domingo, 29 de marzo de 2015

Excusas geniales

—¡No puedo! —gritó él desde su habitación— ¡Sí, estoy ocupado! ¿Que qué estoy haciendo? ¡Escucho a Raffaella Carrá y leo a Arno Schmidt! Además, es domingo, el sabbath cristiano... Hacer algo de provecho está terminante y religiosamente prohibido. —Pues él era, como vemos, un decidido partidario de respetar el sabbath, especialmente los domingos.

(Y, a todo esto, se le preguntó cómo podía gustarle tanto un anticristiano radical como Schmidt, a él, conocido entre otras cosas por su obsesivo interés en la religión cristiana, y respondió que donde otros veían oscurantismo él veía simbolismo y poesía —y algo más, definitivamente velado al entendimiento racional—, donde otros leían literalmente él leía, como le parecía cuerdo y natural, simbólicamente y, en fin, donde unos alentaban una controversia sobre hechos, para él la religión nada tenía que ver con una disputa sobre hechos. Apelaba difusamente a Wittgenstein, a la filosofía analítica, a Eugenio Trías, a Simone Weil y a Agamben para explicar su postura, pero conminado, ante aquel tropel de referencias, a que ahondara un poco más en el tema, se escudaba en su proverbial pereza y ejecutaba un gesto que quería decir «no me seas cansino...»)

El espíritu de la revolución

El momento decisivo de la evolución humana está siempre en transcurso. Por eso tienen razón aquellos movimientos espirituales revolucionarios que declaran insignificante lo anterior, ya que, efectivamente, no ha sucedido nada todavía.
Franz Kafka

Aquí el (segundo) autor

El capítulo 9 de El rey pálido comienza con el célebre «Aquí el autor. Quiero decir el ser humano de carne y hueso que sostiene el lápiz, no una máscara narrativa abstracta». Naturalmente, este autor no es sino otra máscara narrativa abstracta. No es de carne y hueso, diga lo que diga. 

Curiosamente, en el Quijote el autor también irrumpe en el capítulo 9. ¿Coincidencia? ¿O estaba DFW rindiendo una especie de homenaje a Cervantes? No lo sé. Pero relean —y flipen con él— el capítulo 9 del Quijote... Para que luego haya gente que todavía se atreve a hablar de la metadiscursividad como un pernicioso invento de la maligna posmodernidad.

PD: Cervantes rules.

Bob Sinclair & Raffaella Carrá - Far L'amore



Esta canción era lo único bueno que tenía La gran belleza. La gran Raffaella.

viernes, 27 de marzo de 2015

Segregado del género humano

—Si sigues empeñado en leer esos libros tan raros que me lees últimamente vas a terminar segregado no solo de tus contemporáneos, sino del género humano...
—Mis contemporáneos dicen que Kafka es un mal escritor y que Musil es soporífero, por lo tanto no quiero saber nada, absolutamente nada, de mis contemporáneos...
—...
—Y puesto que, por lo demás, soy un mindundi total (aunque también tengo mi orgullo), me permito la libertad de despreciarles sin ni siquiera leerles.
—Ya veo. Has perdido la cabeza. Tarde o temprano tenía que pasar.
(Con aire soñador). Segregado del género humano... ¡Qué hermosa expresión! ¿No la hemos usado ya antes?

El mundo de la fe

¿Cuál es, pues, el mundo de la fe? Un mundo que no está hecho de sustancia ni cualidad, no un mundo en el que la hierba es verde, el sol, cálido y la nieve, blanca. No. No es un mundo de predicados, de existencias y de esencias, sino un muno de eventos indivisibles, en el que no juzgo y creo que la nieve es blanca y que el sol es cálido, sino en el que estoy transportado y trasladado en el ser-la-nieve-blanca y en el ser-el-sol-cálido. Un mundo en fin en el que yo no creo que Jesús, un cierto ser humano, es el mesías, el hijo unigénito de Dios, generado y no creado, consustancial con el Padre, sino un mundo en el que creo solo en Jesús mesías, y soy arrebatado y trasladado a él, un mundo en el que «no vivo yo, sino el mesías en mí» (Gál 2, 20).
Giorgio Agamben, El tiempo que resta: comentario a la carta a los Romanos

miércoles, 25 de marzo de 2015

Decididos partidarios de la esterilización de los hombres (sobre la insensatez de procrear)

Admitamos la incuestionable grandeza literaria de la Biblia, pero admitamos también que en tan excelso libro pueden leerse imperativos notoriamente absurdos, empezando por el archifamoso «sed fecundos y multiplicaos». Para contrarrestar la fuerza del imperativo bíblico, traemos a este ya vetusto blog a Nacho Vegas (otra vez), a Siniestro Total (el mejor grupo de música de todos los tiempos, como cualquier ser humano con una mínima capacidad de raciocinio y gusto tiene la obligación de admitir) y al escritor (injustamente poco conocido) Arno Schmidt.





Yo soy decidido partidario de la esterilización de los hombres —nótese que no digo castración— y del aborto legalizado.
Arno Schmidt, Momentos de la vida de un fauno.

Él (V)

El viento sopla y sopla

Amar a la chica sin rostro es como amar a una sombra. El viento sopla y sopla. Escucha. Sí, el paraíso. Se pierde, se está perdiendo. Un devoto del viento, otro más. Hay muchos. Lectores obsesivos, sobre todo, también chicos insomnes; toda clase de lunáticos. Al lado del río, un enorme sauce llorón ruge como un gigante que se desperezase después de un siesta de mil años. La chica desconocida pasa al lado del silencioso devoto del viento. Apenas le roza. Él se estremece. Ella va corriendo. Él la mira, y siente que las pupilas le arden y a la vez se le llenan de lágrimas. Ella se aleja deprisa. El sol resplandece pero ella, irremediablemente, se aleja, se pierde. Pelo largo, negro, alborotado por el viento. No se le ve el rostro. De fondo, ladridos de perros que se enzarzan en una pelea. Él se despide de la chica para siempre. Nunca volverá a verla. Aunque, en realidad, nunca la ha visto. Ni siquiera se trata de un amor a primera vista, ni a última. Un amor loco y breve y absurdo. Cierra los ojos para poder sentir mejor el calor del sol. Escucha el viento pero el viento no dice nada. El viento deshace las palabras. El viento no tiene rostro. Un devoto, otro más, del viento, y también del sol y las estrellas. Nada que decir, nada que escuchar. El paraíso. Tal vez el viento, además de las palabras, deshaga el paraíso. Tal vez el único paraíso sea el que deshace el viento. Cruza el río por la pasarela. Si tuviera un cigarro, lo fumaría. Pero no tiene ninguno. El agua del río es de color marrón.


Simples preguntas

¿Seguro que el solipsismo es malo? ¿Eh, David Foster Wallace? ¿Estás seguro? ¿No crees que podrías haberte equivocado? ¿Te imaginas pasear por un hermoso mundo libre de seres humanos? ¿Acaso no podría ser cierto que el egoísmo y la ausencia de los (molestos) otros sean vías de acceso a una felicidad perfecta, ininterrumpida, a una serenidad inmarcesible y a una beatitud completa? Por otro lado, ¿con quién se iría uno de cañas en ausencia de los otros?


Como siempre

Por aquella época él no tenía trabajo, ni novia, ni esperanza. Leía sobre todo a autores cómicos, o humoristas, algunos más alegres, otros más tristes. Leía a Arno Schmidt, a Jerzy Kosinski, y de vez en cuando a Douglas Adams. También a Cervantes. Releía a Bolaño. Era un hombre frenético. Su frenesí tenía tal vez alguna razón de ser, aunque puede que no tuviera ninguna. Por aquella época daba largos paseos por su pueblo. Siempre había detestado su pueblo, pero un día, de repente, le pareció que, si bien era un lugar indudablemente feo y dejado de la mano de Dios, tenía un cierto y misterioso atractivo. Una tarde se esforzó en contemplar el mundo como si fuese la última vez que lo miraba. Aunque sabía que no era cierto, que sobreviviría. Es posible despedirse y sobrevivir, pensó. Alguien, no recordaba quién, había escrito algo muy parecido.


Diálogos imposibles

Se imagina hablando con Walter Benjamin. Le pregunta: «Querido Walter Benjamin, ¿qué te parece la idea de que las miradas de las chicas que te han querido a lo largo de tu vida son las que, en el tiempo del fin, alimentarán el fuego de la lámpara eterna? ¿Cursi tal vez?». Walter Benjamin, como es lógico, no responde. Walter Benjamin murió en 1940, en Portbou, cuando huía de los nazis.

lunes, 23 de marzo de 2015

El Dios ausente

El mundo es la ausencia de Dios: su distancia, que llamamos espacio; su espera, que llamamos tiempo; y su huella, que llamamos belleza.
Simone Weil

sábado, 21 de marzo de 2015

Umberto Eco sobre la Biblia

Tengo que confesar que los primeros centenares de páginas de este manuscrito realmente me engancharon. Llenas de acción, tienen todo lo que el lector de hoy busca en una buena historia. Sexo (en cantidad, incluidos el adulterio, la sodomía y el incesto) y también asesinatos, guerra, matanzas y demás.
El capítulo de Sodoma y Gomorra, con los «travestis» intentando seducir a los ángeles, es digno de Rabelais; las historias de Noé son Julio Verne puro; la huida de Egipto pide a gritos convertirse en una gran película... En una palabra, una verdadera bomba, bien estructurada, con multitud de giros argumentales, llena de invención, con la cantidad exacta de piedad y sin caer nunca en la tragedia.

martes, 17 de marzo de 2015

DFW o el arte del barroco (microensayo apresurado)


Decía Roland Barthes que tal vez el barroco fuese «una contradicción progresiva entre la unidad y la totalidad, un arte en el que la extensión no es una suma sino una multiplicación, en una palabra, el espesor de una aceleración». Si pensamos un momento en la estructura de La broma infinita, veremos claramente que se trata de una novela que tiende más a la multiplicación que a la suma. El infinito no puede totalizarse, no puede englobarse en una unidad cerrada. La broma continúa, se multiplica sin cesar.

Dos rasgos característicos de la estética barroca, el detalle y el fragmento, son casi los emblemas de la escritura de DFW. El arte del detalle alcanza un grado insuperable, excesivo, totalmente delirante. Cuando llegas, exhausto, al final de alguna frase especialmente enloquecida y vibrante no puedes menos que caer de rodillas y aplaudir semejante muestra de apabullante genialidad sintáctica. Puro arte, una nueva dimensión de la expresión frase bien musculada. El tiempo está a punto de detenerse. DFW presta atención a todo. Un minuto a bordo de un avión, o sentado en un autobús, ocupan un montón de páginas, porque agotar ese instante —en el que, como en cualquier otro, innumerables estímulos se presentan a la conciencia de manera simultánea—, captarlo en el orden sucesivo de la sintaxis, no es fácil.

Pero es el orden que impone el lenguaje. Esta especie de desfase entre la percepción y la escritura la analiza DFW prolijamente —¿cómo, si no?— en El neón de siempre y hacia el final de El rey pálido, que yo recuerde. Pero diría que es un leitmotiv presente en toda su obra.

El otro rasgo característico del barroco al que aludíamos, el fragmento, es también, obviamente, un rasgo definitorio de la escritura de DFW. Tanto La broma infinita como El rey pálido son novelas fragmentarias. Hasta bien avanzada la novela, La broma infinita parece un conjunto de fragmentos independientes, de relatos autónomos, y en cierta medida lo son (en el sentido de que «por medio del fragmento se realiza una descripción que no recurre a ninguna unidad», Fernando Castro Florez, 2007). El segundo capítulo o, mejor dicho, la segunda obertura de La broma infinita bien podría ser un relato independiente. Erdedy está esperando a la mujer que dijo que vendría. Porque dijo que vendría. Está esperando a que le traiga unos 200 gramos de marihuana. Erdedy reaparece unas 400 páginas más tarde.

Quien espere linealidad y triángulos de Freytag, que se vaya a otro sitio. La novela transcurre describiendo círculos en torno a dos ejes: la Academia Enfield de tenis y la Ennet House.

Por otro lado, las conexiones entre los diversos fragmentos a veces resultan excesivas, incluso, como dijo alguien, un pelín paranoicas*. Como si todo debiera estar unido con todo para tener sentido. Esta tensión entre fragmentos y totalidad da lugar, creo yo, a las extrañas estructuras de las novelas de DFW. Alejadas de marcos narrativos convencionales y repetidos ad nauseam —y que vuelven a ser reivindicados como única opción narrativa válida por los reaccionarios de siempre, a los que si les quitas su triángulo de Freytag se enfadan— en sus obras la digresión, los extravíos, el vagabundeo, las reflexiones, el humor —sí, el humor, en ocasiones negrísimo, barroco— campan a sus anchas, sostenidos en todo momento por su todopoderosa prosa. A Holden Caufield le chiflaban las digresiones. A DFW también.

*El Rey Paranoico preguntaría: «¿Lo suficientemente paranoicas?».

PD: A modo de conclusión, como aufheben hegeliana de la bipolaridad fragmentos/totalidad, podríamos decir que en las novelas de DFW lo que hay es un cristal que ha estallado en mil pedazos.

jueves, 5 de marzo de 2015

Él (IV)

Puertas y ventanas

La línea de sombra sube por la fachada amarillenta de las casas abandonadas. Ya casi ha cubierto el primer piso. Hay un cartel del ayuntamiento en el que está escrito con grandes letras rojas «PROHIBIDO EL PASO». Hay varias puertas y ventanas rotas —la prohibición del ayuntamiento ha sido claramente violada— que aletean furiosas cuando sopla el viento. Las puertas y la ventanas son de madera y están pintadas de verde, pero la pintura está descascarillada. Lento pero fascinante espectáculo el de la decadencia de un conjunto de casas irremediablemente condenadas a la ruina. Muchas cerraduras han sido robadas. La línea de sombra ya ha cubierto el primer piso. Dos pájaros juegan a perseguirse por el tejado. Más allá de las casas pasa un avión trazando una línea blanca que se difumina pronto sobre un cielo tan azul como impertérrito. Hará unos tres meses, por lo menos, que justo enfrente de las casas abandondas han dejado abandonado un viejo coche rojo. Parece lógico. Por la calle no pasa nadie, y la tarde va muriéndose poco a poco, serenamente, como si Dios bostezara y su aliento lo inundara todo de un dulce y absorbente sopor.


Más diálogos mesiánicos

—Al parecer, aquí vienen a parar todos los despojos —dice él—. Los desharrapados, los parias, los olvidados, los abandonados, los que tienen hambre y frío y sed y no pueden calmarse ni colmar sus deseos, los que lloran pero sus lágrimas no les resultan refrescantes ni desenconan su corazón afligido, duro como una roca (y también son rocas sus recuerdos, hay cuarzo y mica y feldespato enquistados en su memoria involuntaria), los solitarios, los tarados de solemnidad, los raros y los feos y los que no saben vivir o ya no pueden más.
—Ya estamos otra vez con el mesianismo —suspira una voz exasperada—: ellos serán mesiánicamente redimidos y alcanzarán la felicidad, ¿verdad? —Sacude la cabeza hacia los lados, señalando enfáticamente su incredulidad—. ¿De verdad crees que reirán en el Reino de los Cielos?
—No se te ocurra confundirme con alguna clase de librepensador —dice él, algo ofendido—. Yo soy lo más opuesto a un ateo que conozco y cabe pensar.


Hacia el Este, el avance de la línea de sombra continúa

La línea de sombra, como quien no quiere la cosa, ya casi ha cubierto el segundo piso, que es el último. Está rozando el tejado, como una lengua que estuviera a punto de lamer una mejilla (esta analogía, admitámoslo, no ha tenido mucho sentido; más bien ha sido una majadería en toda regla, pero bueno).


Alegrías siderales

Aun a riesgo de ser cursi, le parece hermoso pensar que la palabra deseo se compone del prefijo de y de la palabra sidus, sideris, es decir, estrella, constelación. Y después vendrá un violento cielo violeta y después la noche y entonces mirará por la ventana y asentirá y tal vez —solo tal vez— incluso sonría. A las estrellas. Sí.

miércoles, 4 de marzo de 2015

Él (III)

Diálogos mesiánico-kafkianos

—Aquí estoy —dice él con voz temblorosa—, segregado del género humano, esperando al Mesías y sabiendo que llegará cuando ya no haga falta.
—Vale, deja de hacer de Kafka —le responde una voz sensata.
—Has de saber que el Mesías no llegará el último día, sino el ultimísimo —concluye él con tono triunfal.


Una visión tremendamente sombría de todas las cosas

Tengo una visión tremendamente sombría de todas las cosas. Todas las cosas que sufren elevan sus tristes plegarias hasta mis oídos. Pero yo no puedo hacer nada. ¿Cómo podría? No hay nada que hacer. Entonces, cuando —como sucede ahora mismo— sale el sol y la luz se derrama sobre los tejados de esas casas de ahí, las que están abandonadas, consumiéndose en su vacío y en su silencio, me alegro mucho. No digo que el sol vaya a solucionar nada, porque nada tiene solución; solo digo que está bien que salga de vez en cuando.


Angustia

No estaría nada mal, pero nada mal, que el sol evaporase la angustia de mi pecho de una vez y para siempre, dijo él.


Visiones

Mudas mujeres impúdicas caminan desnudas, en fila india. Su piel blanca refulge en la noche. Brillan como estrellas, como copos de nieve, como ángeles exiliados. Mañana por la mañana solo quedarán sus huellas, o puede que ni siquiera eso: quién sabe si sus pies descalzos habrán podido dejar incisiones permanentes en una tierra tan dura, tan antigua, en esta pobre y seca meseta donde por el día silba el tártago y la vista no encuentra reposo. La noche es larga y fría, y las mujeres señalan al cielo.

domingo, 1 de marzo de 2015

Milenarismo

Fernando Arrabal estaría como una cuba, pero era el único que de verdad hablaba del milenarismo. Los demás hablaban de entropía, el deshielo polar y demás zarandajas que poco o nada tenían que ver con el tema. Además, no solo dijo la inmortal frase «el milenarismo va a llegaaar». También dijo: «somos anarquistas divinos»; «nosotros queremos un Apocalipsis de amor»; «yo soy feo pero Dios me ama sobre todas las cosas»; «no me gusta la palabra 'tocar'»; «yo soy representante de Dios, y de la Virgen María, y de los apóstoles judíos»; «¿por qué no dejan hablar a la minoría silenciosa religiosa?»; «milenarismo, es decir de Milena, la mujer de Kafka»; «Campillo, eres demasiado racionalista»; «yo estoy diciendo las cosas más importantes» y «¡VIVA el judeocristianismo!». Indudablemente era Fernando Arrabal el que estaba diciendo las cosas más importantes. El resto, pura faramalla verbal.

sábado, 28 de febrero de 2015

Él (II)

La boca negra de un caballo muerto

El abismo de mi melancolía, dice él —seguramente pervirtiendo alguna frase de Vollmann, pues se le ha metido en la cabeza que las citas son sampleables y modificables— es tan negro como la boca de un caballo muerto, pero en esa boca, en esa oscuridad, hay luciérnagas. (La verdad es que no siempre hay luciérnagas. Yo, dice él, siempre deseo que las haya, pero mi deseo no puede evitar que a veces solo haya oscuridad, nada más que oscuridad). A continuación se encoge de hombros, guarda silencio y observa las nubes. Pasan con agradable lentitud.


Solemne

Solemne, pero nada rollizo, avazó desde la silla de su habitación a la ventana. La abrió. El viento le despeinó. Al no llevar bata, el viento no pudo juguetear con ella. Declaró entonces: «ya no creo en esa fantasía helenística del sujeto ataráxico que no necesita nada, ya no creo en los estoicos ni en los epicúreos ni en los cínicos ni en ninguna otra valerosa pero para mí insuficiente ética; y tampoco, claro está, creo en esa autogénesis fantasiosa con la que se funda el sujeto moderno; no creo en Descartes, no creo en Kant, no creo en la autonomía del hombre, pues no es cierto que el sujeto pueda darse una ley a sí mismo; no, ya no puedo creer en esas cosas». ¿Se convirtió en una especie de fideísta irracionalista? ¿Depositó su confianza en el insondable camino de la gracia? ¿Aborreció la Ilustración? ¿Creyó, con San Agustín, que la libertad no era suficiente, que no era suficiente ni de lejos para colmar sus anhelos indeterminados, sus ansias insensatas, su fiebre y su hambre voraz de no se sabe qué? ¿Pensó que su frágil alma no podría ser fortalecida ni siquiera por Homero y, en consecuencia, quiso echarse en brazos del Crucificado? Todo esto no son más que ociosas especulaciones. Lo único que sabemos —así lo dejó escrito— es que estaba de acuerdo con Simone Weil en que los misterios de la fe se degradan si se convierten en un objeto de afirmación y negación, cuando en realidad deberían ser objeto de contemplación.

Estallidos

Estallan las voces. Estalla el llanto, la luz y la muerte. Todo estalla. Como dice (más o menos) Pascal Quignard. Estallan ritmos secretos y melodías sinuosas en la hora mágica, en la hora dorada, cuando los cuerpos y las sombras y los árboles se transfiguran y acarician el gozo de la inexistencia, de lo diáfano. Melodías que cabalgan hacia polvorientas puestas de sol. Luz desmayada.

Y el búho de Minerva dice «escribid, escribid, mañana por la mañana ya no será de noche: nos espera un floreciente amanecer de sodio».

viernes, 27 de febrero de 2015

Homenaje del Señor S. al Señor Leonard 'Spock' Nimoy


PD: La foto está horrorosamente mal hecha, lo sé. Pero es que el resto han quedado aún peor. Además, la cuestión es que Leonard Nimoy ha muerto y que, en consecuencia, la humanidad entera está de luto. Desde aquí le rendimos un sentido —y tal vez un tanto friki— homenaje. Estamos consternados, literalmente.

Él

Otra historia sobre el fracaso de la voluntad

Lo que en su mente se anunciaba como un combate épico en el cual su férrea voluntad habría de doblegar a su desequilibrado sistema nervioso acabó siendo —reconozcamos que era bastante previsible, pues a ello apuntaban diversos artículos científicos sobre el tema— un completo fiasco. No había manera de librarse de ciertas estereotipias motoras que le venían acompañando desde la más tierna infancia, desde que tenía tres o cuatro años. No era algo tan sencillo como dejar el tabaco. Prevalecieron, por tanto, los reclamos de su sistema nervioso: su voluntad abandonó el combate, se escabulló con el rabo entre las piernas, cabizbaja y melancólica, pues no podía hacer otra cosa ante la humillación inflingida por el poder omnímodo de su fisiología. Así que se resignó y siguió ensimismado en su mundo autista de objetos giratorios y movimientos rítmicos aparentemente disfuncionales (él hacía girar objetos todo el tiempo). Porque la alternativa era ser vapuleado por sucesivas oleadas de angustia en un confuso y desagradable mundo anómico. La alternativa era carecer de centro, de un punto de referencia estable; dejar de estar anclado a su propio cuerpo y vagar a la deriva por el mar, un mar azul oscuro y frío, sin tierra a la vista. Necesitaba algo a lo que agarrarse. Si no, se ahogaría.




Una de las (muchas) razones por las que venera a David Foster Wallace y le considera algo así como su amigo imaginario


David Foster Wallace luchó toda su vida contra el solipsismo, contra su tendencia a encerrarse dentro de su propio cráneo. Sabía que no podía pasarse la vida atendiendo exclusivamente a su incesante monólogo interior, que tenía que abrirse al mundo y a los demás. También luchó contra la depresión. Y la depresión es el más temible y feroz de los monstruos. Es cierto que al final no pudo más, pero también es cierto que luchó admirablemente y que escribió páginas gloriosas, páginas infinitamente divertidas y páginas infinitamente tristes.


Manías

Él es extremadamente maniático, lo que supone un fastidio, tanto para él como para los demás. Por ejemplo, por las mañanas siente la compulsiva necesidad de decir «buenos días», no por educación, sino porque todo debe regirse por un determinado orden: primero decir «buenos días», luego hablar de lo que sea. Que alguien le hable antes de decirle «buenos días» le fastidia muchísimo. También le fastidia que le digan «duerme bien» en lugar de «buenas noches», que es lo que debe decirse siempre. Y así con todo. Un sinvivir.


Rutinas

Cuando la rutina es una necesidad imperiosa, no tiene ningún sentido discutir si es buena o mala, si hay que seguirla o romperla, etc. Se trata de un debate que a él no le concierne en absoluto.


Inmunda rata de biblioteca

La vida ya se me va haciendo larga, dice él, citando a Fleur Jaeggy. El mundo es un lugar bastante aburrido, prosigue, y el libro es la ausencia del mundo. Lector mudo, silencioso. Páginas rumorosas aletean en el aire. Destellos ilusorios, fantasías, misterios trémulos. Imágenes, fantasmas traslúcidos surgidos de entre las páginas. Le soplan en la nuca. Un viento frío. Impulso invisible. La piel estremecida, quién sabe por qué. Afuera nada. Tedio. Si las palabras no me salvan, dice, entonces nada lo hará. Y Dios es solo una palabra, aunque lo busque con los ojos y escuche el eco de su ausencia. Mis ojos se vuelven del color de lo que miran, dice él. Y nadie sabría decir de qué color era el cielo aquella tarde.


Sobre la lectura (contra Derrida)

¿No sería mejor que fuese afuera donde se consumara y cumpliera la lectura, y no ya en el texto? Porque no todo es texto; y así los dientes del lenguaje morderían los labios del ser; y la extraña secta de los lectores danzaría y reiría, con los rostros radiantes de alegría.


Entonces ¿en qué quedamos?

-¿Hay que huir del mundo o hacerle frente?
-No lo sé. Yo sueño con fundar una secta de eremitas en la arena de Qumrán, con negar el mundo de la manera más radical posible; deshacerse de las obligaciones y los compromisos. Solo viento, arena, luz...
-Mira que te gusta usar la palabra «secta»...
-Pero también me gusta reírme con la gente, a veces incluso hacer reír a la gente...

miércoles, 25 de febrero de 2015