viernes, 10 de octubre de 2014

Apología del otoño, la estación de la melancolía y la ropa elegante

1. Decía Félix Romeo en un artículo que el otoño era una estación que le odiaba tanto como él a ella. Félix era, al parecer, vitalista, entusiasta, un tipo enérgico y expansivo. Yo, sin embargo, amo el otoño tanto como el otoño me ama a mí. Es un amor tal vez crepuscular y melancólico, lánguido, pero es un amor confortable, como la comodidad de estar triste que echaba de menos Kurt Cobain.



2. Yo también nací bajo el signo de Saturno, el astro de las revoluciones más lentas.

3. Las hojas del cerezo va cayendo poco a poco sobre el suelo del patio. Hay pequeños montones de hojas amarillas. También hay hojas de un color rojizo enredadas en la verja de alambre romboidal que separa un patio de otro. Y también hay rosas demacradas, descoloridas, rosas pálidas, enfermas como las del último poemario de ese hombre muerto al que llaman Panero.

4. Me gusta el otoño. Me gustan los colores del otoño, carecen de esa estridencia vibratoria propia del verano, son los colores de siempre pero un poco desvaídos, como suavizados; los colores parecen sonreír, tímidos, con los ojos tristes y hermosos... Creo que me estoy pasando de lírico.

5. Digamos, también, que el otoño es la estación de la elegancia. En otoño se viste bien. En verano es casi imposible. Esto también es un punto a favor del otoño. Ya sé que hay intelectuales que desprecian la moda como una frivolidad y tal. Bueno, yo no soy un intelectual.

6. Tras el largo exilio estival, las nubes regresan en otoño con su parsimonia y su ingravidez y sus metamorfosis aéreas y su blancura fulgurante y su gris perla y su gris ceniciento y sus descargas de tormentas repentinas.

7. 'Todos estamos al tanto de lo descrito en la Gran Enciclopedia Soviética (1977) respecto de su definición de fetichismo: 'producto de la actividad humana que se transforma en algo trascendente'', William T. Vollmann, Naranja llameante. 'No sé si pagano o cristiano, pero adoro los fetiches', Juan Luis Panero, El Desencanto. El fetichismo de la mercancía, ya se sabe: la mercancía tiene su sutilidades teológicas. Yo quiero comprar una muy determinada chaqueta verde, el resto no me sirven. ¡Con qué eficacia el capitalismo pone en marcha (y atrapa) el deseo!

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