martes, 20 de agosto de 2013
En defensa de la falibilidad humana
A ver, mamelucos internetiles, gaznápiros perfeccionistas paridos por hienas, genios resentidos adictos a trolear, cabrones inmaculados, estilistas de inmarcesible pulcritud, virtuosos de excelsa sintaxis, gloriosa ortografía y vigorosa prosa, mártires de la gramática normativa, niños prodigio de la lexicografía, escrutadores incansables del sentido y de la referencia, devoradores y adoradores de diccionarios, niños que desayunabais leyendo a Wittgenstein, merendabais cuestionando a Sassure, durante la cena esgrimías irrefutables argumento en contra del innatismo de la gramática generativa de Chomsky y antes de dormir recitabais versos de Quevedo, una errata es un error involuntario, por lo que viene sobrando eso de escandalizarse y arrojar airados improperios en nombre de nuestra sacrosanta lengua. Vuestros gráciles e infalibles dedos jamás incurrirían en un imperdonable descuido, naturalmente, pero los simples mortales a veces nos equivocamos, y no va a venir Cervantes a propinarnos una soberana paliza por ello.
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Ni «espíritu de sacrificio», ni «afán de superación», ni «aspiración a la excelencia». Ni ningún respeto o simpatía por tales cosas.
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1. No hay que echar guisantes a la ensaladilla rusa. Ni a nada. Es más, no hay que comer guisantes. 1.2. A no ser que sean crudos. Directame...
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