sábado, 18 de febrero de 2017

Breves reflexiones sobre el yo, la lluvia y la poesía

He estado pensando —pienso mucho 
aunque soy como la célebre higuera bíblica: no doy frutos—
en cómo hacer que mi conciencia —tu manía
de decir yo «te arrastra, Sergio, no lo niegues»— 
desparezca del poema
y entre el viento libre, los predicados libres,
las cosas mismas, los pájaros mismos, la lluvia misma.

Se podría formular así: ¿cómo conseguir
que la lluvia extratextual que cae 
sobre los sempiternos tejados rojos 
que mi mirada voraz devora sin descanso
moje realmente el poema
y deje de ser una mera percepción privada?

(Es una manera bastante idiota de formularlo, a decir verdad)

También podríamos formularlo así: ¿Cómo acabar
de una vez por todas
con la poesía solipsista?

Pero también podríamos preguntarnos: ¿para qué
acabar de una vez por todas 
con la poesía solipsista?

(En este preciso instante 
no puedo evitar escuchar
una vieja y conocida voz 
que insiste en amonestarme:
has vuelto a escribir dándole 
a la tecla enter al azar)

Y ahora llegamos a la última pregunta de este poema:
¿Por qué hablas tanto de la lluvia,
precisamente tú, que tienes el alma seca?

Contesto robándole las palabras a Louise Glück:
mi alma se secó, y el espíritu, debido a la soledad,
fue seducido por la promesa de la gracia.

(Y volvemos al misticismo desbocado una vez más, 
dice la vieja y conocida voz)

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Pues yo encuentro muchísima pulpa y semillas aquí, aún sin fruto...

Anónimo dijo...

Vaya, esa tilde maldita...léase "aun sin fruto" :)

Señor S. dijo...

Me gusta lo de "pulpa y semillas", podría ser el título de un poemario XD

PD: No te preocupes por la tilde, además creo que funcionaba en los dos sentidos: semillas (incluso) sin fruto; semillas (todavía) sin fruto... un fruto "potencial" que en un futuro quizá se actualice jeje