lunes, 2 de enero de 2017

Treinta y tres años

A modo de trigger warning he de decir que este es otro post sobre DFW. Lo lógico, normal y razonable sería que quienes leéis este blog no tengáis una fijación obsesiva con el autor de La broma infinita y por lo tanto estéis hasta las narices de oírme hablar de él. Lo comprendo. Podéis saltaros este post. Además es un post tremendamente egocéntrico.


Cuando mi hermano estaba leyendo Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer me llamó por teléfono y me dijo, riéndose, que ya sabía por qué me gustaba tanto DFW. Está tan loco como tú, dijo. 

No sé si este fraternal diagnóstico es cierto. Lo que sí es cierto es que DFW tenía treinta y tres años cuando escribió Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer y que yo ahora también tengo treinta y tres años y comparto algunas de sus impresiones.
Tengo treinta y tres años y la impresión de que ha pasado mucho tiempo y cada vez pasa más deprisa. Cada día tengo que llevar a cabo más elecciones acerca de qué es bueno, importante o divertido, y luego tengo que vivir con la pérdida de todas las demás opciones que esas elecciones descartan. Y empiezo a entender cómo, a medida que el tiempo se acelera, mis opciones disminuyen y las descartadas se multiplican exponencialmente hasta que llego a un punto en la enorme complejidad de ramificaciones de la vida en que me veo finalmente encerrado y atrapado en un camino y el tiempo me empuja a toda velocidad por fases de pasividad, atrofia y decadencia hasta que me hundo por tercera vez, sin que la lucha haya servido de nada, ahogado por el tiempo. Es terrorífico. Pero como son mis propias elecciones las que me encierran, me parece inevitable: si quiero ser adulto, tengo que elegir, lamentar los descartes e intentar vivir con ello.
David Foster Wallace, Algo supuestamente divertido que nunca voveré a hacer 

(Por cierto, el ensayo es mucho más divertido de lo que esta cita sugiere). 

A veces tengo la paranoica, solipsista y supongo que equivocada impresión de que a todo el mundo excepto a mí le resulta pasmosamente sencillo vivir y relacionarse con los demás y ser felices y emocionalmente estables*. Y aun sabiendo que esto no puede ser así —y sabiendo también que esta manera de pensar es grotescamente narcisista—, la impresión persiste, del mismo modo que aun sabiendo que el sol no gira alrededor de la tierra la percepción sensorial de que sí lo hace se muestra pertinaz y terca como ella sola. 

También tengo la impresión de que los demás están todos dedicándose a procrear y a llevar sus coches al taller cuando se estropean y a trabajar en sus trabajos y a hablar de comidas y a hacer sus cosas de adultos mientras yo, por alguna razón, me quedo fuera de ese universo de normalidad. A las puertas. No porque el guardián me impida entrar. El guardián me hace gestos indicando que si quisiera podría entrar. Ningún obstáculo real me lo impide. Sin embargo, sigo fuera, obstinado, indeciso, nervioso. El tiempo sigue pasando, cada vez más deprisa, y yo no decido nada, no elijo nada. Espero.  

Comprendo que no elegir puede encerrarte en una cárcel aún más estrecha que sí hacerlo y eliminar así todas las posibilidades no escogidas —las posibilidades no escogidas no existen, son un invento metafísico; la suma de todas las posibilidades dice Brassier que sería nada menos que Dios, pero dejemos la teología-ficción para otro día—, pero igualmente sigo siendo incapaz de elegir. El guardián me indica por gestos que es cosa mía, que depende de mí, él ni me impide el paso ni me obliga a entrar. Eso sí, parece decir, no creas que alguien vendrá a salvarte. El mesías llegará cuando ya no haga falta, como bien sabes. 

¿Eres tú Franz Kafka? El guardián se ríe a carcajadas al oír mi pregunta. Sus risas parecen querer decir algo parecido a esto: ¿estás loco, crees que vives atrapado en un chiste judío? ¿Crees que un portero, un ostiarius, es un avatar del mesías y que ese mesías es Franz Kafka, y que cuando Franz Kafka —mejor dicho: su avatar— te deje entrar, al otro lado de la puerta estará el jardín y podrás finalmente entrar en el dichoso jardín?** 

*No es que sea ciclotímico, pero tengo cierto talento para pasar de sentir una extraña y repentina euforia a entrar en una fase de desgana total en la que hacer cualquier cosa me supone un esfuerzo tremendo. 

**Este post se me está yendo de las manos. ¿Porteros, avatares? ¿Kafka un mesías? ¿Qué mierda significa eso? No pensaba hablar de Kafka ni de mesianismo ni de nada parecido. Mejor dejarlo aquí, así, abruptamente.

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