11. Saber de lo que se escribe.

Góngora

Oye el sórdido son de la resaca, infame turba de nocturnas aves.


17 de agosto de 2009

Shadowplay



Aquí se le rinde un culto desmedido a Joy Division: fanatismo incondicional sin distanciamiento que valga. Ian Curtis es nuestro dios.

Escribiendo, que es gerundio

Escribiendo sin meta, sin propósito, simplemente a luz turbia de sentimientos, imágenes y temblores de estrellas frías que se adivinan a lo lejos y cruzan, fugaces, por los ojos alucinados de quien espera, sentado en una orilla, con una lata de cerveza en la mano, sintiendo el viento caliente del desierto en la piel cuarteada o el aire fresco de las noches de verano, tan tristes y tan alegres puesto que, a fin de cuentas, todo pasa... esperando nada, envuelto en bucles... todo pasa, envuelto en luces turbias, lejanas, que cruzan sin propósito el viento alucinado de las noches tristes... todo pasa, los cuerpos calientes tiemblan ya en el recuerdo con una tibia palidez y la cerveza se calienta y se derrama sin meta en la garganta del alucinado que espera nada al fresco, viendo pasar estrellas frías y sentimientos cuarteados abandonados como pedazos de piel muerta tejidos a la noche...

16 de agosto de 2009

Las lágrimas como signo poético, por un fan de Bataille

Las lágrimas no son signo de debilidad, son la expresión de una conciencia aguda capaz de captar la vida en su intimidad, como diría Bataille. Intimidad no equivale a interioridad, a la interioridad axfisiante del sujeto moderno. Intimidad quiere decir aquí superación y negación del mundo de lo útil, del mundo de los objetos conformado por la mediación del trabajo, de la actividad productiva, superación de la alienación. Entonces, las lágrimas no expresan simplemente la tristeza de un sujeto, expresan, además, una felicidad que se desborda al establecer contacto con el esplendor del ser, al intuir la abolición de las oposiciones entre naturaleza y espíritu, entre sujeto y objeto, y captar la continuidad del ser como una unidad, no obstante, incompleta, abierta a devenires; acontecimiento excesivo que no puede ser verbalizado ni, por consiguiente, razonado y se resuelve en gesto inútil, en gasto improductivo, en belleza erótica-artística-religiosa, más allá del saber, de las categorías, susceptible de ser apenas señalado por un lenguaje poético en guerra contra sí mismo, que dice su imposibilidad de decir aquello que lo excede, que lo supera y que querría ser grito, gesto violento, primordial. La poesía es lo incivilizado del lenguaje. En cierto sentido, anhelo de un origen que no deja de desplazarse porque no existió, fundamento ausente, sin positividad, sin historia, que no deja de insistir y de destellar en el límite de la lengua.

Todo esto creo que se entenderá mejor si pensamos en la música. La música toca la intimidad del mundo y de la vida, del ser, si quieren, en su dinámica, sin la opacidad de las significaciones del lenguaje. Posee una dimensión trágica, triste y alegre; escuchada con la suficiente intensidad provoca un torrente de lágrimas felices en el oyente.

14 de agosto de 2009

De pantalones vaqueros y de la esencia y otras cosas que salieron al paso

Es algo bastante inhabitual que unos pantalones vaqueros sobrevivan a los avatares de toda una década. Lógicamente, están muy desgastados. Al negro oscuro original le ha brotado del substrato textil algo así como una nube blanquecina difusa. Hubo, además, que cortarlos, porque estaban muy rotos por la parte de abajo, debido al rozamiento contra el suelo a lo largo de los años. Ahora son unos pantalones cortos, pero no han perdido su esencia.

En este punto es preciso hacer una acotación filosófica para presentar brevemente una concepción sobre la esencia: la esencia no es algo inmaterial por detrás de las manifestaciones concretas, sino las propias manifestaciones cambiantes, los lugares, las localizaciones, que lo son de esa esencia. La esencia, si quieren, es una nada, quizá trascendental, en el sentido de ser condición de posibilidad, en cualquier caso un campo trascendental sin sujeto, una nada creadora, una ausencia con base en la cual se definen las manifestaciones, en este caso de unos pantalones vaqueros. La pluralidad de formas contingentes adoptadas por los pantalones dicen su esencia, que se distancia, no obstante, de dichas formas, no se confunde con ellas ni llega a ser un algo distinto: no hace falta duplicar lo real. Lo cierto es que aún no he logrado comprender satisfactoriamente esta esquizofrénica duplicidad unitaria de la apariencia y la esencia, esta escisión inherente y constitutiva de la unidad. Hablo quizá incomprensiblemente. Pido disculpas.

El caso es que hoy me he encontrado con estos pantalones vaqueros que ya han cumplido una década difiriéndo de sí sin dejar de ser ellos mismos y el espanto del tiempo y los gritos solitarios en desolados países de hadas (hay alguna intertextualidad con Burroughs por ahí, no me acusen de plagio) han acudido a mi cabeza. Hace diez años era el Instituto, la sala de máquinas, pirarse clases, Kurt Cobain. Oh tiempo tus pirámides (¿de quién es ese verso o lo que sea?). Bueno, olvidémoslo. Lo mejor sería olvidarse, quemar los recuerdos. Nadie podrá danzar sin quemar toda la infancia y la hedionda masa psicodramática de los recuerdos, incluso de los felices. Benditos los que olvidan (Nietzsche dixit). He aquí la gloriosa muerte del hombre, del apestoso yo moderno, la memoria quemada por un santo tribunal inquisitorial en un juicio justo. O mejor: una memoria sin recuerdos. Hacer que el mundo mismo delire. No existe el yo y toda la literatura del yo será escupida y pisoteada alegremente.

Proust no escribió nunca una novela psicológica, Proust es pura exterioridad, un exquisito fenomenólogo, un canal de transmisión de sensaciones singulares e impersonales. No hay un yo manifestándose, confesándose, descubriendo su esencia oculta, hay un mundo que emerge, que se crea, que brota súbitamente y se queda flotando fantasmalmente mucho tiempo después de cerrar el libro y acostarse temprano.

13 de agosto de 2009

Vigilancia y derrota

Preguntas sin palabras por un lugar invisible cuyos acordes son lo visible mismo. Toda la vida igual, mordiendo la luz desmayada e inhabitable de un atardecer que no admite compañía ni sabe ser sin ser contemplado por ojos cautivos. Una constante e inútil vigilancia empeñada en salvar la distancia que te separa de las cosas. El encanto trágico de una derrota indescifrable.

Campos de Castilla (PsychoPoetic Version)

En cualquier punto de los vastos prados resecos y amarillentos de esta ancha meseta en la que nunca pasa nada un grupo de marionetas ha cobrado vida y urdido un plan secreto para asesinar a la humanidad.

Bostezo homicida en área metropolitana

Espectacular amanecer en la pantalla plana gigante de alta definición situada en el jardín de césped artificial. El sonido simulado de un despertador mecánico cruza el aire y llega a los oídos de Dave. Está demasiado alto, así que se ve obligado a regular los implantes de sus oídos. El sonido estridente llega ahora a sus oídos blando, lejano, apacible, lánguido. Parece que atravesara una atmósfera líquida, se dice Dave mientras los ojos se le cierran. El crepúsculo pixelado se apaga. Fundido en negro. Comienzan las noticias. La hora del café. Seis millones de muertos y descuento promocional por la compra de una doble hamburguesa Whipy. Largas cola de marginados sociales en el centro de la ciudad. En las afueras, el área metropolitana ha sido engullida por el bostezo de un monstruo gigantesco. Cariño, apaga eso. Pero el cadáver de Dave ya no escucha. La mujer regula sus implantes de modo que el zumbido de una mosca se amplificaría hasta parecer un helicóptero de combate. En ese momento, la mujer mira hacia arriba y ve la aterradora boca gigantesca que se cierne sobre ella a punto de iniciar su bostezo homicida.

1 de agosto de 2009

Diario de un comunista hegeliano

Es extraña la mala prensa que tienen la rutina y la seguridad. Los elogios que reciben la libertad y el riesgo son fantasías, probablemente necesarias, de acuerdo, fantasías para contarse al oído, en la cama, con una ligera borrachera, las noches alegres. Por mi parte, adoro la rutina y soy capaz de detectar la hipocresía a distancia. Soy un tipo franco y honesto, esa es la verdad; soy un tipo aburrido, aunque no me voy a suicidar. Me encanta la tele. La tele y la rutina. Construyo mi mundo, como todos (el suyo, quiero decir). Mi libertad, mi pequeño reducto. Las fantasías se consumen, venden mucho, dan dinero, esa es la verdad. Me siento delante de una pantalla con una cerveza bien fría en la mano y soy feliz. Básicamente, soy un tipo simple y conformista. El conformismo tiene mala prensa, pero no sé por qué, yo no conozco un estado más agradable. Acuerdo categórico con el ser, podríamos llamarlo, robándole la expresión a Kundera, novelista que, por otra parte, no me entusiasma demasiado. Le leo por rutina. Cuando no sé qué hacer, me digo que no estaría mal leer a Kundera, por pasar el rato. Aunque no sé qué pinta el término "categórico" en esa expresión.
Acuerdo alegre con el ser.
Acuerdo por cojones con el ser, porque el ser es lo que es, eso lo sé porque fui a la Facultad de Filosofía a pasar el rato en mi juventud. Básicamente, soy un hegeliano de izquierdas reaccionario.
Acuerdo racional con el ser.
Creo que el Estado es necesario, sí, ¿qué pasa, putos anarquistas de mierda, qué habeis hecho vosotros en los últimos años? Quejarse mucho y no mover un dedo, pasearse con perros sarnosos por ahí, poco más. ¿Veis lo reaccionario que soy? Creo en el orden y en la ley, sí. No se puede construir nada sin orden. Nada que valga la pena. Nada grande se ha hecho sin pasión, decía mi maestro Hegel, que también dijo que todo lo verdadero es concreto, algo que se les olvida a algunos de sus detractores. Creo en la libertad. La esencia del Espíritu es formalmente la libertad. Eso suena bien. El Espíritu es dolor infinito. Esto es menos lúgubre de lo que suena, es épico y trágico. Nunca he sabido reconocer las siete diferencias entre un anarquista y un liberal. Por esto me llamaron dogmático, pero la verdad es que no sé reconocerlas. El problema es, digamos, epistemológico. Soy un tipo dogmático y reaccionario, eso es cierto. Las dos palabras me gustan, los dogmas me gustan y no veo nada de malo en ser reaccionario. Como no soy un hipócrita lo puedo decir. No hay izquierda que valga con esos tiparracos que luchan contra el sistema bebiendo cerveza y vistiéndose de un modo atroz. Yo también bebo cerveza, pero al menos me visto con cierta elegancia. Todos los pobres son feos, esa es la triste verdad. Esto suena muy de derechas, pero es preciso reconocerlo cuanto antes. Como son feos, hay que echarles del centro de las ciudades. Si un día se rebelan y destruyen las ciudades yo les aplaudiré. No me alegraré, porque será bastante desagradable, pero les aplaudiré y diré que ya era hora, coño. Levantaré el puño y brindaré por la revolución. Claro que yo desprecio el lumpen que no produce valor. Cuando un pobre me pide dinero siempre le digo lo mismo: asqueroso explotador. Se sorprenden mucho. Me suelen responder que explotador lo será mi puta madre. Yo les respondo que mi madre trabajó toda su vida y era una buena comunista, no un vago de mierda. He intentado toda mi vida ser un buen comunista. He leído cien veces el Manifiesto Comunista. Ese maravilloso inicio shakespeareano me pone los pelos de punta. Confío en que un nuevo Lenin convierta Europa en un lugar bien ordenado y comunista. Hasta entonces, me dedico a ver series de televisión. Revolucionario y conformista parece que no encajan, pero yo no quiero hacer la revolución, quiero que la hagan otros, para poder ser conformista en una sociedad bien ordenada. Yo me dedicaría al orden, es decir, a administrar cosas después de la revolución. Trabajaría para el Partido. Pensaría estrategias para vencer a nuestros enemigos. Todo el mundo trabajaría, pero poco. Lo necesario. Esa es la libertad: trabajar sí, pero poco.

30 de junio de 2009

Delirios primitivistas

Tardé mucho rato en darme cuenta de que las luces de las farolas estaban apagadas. Había algo raro, pero no sabía qué. Desde la ventana contemplaba la lluvia torrencial y los relámpagos. Un espectáculo sublime. Asistencia gratuita. Tardé mucho rato en darme cuenta de que la extrañeza provenía de la ausencia de luz eléctrica. Las fuerzas de la naturaleza, indómitas y salvajes, asaltando los prodigios de la civilización posterior al siglo XIX. Llamé por el teléfono móvil. Sin respuesta. Sin luz. Silencio. Alone in the dark. Las hojas de los árboles taparon las alcantarillas y la calle se transformó en un río. Seguí disfrutando del espectáculo. Romanticismo en plena urbe, sin hora determinada, sin precio. Un frescor rabioso. Sin televisión, sin luz. La felicidad me invadía, mi cerebro se bañaba en ríos de placer primordial. Tardé mucho rato en darme cuenta, qué extraña se vuelve la ciudad sin luz eléctrica, todo parece más peligroso y más atractivo. Llamé por el teléfono móvil otra vez, sin respuesta. Sólo en la oscuridad. Como un mono primitivo, contemplaba al dios de la lluvia con regocijo y con ganas de más. Al fin, el diluvio. Que llueva más. Quiero verlo. A hard rain. Sí, aquí y ahora, en directo. Emisión en alta definición, la mismísima realidad en directo, directamente desde ella misma hasta tus sentidos. Abro la ventana, descorro la última pantalla, el final del juego se acerca, pequeñas taquicardias de excitación... y de repente vuelve la luz, la civilización, la calma, el tedio, el ritmo de la lluvia decrece y la melodía de las sirenas de los servicios de urgencia inundan la ciudad, el orden se reestablece, apenas fue un breve lapsus, una pequeña interferencia de caos libre. Llamo por teléfono. Contesta. Está bien. No le cuento que he estado fantaseando con el fin de la civilización en pleno éxtasis romántico y delirando con los dioses de la lluvia y que la melancolía de la cueva me inunda al ver ahora la luz de las farolas.

3 de junio de 2009

Diálogos poco o nada platónicos

-Si te traspasa aún estás a salvo, si te empapa ya no hay salida.
-¿El qué?
-Ah, cualquier cosa.

Kantianamente sublimes

La desesperación indudablemente puede ser sublime. Cuando es una sublevación de la razón contra la razón al abrigo del tedio. Y en la boca nos queda un regusto a ceniza de tener a tantos cigarrillos por acompañantes.

Lo que quiero decir es lo que se me escapa al intentar decirlo

El retorno de lo real, la pasión por lo real, la espera de Godot, Kafka en su habitación. Lobos aullando, lobos esteparios, teatro sólo para Locos. Dostoievski frente al pelotón de fusilamiento, desnudo, a treinta grados bajo cero. Dostoievski dictando una novela a una mecanógrafa para saldar sus deudas de juego: El jugador. Mishima suicidándose ante las cámaras de televisión. El huraño Salinger. Pynchon que nadie sabe cómo es, que se oculta. Burroughs jugando fatalmente a Guillermo Tell. TEATRO SÓLO PARA LOCOS. David Foster Wallace hallado muerto, ahorcado. Dan ganas de agarrarle por las solapas y zarandearle y gritarle que por qué, ¿y David Foster Wallace nos ofrecería un pañuelo para secarnos las lágrimas, diría algo ingenioso? Un autor a quien después de leerle nos gustaría llamar por teléfono: DFW. Holden caufield, nos hacemos viejos. Esperando. Toda una red de llamadas y respuestas disparatadas: he ahí la literatura, su esencia móvil, su faz hudiza, sus pasadizos excavados en el viento. Versos condenados como los de antes y pasado mañana. Incomprensibles a veces. Feroces. Valientes. Truman Capote fascinado por un asesino viril y contado con una prosa quirúrgicamente precisa. ¿Qué decir de Humbert Humbert? Nabokov está resguardado en las entrañas. Bolaño, valiente hasta lo inverosímil, escribiendo siempre, luchando. El cerebro de Leopoldo María Panero convertido en una rosa. LMP descubriendo que la guerra más inútil es la autoafirmación del yo, que para ser posible haría falta que el otro no existiera. Palabras. Cuevas arañadas en las copas de los árboles, danza invisible resbalando por los tejados. Saltar a la pata coja para llegar a algún lugar del que querremos huir nada más llegar. Carreras de sacos, carreras imprudentes de motos, hace ya tiempo. Marcar goles. ¿Aún recuerdas los primeros cigarrillos? Sí, cómo no. ¿Que quién me ofreció el primero? No lo sé, hacíamos el tonto. ¿La primera vez? La sensación fue extraña. Buena, pero extraña. Placer y vértigo. Como pasar de pantalla en un videojuego, éxtasis por el logro realizado y expectación por el monstruo final, y ternura y tristeza y algo más definitivamente indescriptible. El monstruo final, si nos ponemos existencialistas, sólo puede significar la muerte, la muerte de verdad, sin vidas extra, la última partida con la última vida disponible. Pasar pantallas y morir. Pero que la fiesta no decaiga, a pesar del vacío y de la incertidumbre y del miedo. Respirar hondo, concentrarse, ¿cuál es la siguiente pantalla? La Nintendo de 8 bits me la regalaron por mi comunión, yo tenía nueve años y me hicieron fotos horribles vestido de marinero. Nos pasamos el día jugando, felices. Mi vecino tenía un videoconsola anterior, no recuerdo el nombre, recuerdo un videojuego hipersimple con dos palitos y una bola, un tenis digital rudimentario que nos tenía horas pegados a la pantalla, como descubridores explorando una ruta de posibilidades inéditas e insospechadas. Recuerdo que jugábamos en la habitación de sus padres. Las habitaciones de los padres imponían respeto. Uno se sentía raro estando en ellas jugando a esa videoconsola anterior a la Nintendo de 8 bits. Por las noches de pesadillas eran un refugio. Mundos perdidos. Los Niños Perdidos. Las tardes de nocilla y videojuegos. Un bollo de grasas saturadas llamado Xuxo. El Pang. Los futbolines. La piscina. La topografía de nuestra educación sentimental. Y muchas cosas más de las que no sabría hablar.

El tarado que tararea su desdicha

Piénsate como una voluta de humo surcando el universo.
Piénsate como el último trago de cerveza en el desierto.
Piénsate como el cuerpo desolado que eres en un inmenso mar abandonado dejándote llevar por los designios de las corrientes con la conciencia a punto de precipitarse en la nada acogedora y triste de una sonrisa hecha pedazos,
pedazos que flotan por la ausencia de gravedad en el silencio hermético de la nave.
Piénsate como un robot defectuoso fabricado por la Corporación El muñequito que ríe.
Piénsate como un superhéroe escondido tras la fachada de torpeza y timidez capaz de salvar el mundo pero incapaz de salvarte a ti mismo.
Piénsate como el conductor solitario que atraviesa la red de carreteras sin más destino que perderse y abrir la ventana para que salga el humo del cigarrillo y poner la música a todo volumen cuando todo estén ya durmiendo en sus camas, abrazando a sus mujeres o a sus hombres y tú continúes entregado a tu tarea indescifrable de ser refractario a todo proyecto calculado.
Piénsate como el trago más desesperado al final de la noche cuando la claridad del día te asalta como la alucinación más insospechada.
Piénsate como el lagarto al sol tumbado sobre la nieve reflectante,
como el espectro agujereado por los rayos siderales de una tormenta cósmica,
como el grito lanzado a nadie por nada desde cualquier ventana abierta una noche de verano de un año olvidado,
como la incertidumbre que nos asola a veces, cuando nos pilla desprevenidos,
como un gesto de despedida cuya imagen se queda congelada para siempre sin remedio,
como los bares preferidos que ya están irremediablemente cerrados, brumas de recuerdos borrosos,
como la portada de un disco cuyas canciones soñaste paseando de regreso a un lugar barrido por el viento.
Piénsate como un ser finito con el destino roto y tendrás al tarado que tararea su desdicha con un gesto nimbado de interferencias angustiosas esperando que algo pase de una vez.

2 de junio de 2009

Caminos del bosque electrónico

Halo de gestos desarraigados flotantes ingrávidos a cámara lenta atmósfera electrónica
en la radio ontológica suena un loop de interferencias y el ser se desmaya en espiral
permanecemos a la escucha un noise digital vertiginoso colapsa nuestras antenas oxidadas

22 de mayo de 2009

Emitiendo

Emitir no puede ser nunca más que un medio para emitir más, como la droga. El Emisor no es humano, es el virus humano.

W. S. Burroughs.

La aceleración hipermoderna de la narración adictiva de Lost no puede ser más que un medio para acelerar más, para emitir más.
Diferir el sentido.
Lost no puede acabar (quizá ninguna narración acaba)
Lost es un dispositivo, una lógica de la narración puesta en funcionamiento más que una narración, una máquina de producir misterios consumidos globalmente. Cohesión social a través de todas las pantallas del mañana que parpadean hoy.
Los adictos a Lost podrían seguir viendo Lost toda la vida.

El drogadicto no pregunta por el sentido del acto de drogarse, quiere su dosis: el espectador quiere su dosis. Homer quiere su bo-cadillo.

Burroughs lo sabía (Burroughs lo sabe todo desde siempre, Burroughs es Jacob y el amigo de Jacob y continúa sentado ante las estatuas del tiempo mítico que será recobrado en el imposible pasado mañana). Nos encaminamos al caos, a la saturación, a la confusión (confusion!!!), al silencio.
Para llegar al silencio que ya estaba antes de todo, al caos silencioso, al caos que ya no es caos sin dejar de ser caos, caos transparente, transparencia pura destilada con caos, es necesario perderse en loops de confusión y paranoia (¿soy lo suficientemente paranoico?) por flujos verbales entrópicos que se preguntan por su sentido una tarde de noviembre bajo un cielo estrellado.

El sentido no está aquí, no somos sus guardianes sino sus merodeadores, nosotros lo producimos mientras espirales de vértigo lo lanzan afuera, no sabemos dónde está, ni siquiera si está en un lugar. El misterio y el sentido coinciden en una Afuera Absoluto, eso pensamos, nosotros, la rebelión anónima de Niños Perdidos y Mutantes Melancólicos. Pero no sabemos qué sentido tiene lo que pensamos pero nosotros somos sus proletarios trabajamos incansablemente todos los días no va a llegar ni aunque corras y escribas más rápido de lo que piensas somos los hombres-máquina que fabrican sentido y el sentido se enfrenta a nosotros como lo inhóspito.
Nuestra alienación es metafísica y algunas noches de verano describimos sentimientos que revolotean en el aire y se esconden como niñas y niños jugando al escondite en parques radioactivos bajo un cielo teñido de verde y amarillo un denso humo flota y nos envuelve.

Estamos cansados. Perdidos. La sintaxis se rompe, nos deja solos, ¿quién dijo que la ceremonia de la confusión concluiría? Concluirá, sí. Nosotros no estaremos allí. No hay el allí. El silencio final no estaba antes, te mentimos, es una ilusión que altera la realidad. Allí no llega nada. Tú eres el límite. El Límite. No hay manera de no pensar metafísicamente. El verbo nos produjo extrañeza desde el día en que nos lo presentaron. No fue un día. Surgió. Aconteció. Irrumpió. Ha estado por aquí, dando vueltas. Da vueltas. Digamos: entre vuelta y vuelta hay ilusión de progreso. Nosotros nos ilusionamos. Avanzamos. Decimos: el destino no implica necesidad, o decimos la libertad y el azar y la necesidad son lo mismo. El destino es una llamada sin sujeto. Nadie nos llama. Pero hay una llamada. De repente te despiertan y suena el móvil y vas a cogerlo y todo era un sueño. Hay sueños dentro de los sueños capas infinitas capas.
Uno se aventuró, que nosotros sepamos, eso refieren las noticias desde el fondo, fragmentos alucinados de información. Podría ser mentira. Una leyenda, que uno se aventuró.

Ah, pero entonces no había espectadores. Eso sí que eran héroes. Pero fueron héroes porque Alguien los narró. Produjo a los espectadores del futuro. El sentido se disemina porque el lenguaje es un virus. Los produjo, no nos mireis así. No entendemos muchas cosas. La espera. El verbo mirado desde cierto ángulo se escurre como los peces mutantes del pasado. Hablo de un pasado remoto en el que no había hombres, no había espectadores quiero decir. Así que nadie lo vio o quién sabe. Si los calamares gigantes nos leen la mente 2+2=4, esto es lógica. Tampoco sabemos cómo irrumpió la lógica, tampoco qué pensaban los espectadores de los peces mutantes, quizá advirtieron que esa mutación ni siquiera era el comienzo de una narración y que llegaban cuando ya había empezado (quizá estaba por la mitad, imposible saber) y que un poco más tarde hombres y mujeres serían los protagonistas de la narración.
Nada comienza ni termina. El verbo se hizo carne, dicen. Pero no es carne. Es el virus de la carne. Esto está mejor.

Usted corta una barra de pan y la identidad de su sustancia se divide, ahora tienes dos sustancias, aunque el sustantivo no cambia, sigues diciendo pan, pero ya no es el pan, es dos panes. ¿No es maravilloso? Pasamos años meditando sobre esta cuestión. Era para nosotros una cuestión técnica. Un problema a resolver. Nos dolió la cabeza y nos arrastramos por el suelo mirando estrellas. Que soledad pasamos. Pues bien, el verbo nos desveló y pasamos meses sin dormir, o mejor dicho, durmiendo poco y mal. Cuando ya era de día nos dábamos cuenta de que no habíamos avanzado nada: nos habíamos entretenido dibujando figuras en la arena, aplazando el momento. Era un momento importante y el temblor y la agitación convulsionaban nuestra carne que hervía bajo las estrellas. Dormíamos con rabia: la tranquilidad la aplazábamos también. Caíamos rendidos sobre la arena en una confusión (Confusion!!!) sin límites, monstruosa, la pura diferencia sin identidad, sin sustantivos a los que agarrarnos. Piénsenlo bien: un Universo sin sustantivos. Ansiábamos refugio metafísico. Parias galácticos, huérfanos. Siempre con una espesa mezcla de temor inabarcable y vitalidad extrema y desgarrada que nos dejaba un gusto agridulce en la boca.

En fin, cuando cortas una barra de pan estás tú, el sujeto, y está el pan, el sustantivo, del que puede predicarse que está duro, poco cocido, etc. Sus cualidades. Oscuramente presentíamos que la clave de todo era el verbo... pero no sabíamos, no acertábamos a, no... Beber, por ejemplo: el agua recorre tu garganta. Pero. Nos enfurecimos con la gramática. En vez de frases nos hubiese gustado lanzar al viento mordiscos y puñetazos y gritos y patadas.

Construir el sentido como máquinas averiadas, fuera de quicio. Nos sentimos estafados. Nada acontecía. Nada acontecía y si quitabas sujetos y predicados sólo quedaba el acontecimiento, el maldito verbo y no podíamos dejar de hablar como posesos yonquis enfermos: precipicios derrumbes aceleración entrópica verborraigica. Lo llamamos Principio de Aceleración Semántico-entrópica. Porque no podíamos dejar de llamar cosas, etiquetarlas, clasificarlas, ordenarlas. Luchando como titanes insomnes contra el caos y siendo vencidos una vez y otra: bucle infernal sin salida, loop maldito, ensordecedor, infinito.
El silencio, aspirábamos al silencio y si no había forma de logarlo íbamos a hablar hasta destruir el lenguaje.
El virus se ramificaba no importaba que nadie escuchara. Hablábamos para seguir hablando para no morir y morir era el silencio y el caos y fragmentos de meteoritos nublaban la pantalla chocando entre sí: planos de medio segundo, de menos aún, planos invisibles, velocidad terrorífica, pavor, esto ya no puede acelerarse más, la tendencia tendrá que revertir, volver al psado para comenzar el futuro.
Otra vez.
Siempre.
Llamadas de auxilio.
Dijimos: estamos solos.
Creo que no se entendió bien lo que queríamos decir.
El sentido.
Flotaba como una nube de gas aureolando la espiral galáxica. No era no estar con gente. nada que ver. Cómo nos gustaría saber expresarnos. Queremos decir: una soledad de derrumbe del Gran Otro Simbólico.
El Gran otro no existe. ¿Compartirán nuestros espectadores el marco de referencia? ¿Hay un marco de referencia? No hay cuestión, no hay tema, ésa es la cuestión, si se me permite lo paradojal de todo esto. No es esto. Estamos recorciendo el pescuezo del sentido. Ahora que el Gran Otro no existe, ¿podemos creer en él?.

-Tú llamas al Gran Otro deseando lo que no existe.
-No, yo aúllo a las estrellas y fumo un millón de cigarrillos porque el Gran otro se ha fragmentado y se ha disuelto en el torbellino entrópico que nos asola. El cadáver descompuesto de la ilustración.
-¿Qué significa eso?

Un Gran boca gigante ha soplado la nube de gas que aureolaba la espiral galáxica, creo que es hora de irse a dormir y mañana será otro día y luego otro y luego otro.

Voces desde el comunciador a ti confluyen, conducto de fragmentos de información.

El Gran Otro Fragmentado ha dejado de emitir señales, llamadas. Mañana nos arrastraremos otra vez, perdidos, acorralados. ¿Pasado mañana mereceremos un respiro? Nuestros nudillos sangrantes se perderán como lágrimas en la lluvia.

-Piensa en la nada no como una entidad negativa sino como una no-entidad positiva, como un agujero flotante en la Gran Pantalla Total a la que llaman Universo y piensa en los ojos de las estrellas vistos sin la interferencia de la atmósfera, piénsate como un satélite olvidado girando en torno a un planeta muerto. Construye el sentido en medio de la saturación mediática. El naufragio se ha quedado sin espectador.
-Nadie está mirando el laberinto desde arriba. Nos movemos y auto-replicamos como virus desplazando continuamente los límites del laberinto, trastocando su forma, mutándola.

Una nube de mosquitos. La droga es la mercancía definitiva y las grandes corporaciones han comprendido que la publicidad viral era el mejor medio de invertir los términos haciendo de toda mercancía una droga, el ciclo compulsivo del consumo y el retornar de las modas que nos pasan, dijo W. sintiendo el centro ausente de la noche al exhalar el humo dulce de la marihuaba.

7 de mayo de 2009

Fuga Geométrica V

El grupo de Contra-Entretenimiento liderado por las Cheerleaders Orgullosamente Deformes, Repulsivas y Violentas (CODRV) fue fundado por la bellísima Irene Valinski, algo que más tarde le sería echado en cara como algo manifiestamente inconsistente. Irene se quejó: lógicamente no es inconsistente. Desde un punto de vista lógico, quiero decir. Es paradójico. Pero paradójico no significa contradictorio. La denominación del grupo obedece a un intención política, no a una realidad empírica. A una voluntad de lucha. El mismo discurso es un elemento de nuestra lucha. Un grito solitario y apocalíptico en la larga noche de los integrados. Asumimos la alta probabilidad de nuestro fracaso, porque si alcanzar el éxito obliga a plegarse a los valores dominantes que circulan por los anuncios publicitarios, está claro que sólo lograremos, en el mejor de los casos, un éxito parcial, una pequeña subversión minoritaria, un leve brote de lava de la nueva política extática. No somos estúpidos posmodernos. Escupimos en la cara de los posmodernos, porque no encontramos un lugar más inmundo. No nos entienden, bien, cabalgamos. Que se jodan. La opción no es entre la violencia y la paz, sino entre dos tipos de violencia: la violencia del Entretenimiento y la violencia contra el Entretenimiento. La violencia de los oprimidos no es igual que la violencia de los opresores. Que es igual, eso lo dicen los opresores, claro. Los filósofos del terror, dicen. Que hipócritas. Que grandísimos hijos de su puta madre. Anoréxicas, ludópatas, mendigos, esa es la verdad de su Entretenimiento y de su sagrada libertad individual. Su sagrada hijoputez moral, su conservadurimos político barnizado de post-ideología cool. Yonkis, parados, depresivos, suicidas. Los dientes destrozados de los cocainómanos son la negación dialéctica de las sonrisas profiden. Los cuerpos anoréxicos el resultado de la lógica Special K. Por eso nos declaramos, con solemnidad y sin asomo de ironía contrarrevolucionaria, lejos de la tiranía de lo cómico, Cheerleaders Orgullosamente Deformes, Repulsivas y Violentas, dispuestas a reapropiarnos de la violencia monopolizada por los Estados y oblicuamente ejercida por la publicidad de los cuerpos danone. Sabemos que fracasaremos. No hace falta que nos lo digan. Excluidos del mundo, escupid. Y no dejeis de bailar al hacerlo.

El resto del grupo aplaudió enfervorecido. No sabían si Irene se había vuelto loca o qué, pero en ese preciso momento los sentimientos eran de identificación con su éxtasis confusamente revolucionario. Un discurso indeterminado, eso es cierto. Alguien dijo: demasiado politizado, hay humor en Acción Mutante(1). ¿Para qué luchar si vamos a fracasar? No luchar ha dejado de ser una opción, o al menos ha dejado de ser una opción neutral, dijo Irene cuando la entrevistaron en la cárcel. Los medios lograron sin problemas ofrecer la imagen de una perturbada de extrema izquierda. Irene, con tristeza, sabía que esa era la imagen de ella que iban a ofrecer los medios. Quizá no estaba tan preparada como ella se había figurado para asumir la derrota.

1. La fundación del CODRV tuvo lugar tras un visionado informal en casa de Irene de la película de Alex de la Iglesia. Por supuesto, Alex no tiene la culpa de las derivas violentas del grupo.

6 de mayo de 2009

Fuga geométrica IV

Pablo pablito se clavó un clavito. Se lo decían cantando, para fastidiarle, pero muchas veces se equivocaban y por tanto el efecto de la burla no sólo quedaba desactivado sino que se volvía en contra del burlador; el burlador burlado agachaba la cabeza y fijaba los ojos en el suelo del patio de recreo y entonces Pablo incluso llegaba sentir cierta lástima por su estrepitoso y vergonzante fracaso, pero tampoco podía acercarse a su lado y darle una palmada en el hombro y decirle que no pasaba nada, porque, al fin y al cabo, había intentado burlarse de él y humillarle cantando el trabalenguas al que desgraciadamente se prestaba su nombre, y la intención es lo que cuenta; no obstante, empatizaba lo suficiente con aquel chico sucio y marginado socialmente que había intentado escalar posiciones en el complejo ránking de popularidad del microcosmos axiológicamente confuso que representa el patio del colegio arriesgándose a cantar el complicado trabalenguas como para no lanzarle piedras a su raquítico cuerpo de colegial acomplejado. Las batallas de piedras eran habituales. Pablo, en la medida de lo posible, intentaba escabullirse y no participar en ellas, pero todo el mundo sabe que hay situaciones de las que sencillamente no es posible escabullirse, situaciones en las que ni el más redomado pacifista podría evitar la necesidad de luchar. Hay que pelear y entonces más vale que tengas reflejos y un mapa mental del patio señalado con cruces en los escondites clave y buena puntería y rapidez para escapar a los gritos de retirada. Una vez casi se desmaya al ser golpeado en el ojo izquierdo con una piedra de tamaño mediano, pero esa vez le dieron sin querer, ni siquiera se trataba de una batalla. Alguien tiró un piedra contra una farola estando sentado en la hierba del parque y Pablo frenó su bicicleta en el momento justo, cortando la trayectoria ascendente de la piedra.

5 de mayo de 2009

La tierra no es un satélite artificial creado por seres extraterrestres

El viajero del espacio aterrizó asustado sobre el desierto de Sonora(1) y salió de su nave mirando hacia todas las direcciones. Los restos de la batalla entre La Tierra y los Platillos Volantes(2) yacían desperdigados aquí y allá(3). Se sintió solo. Se quitó su traje espacial y dejó que el mortal oxígeno acabara con su vida.

1. Este desierto se cita tres veces, a lo largo de las primeras 427 páginas de La Broma Infinita. Todavía no he leído más, así que quizás se cite más veces en total. La utilidad de este dato aparantemente es nula, pero podría, por ejemplo, ser la última pregunta de ¿Quieres ser millonario?

2. Película de ciencia-ficción no excesivamente interesante: vienen los Platillos Volantes, luchan contra la tierra. Cumple lo que promete, eso sí.

3. No es probable que los restos de la batalla acabaran en el desierto de Sonora. La batalla se libra entre los edificios emblemáticos de EEUU, que quedan destruidos: el mayor atractivo de la película son los efectos especiales terriblemente desfasados, para quien guste de esa delicatesen retro, claro. Hay quien opina que la amenaza de los extraterrestres destructores en este tipo de películas representa la paranoia anti-comunista de los estadounidenses durante la guerra fría. Es posible. Respecto a esta lectura, señalamos que un significativo porcentaje de personas(a) contestan que si la Tierra Media fuese Europa, Mordor sería Rusia.

a. Hasta el presente, y que sepamos, a este tipo de preguntas sólo responden personas (y no todas)

Fuga Geométrica III

Pablo siguió hablando, haciendo caso omiso de las miradas francamente hostiles que dirigían contra él y de los bostezos y de los gestos de asombro o de incredulidad que expresaban muy elocuentemente un deseo imperioso de que por favor se callara de una vez, diciendo que estaba más o menos claro que existía una conexión más o menos evidente entre los movimientos y tensiones de la geopolítica mundial y el desarrollo tecnológico, porque el desarrollo tecnológico se conectaba a su vez con el desarrollo económico y que lo que no estaba tan claro era que el último grito tecnológico fuera el más eficiente, y que la eficiencia era el valor por antonomasia asociado a la tecnología y que a él, por ejemplo, le parecía más eficiente un reloj de cuerda, al que hay que darle cuerda, por supuesto, hay que acordarse de darle cuerda, eso es cierto, pero que desde el punto de vista de la autonomía energética, piedra de toque de todo el revuelo geopolítico, pues qué quería que les dijera, que era más eficiente y más inteligente porque empleaba la fuerza motriz humana para funcionar, y que la producción de obsolescencia planificada era una estratagema, o una necesidad, eso también puede ser, de una economía que pivota sobre el consumismo, columna vertebral o espina dorsal, como cada cual prefiera, cada uno es cada cual, de nuestras vidas, de la formación de nuestras identidades o subjetividades, no hay tiempo para sutilezas y diferenciaciones precisas, no ya simplemente alienadas sino confudidas con nuestra alienación hasta el punto de que querer separarlas se vuelve un ejercicio ilusorio más propio de tiempos remotos o pretéritos, y que entonces qué hacemos, eso sí que no está claro en modo alguno, está oscuro y turbio, todos vamos en el mismo barco, esa metáfora ya la usaba Sófocles, ni más ni menos, cuyos libros, por cierto, son auténticamente sagrados, la interpretación de Hegel de la esencia de la tragedia es muy interesante, ahí se ve también la esencia de la dialéctica, pensada como tragedia, no se trata de que se opongan dos verdades igualmente válidas, la única verdad es la contradicción, el conflicto, la verdad en sí misma es pura tragedia, y el ser es tragedia y por lo tanto la verdad de nuestras vidas es la tragedia, y si pasamos de Hegel a Nietzsche veremos que o somos capaces de afirmar la tragedia, de decir sí a la vida, aunque sea difícil, o somos capaces de bailar y danzar y ensanchar nuestra voluntad de potencia, que no es otra cosa que nuestra capacidad de obrar, o que bueno, pues nos vamos a la mierda, así de claro, sin medias tintas, eso es en el fondo lo que quiero decir, que la vida es como una tirada de dados, a unos les toca un seis, a otros un uno, bien, cada uno avanza lo que le toca en la partida, tú sólo tiras los dados, esto no suena muy bien, no sé, ¿pedimos más cerveza? y si a los que les toca un uno se unen y van a por los del seis por ser unos auténticos hijos de puta pues que bueno, eso también forma parte de la partida, bien, voy a salir un rato a la calle, me estoy mareando, aunque, claro, Nietzsche no es dialéctico, bueno, da igual, salgo un rato.

4 de mayo de 2009

Esperando, eso es todo (incluye notas a pie de página que dificultan la lectura!!)

Estoy sentado esperando a que cese la lluvia ácida(1). El exceso de canales de televisión dispersa mi atención: cambio continuamente de canal, cada tres segundos, sin expectativas y sin la capacidad requerida para seleccionar algún programa determinado del flujo constante de programas que desfilan por la pantalla y concentrarme en su visionado. Ha sido necesario cerrar las ventanas y bajar las persianas Anti-radiación (AR). Un exceso de ofertas que paraliza la capacidad de decisión(2). Espero. Para describir mi estado psíquico es necesario acudir al símil de las ruinas arquitectónicas. Mi mente es como un edificio en ruinas(3). También: como una máquina averiada. Como un animal deslumbrado por las luces de un coche, incapaz de apartarse, consciente de la inminencia de la catástrofe. Como un espantapájaros sin cerebro(4). Como una pequeña laguna de agua estancada. Espero. La certeza de que el retorno al estado de fluidez y agilidad mentales es un acontecimiento independiente de mi voluntad me deja en la incómoda posición de tener que acudir al rezo (a algún dios bailarín) como último, desesperado e inútil recurso. Como una marioneta guardada en un viejo baúl de madera. Afuera sigue lloviendo. La lluvia ácida deshacía la carrocería de los automóviles antiguos. Se estropearon millones. Gracias a la lluvia ácida la industria del automóvil pudo recuperarse y rebasar su tasa de ganancia anterior a la crisis, ya que fue necesario fabricar nuevos coches con protección anti-lluvia-acida (PAA). Una bendición caída del cielo. La mayoría de los canales de televisión tienen la función de fomentar, canalizar y difundir el rencor y la ira. El Espectáculo grotesco de una discusión permanente que se alimenta de discusiones anteriores y proyecta hacia el futuro nuevos horizontes de exabruptos y malentendidos. Emitiendo las veinticuatro horas del día. Desde todos los alatavoces y desde todas las pantallas. Un bucle sin punto de fuga. Apago el televisor y me quedo mirando la pantalla vacía. Se escuchan durante unos segundos unos chisporroteos supongo que electromagnéticos. Un extraño vacío me eriza la piel: quizá se trate de un nudo en el estómago, que es una forma de decir que no me encuentro muy bien y que todo me asusta. Deja de llover. La sensación de que todos los transeúntes se fijan en mí sin duda se debe a un estado de conciencia alterado, pero el hecho de saberlo no es suficiente, la sensación persiste: una sensación viscosa, desagradable, paranoica. La ansiedad es como un barranco. Como caer por un barranco, mejor dicho, porque a un barranco como tal la verdad es que no se parece en nada. Si estás cayendo a veces lo único que se te ocurre es cerrar los ojos y confiar en que lo imposible irrumpa en el mundo de los hechos, una variante de creo porque es absurdo(5). Fabricar dos alas de cartón y pegártelas con celo en la espalda y correr por la carretera solitaria salpicada de farolas crepusculares y seguir corriendo aunque notes el pulso latiendo en la sien y sientas que tus piernas van a doblarse en cualquier momento dejándote tirado en la cuneta. Una carretera en el desierto. De noche tu cuerpo se encogerá por culpa del miedo adoptando la posición fetal (regresión infantil) y enviarás mensajes al móvil de desconocidos pidiendo ayuda. Nadie contestará(6). Como un muñeco de nieve en agosto. Espero. Me siento en un banco. Hay restos de pipas y colillas en el suelo. Un hombre toca un violín. Sonríe. La vida no es tan mala. Al fin y al cabo, hay momento buenos. Eso pienso. Me doy ánimos. Eso es todo lo que soy capaz de pensar en mi estado psíquico de ruinas prematuras. Eso es todo, eso es todo. Repito que eso es todo hasta que deja de tener significado. Hago un gesto con las manos abarcando la totalidad del universo. Me encojo de hombros. La multitud que circula por la calle justo delante del banco en que me he sentado hace que me sienta más solo. Dos chicas me miran y luego hablan entre ellas y luego se ríen y luego se acercan al banco en el que estoy sentado mirando con ojos catatónicos a la desfilante y caótica multitud como si desfilaran por la pantalla de un televisor gigantesco de alta definición. Me siento completamente aterrorizado. Quizá mi terror las espanta, porque me saludan y se van y se dan la vuelta y se ríen. El corazón me late como un doble bombo arrítmico y feroz. Me pongo rojo de vergüenza, examino mi ropa, mi pelo, buscando algún detalle del que haya que avergonzarse, pero no encuentro nada y no entiendo nada y quisiera dejar de ser yo, aunque sólo sea durante un rato(7). Espero sentado hasta que me recupero y entonces me levanto y camino a la deriva. Las afueras de la ciudad conforman una especie de cementerio industrial, viejas fábricas en ruinas que emiten una fantasmal luminiscencia(8) de nostalgia y silencio, de abandono y resistencia estoica(9). Llueve otra vez. Me refugio en un portal. Espero. Quiero que mi cerebro vuelva a su sitio y desaloje el miedo. Eso es todo. No encuentro las baldosas amarillas.
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1. Causada por los gases contaminantes que emiten los motores de los coches: óxidos de nitrógenos (NO y NO2), así como el azufre, en forma de dióxido de azufre (SO2). Información obtenida de Manual de normas, señales y seguridad vial (incluye contenidos de seguridad vial y onducción de motocicletas).
2. Una experiencia similar a la del ser-arrojado-en-el-supermercado. Esto lo escribo deliberadamente en contra de las teorías que celebran la acumulación de mercancías como una ampliación de la libertad. Quizá incluso contra cierta tosca concepción de la libertad.
3. No obstante, la metáfora de la mente como un edificio no podría estar más equivocada. Sacrificamos, a nuestro pesar, la dimensión cognitiva de la metáfora en aras de su dimensión expresiva, porque los estados de ánimo no se expresan solos. Aprovechamos la ocasión para desaconsejar lecturas subjetivistas: creemos en los estados de ánimo como singularidades impersonales. Con esto queremos decir que un estado de ánimo, por muy singular que sea, no es una propiedad exclusiva de un sujeto.
4. Clara referencia a El Mago de Oz. Imaginen la versión en modo dirty realism: el espantapájaros pierde su cerebro por culpa de una resaca de campeonato.
5. Según Slavoj Zizek, la verdadera fórmula de la creencia
6. Lógico, no te conocen.
7. Típico misticismo resacoso.
8. Existen varios tipos de luminiscencia, clasificados en función de la fuente de excitación lumínica: fotoluminiscencia, electroluminiscencia, y dos tipo de fotoluminiscencia, clasificados en función de la duración del fenómeno: fluorescencia, fosforescencia, siendo ésta última la que dura más tiempo una vez ha sido removida la fuente de excitación. Los materiales fotoluminiscentes requieren la siguiente estructura: ZnS, CaWO4, Zn2SiO4, que no tengo ni idea de lo que significa. Las pantallas de televisores a color requieren de cuatro colores catoluminiscentes. Estos son: (a) rojo, para el cual se usa frecuentemente YVO4:Eu3+ . (b) azul -ZnS:Ag+ (c) verde -ZnS: Cu+. Para pantallas blanco y negro, se usan mezclas de la emisión azul ZnS:Ag+ y la emisión amarilla (Zn, Cd)S:Ag+. Aquí, no obstante, me limito a un uso metafórico que conlleva un vagabundeo semántico por las connotaciones de la nostalgia y el abandono y no precisión científico-química, pero me apetecía introducir una nota a pie de página emulando a David Foster Wallace (DFW).
9. El atributo estoico creo que puede ser transferido a un edificio, con base en el vagabundeo semántico que implica (veáse nota 1) el uso metafórico del lenguaje. Pueden detectarse ciertas manías de la estética expresionista o romántica(a) en dicha transferencia. Dicho vagabundeo incluiría un recorrido por ciertos términos del conjunto semántico del estoicismo, tales como la serenidad, la ataraxia, etc(b), así como una especie de vapor connotativo no verbalizado.
a. Nos referimos a la proyección de estados de ánimo sobre el paisaje (veáse nota 3 sobre los estados de ánimo).
b. Cualidades del tipo de resistencia al que nos referimos.

30 de abril de 2009

Simulacros primitivistas en la era de la ultramodernidad

La llama primitiva de las antorchas
temblaba poco antes del alba
sus pies desnudos sobre la arena
trazaban senderos irreconocibles
la luz bañaba sus rostros
petrificados por la espera
y al tercer día del sexto mes
la princesa se sacrificó
al dios desconocido
lloraron amargamente las plañideras
del fúnebre cortejo
a la luz de las antorchas
secundadas por las olas
que lamían la arena silenciosa
y al regresar a casa
colgaron su video en youtube
que fue considerado
por varios usuarios
de contenido inapropiado
pese a que todo fue
un simulacro teatralizado

29 de abril de 2009

Diario de Irene Valinski (Deseo)

Mi deseo los días buenos no tiene nada que ver con una carencia, nada que ver con la nostalgia paralizante de echar de menos algo que nunca estuvo en ningún lado, en ningún tiempo; todo lo contrario: irradia una potencia alocada que se expande en todas direcciones, que se consume a sí misma sin agotarse nunca, que se agita como una bailarina que hubiese estado encerrada en su caja de música durante mucho tiempo y hubiese cobrado de repente vida, tanta que no puede contenerla y se desparrama y afuera el mundo ofrece un espectáculo fuente de continua exaltación. Una alegría salvaje, desorbitada, frenética. Mi deseo es ir hasta el fin de mi deseo, si esto tiene algún sentido. Digamos que es como tratar de levantarse a uno mismo tirándose del pelo hacia arriba sin detenerse ni por un momento a considerar las prohibiciones establecidas por las leyes de la física. Pero no dura mucho tiempo. Si lo hiciera me destrozaría.

Canto a la insurrección que viene

De entre las sombras
en la noche más larga y oscura del alma
emergió el guerrero del espacio;
proclamó que el halo de potencia
y querencia futurista
que nimba lo real
resplandecería pasado mañana
con la forma borrosa
de un fantasma sonriente
proviniente del futuro;
se esfumó como un eco
y al despertar el sol
astro por siempre venerado
se filtraba por las rendijas de la persiana

27 de abril de 2009

Fuga Geométrica II

-Al final nos va a volver locos, si sigue, si no para...
-Pues a mí me gusta.
-Pero eso es porque tú ya estás loco
-Sí, eres un puto colgado, lo sabe todo el mundo.
-Ya, bueno, si que me guste el viento es motivo suficiente para merecer el nombre de loco, loco me quedo.
-...
-...
-El loco del viento acompaña a la ardiente enamorada del viento
-Joder, pa que te encierren
-Puto colgado, ¿mañana vas a venir a clase?


El propósito de la redacción era contestar a la pregunta de si la historia se repetía. La respuesta de Pablo fue muy confusa o, mejor dicho, no fue una respuesta sino una serie de conjeturas en forma de oraciones condicionales que abrían más interrogantes y se perdían en digresiones especulativas que no parecían llevar a ningún lado.


LA HISTORIA, ¿SE REPITE?

Si consideramos los acontecimientos en su irreductible singularidad, ¿cómo podrían repetirse? Si contemplamos el curso de los acontecimientos históricos encajándolos en la figura geométrica del círculo, ¿qué clase de terrible temporalidad carcelaria sufrimos? Si en lugar de pensar en un círculo infernal, pensamos en el círculo de la teodicea cristina, ¿la temporalidad lineal propia de la modernidad es sólo un momento, o una serie de momentos, fugaces, insustanciales, el reflejo pálido de una temporalidad más auténtica, la del mito, pensando, aunque pueda parecer lo contrario, platónicamente, momentos destinados a culminar felizmente un Gran Círculo, que empieza y termina con Dios, o con la realización del Espíritu Absoluto, pensando hegelianamente (Hegel piensa desde Aristóteles, Kant desde Platón)? Pero Dios no se repetiría de la misma forma. Lo mismo no es el objeto de la repetición. La larga travesía de la historia, con sus contingencias y singularidades, desplegaría la esencia del ser que es, es decir, Dios, Inicio y Fin. La identidad absoluta se reconciliaría consigo misma. No está ya constituida antes de la historia: se despliega, deviene. Si aceptamos toda esta parafernalia hegeliana, y una interpretación que peca de simplista o, peor aún, de errónea, en la cual la diferencia finalmente se cancela y regresamos al Uno primordial (pero no el Uno inmediato místico) la respuesta a la pregunta de si la historia se repite podría ser que puede, que quién sabe. Si en lugar del círculo pensamos en la mucho más atractiva figura de la espiral creo que tendremos la posibilidad de pensar un concepto de repetición más sutil. No obstante, la historia seguiría teniendo un centro teológico, Dios, así que, si Dios ha muerto, necesitamos, sobre todo, una nueva concepción geométrica sin un Gran Centro Atractor, sin Origen ni Meta. Tanto Hegel como Marx piensan la historia con un Sujeto de la misma, según Foucault. Al quitar el Sujeto de la Historia uno puede sentirse desconcertado. Lo que sucede es que la filosofía de la historia que dio lugar a la concepción de una Historia, con mayúsculas, unitaria, se tambalea, su supuesta universalidad se revela una particularidad elevada a Historia Universal. No obstante, quizá necesitemos la ficción de un sujeto. Quiero decir: quizá se trate de una ficción operativa, con efectos reales. El modo de ser de los conceptos no difiere demasiado del modo de ser de las herramientas: sirven, funcionan, se usan, o bien se quedan obsoletos, se oxidan, etc. Tal como la pensamos, la historia no es sino un producto de la modernidad. Su temporalidad es una línea recta, simbólica. Con la caída del Sujeto, ya sea el Espíritu o los modos de producción, asistimos a las ruinas del futuro; la imaginación del futuro es indistinguible de un remoto pasado, aunque esté situado en una atmósfera post tercera guerra mundial o post catástrofe nuclear en la que la post-humanidad sobrevive entre inteligencias artificiales demasiado humanas: volvemos a un estado de barbarie, en castigo por la barbaridad de la civilización que ha creado tecnología ultradestructiva. La Ciudad de Dios se vuelve ciudad infernal en esa teología secularizada que es la concepción progresiva de la historia.

Puede que la historia se repita, una vez como tragedia, otra como comedia. No se repite lo mismo. La historia es el teatro de la diferencia. Se trata de un teatro sin espectador, sin punto de vista externo; todos estamos sumidos en su remolino y en sus caprichosas figuras geométricas: círculos, líneas, espirales. Antes de responder a la pregunta de si la historia se repite necesitamos una nueva concepción geométrica de la misma que salve el futuro y supere (¿hegelianamente?) la posmodernidad.

Pablo García Ruiz, 8º de E.G.B, Grupo A.


Su profesora de Lengua y Literatura, la señorita Loren, le aconsejó a Pablo que tratara de ser más claro, que escribiera algo que no pudiera ser confundido con una tomadura de pelo. Pablo respondió que él no había intentado tomar el pelo a nadie, sólo esbozar un plan de trabajo teórico, y que la pregunta exigía, en primer lugar, considerar el propio concepto de historia y, en segundo lugar, el concepto de repetición, y que, en tercer lugar, no hacerlo así sí que sería una tomadura de pelo, porque en ese caso estaría simulando saber lo que no sabe. La señorita Loren le contestó que sólo se trataba de una redacción, que los de Coca-Cola iban a juzgar su corrección a la hora de escribir, no sus ideas, y que si quería participar en el concurso de redacción iba a tener que limitarse a escribir frases bien construidas, a demostrar la amplitud/riqueza de su vocabulario/léxico y su capacidad para inventar/construir comparaciones/símiles/analogías y metáforas y desarrollar la redación acogiéndose al rígido esquema de presentación-nudo-desenlace, o dicho de otro modo: introducción-desarrollo-conclusión. Pablo, que pasaba por un período platónico, respondió que todos esos consejos de sofista le parecían inmundos, porque de lo que se trataba era de ver la Verdad, y que los sofistas eran falsos pretendientes de la Verdad y que si se iba a librar una batalla entre las letras y la filosofía él ya había escogido su bando.

La señorita Loren le obligó a repetir la redacción. La señorita Loren consideraba que era una pena que un chico con tanto potencial como Pablo estuviera tan perturbado. Siempre le contemplaba en el patio, durante el recreo, paseando de un lado a otro, completamente solo. Era el chico más retraído del mundo. Sólo hablaba, de vez en cuando, con Irene Valinski, de 8º B, una chica en cierto sentido tan rara como él, pero mucho más alegre y habladora. A Irene le caía bien Pablo, pero no sabría decir por qué.

24 de abril de 2009

Fuga geométrica

El viento soplaba fuerte y racheado arrancando las últimas flores del cerezo que no pudieron sortear con éxito las embestidas de las últimas heladas y ya nunca llegarán a ser cerezas y ahora caen al suelo del patio y son zarandeadas por el viento y dibujan complejas geometrías fractales en variación perpetua, componen danzas ebrias y febriles, se agrupan en montones, apenas unos segundos, y a continuación se disuelven en numerosas partículas solitarias, átomos incomunicados que huyen espantados, sin dirección, o en cualquier dirección, o en todas las direcciones posibles a la vez, inertes ya pero animados por el viento, que les inyecta un espejismo de vitalidad alegre y danzarina sobre un fondo de melancolía implacable, un viento que las agrupa de nuevo en pequeños montoncitos inquietos o directamente desquiciados, diminutos cadáveres, flores muertas, marionetas cuya única alma es el viento, ese viento despiadado al que es dulce ofrecerse y que te despeina el pelo y agita tus pensamientos que también se desquician, sintonizándose con la danza alocada de las flores consumidas por el frío, aunque ahora ya no hace frío y estás en manga corta, en el patio, y te dan ganas de cerrar los ojos y de unirte a la comunidad de las flores muertas, de viajar o danzar con ellas, de sumergirte en el fulgor de su silencio expectante y de su agitación suave y delicada que se desliza como un susurro y también rabiosa y violenta que golpea como un puñetazo absurdo el rostro imposible del viento.
Danza ciclotímica y, sin embargo, sorprendentemente capaz de efectuar transiciones de ningún modo abruptas entre la delicadeza de unas manos blancas y delgadas a punto de acariciarte y unos dientes furiosamente apretados a punto de moderderte el cuello o de enfrentarse a un vértigo que forma un nudo en tu estómago.

Figura de espaldas. En el brazo derecho, tatuaje de estrellas de distintos tamaños. Pantalones vaqueros de pitillo, ligeramente caídos. Zapatillas Victoria, negras. Camiseta de tirantes, blanca. Pide un paquete de cigarrillos marca Lucky Strike, y papel de fumar fino, marca OCB. Pulsera de cuero negro en la muñeca derecha. Sin anillos en los dedos. Al darse la vuelta para irse vemos que lleva unas gafas de sol Ray-Ban sobre la frente y en la camiseta aparece el dibujo de un rostro también con gafas de sol, situadas sobre los ojos, un rostro que en realidad es un montaje de varios rostros, la boca y la nariz pertenecen a un rostro distinto del rostro que lleva las gafas, la barbilla a otro rostro distinto de ambos y parte de la frente y el pelo a un cuarto rostro. Debajo del cuádruple rostro está escrita la palabra Deconstruct. Al salir a la calle el pelo teñido de verde se le despeina. Se sube, sola, en un Volkswagen blanco, viejo y pequeño estacionado frente al estanco, embrague, primera, arranca y se va.

En el mismo instante en que estábamos a punto de resignarnos y aceptar nuestro destino alguien empujó una ventana y comprobó que estaba abierta. Sin embargo, la distancia que había entre la ventana y el suelo de la calle provocó un momento de indecisión. Habíamos encontrado una salida, despues de haber estado vagando por los pasillos del instituto, corriendo para evitar a los profesores, ocultándonos en el baño de las chicas, donde también nos escondíamos para fumar, en parte porque estaban situados en la misma planta en la que estaba nuestra clase y en parte porque estaban muchos más limpios que los baños de las chicos y, además, allí estaban las chicas, aunque cada vez iban más chicos, y eso que los profesores ejercían una vigilancia especial, mucho más exhaustiva, sobre nosotros, los repetidores de segundo de bachillerato, que incluía frecuentes inspecciones del baño de las chicas, donde ellos sabían que íbamos a fumar, en los descansos entre clase y clase, y sabían también que las chicas no sólo no nos delataban sino que nos encubrían, y ahora dudábamos, en un repentino acceso de cobardía, si saltar o no a la calle, hasta que Pablo se encaramó a la ventana, con decisión, y saltó sin pensarlo siquiera, cayéndose al suelo, ante las miradas atónitas de los transeúntes, pero levantándose en seguida y comunicándonos con alegría que se podía saltar, que no pasaba nada, así que fuimos saltando uno tras o otro, temiendo en todo momento ser vistos por algún profesor.

Nada más llegar a casa Irene Valinski se quita la pulsera de cuero de la muñeca derecha y se tumba en el sofá, se descalza y enciende la televisión, se levanta y abre la ventana, para que entre un poco de viento, y vuelve a tumbarse en el sofá, sin ver ni oír la televisión, que permanece encendida sólo para aplacar el silencio de la casa vacía. Por la ventana abierta llegan voces y se levanta otra vez y sale a la terraza y observa a varios grupos de estudiantes novatos vestidos con batas blancas pintadas que beben cachis de calimocho y de cerveza y cantan canciones en las que se ensalzan sus respectivos colegios mayores en detrimento del resto, que al parecer son una mierda, están plagados de zorras calientapollas que se frotan contra la esquinas y enseñan las tetas a tíos feos con las pollas pequeñas, o son unas monjas estrechas que no han tocado una polla en su vida, ni siquiera borrachas, o van a colegios mayores con nombres del tipo esclavas de Cristo, lo que sugiere a la vez depravación sexual y castidad a prueba de bombas; Irene escucha entretenida todos estos cruces de insultos y acusaciones y le divierte la falta de consistencia que revelan, puta y estrecha se complementan en lugar de excluirse, y le divierte que se insulten cantando, con rimas infantiles y abusando de palabras como zorra, niñata, comepollas, etc. Irene no pasó por ninguno de estos rituales iniciáticos, se fue directamente a vivir a un piso compartido. Se sintió muy sola y muy triste pero también muy libre y muy feliz, aunque la felicidad a veces estuviera teñida con un matiz de terror. Fumaba porros a solas y luego se mareaba y salía a la calle y daba largos paseos y volvía a casa y leía hasta las cinco de la mañana y al día siguiente iba a clase con ojeras y con la sensación de estar a punto de desmayarse en cualquier momento y escuchaba la voz de los profesores como si éstos habitaran un universo infinitamente alejado del suyo, aunque les tuviera delante y pudiera verlos intuía la existencia de una barrera invisible que dividía dos universos. Así que contempla con curiosidad los grupos de chicas que beben y se insultan con cánticos. Si lo piensa, le parecen bastante imbéciles; reproducen una cosmovisión machista con tanto zorra y calientapollas, y la masa suele ser repugnante, y además se someten a la autoridad de las mayores de un modo vergonzoso. Pero Irene no lo piensa y va a la nevera a por una cerveza y vuelve a la terraza a observar a las estudiantes novatas y nota que un nudo se le forma en el estómago. Está a punto de llover, aunque no hace frío, el frescor del viento se gradece. Termina la cerveza y va a por otra y luego a por otra, hasta que se emborracha y entra en casa y se va a la cama y sueña con tormentas y charcos que se convierten en oceános e inundan la ciudad y su casa se transforma en un barco que avanza sin rumbo, dejando estelas caprichosas, complejos dibujos que nadie podrá seguir, el dibujo de un rostro que se deshace sin llegar a definirse nunca.

21 de abril de 2009

Sobre relojes y otras cosas

El sonido monótono, incesante e incansable del viejo reloj de cuerda situado sobre la mesita de noche, al lado de la cama, funciona como un somnífero mecánico muy eficaz, un guardián siempre vigilante en la oscuridad, combatiendo los ruidos imprevistos y desprovistos de ritmo que pueden sobresaltarte y hacer que el corazón se acelere presa de una ansiedad súbita y pasajera, pero que puede dejarte en vela durante horas, y también el silencio, ese silencio excesivo que es como el aullido sordo de la muerte o como un lago blanco e infernal carente de límites y capaz de absorverte y sumergirte en un temible estado psíquico en el que todas las imágenes que cruzan por tu mente, por muy alejadas que estén de sugerir elementos siniestros o amenazantes, por muy neutras que puedan ser, son como ráfagas de pavor que inundan tu frente de transpiración y provocan en tu cuerpo movimientos rápidos y nerviosos, desesperados cambios de postura sobre toda la superficie de la cama. El sonido mecánico del reloj es previsible, calmante, un refugio circular, las manecillas del reloj no tienen escapatoria pero viven felizmente su eterno retorno, afirmándolo una y otra vez, siempre y cuando uno se acuerde de darle cuerda cada cierto tiempo.

El olor a hierba recién cortada del jardín triangular que se encuentra al doblar la esquina, y la claridad alegre del día, sin una sola nube surcando el cielo, más la ligera brisa que eriza el vello de los antebrazos, componen una suerte de saludo impersonal de la primavera.

El momento de llegar al último cigarrillo del paquete de Ducados rubio es inminente.

El primer disco de Décima Víctima, grupo español de los años ochenta claramente influenciado por Joy Division, suena a un volumen moderado; las líneas del bajo se proyectan sobre la claridad del cielo como una geometría melancólica y la voz grave se expande como el humo de un cigarrillo, en ondas concéntricas, lentamente y con cierta densidad oscura, aunque no opresiva.

16 de abril de 2009

Borbotones de palabras

El eterno resplandor de una caída infinita en un pozo sin fondo obnubiló la mente de Jim el maldito, el anacrónico, el misántropo, el irónico, el herido hijo de puta, una visión fugaz que le persiguió toda su corta vida plena de desdichas, Jim el atribulado, el navegante perpetuo, el atravesado, el despreciador de toda conveción social diseñada, según su conspiranoica perspectiva de las cosas, para joderle y sacarle de quicio y arruinarle la vida, para enmarcarlo en la feliz estampa de un presente perpetuo enamorado de sí mismo, una época narcisista por la que se arrastran penosamente individuos, mónadas aisladas, desoladas, retorcidamente cómicas, tiernas, malvadas, todos aletargados, flotando en un líquido narcótico, dulcemente anestesiados, dejándose llevar por la inercia, desidiosos, locos, puteados, cabreados, arañando el suelo como los condenados de algún círculo del infierno, dejándose llevar por la corriente, la masa exangüe de licenciados y licenciadas varados en las barras de los bares, esperando algo, cualquier cosa, que nunca llega y entonces ni siquiera se plantean las preguntas, el miedo nos atenaza la garganta, esbozan muecas, gestos quebrados, frases que no dicen nada, el viento fresco en la cara sienta bien, salgamos afuera, un rato, toda la vida, ¿y tú qué esperas de la vida? yo nada, no busco, encuentro, voy a ir hasta el fondo de las cosas, pero mejor voy a dejarme caer en el pozo sin fondo, sin rencor, libre al fin para nada, gozando, si es que es posible, de esta libertad inútil, esta libertad en el vacío, desnudando las mentiras que recubren con una fina película invisible nuestras vidas, pero para qué, es una estupidez, seducido por el eterno resplandor del fracaso en la era en que se extinguieron al fin los poetas malditos y fueron suplidos por los intelectuales engreídos lectores de contraportadas de libros de Derrida, mi tragedia será en vano, seducido por la simplicidad abstracta de la nada que puede serlo todo vagaré por ahí, las calles mojadas serán mi alimento, mi último aliento será para las estrellas que no nos ven, las estrellas, ves que anacrónico, que romántico, es para partirse de risa o de tristeza, noches azules, demasiadas, iré a cualquier parte, pero iré en tren, y una vez allí no desharé la maleta, daré una vuelta por el centro, probablemente me meteré en un bar y pediré un bocadillo de tortilla y una caña, luego fumaré un cigarrillo, recordaré viejos tiempos, los viejos tiempos no fueron mejores, a nuestro parecer, el poeta lo dice bien claro, a nuestro parecer, pero si lo fueron para nosotros es que lo fueron, qué más da, creo estar en el infierno, luego estoy en él, dijo el príncipe de los poetas, conclusión válida, sin que importe la opinión de nuestros doctrinarios contemporáneos, el gran discurso de la Ciencia, que les follen a todos, Jim el sufriente os desprecia y os quiere, luego cogeré otro tren, y otro, y entrenaré mis poderes mentales para enamorar a chicas a distancia y aunque no me mueve sabed que no he parado de bailar.

Diario de Irene Valinski (Sin sentido)

No tiene sentido, pero da igual. La razón, al menos la mía, no puede dominar las pasiones, al menos las mías, por mucho que Séneca. Quiero decir: la alegría y la tristeza acontecen, eso es todo. Ya no sé hablar, pero da igual. Tartamudearé, sin tener nada que decir, palabras a la pata coja, palabras, palabras, palabras. El resto es silencio. Algo huele a podrido en Dinamarca. Bien, dejemos de citar a Hamlet. Inmersión total en los caprichosos designios de afectos que se mueven en ondas expansivas, luego se contraen, se pierden, se agotan, se desmayan, resucitan, etc.

Diario de Irene Valinski (Todo se rompió)

El sol sale siempre. Sin la seguridad de una deducción lógica, pero salir, sale. El viento se escucha. Con temblor de ojos y manos blancas y delgadas como pájaros muertos de miedo en las tormentas. Nadando en un mar filmado por Herzog. No sé qué digo. Todo se rompió, ya no sé hilvanar frases. Salto a la pata coja, para apaciguar la angustia. Sé que no tiene ningún sentido.

15 de abril de 2009

Diario de Irene Valinski (Nunca se sabe)

Nunca se sabe. El silencio, blando, todo de algodón. O también: cuchillos y alfileres y toda clase de instrumentos punzantes hiriendo de muerte las nubes y las almohadas. El silencio es imposible, aterrador, es la muerte. Por eso es importante tener el calzado adecuado y los pantalones ajustados y saber fumar con lentitud sin desesperarse por la espera y la huelga de los acontecimientos. Es decir: vosotros queridos moralistas no vais a evitar que nos sacrifiquemos alegremente en la celebración de la decadencia. La vida justificada únicamente como fenómeno estético, más allá del bien y del mal, Nietzsche dixit. Los últimos hombres saludamos. Sonreimos. Todo es tan divertido. La risa se hiela y se quiebra y compone un rictus patético. Pero a nosotros no nos cuida Beatriz. Dante tuvo suerte. Así cualquiera. Cruzaría infiernos si no fuera por nuestro triste apego a la vida, que nos condena. Ah viejo moralista, Séneca, tienes toda la razón del mundo. Ah la seguridad burguesa. Siempre pensé que en Séneca no había una filosofía de la muerte sino un curioso vitalismo que exigía vencer el miedo a la muerte como condición de un libertad que se conquista a martillazos y a base de autodisciplina. Pero nunca se sabe, se está a punto, se retrocede. Visiones, antes de dormir. Deseos furiosos. Había un verso que decía: la que se rompe de tanto desear lo que no existe. Ah las ganas de todo y de nada. Los nómadas sedentarios. La fibre salvaje que desemboca en consoladores refugios artificiales.

14 de abril de 2009

Diario de irene Valinski (Correspondencias arriesgadas)

No Future, el viejo lema punk, es aplicable a Beckett, sus personajes saben que no hay futuro, que estamos solos para diñarla ante la muerte, como dicen los de Tiqqun. Quizá incluso podría aventurarse una analogía entre la simplicidad de los acordes punk y la sintaxis beckettiana. A mí Beckett me deja desolada, me consume, sin embargo el punk me da fuerzas para plantarle cara al tedio y a la nada. Soy una punk beckettiana.

Un mero divertimento: poemas intraducibles para pasar el rato en las noches de insomnio

El cielo descendía azul ceniciento deslizándose hacia la zona
de la tierra de rocas rojizas rozando ramos de raras rosas
entre ronquidos feroces de ciegos brontosaurios veloces
zambulléndose en las piscinas de las princesas de ceniza
esparcidas por el horizonte celeste de luciérnagas fosforescentes
cenando en el cementerio de los azules cielos descendentes.

13 de abril de 2009

Diario de Irene Valinski (Horizontes despejados)

La lluvia cae.
Lentamente. Y toda la boca me sabe a agua fresca, el olor a tierra mojada acogerá mis huesos rotos. Y mi esqueleto es un sauce. Un sauce llorón. Ruido de coches. No, es mentira. No se oye nada. Tengo un paisaje anodino que obervar y poco más. Me molesta casi todo. No siempre. Necesito estar sola. No siempre. Viajo sin moverme del sitio. Yo nunca he estado aquí. Oídme bien: nunca he estado aquí. Ni siquiera para escenificar la mentira consoladora de saberme un destino trágico. Un cadáver entre las flores y la lluvia. El deseo romántico es una estrategia para combatir el tedio cotidiano. Los días pasan. Los ciclos se repiten. No estoy aquí para encontrar una salida. Nada más terrible puede cantarse. Si viviéramos en el mundo de los dibujos animados dibujaría una puerta y saldríamos por ella, cantando y danzando. No puede ser. Nada más terrible. Le grito a no sé quién, perdido entre las sombras que se avecinan. Le grito sólo por el placer de gritar. Grito tan fuerte y durante tanto rato que me caigo al suelo, desmayada. Palabras como hachas para romer el pedazo de hielo que soy. Algo así dijo Kafka, creo. No importa. Cascadas locas y furiosas a falta de puertas imaginarias. Desería hallar una forma de explicarlo mejor. Que estalle la rabia y la belleza. Perdimos algo. No, no había nada. Este amor violento a la melancolía me deja exhausta e inútil para afrontar la vida cotidiana. Pero miradme, qué ridícula. Escenificando para nadie la tragicomedia de los destinos rotos. Tan desorientada. Por las noches, tan perdida. Me cogen de la mano, porque sino me quedo atrás. Esperando. Acechando sombras con los ojos fuera de sus órbitas. Bailaría hasta consumirme. Bajo la lluvia. Desnuda y loca. Libre para nada. Horizontes despejados, es lo único que pido. Mi anhelo. Mi enfermedad. Horizontes. Despejados. Las cosas tal como son: infinitas. Infinitas, eso dije un día de alegría omnipotente. Luego viene la cuesta, la depresión del valle, donde ni siquiera hay rabia, donde nada se mueve. Solidez y opacidad axfisiantes. Lo contrario de los horizontes despejados. Ayer soñé con una angustia parecida a una soga apretada al cuello con gente que se tiraba desde una ventana y nunca me he sentido tan asustada. Y eso que yo estoy acostumbrada desde pequeña al acoso de las pesadillas. Mi esqueleto era un sauce llorón. Le pongo poesía porque si no me caigo.

Diario de Irene Valinski (al salir de la caverna)

Pero al salir de los locales cavernosos y oscuros en los que la vida se detiene, hipnotizada por notas musicales que flotan entre el humo denso y las conversaciones entrecortadas precipitándose hacia un fin que testimonia la fugacidad absurda de la existencia, las calles vacías demasiado ciertas y la calma del sol pálido y matinal de invierno me inyectaban una dosis de tristeza inexplicable, que se me pegaba a la piel sin remedio y que tardaba varios días en abandonarme.

Diario de Irene Valinski (el día en que conocí a John Cale)

Camino por las calles de Nueva York. 1966, tal vez 1967. Saludo a John Cale y le digo que White light/White Heat va a ser la hostia. Contesta que lo sabe y que Lou Reed es un puto envidioso. Le digo que mi resistencia a la cerveza es mayor que la de Maureen Tucker y que en sueños toco la batería de una forma tan extraña e inquietante que yo misma me asusto. Contesta que eso habría que verlo y que el batería de AC/DC es una puta mierda y se ríe. Tomamos unas cuantas pintas de cerveza en un local oscuro y mugriento. Me dice que con mi pelo verde tengo una pinta genial. Contesto que ya lo sé y que no hay mucho que hacer. John Cale lo sabe, pero no se desespera. Ensayo percusiones sobre la barra del local oscuro y mugriento y John emite sonidos chirriantes con la boca. Improvisamos durante diez minutos, el tiempo que tardan en echarnos del local. Idos al infierno con esa mierda. Todavía es de día. Sobre todo Sister Ray. Va a ser tremenda. Será una canción mutante, sin forma definida, como si huyera de sí misma, a punto de precipitarse en el caos, algo así, como un corsé rompiéndose, única, no la repetiremos, quede como quede... Lo sé, lo sé.

Comemos pipas. Fumamos cigarrillos. Compramos una litrona. Nos la bebemos en un parque. A Nico le desenchufábamos el micrófono en plena actuación. Ya lo sé. Que se joda, Lou y yo estábamos de acuerdo en eso. Sin avisar, John Cale se esfuma. Me pongo a hacer sonidos chirriantes con la boca. Una vieja me mira como si fuera un ser diabólico. Le saco la lengua. Espero sentada en un banco a que anochezca. Sometimes i feel so happy, sometimes i feel so sad

5 de abril de 2009

Diario de Irene Valinski

Seguiré siendo frívola y pretenciosa y juguetona y ninfómana y me teñiré el pelo de verde y compraré un montón de chapas poppys y me moriré de gusto comprando la ropa más fashion en la tienda de segunda mano y escucharé a los Strokes y a grupos revival y adoraré a la Velvet Underground y ensayaré poses de frío distanciamiento ante el espejo y leeré a Rimbaud y colgaré una foto suya en mi habitación y saldré a la calle con gafas de sol y me tumbaré en el suelo de la plaza mayor entre guiris rubias de piel rosada a punto de abrasarse a saborear un helado del McDonalds y por las noches beberé cachis de cerveza en el Paniagua cantando Morrisey Morrisey Morrisey y les pondré unos cordones negros a mis Converse rosas sucias y desgastadas y caminaré por Gran Vía con el Ipod a todo volumen observando a la gente como si fueran marionetas ridículas contoneándose sobre el abismo de fauces negras con una sonrisa en los labios y despreciaré el vértigo que a veces, de repente, sin avisar, me entra en el estómago y me marea y me asusta, ese vértigo que se inventa abismos por los que despeñarse inconscientemente, borracha y a toda prisa, como si ya no hubiese tiempo, como si el tiempo se hubiese vuelto loco y girara descontrolado, cada vez más deprisa: danza entrópica de una realidad fuera de quicio que observa en un espejo el espectáculo hipnótico de su propia fiesta de autodestrucción, fiesta frenética con coros trágicos exaltados y retorcido barroquismo y al final una honda serenidad de simplísima paz minimalista y meditación sobre el vacío primordial. Recta final del tiempo de la modernidad, línea simbólica quebrada en miríadas de micronarraciones sin centro vertebrador, caos y frenesí y fumaderos de opio de la India.

No sé lo que estoy diciendo. Mañana haré algo productivo, lo prometo. Promesas que no valen nada nada nada, como cantaban Los Piratas. Quizá. Miraré y admiraré una vez más el cielo nublado, los árboles de figura triste, el paisaje melancólico, sabiendo que el melancólico no añora un objeto perdido sino una falta, algo que nunca ha estado en ningun parte: la verdadera vida ausente.

31 de marzo de 2009

El desequilibrado inventor de títulos, o la tristeza de las empanadas sin relleno

-Vagabundos perdidos en una cuneta desafían a Dios.
-Confesiones de una marioneta asesina.
-Al oeste en Filadelfia crecía y vivía.
-Pétalo de flor de cerezo viaja como minúscula partícula de nieve derritiéndose por el cauce imposible de un viento desconocido que no ha dejado ni un instante de soplar.
-Adolescente Punk muy guapa de quince años se enfrenta al sistema bebiendo cerveza y muriendo románticamente.
-Música electrónica experimental para parados aburridos con mucho tiempo libre.
-Recuerdos de un viejo incandescente.
-Postnovela postnarrativa positrónica.
-Atornillando y desatornillando: las aventuras de Penélope en la sociedad industrial.
-A mitad de precio: consumiendo hasta morir en un orgiástico apocalipsis postindustrial.
-Rugir de tripas en la clase de Metafísica.
-Nanas grindcore, baladas hardcore.
-Metales hirviendo para merendar.
-La apasionante historia de mis repentinas bajadas de tensión, o ¿Cómo demonios tengo dos brechas de siete y cinco puntos cada una en mi cabeza, se verán mucho si me rapo el pelo?
-Posthombres posthistóricos postcapitalistas postmetafísicos postpop postrockeros postpoéticos postmodernos postorgánicos: cómo ponerle el pefijo post a todo y quedarse tan ancho, un postensayo postpost.
-Navegar sin velas y en círculos en mares desérticos.
-Rebelión en el supermercado (¡Se cita a Orwell!)
-¿Dos por uno o tres por dos?, ¿Por qué no siete por cinco u ocho por seis?, ¿nueve por siete?, ¿once por ocho?

30 de marzo de 2009

De hipócritas y neutrales

No hay que fiarse de la gente que se presenta diciendo que odia sobre todo la hipocresía y la mentira. Si fuese cierto, la civilización estaría en un serio peligro. Por suerte, su odio es hipócrita y mentiroso.

Tampoco hay que fiarse de la gente que dice estar hablando desde un lugar neutral, muy lejos de cualquier posicionamiento político o contenido ideológico. Precisamente lo propio del mecanismo ideológico es ocultarse a sí mismo su carácter ideológico. Suelen coincidir con los que odian la hipocresía.

Experimentos situacionistas

No es posible tocar el corazón o la médula espinal o las entrañas de una ciudad si no has navegado (navegado, sí) por ella a la deriva borracho un domingo cualquiera a altas horas de la madrugada.

26 de marzo de 2009

Nubarrones en el horizonte

-Sin duda se acercan ya los mensajeros...
-Noticias terribles, supongo.
-De las que nadie quiere oír hablar...
-¿Qué noticias?
-No sabría concretar...
-Yo tampoco.
-Tengo miedo.
-Yo también.
-¿Qué será?
-No sabría concretar.
-Yo tampoco.

Etc.

24 de marzo de 2009

Interpretaciones probablemente muy cuestionables

Kavafis tiene razón: no hay que temer a los Lestrigones. Y hay que procurar que el viaje a Itaca sea largo. Ezra Pound también tiene razón: escuchad al viento, ese es el paraíso. Y, finalmente (última cita, lo prometo) Panero también tiene razón: qué lejos sigue el mar de nosotros, qué lejos el ser.

Frente a la intuición de la insuficiencia de lo real, incompletud o falla ontológica, presencia de una ausencia, o como quiera que se le denomine, Kavafis nos anima a buscar la plenitud, advirtiéndonos de los peligros pero sin amedrentarnos, a que afirmemos, en fin, nuestra voluntad de poder.

Ezra Pound nos ofrece una particular concepción del paraíso: el lugar supremo que no puede tener insuficiencia ontológica alguna no es un lugar, sino el permanecer a la escucha. El objeto escuchado, el viento, es casi la negación de un objeto: no es una canción, ni una palabra, no tiene un significado identificable. Es una escucha en intensidad. ¿Qué escuchamos cuando escuchamos el viento para que pueda ser considerado el paraíso? Nada distinto de sí mismo, ningún mensaje identificable. El mensaje está ausente. Si nos pusiéramos heideggerianos podríamos decir que escuchamos el ser que se sustrae, diferente de los entes, que no puede presentarse en su positividad, porque no la tiene. El viento es lo que huye, lo que no tiene más identidad que un soplido en la noche y deshace identidades, desterritorializador poético por antonomasia; morar en el viento es morar en la errancia, de forma que no hay más un yo en el lugar del viento, o el yo como lugar de lo imaginario (y de lo "sónico"... no sé cómo decir esto pero hay que decirlo) se ha vuelto poroso y ha sido atravesado por líneas de fuga.

Afuera los árboles se agitan. Y adentro.

Escuchar como verbo intransitivo. No escuchar algo, que el viento vendría a traernos, sino dejarnos llevar* por el sonido del viento en una inmersión que deshace nuestra individualidad, ese es el paraíso.

[Alternativa kafkiana: estamos frente a la puerta, esperando, y cuando por fin se abre descubrimos que lo hace hacia afuera, que hemos estado dentro todo el rato: el viento no nos va a llevar al paraíso, escucharlo es el paraíso]

[Duda: ¿es demasiado absurdo pensar que el verso de Pound nos sitúa en el límite entre el ser y el ente, en el límite que somos nosotros mismos, sin la cáscara de la metafísica de la subjetividad? Quizá esto ya tiene poco que ver con el verso y nos estamos precipitando en las temibles garras de la hermeneútica más desbocada que olvida la obra por completo para dedicarse a sus cosas. De todas formas, el dejad indica un impedimento u ocultamiento del hablar del viento y una invitación a dejar que se muestre por sí mismo, lo que un pensar objetivante no entiende porque no calla un momento e impone formas y reducciones por doquier. Novalis sí entendía bien esto de dejar que se manifieste lo que es y escucharlo y tenía un verbo para nombrar esta acción: romantizar]

Ítaca, el ser, el mar, siguen lejos porque no son un espacio positivo, al que se pudiera llegar. La casa buscada por los románticos no está en ninguna parte. Somos sujetos escindidos, autoconscientes, exiliados de una patria imaginaria (el mito del paraíso). El mar como imagen originaria alude tal vez a un estado de unión, al ser, sin distinción de sujeto y objeto, como un espacio de inmersión total al que abandonarse.

En cualquier caso, escuchad el viento.


*El valor para marcharse,
el miedo a llegar.

Llueve en el canal, la corriente enseña
el camino hacia el mar.
Todos duermen ya

Dejarse llevar suena demasiado bien.
Jugar al azar,
nunca saber dónde puedes terminar...
o empezar

Vetusta Morla, Copenhage

Tiburones muertos o satélites oxidados

No es tan fácil escapar de esa desidia que te atrapa y avanza uniformemente en línea recta como un tiburón muerto con ojos muy abiertos que lo miran todo sin ver nada. Un día cualquiera te conviertes en un tiburón muerto flotando a la deriva con una inercia imparable y los ojos muy abiertos, sin párpados, y deseas despertar del sueño de la muerte y descubres que no es tan fácil, de hecho puede llegar a ser muy difícil, incluso puedes llegar a creer que es imposible, aunque no lo sea, porque desde luego no lo es, un poco de fuerza de voluntad, y en algunos momentos, breves y fugaces, que descartas rápidamente, como relámpagos que no estás seguro de haber visto de verdad, el deseo de despertar se invierte y sólo deseas dormir, todo lo profundamente y el mayor tiempo que sea posible, apagar el mundo, aunque sólo sea un rato, descansar, porque el cansancio de no hacer nada, o peor, la angustia de no saber qué hacer y la densidad cada vez mayor del paso del tiempo, que ahora hace esfuerzos dolorosos por pasar, agotan, más aún que la rabia o que el esfuerzo encaminado al logro de alguna meta futura y apetecible. Deseas escapar y el miedo al mundo de ahí fuera te paraliza, te deja exhausto. Más bien: deseas ser capaz de desear escapar.

No está claro, ni mucho menos, de qué deseas escapar. Una pulsión a la huida te ha acompañado desde hace mucho tiempo. Incluso en las tardes de verano en las que eras feliz imaginabas que lo abandonabas todo y viajabas durante meses hasta encontrar tu sitio, una casita en una montaña, al lado de un río, o en la playa, enfrente del mar, o un tren que no paraba nunca, en el que no viajaba nadie más, y que recorría todos los lugares y todas las estaciones, y entonces sentías la necesidad de huir también de aquel tren que trazaba un bucle infernal.

Del presente también se puede huir hacia atrás, recordando, recobrando imaginariamente el tiempo perdido, y a eso te dedicabas cuando creías que ya no podrías soportar más el hecho de ser un desidioso tiburón muerto, un exiliado de su propia vida, separado de todo, ausente, un trasto inútil, cada vez más feo, un satélite oxidado que ya no transmite ninguna señal pero que continúa orbitando, sin poder evitarlo, por pura inercia, sin sentido, esperando sin mucha esperanza una última señal que le comunique con el mundo, un mundo que se disuelve en la nada de sus cimientos, por decirlo de alguna manera.

Que algo pasara, cualquier cosa, un acontecimiento al que poder ser fiel, en eso cifrabas una esperanza escuálida y frágil, pero esperanza al fin y al cabo. Un amor, una rebelión, una vocación, algo, en fin, que pudiera ser afirmado y sostenido más allá del presente, con fervor y perseverancia y cierta serenidad sobrevolando alegremente vicisitudes y contratiempos. Pero lo que hacías era regodearte en un solipsismo tan estúpido como agotador. Nunca tuviste fuerza de voluntad.

Escuchabas música sin parar, y fumabas, y mirabas por la ventana, las flores del cerezo, tan blancas, pronto van a helarse, porque va a nevar, y las ballenas blancas son demoníacas pero al menos Ahab tenía algo que hacer*

* Según Homer Simpson la moraleja de Moby Dick es: Sé tu mismo.

19 de marzo de 2009

Ser-en-el-fútbol-sala: estilo, riesgo, ritmo e imaginación

Más importante que marcar goles es jugar con estilo, lo cual requiere asumir riesgos y despreciar la eficacia en favor del virtuosismo. En lugar de asegurar un pase previsible al cierre, arriesgar un regate inverosímil por la banda, sobre la línea de fuera. Tomar decisiones absurdas con determinación, como tirar desde el medio del campo o intentar regatear a todos los jugadores, confiando en el éxito de la hazaña, porque sin riesgo no hay gloria, es una cualidad que suscita amores y odios, pero constitutiva de un estilo de juego que aspire a la excelencia y a la belleza, tanto a la belleza lírica de un regate realizado en la zona del corner, cercado por dos jugadores, como a la belleza épica de un disparo de volea desde tu propio campo.

Carácter es destino, también en un partido de fútbol-sala.
La sintaxis es una cualidad del alma, también en un partido de fútbol-sala.

Pero no se trata únicamente de correr riesgos. Arriesgarse cuando sabes que la acción que vas a realizar no tiene ninguna posibilidad de éxito es sin duda una estupidez. Hay que saber correr riesgos. La inspiración sobreviene en el momento en que ves con claridad la forma de llevar a cabo una posibilidad que aun así permanecerá hasta su realización en un estado parecido al del gato de Schrödinger. En ese momento, que dura unas milésimas de segundos, es cuando hay que correr el riesgo. Si el gato está vivo, el balón entrará en la portería. En el ser-en-el-fútbol-sala el sentido es transparente e incuestionable y algo que hay que producir, tal como enseñaba Deleuze en La Lógica del Sentido.

La gracia de los movimientos y el ritmo son, además del riesgo, elementos imprescindibles en la constitución del estilo. La apariencia de libertad de los movimientos, simultáneamente relajados y tensos, no se consigue sin haberlos previamente automatizado mediante su repetición incansable. Por eso jugar a fútbol-sala y hacer los deberes son actividades incompatibles. No hay tiempo para todo, así que es preciso priorizar actividades.

Para lograr un buen ritmo también es fundamental automatizar movimientos. En este caso hay que hacerlo sobre todo como grupo. Si no sabeis rotar o jugar al primer toque sencillamente no sabeis jugar a fútbol-sala y os van a golear porque vuestro ritmo como conjunto será demasiado lento e inofensivo. Saber rotar y saber jugar al primer toque son los cimientos sobre los que se edifica un equipo de infantiles poderoso y temible. Pero los cimientos no lo son todo. También hay que saber deconstruirlos, porque si no el ritmo se vuelve previsible, lo cual implica que la fotaleza que debe ser un equipo deja de ser inexpugnable: el rival puede adivinar la dirección de un pase y anticiparse (la fe en el portero es el último recurso que nos deja la desesperación). Es preciso, por lo tanto, cambiar de ritmo para sorprender al rival. Un ritmo desestructurado, con aceleraciones endemoniadas, cambios repentinos de dirección y paradas estratégicas que te permitan observar la posición de los jugadores es indispensable. Los cambios de ritmo son a la vez individuales y grupales: si subes a toda velocidad por la banda alguien debe ir a toda velocidad al segundo palo, si haces una pared con un compañero la fuerza del pase y la velocidad deben coordinar (también hay que prever los movimientos de la defensa y juzgar la viabilidad del pase, puediendo elegir otra opción, si fuera necesario). El ritmo debe ser armónico e imprevisible (para el rival).

Pero quizá lo más importante de todo sea tener visión de juego. La visión de juego es el arte de crear espacios, y de hacerlo rápido, porque si no te roban el balón. Aquí hay que combinar riesgo, movimientos gráciles y ritmo. Pero sobre todo hay que tener imaginación. También conocimiento mutuo entre los jugadores: saber indicar con signos apenas perceptibles tu intención y que el otro la reconozca de inmediato, sin que lo haga el rival (en el fondo un partido es un complejo diálogo entre dos rivales, cada uno de los cuales es un sujeto colectivo que a su vez dialoga entre sí para ejecutar una acción colectiva existosa, el ser-ahí-con y la dialéctica amigo-enemigo en su máximo esplendor). Quien está en posesión del balón es el punto a partir del cual se abren y dibujan espacios en potencia, mientras el rival, lógicamente, trata de cerrarlos e imposibilitar que se conviertan en espacios en acto (que serían potencialmente peligrosos por cuanto habría que confiar en el portero para que evitara que el gol pasar al acto). El poseedor del balón no es el principal encargado de crear espacios, es más bien el principal encargado de reconocer los espacios que tratan de abrir su compañeros. En última instancia, si no ves ningún hueco, siempre puedes tirar directamente a puerta (la portería es un espacio ontológicamente diferenciado, en el sentido en que describe el espacio de lo sagrado Mircea Eliade) o lanzar un balón perdido, sin dirección, dejando las consecuencias al azar (el espacio al que aquí se apunta es cualquiera, y cualquiera puede aprovecharlo). Esto es lo que hacen los malos jugadores.

También, obviamente, hay que saber rematar. No hay que tener piedad por los porteros (parece que estoy tratando muy mal a los porteros, pero en realidad son los guardianes del espacio ontológicamente diferenciado, y son tan importantes como Frodo, ellos llevan el anillo, son los más importantes y por eso los de su equipo deben protegerles; los rivales (que lo son relativamente unos a otros) sin embargo son como Sauron, más o menos, la analogía no h quedado muy lograda, lo sé). Disparos rasos y ajusados al palo. Entrenamiento diario. Si suspendes todas las asignaturas menos lengua y literatura no te preocupes, porque vais a ganar la liga y es improbable que exista algo más importante en el mundo. Los demás Colegios son unos pringados.

13 de marzo de 2009

La nada que es canto

Puedes contemplar el sol como quien busca la Verdad, y se quema. Puedes también tumbarte en el patio como un lagarto con los ojos cerrados y casi sin respirar, con una pequeña sonrisa etiquetada como MUY FRÁGIL que el viento se llevará temblando sobre el abismo, temblor mudo que quiere ser canto, abismo sin fondo que no quiere nada, nada que es música y canto.


¡Las flores del ártico no existen!, gritó alguien, aterrado, en la oscuridad. Pero ella las busca con tesón y sin esperanza. El mal de la esperanza sigue encerrado en la Caja de Pandora, que por una retorcida astucia llevaba el nombre de Caja de la Felicidad. Por eso la abrieron y salieron los males. Quedó la esperanza. Luego la esperanza es un mal, según dice el mito. Ella lo sabe. Busca en silencio. Es una búsqueda solitaria. Por las noches a veces juega a que no hay luz eléctrica y enciende una vela y se imagina tiempos remotos. En la llama vacilante perviven espíritus de antepasados. Eso le dijo alguien, no importa quién, cuando era pequeña y asustadiza. Al soplar el espíritu se transforma en la materia sutil del humo e inicia su ascenso. Una noche soñó que ella vivía atrapada en la llama de una vela y alguien, no importa quién, soplaba la llama. Se deshacía su cuerpo, pura ligereza, puro flotar a la deriva a la espera de un encuentro casual con alguna galaxia en la que encallar y dormir profundamente. No era ni triste ni alegre el sueño. No era una pesadilla como esas pesadillas horribles en las que se sentía perseguida por Conan el Bárbaro. Se está muy bien buscando flores del ártico, que no existen, así, sin esperanza. Parece triste pero no lo es, o igual un poco sí, quién sabe. Cómo me gustaría saltar y encallar en alguna Galaxia, y que alguien me hiciera reír por el camino, con una risa franca, lejos de las muecas deprimentes que exhiben las máscaras que ríen por compromisos de sociedad.

5 de marzo de 2009

Pure as snow

Vuelve a nevar. La nieve es pura pero también es molesta si uno sale de las ensoñaciones y pisa la calle embarrada. Contemplarla al lado del radiador por la ventana está bien. Da ganas de tomar chocolate caliente. El fuego en las cavernas debió de ser algo fantástico. Aunque no tenían música. Quizá cantaban en grupo. Ya había grupos antes de Facebook. Individuos no, son un invento reciente. Se agrupaban para protegerse de un enemigo exterior o de la noche. La noche ha mantenido a través de los milenios su misterio. Los niños aún la temen. Dejan una luz encendida. Su fuego para espantar monstruos. Esta nieve inesperada tras unos días primaverales adquiere una cualidad onírica. O tal vez yo no he dormido bien. Camino por la nieve como un astronauta perdido en un planeta extraño y miro hacia arriba con nostalgia: la vieja nave destartalada que me trajo hasta aquí ha desaparecido, sólo quedan restos, ruinas. Las ruinas del futuro. El tiempo se ha vuelto loco. Ya no avanza en línea recta. Yo no sé a dónde ir.

3 de marzo de 2009

Aquí estamos

Pierdo el tiempo, a veces creo que no hago otra cosa. No paro de perderlo, todo el tiempo estoy perdiendo el tiempo. Como una máquina soltera. Absurda. Que no produce nada. Solitaria. Como el monstruo de Frankenstein sin su novia. Y el tiempo es oro, dicen las almas colonizadas por el capitalismo. Y el sentido del ser es el tiempo, dice Heidegger. Y el tiempo es la cuarta dimensión. Y los relojes. Y el calendario. Las estaciones. Segundos, minutos, horas, días, semanas, meses, años, lustros, eras, siglos, milenios. La eternidad es el tiempo sin tiempo. No sé muy bien qué quiere decir esto. Y aquí estamos*

* Para una explanación existenciaria (no categorial) del sentido de esta expresión acudir a Ser y Tiempo:

La espacialidad existenciaria del "ser ahí", que de tal suerte determina su "lugar", está ella misma fundada en el "ser en el mundo"(...) Un "aquí" y un "allí" sólo son posibles en un "ahí", es decir, si es un ente que ha abierto como ser del "ahí" la espacialidad. Este ente ostenta en su más peculiar ser el carácter del "estado de no cerrado". La expresión "ahí" mienta este esencial "estado de abierto"

La "facticidad" no es la "efectividad" del factum brutum de algo "ante los ojos", sino un carácter del ser del "ser ahí" acogido en la existencia, aunque inmediatamente repelido.