miércoles, 15 de octubre de 2014

Lenguaradas llameantes, cangrejos rotos

En el anteriormente mencionado prólogo, Steven Moore nos cuenta algunas buenas descripciones de lo que viene siendo despertarse con una resaca de órdago y rogar en vano a los inclementes dioses (que sonríen maliciosos ante el divertido espectáculo de nuestra desgracia y dolor irreparables) un poco de ayuda celestial. Dice Moore que todos los escritores sienten ganas de divertirse un poco cuando se disponen a afrontar la descripción de una resaca y que llegarán hasta el símil más absurdo que puedan encontrar. Moore, no se atreva nadie a ponerlo en duda, tiene más razón que un santo.

(Hemos de decir, entre paréntesis, y en honor a la verdad, que algunas espantosas resacas, amén de situarnos al borde mismo de los hornos infernales, con nuestros descompuestos cerebros siendo horrorosamente lamidos por lenguaradas llameantes, han merecido la pena).  

Prosigamos. Kingsley Amis, nos cuenta Moore, describió un despertar resacoso de la siguiente forma: como ser arrojado como un cangrejo roto sobre los guijarros alquitranados de la mañana. Quien lo probó lo sabe.

En la Guía del autoestopista galáctico, Arthur Dent se levanta con resaca el día en que los Vogones destruyen la Tierra. Y creo recordar que, debido a que ya es un triste treintañero, describe una resaca como el fin de todo, el abismo final, la insondable negrura del vacío absoluto.

PD: Esto último de la insondable negrura del vacío absoluto estoy casi seguro de que me lo he inventado yo, pero vamos, la idea es esa.

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