miércoles, 10 de noviembre de 2010
Hace un frío de muerte
Ahora ya se nota el frío de verdad: golpea las mejillas, estremece las manos, evoca abandono. Pero no es cómodo fumar con guantes. Camino por ahí como el hombre invisible. Nadie me ve. El frío en los labios, el humo en los pulmones, el horizonte hecho trizas. Meto las manos en los bolsillos. Vuelvo a hablar con Alejandra, enamorada del viento, después de tanto tiempo: qué hacemos con el miedo. Sonríe. No sabemos. Qué hacemos con las imágenes clavadas en el cerebro con alfileres de labios que sonríen y se acercan y luego se alejan y ya no vuelven. Qué. No sabemos. Un anhelo indefinible me atravesó un día, y me partió, y por eso no tengo patria, dice. Sus ojos pequeños y brillantes como la muerte, negros como la muerte. Sus dedos delgados nadando, tan blancos, frágiles como la vida, pero fríos como el viento: los entrelaza con los míos y yo me asusto y le digo Alejandra, estás muerta, por eso estás tan fría. Lo sabe.
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Ni «espíritu de sacrificio», ni «afán de superación», ni «aspiración a la excelencia». Ni ningún respeto o simpatía por tales cosas.
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1. No hay que echar guisantes a la ensaladilla rusa. Ni a nada. Es más, no hay que comer guisantes. 1.2. A no ser que sean crudos. Directame...
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