miércoles, 23 de noviembre de 2016

Ángeles golpeando sus alas contra sí mismos

Yo dije tú eras el viento y la luz perpetua 
y me ponías la carne de gallina.
Pero yo soy ese cielo gris y triste,
un grito mudo, un encogimiento de hombros.

Tus palabras son cursis y no tienen sentido, me dijo alguien.
Solo sabes hablar de hojas arrancadas de ningún árbol, 
de las últimas hojas de otoño antes de que llegue el invierno.

La nieve es un tobogán por el que bajarán ángeles sonrientes, dije yo.

Solo sabes escribir poemas líricos, cursis y narcisistas
en los que seres que no existen caen desde el cielo,
y siempre nieva y es invierno.

Yo me encogí de hombros y no dije nada.
Tuve una visión muy clara de la espalda de una mujer desnuda
y de mi mano sobre su espalda (era un recuerdo lejano).

Te estás construyendo una cabaña imaginaria. Vives en una caverna.
Serás el rey de la nada en tu pequeño y solitario mundo.
¿Estás rehuyendo las contradicciones dialécticas de la realidad?

¿Las contradicciones diaqué? Me había topado con un filósofo.
¡Peor que toparse con la Iglesia! Las contradicciones de...
¡Valiente mamarracho!

Me asomé a la ventana y el viento era frío,
un cuchillo lúcido que atravesaba mi piel. Respiré hondo.
Nada en que pensar. Un pájaro saltaba por el tejado.

Pero era cierto, estaba solo en mi caverna. Las sombras reptaban
por la pared, pero yo no quería ir a ningún sitio.
Se está bien aquí, dije.

Escribes poemas dándole a la tecla enter al azar, dijo el filósofo.
Es verdad, mis frases se rompen al azar. Es la melodía
rota de mis frases. Me gusta así.

El filósofo era un capullo, un arrogante y un idiota.
No entendía nada.

Me encogí otra vez de hombros, miré las nubes,
recordé sus manos y su aliento en mi cuello.
Las sábanas sonaban como un susurro arenoso.

Como la nieve. Pero no hacía frío. Sudábamos.

Y no bajarán ángeles sonrientes del cielo, dijo. 

También eso era cierto, desgraciadamente. 
Un día David Foster Wallace tuvo una visión de ángeles que lloran
y golpean afligidos sus alas contra sí mismos.

No me atreví a decir que los copos de nieve 
eran las lágrimas de los ángeles
por miedo a que me llamara otra vez cursi y me acusara
de estar obsesionado con los ángeles y con la nieve. 

En cualquier caso, todo es triste, pensé. 
Todo está lejos, y en mi casa tengo cardos, no lirios ni rosas.

Tu poema cada vez tiene menos sentido, dijo el filósofo.
¿Se puede saber qué criterio sigues 
para dividir las estrofas? ¿Se puede saber hacia dónde se dirige,
qué quieres decir, si es que quieres decir algo?

No se dirige a ningún lado. Da vueltas
alrededor de un vacío.

¿El vacío eres tú, ególatra presuntuoso?

Tal vez tendría que volver atrás y corregirlo todo, pero es tarde.
Debería hacerme un té, lavar la ropa
que se amontona sobre la silla, y luego tenderla
para que se seque, y dejar de pensar
en ángeles que golpean sus alas contra sí mismos.

Un té caliente no ahuyentará la tristeza,
porque nada lo hará. La maldición de la sensibilidad,
el miedo a quedar sepultado bajo el peso de tus propias emociones.

Ángeles golpeando sus alas contra sí mismos,
esa es la escena que ahora se repite una y otra vez 
en la pared de la caverna. Ya no se está tan bien aquí.

Solo tiene que tranquilizarte y pensar, dijo el filósofo.
Afuera está el sol. ¿No lo sabías?

Pero lo que pensé no fue nada tranquilizador. Pensé
que  tal vez fuera el negro sol de la tristeza y que los ángeles
desfilarían en fila india, por una llanura sin fin,
gimiendo y golpeando sus alas contra sí mismos.

Y ella ya no era ni un recuerdo.
El sol negro lo engullía todo, incluido el pasado.
El sol del verano ya no brilla más.
La tristeza ha de bastar, dije.

Eres un poetastro que no sabe ni versificar, dijo.
Y estás doblemente alejado de la verdad. 

Permaneceré oculto un rato más y mañana Dios dirá.
Pintaré estrellas en el techo de la caverna, tal vez.
Me iluminarán o no me iluminarán, eso no lo sé.

Eso ya no es asunto mío.
Ya no pensaré más en mí ni en los ángeles tristes.
Me callaré por fin y simplemente miraré
porque mi alma es solo silencio.

Vuelves a hablar de cosas que no existen, dijo.
El alma no es nada.

Pero ¿y si es una nada luminosa? ¿Un silencio
ardiente? ¿Una nada plena?

Lees demasiadas movidas místicas, dijo.
Haces mala poesía, metafísica barata.

Pensé en un poema de Louise Glück en el que pregunta
¿Por qué alzas los ojos? ¿Para oír
algo así como el eco de la voz 
de Dios?

Me pregunté si yo alzaba lo ojos para ver
algo así como la ausencia de Dios.

Tu poema se está volviendo demasiado abstracto y teológico,
no hay savia que corra por sus venas, nada que lo vivifique.
Una luz pálida lo amortaja.
Y yo diría que lo sigues escribiendo porque no sabes cuándo
ni cómo acabarlo.

Es verdad, estoy esperando a que el poema me abandone,
pero antes quiero que la luz del atardecer lo incendie,
y queden las cenizas como único testigo,
huellas del fuego que nunca se consume.

Siempre hablas de lo mismo: cenizas, silencio,
pájaros, estrellas, Dios, tristeza, ventanas, gritos mudos
y ángeles tristes. Ya solo te falta volver a hablar del viento.

El viento es el único poema. El viento esparcirá las cenizas
y algún día me llevará con él

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Por favor, bríndanos más de ese poeta del que hablas.

Señor S. dijo...

Jeje, está medio jubilado ya de la poesía, pero algún poema caerá de vez en cuando...

Anónimo dijo...

Discrepo. Los poetas no se jubilan ni medio jubilan, sino que lo son de por vida. Ese espíritu es lo único que no se lleva el viento :)