viernes, 14 de octubre de 2016

Apología de Bob Dylan, el profanador de la literatura

El nobel de Dylan ha hecho mucho por la literatura, incluso de forma indirecta. Ha revelado, por ejemplo, una cantidad inusitada de fanáticos de Beckett, a quienes les parece realmente trágico, con adverbio enfático incluido, que ambos escritores compartan galardón. Una ofensa. Algo imperdonable. ¡Oh, la sacrosanta literatura ha recibido un golpe mortal! ¿Qué será lo próximo, premiar a autores de videojuegos? La línea divisoria entre alta y baja cultura se viene abajo. El templo de los sacerdotes de la palabra ha sido violado. La plebe, la siempre mugrienta plebe, ha irrumpido en él, lo ha profanado. Dylan ha pisoteado el Sancta Sanctorum. Ya no se respeta nada.

Estos fanáticos repentinos de Beckett tienen toda la pinta de ser unos esnobs que no han leído más que Esperando a Godot, si es que lo han leído, porque, para empezar, que un lector de Beckett califique el premio nobel de Dylan como algo realmente trágico suena cómico —hay mucha comedia en la obra de Beckett, por cierto, igual que en la de Dylan: léase el comienzo de Highway 61 revisited, una versión del sacrificio de Isaac digna de Beckett—, pero ahora, para justificar su entusiasmo, su pasión libresca, su pedigrí de lectores de obras difíciles, de literatura literaria, pura, de la literariedad misma encarnada, tendrán que ponerse a leer Molloy, Malone muere y El innombrable.

Total, que el nobel a Dylan no solo es merecidísimo, sino que promueve la lectura de las novelas de Beckett.

PD: Una simple pregunta para acabar: ¿Acto sin palabras es literatura?

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