lunes, 18 de mayo de 2015

Aburrimiento y locura

El aburrimiento puede volver loca a la gente. Estoy seguro. A punto he estado de responder a un ejercicio en el que se me pedía que justificara mis opiniones diciendo —en plan Nietzsche— lo siguiente: «¿Justificar mis opiniones? ¿Es que acaso he nacido ayer? ¡Ya hace mucho tiempo que he vivido las razones de mis opiniones!».

En segundo de bachillerato, en un examen de economía, llevado por la desesperación o por el tedio, escribí respuestas absolutamente delirantes a todas las preguntas. La profesora —majísima, una excelente persona, que por alguna razón desataba mi lado más majadero— me devolvió el examen y me obligó a copiar las respuestas correctas. He olvidado casi todas las respuestas, pero una sí que la recuerdo. «¿Qué es el capital fijo? Se trata del capital que no varía, permanece fijo, impertérrito, inamovible, por los siglos de los siglos.» Algo así. El examen se lo enseñé a mis amigos y se partieron de risa. La profesora, por cierto, no se enfadó ni nada. De hecho, por absurdo que parezca y por muy injusto que fuese, no suspendí ese examen. Tenía que copiar las respuestas correctas a cambio de un aprobado, y eso fue lo que hice. Supongo que les caigo bien a las figuras de autoridad, especialmente si son profesores, una raza en la que todos sabemos que abundan los chiflados.

Pero, en fin, la edad, ya se sabe, no perdona, y como poco a poco voy madurando, finalmente he logrado vencer mi tendencia a contestar majaderías y he justificado mis opiniones.

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