miércoles, 29 de octubre de 2014

Curiosidades que tal vez no sabías y que son indispensables (aunque no sé para qué)

-El apartamento de Fox Mulder tiene el número 42 como homenaje a La guía del autoestopista galáctico.

-En Scream, vigila quien llama los protagonistas ven La noche de Halloween. Y en Halloween H20 ven Scream, vigila quien llama. 

Javier Iglesias Lacaba, en su tesis sobre Carpenter, opina que la incongruencia es notoria. Mi opinión, por el contrario, es que tal enredo de alusiones y homenajes configuran una terrorífica cinta de Moebius cuyo mensaje está clarísimo: ¡la ficción y la no-ficción forman parte del mismo plano ontológico!

sábado, 25 de octubre de 2014

Meditaciones fenomenológico-literarias fruto del ocio sabático

No sé si me gusta más la chica wittgensteiniana de DFW en La escoba del sistema o la chica heideggeriana de Vollmann en Pelo violeta (estoy muy a favor, en cualquier caso, de los relatos protagonizados por chicas obsesionadas con filósofos). Leonore Beadsman o Catherine. Gran dilema. ¿Qué se dirían entre ellas?

Ahora, en esta luminosa mañana de octubre, en la que la belleza matinal se une al descanso sabático y hasta mi ventana llega el rumor lejano de los coches y la quietud de la inmensidad azul del cielo es como una laguna de tranquilidad imperturbable, voy a resumir la filosofía de Heidegger, que yo mismo estoy lejísimos de entender cabalmente -¡si es que tal cosa es siquiera posible!-, diciendo que en sus manos la ontología se transforma en fenomenología, y que lo que eso quiere decir es que detrás de los fenómenos no hay nada. Lo que hace Heidegger es, grosso modo, desmantelar el mito de una presencia plena oculta detrás de las apariencias, el mito conspiranoico más querido por la metafísica occidental clásica. Todo este rollo es mucho más complejo, pero creo que para tratarse de una mañana de sábado ya hemos hecho suficiente ejercicio mental.

PD: Hegel decía que la nada es siempre la nada de algo... Ahí lo dejo, remarcando enfáticamente la preposición para cargarla arbitrariamente de un supuesto significado profundo cuyo desciframiento dejo a la amable consideración del lector...

viernes, 24 de octubre de 2014

Algarabía libresca

Las ferias de libro viejo y de ocasión son siempre motivo de regocijo y algarabía. Libros viejos y tirados de precio -pero cuyo valor es incalculablemente alto, de hecho es una asíntota que se acerca más y más a la curva del infinito, por decirlo de un modo enrevesado que de la impresión de que yo sé algo de matemáticas o lo que es una asíntota-, ¿qué más se le puede pedir a la vida? Bueno, si recapacitamos un poco hemos de admitir que se le pueden pedir bastantes cosas más, pero lo fundamental para poder resistir a la intemperie existencial, al descalabro social y al hundimiento abismal en la oscuridad más oscura y total está en los libros, en esos libros que siguen portando la antorcha y alimentando su fuego eterno contra viento y marea, contra todos los azotes e inclemencias que amenazan su delicada pero necesaria existencia.

¿Cómo puede ser, cabría preguntarse, el fuego eterno y frágil a la vez? ¿De qué eternidad estamos hablando? Pues mucho me temo que de una eternidad quebradiza, de una eternidad que necesita alimento para brillar y dar cobijo, para ser guía y refugio.

(En un solo párrafo he hecho referencia a conceptos tan grandilocuentes, tan inmanejables, tan desmesurados como infinito y eternidad, así que me veo obligado a rebajar el tono a partir de ahora).

Como flores de loto que brotasen en el cieno, como iridiscentes gemas esparcidas azarosamente aquí y allá por un terreno baldío, gemas que recogiesen la luz solar y la concentrasen en su precioso seno formando reverberantes puntos de inusitada intensidad lumínica, así surgieron ante mi vista, propulsados por mis escudriñadores e infatigables dedos, ávidos de descubrimientos sorprendentes, las siguientes joyas literarias, objetos propiciadores de incontables horas de felicidad clandestina:

-El asno de oro, Apuleyo.
-Vida y opiniones del caballero Tristram Shandy, Laurence Sterne.
-El Spinoza de la calle Market, Isaac Bashevis Singer
-Bajo el volcán, Malcolm Lowry
-Manhattan Transfer, John Dos Passos
-Pabellón de reposo, Camilo José Cela

martes, 21 de octubre de 2014

Jordi Maiso: la industria cultural



Lo malo de los adornianos es que tienen razón y nos obligan a pensar (aunque siempre están un poco como en un funeral). Minan nuestro despreocupado goce narcisístico. Yo seguiré hipostasiando mi propia subjetividad sin contenido (o algo así) en este espacio digital. Qué remedio.

Con Pasolini, contra las tertulias

PROFUNDO FOSO DE DEGRACIÓN INTELECTUAL.

domingo, 19 de octubre de 2014

Títulos yuxtaposicionales

Hay una tesis sobre Carpenter que lleva el decepcionante y descriptivo título 'Análisis de la filmografía de John Carpenter'. ¿Qué ha sido de la venerable tradición académica de poner títulos absurdamente largos, pomposos y pedantescos?

Se podría haber titulado 'Dark Star, todo lo que la serie B siempre quiso ser y gracias al demiurgo narrativo lllamado Carpenter por fin llegó a ser'; 'Génesis de un nuevo paradigma cinematográfico a través del encuentro fortuito y yuxtaposicional entre el western y el terror'; 'De los alegres surfistas del espacio que destruían planetas y reflexionaban sobre la soledad del hombre en el vasto, silencioso y espantoso Universo, a los cazadores de vampiros: historia de un cineasta peculiar'; 'El único y verdadero discípulo de Hitchcock en un mundo plagado de falsos profetas'; 'Dije ritmo narrativo y fascinación por el mal, estúpidos';

El fulgor aparente del prestigio espectacular de los objetos, o de por qué a veces ir de compras es tan triste

Los anuncios de refrescos nos ofrecen habitualmente planos generales de una jaracandosa multitud felizmente unida por obra de bebidas burbujeantes y azucaradas. Dejando a un lado el misterio de que tan festivo tumulto no sea el resultado de la ingesta de bebidas espirituosas sino de haberse remojado el gaznate con bebidas carbonatadas, la cuestión es que 
En la imagen de la unificación feliz de la sociedad mediante el consumo, la división real está siempre suspendida hasta una próxima no-realización en lo consumible. Cada producto individual representa la esperanza de un veloz atajo para aceder por fin a la tierra prometida del consumo total y, al mismo tiempo, se presenta como singularidad decisiva. Pero (...) el objeto del cual se espera una potencia singular no llega a proponerse como objeto de adoración de las masas sino a condición de ser producido en un número de ejemplares lo suficientemente elevado como para poder ser objeto de consumo masivo. El carácter prestigioso de este producto cualquiera procede del hecho de haberse situado, por un instante, en el centro de la vida social, como si fuese la revelación del misterio de la finalidad de la producción. El objeto que fue espectacularmente prestigioso se torna vulgar en cuanto entra en casa de un consumidor, porque en ese momento mismo entra en casa de todos los demás consumidores. Revela entonces (cuando ya es demasiado tarde) su pobreza esencial, que procede de las miserables condiciones de su producción. Y para entonces ya ha aparecido otro objeto que se ha convertido en justificación del sistema y que exige ser reconocido.
Guy Debord, La sociedad del espectáculo.

sábado, 18 de octubre de 2014

Breves consideraciones en torno a John Carpenter

1) John Carpenter no tiene películas malas.
2) Incluso las películas que algunas personas (gentuza, fundamentalmente) dicen que son malas, son buenas.
3) Por tanto, todas las películas de John Carpenter son buenas.
QED.

jueves, 16 de octubre de 2014

miércoles, 15 de octubre de 2014

Conversaciones con amigos de la infancia que acaban machacando inmisericordemente tu maltrecho ego

-¿Qué tal te va la vida?
-Sin novedad en el frente, ya sabes; esperando a que salgan otras oposiciones, vagueando a lo Michi Panero, hojeando un libro raro sobre misticismo judío mientras bebo té... Más o menos lo de siempre. ¿Qué tal tú?
-Yo estoy creando una empresa de servicios de desarrollo de software.
-Joder. ¿Desarrollo de..? Joder. Bien, bien... Una empresa... Ya... Qué bueno, ¿eh?... Servicios... Guau, joder... Software, ¿eh?
-...
-Software ¿eh? No hardware sino software ¿eh?... Bien bien... Es un poco como el alma de las máquinas, ¿no? Ghost in the Shell y eso, ¿no? El yo es una cosa sagrada en el Zohar...
-Deja de decir memeces. Estoy hablando de empresas, de cosas serias de mayores que tú no entiendes...
-Oh perdone usted, yo sé que el capital circula tal que así: D-M-D', donde el aumento del valor del segundo D' es fruto del trabajo...
-Tampoco estoy hablando de 'Bienvenidos al marxismo, clase I'.
-Lo que muestra ese esquema es que el valor de cambio ha hecho la guerra por su cuenta...
-Y dale con Marx. Estoy hablando del mundo real, no de estructuras teóricas abstractas.
-Perdone usted pero sin teoría la realidad no es más que un molesto cúmulo de acontecimientos absolutamente ininteligibles...
-Como tus frases...
-A que te meto.

Lenguaradas llameantes, cangrejos rotos

En el anteriormente mencionado prólogo, Steven Moore nos cuenta algunas buenas descripciones de lo que viene siendo despertarse con una resaca de órdago y rogar en vano a los inclementes dioses (que sonríen maliciosos ante el divertido espectáculo de nuestra desgracia y dolor irreparables) un poco de ayuda celestial. Dice Moore que todos los escritores sienten ganas de divertirse un poco cuando se disponen a afrontar la descripción de una resaca y que llegarán hasta el símil más absurdo que puedan encontrar. Moore, no se atreva nadie a ponerlo en duda, tiene más razón que un santo.

(Hemos de decir, entre paréntesis, y en honor a la verdad, que algunas espantosas resacas, amén de situarnos al borde mismo de los hornos infernales, con nuestros descompuestos cerebros siendo horrorosamente lamidos por lenguaradas llameantes, han merecido la pena).  

Prosigamos. Kingsley Amis, nos cuenta Moore, describió un despertar resacoso de la siguiente forma: como ser arrojado como un cangrejo roto sobre los guijarros alquitranados de la mañana. Quien lo probó lo sabe.

En la Guía del autoestopista galáctico, Arthur Dent se levanta con resaca el día en que los Vogones destruyen la Tierra. Y creo recordar que, debido a que ya es un triste treintañero, describe una resaca como el fin de todo, el abismo final, la insondable negrura del vacío absoluto.

PD: Esto último de la insondable negrura del vacío absoluto estoy casi seguro de que me lo he inventado yo, pero vamos, la idea es esa.

El Zohar como road novel

Aunque no tiene la menor importancia, me gusta pensar que Moisés de León fue, efectivamente, de León y no de Guadalajara. Me gusta pensar que fue un paisano mío quien escribió El Zohar. Pero, ya digo, no tiene la menor importancia.

Vayamos a lo que iba. En el prólogo de La novela, una historia alternativa, Steven Moore hace una afirmación bastante sorprendente y bastante molona sobre El Zohar. Dice lo siguiente:
En la España del siglo XIII, Mosé de León escribió una extensa novela mística llamada El Zohar, malentendida por la mayoría como un comentario de la Cábala pues en realidad se trata de una road novel como la Kerouac, con una banda de religiosos fanáticos diseccionando la Torah y topándose con personajes chiflados del mismo modo que Sal y Dean analizan un solo de saxofón de Dexter Gordon mientras van viajando.
Creo que todos estaremos de acuerdo en que es una extravagancia considerar El Zohar una novela. Pero, ojo, una extravagancia sumamente atractiva y digna de ser tenida en cuenta.

PD: Al parecer, fue Scholem el primero en referirse a El Zohar como una novela.

martes, 14 de octubre de 2014

The Pervert's Guide to Cinema



The Pervert's Guide to Cinema. 

Una idea maravillosa

El aire era claro y fragante, la brisa removía suavemente la alta hierba que rodeaba la cueva, los pájaros intercambiaban sus trinos y toda la naturaleza parecía conspirar para resultar lo más agradable posible.
Pero lo que producía en Arthur un sentimiento de tanta alegría no eran los placeres bucólicos. Se le acababa de ocurrir una idea maravillosa para combatir su tremendo aislamiento, las pesadillas, el fracaso de todos sus ensayos de horticultura, la absoluta ausencia de futuro y la inutilidad de su vida en la prehistoria terrestre: decidió volverse loco. 
Douglas Adams, La vida, el universo y todo lo demás.  

sábado, 11 de octubre de 2014

Sospechas paranoicas

A veces sospecho que mi hermano se toma tremendas molestias para encontrar LA PEOR MÚSICA QUE EXISTE EN ESTE O CUALQUIER OTRO UNIVERSO y luego ponerla a todo volumen con el único objetivo de molestarme, puesto que la opción de que le guste lo que escucha es difícilmente asumible. ¿Cómo puede gustarle a un ser humano aparentemente cuerdo un engendro sonoro del calibre de Hora Zulú? Es la cosa más molesta que he escuchado en TODA MI VIDA.

La verdad desnuda


viernes, 10 de octubre de 2014

La insólita lucha de la serpiente

Había una vez una serpiente que, sobre la arena ardiente del desierto, se enroscaba ferozmente sobre sí misma. La luz del sol reverberaba sobre sus escamas. Lo que esta serpiente -descendiente directa de la serpiente originaria que fue bíblicamente condenada a arrastrarse sobre la tierra- estaba haciendo era intentar, en vano pero con admirable ahínco, comerse su propia cabeza. Estaba llevando a cabo una versión extraña y perturbadora del mandato délfico: 'cómete a  ti mismo'.
Giraba frenéticamente, a un ritmo desquiciado, formando un torbellino de arena que se te metía en los ojos y escocía. Hasta la fecha, su mayor logro había sido mordisquearse la cola. No era mucho, ciertamente. La serpiente estaba a punto de deprimirse, pero no cejaba en su empeño porque, bien mirado, tenía todo el tiempo del mundo por delante y, por lo tanto, no había motivo alguno para ceder al desaliento. No, no había que desanimarse. De ninguna manera.
Así pues, lentamente, pero con decisión, continuó engulléndose. No era, pese a lo que pueda parecer, una tarea sencilla. Se atragantaba a menudo, le daban arcadas, a veces incluso dudaba del sentido de su tarea, o se preguntaba por él, lo que viene a ser lo mismo.
Al cabo de algunas semanas, sin embargo, pudo  comprobar, con bastante alegría, que ya iba más o menos por la mitad de sí misma. Si avanzaba un poco más, alcanzaría el Punto de No Retorno y ya no tendría más remedio que seguir hasta el fin, es decir, hasta comerse su propia cabeza. Pero aún podía retroceder.
Su situación no era ni mucho menos fácil, ya que antes del Punto de No Retorno se encontraba la Difusa Zona de la Incertidumbre, un territorio notablemente más amplio, que era justo donde se encontraba, dudando entre retroceder o seguir avanzando.
Y, debido a que uno de los efectos más conocidos de la duda entre cierto tipo de serpientes suele ser la parálisis del comportamiento y, en no pocas ocasiones, también la parálisis del pensamiento, no hacía ninguna de las dos cosas. No avanzaba, no retrocedía. Indecisa, la serpiente seguía girando frenéticamente, en círculos, mientras afuera el mundo, ajeno a su insólita lucha, también seguía girando.

Apología del otoño, la estación de la melancolía y la ropa elegante

1. Decía Félix Romeo en un artículo que el otoño era una estación que le odiaba tanto como él a ella. Félix era, al parecer, vitalista, entusiasta, un tipo enérgico y expansivo. Yo, sin embargo, amo el otoño tanto como el otoño me ama a mí. Es un amor tal vez crepuscular y melancólico, lánguido, pero es un amor confortable, como la comodidad de estar triste que echaba de menos Kurt Cobain.



2. Yo también nací bajo el signo de Saturno, el astro de las revoluciones más lentas.

3. Las hojas del cerezo va cayendo poco a poco sobre el suelo del patio. Hay pequeños montones de hojas amarillas. También hay hojas de un color rojizo enredadas en la verja de alambre romboidal que separa un patio de otro. Y también hay rosas demacradas, descoloridas, rosas pálidas, enfermas como las del último poemario de ese hombre muerto al que llaman Panero.

4. Me gusta el otoño. Me gustan los colores del otoño, carecen de esa estridencia vibratoria propia del verano, son los colores de siempre pero un poco desvaídos, como suavizados; los colores parecen sonreír, tímidos, con los ojos tristes y hermosos... Creo que me estoy pasando de lírico.

5. Digamos, también, que el otoño es la estación de la elegancia. En otoño se viste bien. En verano es casi imposible. Esto también es un punto a favor del otoño. Ya sé que hay intelectuales que desprecian la moda como una frivolidad y tal. Bueno, yo no soy un intelectual.

6. Tras el largo exilio estival, las nubes regresan en otoño con su parsimonia y su ingravidez y sus metamorfosis aéreas y su blancura fulgurante y su gris perla y su gris ceniciento y sus descargas de tormentas repentinas.

7. 'Todos estamos al tanto de lo descrito en la Gran Enciclopedia Soviética (1977) respecto de su definición de fetichismo: 'producto de la actividad humana que se transforma en algo trascendente'', William T. Vollmann, Naranja llameante. 'No sé si pagano o cristiano, pero adoro los fetiches', Juan Luis Panero, El Desencanto. El fetichismo de la mercancía, ya se sabe: la mercancía tiene su sutilidades teológicas. Yo quiero comprar una muy determinada chaqueta verde, el resto no me sirven. ¡Con qué eficacia el capitalismo pone en marcha (y atrapa) el deseo!

jueves, 9 de octubre de 2014

Murakami

Dicen que meterse con Murakami es una forma de demostrar lo mucho que a uno le gusta la literatura seria. Lo dicen los memos, naturalmente.

Cervantes no es serio (véase el pasaje del 'baciyelmo'); Joyce no es serio (llama a Dios 'recaudador de prepucios'); John Kennedy Toole no es serio (ahí está Ignatus Reilly, el Quijote adiposo); O'Brien desde luego no es serio (irlandeses borrachos invocan el espíritu de San Agustín); tampoco es serio DFW (una cacatúa parlante se convierte en estrella televisiva); y mucho menos es serio Pynchon (una especie de conspiración de ninjas intenta abolir esta realidad en alguna subtrama de alguna de sus novelas, creo); Vollmann muy serio tampoco parece (tiene un relato, pornográfico según él, sobre un vestido verde, sobre el vestido en sí; y otro en el que el Espíritu Santo y el Diablo se disputan el alma de una estudiante heideggeriana).

La buena literatura no es ni seria ni aburrida, o al menos no lo es necesariamente, pero tampoco es contar qué comen y cómo visten unos personajes que al final se suicidan. Aunque tampoco hay que ser injustos con el japonés: seguramente leyéndole se puede aprender a cocinar y a planchar.

martes, 7 de octubre de 2014

La pantomima de los socráticos enloquecidos

He escrito majaderías, luego existo.
Flann O'Brien, Crónica de Dalkey 

"¡Que tengamos que estar rumiando las taradeces del charlatán Hegel en vez de estar revolcándonos en la basura como buenos descendientes de la secta del perro! ¡No hay derecho!"

Corría un año indeterminado de hace ya bastante tiempo, y algo así recuerdo haber dicho en medio del tumulto de la escuela filosófica de Salamanca, que era el bar Paniagua, naturalmente.

Como mis profesores no pusieron nunca objeciones a mis títulos, algunos de los cuales eran larguísimos y enrevesados y rozaban lo absurdo, titulé un trabajo sobre los filósofos cínicos así: La Filosofía cínica, o la pantomima de los socráticos enloquecidos. 

El trabajo lo perdí, como todos, cuando formateé un ordenador sin salvaguardar nada. Pero, por azar, por magia, por la ley de la improbabilidad infinita, me he encontrado con mi trabajo en Internet. Lo publiqué en el fallecido blog Pensamientos Despeinados (que Dios lo tenga en su gloria); alguien más lo publicó en el suyo, de modo que, finalmente, yo me he topado con él hoy.

Me he topado con él gracias a Marcel Schwob. Estaba leyendo sus Vidas imaginarias, concretamente el pasaje en el que habla de cómo filósofo cínico Crates se deshizo de su  fortuna, arrojando su dinero y sus muebles por la ventana (un pasaje muy gracioso donde queda claro que el orgullo filosófico supremo consiste en ser muy rico y tirar literalmente tu  fortuna por la ventana, demostrando así que estás muy por encima del resto de los mortales, como, más o menos, hizo también Wittgenstein), lo que me recordó que alguien había calificado a Diógenes como un socrático enloquecido, pero no recordaba bien quién había sido, así que recurrí al todopoderoso Google en busca de información. Ese alguien fue Platón.

Y el todopoderoso Google, por la ya citada ley de la improbabilidad infinita, recuperó mi trabajo estudiantil. Seguramente haya escritas unas cuantas majaderías (no lo he releído aún, pero estoy seguro de que hacerlo no va a ser una experiencia agradable), lo cual demostrará, según Flann O'Brien, que existo.

Filosofía cínica, o la pantomima de los socráticos enloquecidos.

Guía bibliográfica básica sobre vidas imaginarias

Instruimos a nuestros niños en las enrevesadas leyes de la genética mendelianas pero olvidamos iniciarles en los misterios de las vidas imaginarias. ¡Craso error! Para paliar, en la medida de lo posible, tamaño desmán, he elaborado esta guía bibliográfica básica sobre vidas imaginarias, que seguramente son también vidas reales y también, por qué no, vidas conjeturales:
-Vida de los más ilustres filósofos griegos, Diógenes Laercio.
-Vidas imaginarias, Marcel Schwob.
-Historia universal de la infamia, Jorge Luis Borges.
-La literatura nazi en América, Roberto Bolaño.
-Vidas conjeturales, Fleur Jaeggy.

Espera, o ni siquiera esperes

-Oh, Monelle, ¿pero le tenías miedo al frío, como si fuese la mano de un muerto?
-Ya no tengo miedo del frío -dijo.
-Y estás sola aquí, completamente sola, siendo una niña, y solías llorar cuando estabas sola.
-No estoy sola ya -dijo- porque espero.
-Oh Monelle, ¿a quién esperas, durmiendo ovillada en este sitio obscuro?
-No lo sé -dijo-; pero espero. Y estoy con mi espera.
Y entonces me di cuenta de que todo su menudo rostro se estiraba hacia alguna gran esperanza.
Marcel Schwob, El libro de Monelle

No es necesario que salgas de casa. Quédate a tu mesa y escucha. Ni siquiera escuches, espera solamente. Ni siquiera esperes, quédate completamente solo y en silencio. El mundo llegará a ti para hacerse desenmascarar, no puede dejar de hacerlo, se prosternará extático a tus pies.
Franz Kafka, Consideraciones acerca del pecado, el dolor, la esperanza y el camino verdadero