lunes, 23 de noviembre de 2015

El tornillo ausente

A mí —he puesto el lema De nobis ipsis silemus como subtítulo del blog con la única intención de transgredirlo, según parece, aunque en un principio fue para que Kant, quien lo puso en su Crítica de la razón pura, me irradiara mágicamente algunas migajas de su portentosa inteligencia, y porque la escritura egocéntrica es una plaga en nuestro tiempo— debe de faltarme un tornillo: siempre que veo concitarse la ira y el odio alrededor de un pensador, inmediatamente siento hacia él una simpatía y un interés extremos.

Mi daimon interior me exige llevar la contraria sistemáticamente —incluso me exige, el muy insaciable, llevarme la contraria a mí mismo, lo que tal vez implique algún tipo de paradoja o de bucle infernal en el que de momento es mejor no pensar (respecto de los bucles y estas cosas, al hilo del libro Gödel, Escher, Bach, se me ha ocurrido que una buena imagen del pensamiento, de la Filosofía, sería la  FIGURA-FIGURA, de Scott E. Kim, dado que la Filosofía trata de hacer explícito lo implícito, es decir, de traer el fondo al primer plano, motivo por el cual, dicho sea de paso y con la intención de ir acabando ya este largo paréntesis, la filosofía es inherentemente recursiva y hable de lo que hable termina hablando, sobre todo, del hablar mismo*)—.

Me pasó con Feyerabend, a quien según una profesora que tuve había que darle de comer aparte. Según yo, Feyerabend, para empezar, sabía más de Física que todos los tuercebotas que estábamos en aquella clase, incluida la profesora en cuestión —la soberbia intelectual de los estudiantes de Filosofía tiende al infinito, pero sus conocimientos sobre Física suelen ser, salvo excepciones, paupérrimos—. 

Me pasó con Derrida, quien, por lo demás, es un genio y un escritor soberbio, el James Joyce de la Filosofía.

Me ha pasado con Bruno Latour. 

And son on...

*Espero que se haya entendido algo.


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