domingo, 19 de octubre de 2014

Títulos yuxtaposicionales

Hay una tesis sobre Carpenter que lleva el decepcionante y descriptivo título 'Análisis de la filmografía de John Carpenter'. ¿Qué ha sido de la venerable tradición académica de poner títulos absurdamente largos, pomposos y pedantescos?

Se podría haber titulado 'Dark Star, todo lo que la serie B siempre quiso ser y gracias al demiurgo narrativo lllamado Carpenter por fin llegó a ser'; 'Génesis de un nuevo paradigma cinematográfico a través del encuentro fortuito y yuxtaposicional entre el western y el terror'; 'De los alegres surfistas del espacio que destruían planetas y reflexionaban sobre la soledad del hombre en el vasto, silencioso y espantoso Universo, a los cazadores de vampiros: historia de un cineasta peculiar'; 'El único y verdadero discípulo de Hitchcock en un mundo plagado de falsos profetas'; 'Dije ritmo narrativo y fascinación por el mal, estúpidos';

El fulgor aparente del prestigio espectacular de los objetos, o de por qué a veces ir de compras es tan triste

Los anuncios de refrescos nos ofrecen habitualmente planos generales de una jaracandosa multitud felizmente unida por obra de bebidas burbujeantes y azucaradas. Dejando a un lado el misterio de que tan festivo tumulto no sea el resultado de la ingesta de bebidas espirituosas sino de haberse remojado el gaznate con bebidas carbonatadas, la cuestión es que 
En la imagen de la unificación feliz de la sociedad mediante el consumo, la división real está siempre suspendida hasta una próxima no-realización en lo consumible. Cada producto individual representa la esperanza de un veloz atajo para aceder por fin a la tierra prometida del consumo total y, al mismo tiempo, se presenta como singularidad decisiva. Pero (...) el objeto del cual se espera una potencia singular no llega a proponerse como objeto de adoración de las masas sino a condición de ser producido en un número de ejemplares lo suficientemente elevado como para poder ser objeto de consumo masivo. El carácter prestigioso de este producto cualquiera procede del hecho de haberse situado, por un instante, en el centro de la vida social, como si fuese la revelación del misterio de la finalidad de la producción. El objeto que fue espectacularmente prestigioso se torna vulgar en cuanto entra en casa de un consumidor, porque en ese momento mismo entra en casa de todos los demás consumidores. Revela entonces (cuando ya es demasiado tarde) su pobreza esencial, que procede de las miserables condiciones de su producción. Y para entonces ya ha aparecido otro objeto que se ha convertido en justificación del sistema y que exige ser reconocido.
Guy Debord, La sociedad del espectáculo.

sábado, 18 de octubre de 2014

Breves consideraciones en torno a John Carpenter

1) John Carpenter no tiene películas malas.
2) Incluso las películas que algunas personas (gentuza, fundamentalmente) dicen que son malas, son buenas.
3) Por tanto, todas las películas de John Carpenter son buenas.
QED.

jueves, 16 de octubre de 2014

miércoles, 15 de octubre de 2014

Conversaciones con amigos de la infancia que acaban machacando inmisericordemente tu maltrecho ego

-¿Qué tal te va la vida?
-Sin novedad en el frente, ya sabes; esperando a que salgan otras oposiciones, vagueando a lo Michi Panero, hojeando un libro raro sobre misticismo judío mientras bebo té... Más o menos lo de siempre. ¿Qué tal tú?
-Yo estoy creando una empresa de servicios de desarrollo de software.
-Joder. ¿Desarrollo de..? Joder. Bien, bien... Una empresa... Ya... Qué bueno, ¿eh?... Servicios... Guau, joder... Software, ¿eh?
-...
-Software ¿eh? No hardware sino software ¿eh?... Bien bien... Es un poco como el alma de las máquinas, ¿no? Ghost in the Shell y eso, ¿no? El yo es una cosa sagrada en el Zohar...
-Deja de decir memeces. Estoy hablando de empresas, de cosas serias de mayores que tú no entiendes...
-Oh perdone usted, yo sé que el capital circula tal que así: D-M-D', donde el aumento del valor del segundo D' es fruto del trabajo...
-Tampoco estoy hablando de 'Bienvenidos al marxismo, clase I'.
-Lo que muestra ese esquema es que el valor de cambio ha hecho la guerra por su cuenta...
-Y dale con Marx. Estoy hablando del mundo real, no de estructuras teóricas abstractas.
-Perdone usted pero sin teoría la realidad no es más que un molesto cúmulo de acontecimientos absolutamente ininteligibles...
-Como tus frases...
-A que te meto.

Lenguaradas llameantes, cangrejos rotos

En el anteriormente mencionado prólogo, Steven Moore nos cuenta algunas buenas descripciones de lo que viene siendo despertarse con una resaca de órdago y rogar en vano a los inclementes dioses (que sonríen maliciosos ante el divertido espectáculo de nuestra desgracia y dolor irreparables) un poco de ayuda celestial. Dice Moore que todos los escritores sienten ganas de divertirse un poco cuando se disponen a afrontar la descripción de una resaca y que llegarán hasta el símil más absurdo que puedan encontrar. Moore, no se atreva nadie a ponerlo en duda, tiene más razón que un santo.

(Hemos de decir, entre paréntesis, y en honor a la verdad, que algunas espantosas resacas, amén de situarnos al borde mismo de los hornos infernales, con nuestros descompuestos cerebros siendo horrorosamente lamidos por lenguaradas llameantes, han merecido la pena).  

Prosigamos. Kingsley Amis, nos cuenta Moore, describió un despertar resacoso de la siguiente forma: como ser arrojado como un cangrejo roto sobre los guijarros alquitranados de la mañana. Quien lo probó lo sabe.

En la Guía del autoestopista galáctico, Arthur Dent se levanta con resaca el día en que los Vogones destruyen la Tierra. Y creo recordar que, debido a que ya es un triste treintañero, describe una resaca como el fin de todo, el abismo final, la insondable negrura del vacío absoluto.

PD: Esto último de la insondable negrura del vacío absoluto estoy casi seguro de que me lo he inventado yo, pero vamos, la idea es esa.

El Zohar como road novel

Aunque no tiene la menor importancia, me gusta pensar que Moisés de León fue, efectivamente, de León y no de Guadalajara. Me gusta pensar que fue un paisano mío quien escribió El Zohar. Pero, ya digo, no tiene la menor importancia.

Vayamos a lo que iba. En el prólogo de La novela, una historia alternativa, Steven Moore hace una afirmación bastante sorprendente y bastante molona sobre El Zohar. Dice lo siguiente:
En la España del siglo XIII, Mosé de León escribió una extensa novela mística llamada El Zohar, malentendida por la mayoría como un comentario de la Cábala pues en realidad se trata de una road novel como la Kerouac, con una banda de religiosos fanáticos diseccionando la Torah y topándose con personajes chiflados del mismo modo que Sal y Dean analizan un solo de saxofón de Dexter Gordon mientras van viajando.
Creo que todos estaremos de acuerdo en que es una extravagancia considerar El Zohar una novela. Pero, ojo, una extravagancia sumamente atractiva y digna de ser tenida en cuenta.

PD: Al parecer, fue Scholem el primero en referirse a El Zohar como una novela.

martes, 14 de octubre de 2014

The Pervert's Guide to Cinema



The Pervert's Guide to Cinema. 

Una idea maravillosa

El aire era claro y fragante, la brisa removía suavemente la alta hierba que rodeaba la cueva, los pájaros intercambiaban sus trinos y toda la naturaleza parecía conspirar para resultar lo más agradable posible.
Pero lo que producía en Arthur un sentimiento de tanta alegría no eran los placeres bucólicos. Se le acababa de ocurrir una idea maravillosa para combatir su tremendo aislamiento, las pesadillas, el fracaso de todos sus ensayos de horticultura, la absoluta ausencia de futuro y la inutilidad de su vida en la prehistoria terrestre: decidió volverse loco. 
Douglas Adams, La vida, el universo y todo lo demás.  

sábado, 11 de octubre de 2014

Sospechas paranoicas

A veces sospecho que mi hermano se toma tremendas molestias para encontrar LA PEOR MÚSICA QUE EXISTE EN ESTE O CUALQUIER OTRO UNIVERSO y luego ponerla a todo volumen con el único objetivo de molestarme, puesto que la opción de que le guste lo que escucha es difícilmente asumible. ¿Cómo puede gustarle a un ser humano aparentemente cuerdo un engendro sonoro del calibre de Hora Zulú? Es la cosa más molesta que he escuchado en TODA MI VIDA.

La verdad desnuda


viernes, 10 de octubre de 2014

La insólita lucha de la serpiente

Había una vez una serpiente que, sobre la arena ardiente del desierto, se enroscaba ferozmente sobre sí misma. La luz del sol reverberaba sobre sus escamas. Lo que esta serpiente -descendiente directa de la serpiente originaria que fue bíblicamente condenada a arrastrarse sobre la tierra- estaba haciendo era intentar, en vano pero con admirable ahínco, comerse su propia cabeza. Estaba llevando a cabo una versión extraña y perturbadora del mandato délfico: 'cómete a  ti mismo'.
Giraba frenéticamente, a un ritmo desquiciado, formando un torbellino de arena que se te metía en los ojos y escocía. Hasta la fecha, su mayor logro había sido mordisquearse la cola. No era mucho, ciertamente. La serpiente estaba a punto de deprimirse, pero no cejaba en su empeño porque, bien mirado, tenía todo el tiempo del mundo por delante y, por lo tanto, no había motivo alguno para ceder al desaliento. No, no había que desanimarse. De ninguna manera.
Así pues, lentamente, pero con decisión, continuó engulléndose. No era, pese a lo que pueda parecer, una tarea sencilla. Se atragantaba a menudo, le daban arcadas, a veces incluso dudaba del sentido de su tarea, o se preguntaba por él, lo que viene a ser lo mismo.
Al cabo de algunas semanas, sin embargo, pudo  comprobar, con bastante alegría, que ya iba más o menos por la mitad de sí misma. Si avanzaba un poco más, alcanzaría el Punto de No Retorno y ya no tendría más remedio que seguir hasta el fin, es decir, hasta comerse su propia cabeza. Pero aún podía retroceder.
Su situación no era ni mucho menos fácil, ya que antes del Punto de No Retorno se encontraba la Difusa Zona de la Incertidumbre, un territorio notablemente más amplio, que era justo donde se encontraba, dudando entre retroceder o seguir avanzando.
Y, debido a que uno de los efectos más conocidos de la duda entre cierto tipo de serpientes suele ser la parálisis del comportamiento y, en no pocas ocasiones, también la parálisis del pensamiento, no hacía ninguna de las dos cosas. No avanzaba, no retrocedía. Indecisa, la serpiente seguía girando frenéticamente, en círculos, mientras afuera el mundo, ajeno a su insólita lucha, también seguía girando.

Apología del otoño, la estación de la melancolía y la ropa elegante

1. Decía Félix Romeo en un artículo que el otoño era una estación que le odiaba tanto como él a ella. Félix era, al parecer, vitalista, entusiasta, un tipo enérgico y expansivo. Yo, sin embargo, amo el otoño tanto como el otoño me ama a mí. Es un amor tal vez crepuscular y melancólico, lánguido, pero es un amor confortable, como la comodidad de estar triste que echaba de menos Kurt Cobain.



2. Yo también nací bajo el signo de Saturno, el astro de las revoluciones más lentas.

3. Las hojas del cerezo va cayendo poco a poco sobre el suelo del patio. Hay pequeños montones de hojas amarillas. También hay hojas de un color rojizo enredadas en la verja de alambre romboidal que separa un patio de otro. Y también hay rosas demacradas, descoloridas, rosas pálidas, enfermas como las del último poemario de ese hombre muerto al que llaman Panero.

4. Me gusta el otoño. Me gustan los colores del otoño, carecen de esa estridencia vibratoria propia del verano, son los colores de siempre pero un poco desvaídos, como suavizados; los colores parecen sonreír, tímidos, con los ojos tristes y hermosos... Creo que me estoy pasando de lírico.

5. Digamos, también, que el otoño es la estación de la elegancia. En otoño se viste bien. En verano es casi imposible. Esto también es un punto a favor del otoño. Ya sé que hay intelectuales que desprecian la moda como una frivolidad y tal. Bueno, yo no soy un intelectual.

6. Tras el largo exilio estival, las nubes regresan en otoño con su parsimonia y su ingravidez y sus metamorfosis aéreas y su blancura fulgurante y su gris perla y su gris ceniciento y sus descargas de tormentas repentinas.

7. 'Todos estamos al tanto de lo descrito en la Gran Enciclopedia Soviética (1977) respecto de su definición de fetichismo: 'producto de la actividad humana que se transforma en algo trascendente'', William T. Vollmann, Naranja llameante. 'No sé si pagano o cristiano, pero adoro los fetiches', Juan Luis Panero, El Desencanto.  El fetichismo de la mercancía, ya se sabe: la mercancía tiene su sutilidades teológicas. Yo quiero comprar una muy determinada chaqueta verde, el resto no me sirven. ¡Con qué eficacia el capitalismo pone en marcha (y atrapa) el deseo!

jueves, 9 de octubre de 2014

Murakami

Dicen que meterse con Murakami es una forma de demostrar lo mucho que a uno le gusta la literatura seria. Lo dicen los memos, naturalmente.

Cervantes no es serio (véase el pasaje del 'baciyelmo'); Joyce no es serio (llama a Dios 'recaudador de prepucios'); John Kennedy Toole no es serio (ahí está Ignatus Reilly, el Quijote adiposo); O'Brien desde luego no es serio (irlandeses borrachos invocan el espíritu de San Agustín); tampoco es serio DFW (una cacatúa parlante se convierte en estrella televisiva); y mucho menos es serio Pynchon (una especie de conspiración de ninjas intenta abolir esta realidad en alguna subtrama de alguna de sus novelas, creo); Vollmann muy serio tampoco parece (tiene un relato, pornográfico según él, sobre un vestido verde, sobre el vestido en sí; y otro en el que el Espíritu Santo y el Diablo se disputan el alma de una estudiante heideggeriana).

La buena literatura no es ni seria ni aburrida o, al menos, no lo es necesariamente, pero tampoco es contar qué comen y cómo visten unos personajes que al final se suicidan. Aunque tampoco hay que ser injustos con el japonés: seguramente leyéndole se puede aprender a cocinar y a planchar.

martes, 7 de octubre de 2014

La pantomima de los socráticos enloquecidos

He escrito majaderías, luego existo.
Flann O'Brien, Crónica de Dalkey 

"¡Que tengamos que estar rumiando las taradeces del charlatán Hegel en vez de estar revolcándonos en la basura como buenos descendientes de la secta del perro! ¡No hay derecho!"

Corría un año indeterminado de hace ya bastante tiempo, y algo así recuerdo haber dicho en medio del tumulto de la escuela filosófica de Salamanca, que era el bar Paniagua, naturalmente.

Como mis profesores no pusieron nunca objeciones a mis títulos, algunos de los cuales eran larguísimos y enrevesados y rozaban lo absurdo, titulé un trabajo sobre los filósofos cínicos así: La Filosofía cínica, o la pantomima de los socráticos enloquecidos. 

El trabajo lo perdí, como todos, cuando formateé un ordenador sin salvaguardar nada. Pero, por azar, por magia, por la ley de la improbabilidad infinita, me he encontrado con mi trabajo en Internet. Lo publiqué en el fallecido blog Pensamientos Despeinados (que Dios lo tenga en su gloria); alguien más lo publicó en el suyo, de modo que, finalmente, yo me he topado con él hoy.

Me he topado con él gracias a Marcel Schwob. Estaba leyendo sus Vidas imaginarias, concretamente el pasaje en el que habla de cómo filósofo cínico Crates se deshizo de su  fortuna, arrojando su dinero y sus muebles por la ventana (un pasaje muy gracioso donde queda claro que el orgullo filosófico supremo consiste en ser muy rico y tirar literalmente tu  fortuna por la ventana, demostrando así que estás muy por encima del resto de los mortales, como, más o menos, hizo también Wittgenstein), lo que me recordó que alguien había calificado a Diógenes como un socrático enloquecido, pero no recordaba bien quién había sido, así que recurrí al todopoderoso Google en busca de información. Ese alguien fue Platón.

Y el todopoderoso Google, por la ya citada ley de la improbabilidad infinita, recuperó mi trabajo estudiantil. Seguramente haya escritas unas cuantas majaderías (no lo he releído aún, pero estoy seguro de que hacerlo no va a ser una experiencia agradable), lo cual demostrará, según Flann O'Brien, que existo.

Filosofía cínica, o la pantomima de los socráticos enloquecidos.

Guía bibliográfica básica sobre vidas imaginarias

Instruimos a nuestros niños en las enrevesadas leyes de la genética mendelianas pero olvidamos iniciarles en los misterios de las vidas imaginarias. ¡Craso error! Para paliar, en la medida de lo posible, tamaño desmán, he elaborado esta guía bibliográfica básica sobre vidas imaginarias, que seguramente son también vidas reales y también, por qué no, vidas conjeturales:
-Vida de los más ilustres filósofos griegos, Diógenes Laercio.
-Vidas imaginarias, Marcel Schwob.
-Historia universal de la infamia, Jorge Luis Borges.
-La literatura nazi en América, Roberto Bolaño.
-Vidas conjeturales, Fleur Jaeggy.

Espera, o ni siquiera esperes

-Oh, Monelle, ¿pero le tenías miedo al frío, como si fuese la mano de un muerto?
-Ya no tengo miedo del frío -dijo.
-Y estás sola aquí, completamente sola, siendo una niña, y solías llorar cuando estabas sola.
-No estoy sola ya -dijo- porque espero.
-Oh Monelle, ¿a quién esperas, durmiendo ovillada en este sitio obscuro?
-No lo sé -dijo-; pero espero. Y estoy con mi espera.
Y entonces me di cuenta de que todo su menudo rostro se estiraba hacia alguna gran esperanza.
Marcel Schwob, El libro de Monelle

No es necesario que salgas de casa. Quédate a tu mesa y escucha. Ni siquiera escuches, espera solamente. Ni siquiera esperes, quédate completamente solo y en silencio. El mundo llegará a ti para hacerse desenmascarar, no puede dejar de hacerlo, se prosternará extático a tus pies.
Franz Kafka, Consideraciones acerca del pecado, el dolor, la esperanza y el camino verdadero

Simplemente lo imposible

A Dios nadie le ha visto jamás
Juan 1:18

Quiero simplemente esto: lo imposible. Ver a Dios. Oigo el rumor del viento en las hojas y respondo: ¡sí!
Clarice Lispector, Un soplo de vida

lunes, 6 de octubre de 2014

El manifiesto comunista

Helo aquí. Magnífica edición de Santiago Gómez Crespo, con un montonazo de notas a pie de página que explican, aclaran y amplían conceptos imprescindibles.

jueves, 2 de octubre de 2014

Nacho Vegas y León Benavente



Geniales ambos dos.

Superman

El héroe que llevaba calzones encima de las mallas. A decir verdad, fueron unos cuantos los guionistas de cómic que se atrevieron a matar a Superman. Por nada del mundo quisiera parecer un nerd, pero estos son  sus nombres: Dan Jurgens, Karl Kesel, Jerry Ordway, Louise Simonsons, Roger Stern y Gerard Jones. La información la he sacado de un cómic que se llama precisamente La muerte de Superman. Para alguno nerds empedernidos es El Cómic, el acontecimiento más importante de la historia del cómic. Se trata de una saga, cuya recopilación ocupa unas 746 páginas. Aproximadamente. La edición que  yo tengo incluía de regalo un brazalete negro de Superman, lo cual solo te puede hacer ilusión si eres un maldito nerd.

Anécdota infantil que viene muy a cuento: mi padre me compró un disfraz de Superman para un carnaval de hace incontables eones de tiempo. Salgo en varias fotos con el disfraz, pero no hay nadie más disfrazado. Supongo que carnaval ya había pasado pero me daba igual y seguía disfrazándome de Superman. A clase seguro que no me dejaron ir disfrazado. Todo tiene un límite.

miércoles, 1 de octubre de 2014

Fragmentos

1. El otro día, no importa en realidad qué día, escribí: ahora que las hadas han muerto, las noches son más frías, más largas, más oscuras. Han muerto en silencio, sin lamentos ni alharacas, sin estridencias de viejas plañideras, sin tan siquiera emitir un débil quejido que el cielo pudiese acoger en su seno transparente. Han muerto con orgullo estoico. Pero, eso sí, en sus ojos, en sus enormes ojos negros, turbios y mudos, se concentraba toda la tristeza del mundo. La muerte de las hadas ha sido, por supuesto, un asesinato.

2. Escribir novelas requiere un esfuerzo titánico. Me refiero, claro está, a escribir buenas novelas. Pero inventarse títulos requiere un esfuerzo mínimo y es la mar de entretenido. He aquí unos pocos títulos de libros inexistentes: Sobrevivir no es un mal plan; Aurora sangrienta: páginas de poesía teológico-política; En el cielo de los suicidas nunca llueve; Un murmullo subterráneo recorre el mundo.

3. Tengo un montón de información inútil almacenada en mi cerebro. Fechas de muertes y nacimientos. Los poderosos y absurdos engranajes del tiempo y de la reproducción de la especie funcionan sin descanso. Si fuera un dios, o cualquier otra inimaginable entidad con la capacidad de contemplar sub specie aeternitatis este espectáculo, diría, con lacónica elegancia y olímpica frialdad: los seres humanos nacían y morían.

4. Valeria Luiselli nació en 1983. Yo también nací en 1983. Kafka nació un siglo antes, en 1883. En 1983 murió John Fante. En 1983 murió Luis Buñuel. En 1983 murió Ross McDonald, seudónimo de Kenneth Millar, considerado por muchos el mejor discípulo de Raymond Chandler, según dice la contraportada de su novela El blanco móvil. En 1983 murió Tennessee Williams, autor de La gata sobre el tejado de zinc caliente, un libro que tengo pero que no he leído. Solo he visto la película. En 1983 murió Xavier Zubiri, filósofo. Tengo un ejemplar de Cinco lecciones de Filosofía. Zubiri habla de Aristóteles, de Kant, de Comte, de Bergson y de Husserl. El ejemplar está muy deteriorado. Es un edición de 1980. No sé qué pinta ahí Comte. Mentiría si dijera que toda esta información estaba almacenada en mi cerebro. 

5. Valeria Luiselli es muy guapa. No sé si se puede decir algo así en estos tiempos sin ser considerado misógino, machista, cavernario, capullo, primate primitivo y cosas así. Espero que sí se pueda. Brenda Lozano también es muy guapa, también es mejicana y también es escritora. Por eso mi cabeza, o Internet, las ha unido inextricablemente. Lo más seguro es que haya sido Internet. No creo que todas las escritoras mejicanas sean así de guapas. Pero, de momento, solo he podido leer artículos suyos por Internet. En la biblioteca no tienen ningún libro suyo y mi presupuesto para libros de este mes se lo ha llevado William T. Vollmann. Habrá que esperar a la próxima partida presupuestaria dedicada al noble arte de coleccionar libros.

6. Brenda Lozano escribía en un artículo que Clarice Lispector era muy guapa, y que había que decirlo. De ahí que esté yo ahora hablando de esto. Marguerite Duras escribió sobre su rostro, sobre su rostro que un día fue hermoso y de repente dejó de ser hermoso y se convirtió en un rostro devastado. A Marguerite Duras le gustaba más su rostro devastado. Su rostro devastado seguía siendo, de alguna manera, un rostro bello. La belleza devastada tal vez sea más profunda, se me ocurre ahora, aunque la frase me suena demasiado profunda.

7. Lo más profundo es la piel, eso lo sabemos todos.

8. Sigamos un poco más con el tema anterior, fuera el que fuese. Sobre los rostros y la belleza de los demás es fácil juzgar, o relativamente fácil. Pero el rostro propio es otro asunto. David Foster Wallace escribió en La broma infinita sobre la dificultad de saber si uno mismo es guapo o feo, o sobre la dificultad de verse a uno mismo de una forma o de otra. Algo así. No me acuerdo de si Hal estaba frente al espejo fumando hierba y cavilando sobre estas cuestiones -es una novela MUY larga, no se puede uno acordar de todo-, pero no creo, porque Hal fumaba a escondidas, en los conductos de ventilación, donde el viento genera gemidos desolados. La escena, en cualquier caso, es plausible. A mí me lo parece, vaya. Hal intentando verse a sí mismo con si fuera otro y entrando irremediablemente en los típicos bucles de pensamiento marihuano.  

9. He tenido un déjà vu de lo más raro mientras escribía el fragmento anterior. ¿Qué demonios está pasando en Matrix?

10. Hablemos ahora de mi pelo. No es un tema que tenga interés, cierto, pero no se me ocurre ninguna otra cosa. No me gusta nada mi pelo. Querría tenerlo rizado, como Bob Dylan. Pero la genética es una amante cruel. ¿Una amante cruel? Disculpen, esa frase no ha tenido el menor sentido. Antes lo llevaba largo. Antes, hace siglos. Un verano, tendría once o doce años, no me acuerdo bien, me cortaron el pelo mucho más corto de lo que yo quería, mucho más corto de lo que normalmente me lo cortaban, y el resultado me estremeció de horror y me fui corriendo desde la peluquería hasta mi casa a toda velocidad y al llegar a casa tenía ganas de llorar y le dije a mi madre que no pensaba salir de casa hasta que me creciera el pelo y mi hermana me dijo que no dramatizara tanto por nada y yo respondí algo así como que me veía horroroso y que aquello era una catástrofe estética de dimensiones inenarrables y que la peluquera era una imbécil y mi hermana me dijo que me pusiera una gorra y listo. Y eso es lo que hice. Me puse una gorra y decidí no quitármela hasta que me creciera el pelo. Y ahora, ya ves tú, no me gusta llevar el pelo largo.

11. Último fragmento que versa sobre mi pelo. Se me ha dicho que cuando tenía diecinueve años o así me tapaba la cara con el pelo. Literalmente. Que no se me veía la cara porque tenía el pelo muy largo y hablaba mirando para el suelo, de manera que el pelo caía sobre mi rostro como un velo protector. Ese relato está bastante exagerado, creo yo.

12. William T. Vollmann es más feo que David Foster Wallace. Wiliam T. Vollman está vivo, David Foster Wallace se ahorcó el 12 de septiembre de 2008. Esta fecha sí me la sé de memoria. Enfrente de mí hay una foto suya, con la bandana -palabra que la RAE no registra, por cierto- cubriéndole el pelo, el cráneo, el cerebro.

13. No sé si el cielo de los suicidas parece un cerebro. No sé si tienen un cielo para ellos. Pienso en John Kennedy Toole, que se suicidó con 31 años. Pienso en Chusé Izuel, que se suicidó con 24 años, el 27 de febrero de 1992, y que, según cuenta Félix Romeo, se reía mucho con La conjura de los necios.

14. A la izquierda de la foto de David Foster Wallace tengo una foto de Jerusalén. Es una vista aérea. Se ve la cúpula de la roca. A la derecha, una reproducción de La escuela de Atenas. Fe y razón. Jerusalén y Atenas. Los dos polos de lo que somos, en mi opinión.

15. En otra pared hay un cuadro de Marilyn Monroe.

16. Yo también me río con La conjura de los necios. Me río mucho. Me río hasta que se me parte el alma. Disculpen la solemnidad de la última frase. La solemnidad y la tontería siempre andan cerca la una de la otra.

Al cruzar una calle

Salgo con cierta frecuencia, y una vez fuera, en la calle, tengo la impresión de vivir en un cuento de hadas donde todo es caótico y desenfrenado. Esto lo anotó Robert Walser, pero me gusta imaginar que lo pensé hoy al cruzar una calle.
Y esto lo anotó Brenda Lozano, pero me gusta imaginar que lo pensé hoy al cruzar una calle.