viernes, 10 de octubre de 2014

La insólita lucha de la serpiente

Había una vez una serpiente que, sobre la arena ardiente del desierto, se enroscaba ferozmente sobre sí misma. La luz del sol reverberaba sobre sus escamas. Lo que esta serpiente -descendiente directa de la serpiente originaria que fue bíblicamente condenada a arrastrarse sobre la tierra- estaba haciendo era intentar, en vano pero con admirable ahínco, comerse su propia cabeza. Estaba llevando a cabo una versión extraña y perturbadora del mandato délfico: 'cómete a  ti mismo'.

Giraba frenéticamente, a un ritmo desquiciado, formando un torbellino de arena que se te metía en los ojos y escocía. Hasta la fecha, su mayor logro había sido mordisquearse la cola. No era mucho, ciertamente. La serpiente estaba a punto de deprimirse, pero no cejaba en su empeño porque, bien mirado, tenía todo el tiempo del mundo por delante y, por lo tanto, no había motivo alguno para ceder al desaliento. No, no había que desanimarse. De ninguna manera.

Así pues, lentamente, pero con decisión, continuó engulléndose. No era, pese a lo que pueda parecer, una tarea sencilla. Se atragantaba a menudo, le daban arcadas, a veces incluso dudaba del sentido de su tarea, o se preguntaba por él, lo que viene a ser lo mismo.

Al cabo de algunas semanas, sin embargo, pudo  comprobar, con bastante alegría, que ya iba más o menos por la mitad de sí misma. Si avanzaba un poco más, alcanzaría el Punto de No Retorno y ya no tendría más remedio que seguir hasta el fin, es decir, hasta comerse su propia cabeza. Pero aún podía retroceder.

Su situación no era ni mucho menos fácil, ya que antes del Punto de No Retorno se encontraba la Difusa Zona de la Incertidumbre, un territorio notablemente más amplio, que era justo donde se encontraba, dudando entre retroceder o seguir avanzando.

Y, debido a que uno de los efectos más conocidos de la duda entre cierto tipo de serpientes suele ser la parálisis del comportamiento y, en no pocas ocasiones, también la parálisis del pensamiento, no hacía ninguna de las dos cosas. No avanzaba, no retrocedía. Indecisa, la serpiente seguía girando frenéticamente, en círculos, mientras afuera el mundo, ajeno a su insólita lucha, también seguía girando.

Apología del otoño, la estación de la melancolía y la ropa elegante

1. Decía Félix Romeo en un artículo que el otoño era una estación que le odiaba tanto como él a ella. Félix era, al parecer, vitalista, entusiasta, un tipo enérgico y expansivo. Yo, sin embargo, amo el otoño tanto como el otoño me ama a mí. Es un amor tal vez crepuscular y melancólico, lánguido, pero es un amor confortable, como la comodidad de estar triste que echaba de menos Kurt Cobain.



2. Yo también nací bajo el signo de Saturno, el astro de las revoluciones más lentas.

3. Las hojas del cerezo va cayendo poco a poco sobre el suelo del patio. Hay pequeños montones de hojas amarillas. También hay hojas de un color rojizo enredadas en la verja de alambre romboidal que separa un patio de otro. Y también hay rosas demacradas, descoloridas, rosas pálidas, enfermas como las del último poemario de ese hombre muerto al que llaman Panero.

4. Me gusta el otoño. Me gustan los colores del otoño, carecen de esa estridencia vibratoria propia del verano, son los colores de siempre pero un poco desvaídos, como suavizados; los colores parecen sonreír, tímidos, con los ojos tristes y hermosos... Creo que me estoy pasando de lírico.

5. Digamos, también, que el otoño es la estación de la elegancia. En otoño se viste bien. En verano es casi imposible. Esto también es un punto a favor del otoño. Ya sé que hay intelectuales que desprecian la moda como una frivolidad y tal. Bueno, yo no soy un intelectual.

6. Tras el largo exilio estival, las nubes regresan en otoño con su parsimonia y su ingravidez y sus metamorfosis aéreas y su blancura fulgurante y su gris perla y su gris ceniciento y sus descargas de tormentas repentinas.

7. 'Todos estamos al tanto de lo descrito en la Gran Enciclopedia Soviética (1977) respecto de su definición de fetichismo: 'producto de la actividad humana que se transforma en algo trascendente'', William T. Vollmann, Naranja llameante. 'No sé si pagano o cristiano, pero adoro los fetiches', Juan Luis Panero, El Desencanto. El fetichismo de la mercancía, ya se sabe: la mercancía tiene su sutilidades teológicas. Yo quiero comprar una muy determinada chaqueta verde, el resto no me sirven. ¡Con qué eficacia el capitalismo pone en marcha (y atrapa) el deseo!

jueves, 9 de octubre de 2014

Murakami

Dicen que meterse con Murakami es una forma de demostrar lo mucho que a uno le gusta la literatura seria. Lo dicen los memos, naturalmente.

Cervantes no es serio (véase el pasaje del 'baciyelmo'); Joyce no es serio (llama a Dios 'recaudador de prepucios'); John Kennedy Toole no es serio (ahí está Ignatus Reilly, el Quijote adiposo); O'Brien desde luego no es serio (irlandeses borrachos invocan el espíritu de San Agustín); tampoco es serio DFW (una cacatúa parlante se convierte en estrella televisiva); y mucho menos es serio Pynchon (una especie de conspiración de ninjas intenta abolir esta realidad en alguna subtrama de alguna de sus novelas, creo); Vollmann muy serio tampoco parece (tiene un relato, pornográfico según él, sobre un vestido verde, sobre el vestido en sí; y otro en el que el Espíritu Santo y el Diablo se disputan el alma de una estudiante heideggeriana).

La buena literatura no es ni seria ni aburrida, o al menos no lo es necesariamente, pero tampoco es contar qué comen y cómo visten unos personajes que al final se suicidan. Aunque tampoco hay que ser injustos con el japonés: seguramente leyéndole se puede aprender a cocinar y a planchar.

martes, 7 de octubre de 2014

La pantomima de los socráticos enloquecidos

He escrito majaderías, luego existo.
Flann O'Brien, Crónica de Dalkey 

"¡Que tengamos que estar rumiando las taradeces del charlatán Hegel en vez de estar revolcándonos en la basura como buenos descendientes de la secta del perro! ¡No hay derecho!"

Corría un año indeterminado de hace ya bastante tiempo, y algo así recuerdo haber dicho en medio del tumulto de la escuela filosófica de Salamanca, que era el bar Paniagua, naturalmente.

Como mis profesores no pusieron nunca objeciones a mis títulos, algunos de los cuales eran larguísimos y enrevesados y rozaban lo absurdo, titulé un trabajo sobre los filósofos cínicos así: La Filosofía cínica, o la pantomima de los socráticos enloquecidos. 

El trabajo lo perdí, como todos, cuando formateé un ordenador sin salvaguardar nada. Pero, por azar, por magia, por la ley de la improbabilidad infinita, me he encontrado con mi trabajo en Internet. Lo publiqué en el fallecido blog Pensamientos Despeinados (que Dios lo tenga en su gloria); alguien más lo publicó en el suyo, de modo que, finalmente, yo me he topado con él hoy.

Me he topado con él gracias a Marcel Schwob. Estaba leyendo sus Vidas imaginarias, concretamente el pasaje en el que habla de cómo filósofo cínico Crates se deshizo de su  fortuna, arrojando su dinero y sus muebles por la ventana (un pasaje muy gracioso donde queda claro que el orgullo filosófico supremo consiste en ser muy rico y tirar literalmente tu  fortuna por la ventana, demostrando así que estás muy por encima del resto de los mortales, como, más o menos, hizo también Wittgenstein), lo que me recordó que alguien había calificado a Diógenes como un socrático enloquecido, pero no recordaba bien quién había sido, así que recurrí al todopoderoso Google en busca de información. Ese alguien fue Platón.

Y el todopoderoso Google, por la ya citada ley de la improbabilidad infinita, recuperó mi trabajo estudiantil. Seguramente haya escritas unas cuantas majaderías (no lo he releído aún, pero estoy seguro de que hacerlo no va a ser una experiencia agradable), lo cual demostrará, según Flann O'Brien, que existo.

Filosofía cínica, o la pantomima de los socráticos enloquecidos.

Guía bibliográfica básica sobre vidas imaginarias

Instruimos a nuestros niños en las enrevesadas leyes de la genética mendelianas pero olvidamos iniciarles en los misterios de las vidas imaginarias. ¡Craso error! Para paliar, en la medida de lo posible, tamaño desmán, he elaborado esta guía bibliográfica básica sobre vidas imaginarias, que seguramente son también vidas reales y también, por qué no, vidas conjeturales:
-Vida de los más ilustres filósofos griegos, Diógenes Laercio.
-Vidas imaginarias, Marcel Schwob.
-Historia universal de la infamia, Jorge Luis Borges.
-La literatura nazi en América, Roberto Bolaño.
-Vidas conjeturales, Fleur Jaeggy.

Espera, o ni siquiera esperes

-Oh, Monelle, ¿pero le tenías miedo al frío, como si fuese la mano de un muerto?
-Ya no tengo miedo del frío -dijo.
-Y estás sola aquí, completamente sola, siendo una niña, y solías llorar cuando estabas sola.
-No estoy sola ya -dijo- porque espero.
-Oh Monelle, ¿a quién esperas, durmiendo ovillada en este sitio obscuro?
-No lo sé -dijo-; pero espero. Y estoy con mi espera.
Y entonces me di cuenta de que todo su menudo rostro se estiraba hacia alguna gran esperanza.
Marcel Schwob, El libro de Monelle

No es necesario que salgas de casa. Quédate a tu mesa y escucha. Ni siquiera escuches, espera solamente. Ni siquiera esperes, quédate completamente solo y en silencio. El mundo llegará a ti para hacerse desenmascarar, no puede dejar de hacerlo, se prosternará extático a tus pies.
Franz Kafka, Consideraciones acerca del pecado, el dolor, la esperanza y el camino verdadero

Simplemente lo imposible

A Dios nadie le ha visto jamás
Juan 1:18

Quiero simplemente esto: lo imposible. Ver a Dios. Oigo el rumor del viento en las hojas y respondo: ¡sí!
Clarice Lispector, Un soplo de vida

lunes, 6 de octubre de 2014

El manifiesto comunista

Helo aquí. Magnífica edición de Santiago Gómez Crespo, con un montonazo de notas a pie de página que explican, aclaran y amplían conceptos imprescindibles.

jueves, 2 de octubre de 2014

Nacho Vegas y León Benavente



Geniales ambos dos.

Superman

El héroe que llevaba calzones encima de las mallas. A decir verdad, fueron unos cuantos los guionistas de cómic que se atrevieron a matar a Superman. Por nada del mundo quisiera parecer un nerd, pero estos son  sus nombres: Dan Jurgens, Karl Kesel, Jerry Ordway, Louise Simonsons, Roger Stern y Gerard Jones. La información la he sacado de un cómic que se llama precisamente La muerte de Superman. Para alguno nerds empedernidos es El Cómic, el acontecimiento más importante de la historia del cómic. Se trata de una saga, cuya recopilación ocupa unas 746 páginas. Aproximadamente. La edición que  yo tengo incluía de regalo un brazalete negro de Superman, lo cual solo te puede hacer ilusión si eres un maldito nerd.

Anécdota infantil que viene muy a cuento: mi padre me compró un disfraz de Superman para un carnaval de hace incontables eones de tiempo. Salgo en varias fotos con el disfraz, pero no hay nadie más disfrazado. Supongo que carnaval ya había pasado pero me daba igual y seguía disfrazándome de Superman. A clase seguro que no me dejaron ir disfrazado. Todo tiene un límite.

miércoles, 1 de octubre de 2014

Fragmentos

1. El otro día, no importa en realidad qué día, escribí: ahora que las hadas han muerto, las noches son más frías, más largas, más oscuras. Han muerto en silencio, sin lamentos ni alharacas, sin estridencias de viejas plañideras, sin tan siquiera emitir un débil quejido que el cielo pudiese acoger en su seno transparente. Han muerto con orgullo estoico. Pero, eso sí, en sus ojos, en sus enormes ojos negros, turbios y mudos, se concentraba toda la tristeza del mundo. La muerte de las hadas ha sido, por supuesto, un asesinato.

2. Escribir novelas requiere un esfuerzo titánico. Me refiero, claro está, a escribir buenas novelas. Pero inventarse títulos requiere un esfuerzo mínimo y es la mar de entretenido. He aquí unos pocos títulos de libros inexistentes: Sobrevivir no es un mal plan; Aurora sangrienta: páginas de poesía teológico-política; En el cielo de los suicidas nunca llueve; Un murmullo subterráneo recorre el mundo.

3. Tengo un montón de información inútil almacenada en mi cerebro. Fechas de muertes y nacimientos. Los poderosos y absurdos engranajes del tiempo y de la reproducción de la especie funcionan sin descanso. Si fuera un dios, o cualquier otra inimaginable entidad con la capacidad de contemplar sub specie aeternitatis este espectáculo, diría, con lacónica elegancia y olímpica frialdad: los seres humanos nacían y morían.

4. Valeria Luiselli nació en 1983. Yo también nací en 1983. Kafka nació un siglo antes, en 1883. En 1983 murió John Fante. En 1983 murió Luis Buñuel. En 1983 murió Ross McDonald, seudónimo de Kenneth Millar, considerado por muchos el mejor discípulo de Raymond Chandler, según dice la contraportada de su novela El blanco móvil. En 1983 murió Tennessee Williams, autor de La gata sobre el tejado de zinc caliente, un libro que tengo pero que no he leído. Solo he visto la película. En 1983 murió Xavier Zubiri, filósofo. Tengo un ejemplar de Cinco lecciones de Filosofía. Zubiri habla de Aristóteles, de Kant, de Comte, de Bergson y de Husserl. El ejemplar está muy deteriorado. Es un edición de 1980. No sé qué pinta ahí Comte. Mentiría si dijera que toda esta información estaba almacenada en mi cerebro. 

5. Valeria Luiselli es muy guapa. No sé si se puede decir algo así en estos tiempos sin ser considerado misógino, machista, cavernario, capullo, primate primitivo y cosas así. Espero que sí se pueda. Brenda Lozano también es muy guapa, también es mejicana y también es escritora. Por eso mi cabeza, o Internet, las ha unido inextricablemente. Lo más seguro es que haya sido Internet. No creo que todas las escritoras mejicanas sean así de guapas. Pero, de momento, solo he podido leer artículos suyos por Internet. En la biblioteca no tienen ningún libro suyo y mi presupuesto para libros de este mes se lo ha llevado William T. Vollmann. Habrá que esperar a la próxima partida presupuestaria dedicada al noble arte de coleccionar libros.

6. Brenda Lozano escribía en un artículo que Clarice Lispector era muy guapa, y que había que decirlo. De ahí que esté yo ahora hablando de esto. Marguerite Duras escribió sobre su rostro, sobre su rostro que un día fue hermoso y de repente dejó de ser hermoso y se convirtió en un rostro devastado. A Marguerite Duras le gustaba más su rostro devastado. Su rostro devastado seguía siendo, de alguna manera, un rostro bello. La belleza devastada tal vez sea más profunda, se me ocurre ahora, aunque la frase me suena demasiado profunda.

7. Lo más profundo es la piel, eso lo sabemos todos.

8. Sigamos un poco más con el tema anterior, fuera el que fuese. Sobre los rostros y la belleza de los demás es fácil juzgar, o relativamente fácil. Pero el rostro propio es otro asunto. David Foster Wallace escribió en La broma infinita sobre la dificultad de saber si uno mismo es guapo o feo, o sobre la dificultad de verse a uno mismo de una forma o de otra. Algo así. No me acuerdo de si Hal estaba frente al espejo fumando hierba y cavilando sobre estas cuestiones -es una novela MUY larga, no se puede uno acordar de todo-, pero no creo, porque Hal fumaba a escondidas, en los conductos de ventilación, donde el viento genera gemidos desolados. La escena, en cualquier caso, es plausible. A mí me lo parece, vaya. Hal intentando verse a sí mismo como si fuera otro y entrando irremediablemente en los típicos bucles de pensamiento marihuano.

9. He tenido un déjà vu de lo más raro mientras escribía el fragmento anterior. ¿Qué demonios está pasando en Matrix?

10. Hablemos ahora de mi pelo. No es un tema que tenga interés, cierto, pero no se me ocurre ninguna otra cosa. No me gusta nada mi pelo. Querría tenerlo rizado, como Bob Dylan. Pero la genética es una amante cruel. ¿Una amante cruel? Disculpen, esa frase no ha tenido el menor sentido. Antes lo llevaba largo. Antes, hace siglos. Un verano, tendría once o doce años, no me acuerdo bien, me cortaron el pelo mucho más corto de lo que yo quería, mucho más corto de lo que normalmente me lo cortaban, y el resultado me estremeció de horror y me fui corriendo desde la peluquería hasta mi casa a toda velocidad y al llegar a casa tenía ganas de llorar y le dije a mi madre que no pensaba salir de casa hasta que me creciera el pelo y mi hermana me dijo que no dramatizara tanto por nada y yo respondí algo así como que me veía horroroso y que aquello era una catástrofe estética de dimensiones inenarrables y que la peluquera era una imbécil y mi hermana me dijo que me pusiera una gorra y listo. Y eso es lo que hice. Me puse una gorra y decidí no quitármela hasta que me creciera el pelo. Y ahora, ya ves tú, no me gusta llevar el pelo largo.

11. Último fragmento que versa sobre mi pelo. Se me ha dicho que cuando tenía diecinueve años o así me tapaba la cara con el pelo. Literalmente. Que no se me veía la cara porque tenía el pelo muy largo y hablaba mirando para el suelo, de manera que el pelo caía sobre mi rostro como un velo protector. Ese relato está bastante exagerado, creo yo.

12. William T. Vollmann es más feo que David Foster Wallace. Wiliam T. Vollman está vivo, David Foster Wallace se ahorcó el 12 de septiembre de 2008. Esta fecha sí me la sé de memoria. Enfrente de mí hay una foto suya, con la bandana -palabra que la RAE no registra, por cierto- cubriéndole el pelo, el cráneo, el cerebro.

13. No sé si el cielo de los suicidas parece un cerebro. No sé si tienen un cielo para ellos. Pienso en John Kennedy Toole, que se suicidó con 31 años. Pienso en Chusé Izuel, que se suicidó con 24 años, el 27 de febrero de 1992, y que, según cuenta Félix Romeo, se reía mucho con La conjura de los necios.

14. A la izquierda de la foto de David Foster Wallace tengo una foto de Jerusalén. Es una vista aérea. Se ve la cúpula de la roca. A la derecha, una reproducción de La escuela de Atenas. Fe y razón. Jerusalén y Atenas. Los dos polos de lo que somos, en mi opinión.

15. En otra pared hay un cuadro de Marilyn Monroe.

16. Yo también me río con La conjura de los necios. Me río mucho. Me río hasta que se me parte el alma. Disculpen la solemnidad de la última frase. La solemnidad y la tontería siempre andan cerca la una de la otra.

Al cruzar una calle

Salgo con cierta frecuencia, y una vez fuera, en la calle, tengo la impresión de vivir en un cuento de hadas donde todo es caótico y desenfrenado. Esto lo anotó Robert Walser, pero me gusta imaginar que lo pensé hoy al cruzar una calle.
Y esto lo anotó Brenda Lozano, pero me gusta imaginar que lo pensé hoy al cruzar una calle.

martes, 30 de septiembre de 2014

Un día amarillo



Amarillo, de Félix Romeo.

Este puto libro me ha trastornado como hacía mucho tiempo que ningún maldito libro me trastornaba. Me lo he tenido que leer de un tirón porque no podía parar de leer. Chusé Izuel odiaba el teléfono tanto como yo (el artilugio más hijoputa que inventaron nunca).

No les recomiendo leer este libro, porque este libro es literatura en estado puro, es decir en estado salvaje, y nunca se sale indemne de algo así.

lunes, 29 de septiembre de 2014

Noticias de la antigüedad ideológica: Marx/Eisenstein/El Capital

Dura casi nueve horas, así que tómenselo con calma; pero no dejen de ver esta GRAN película de Alexander Kluge.

Primera parte.



Segunda parte.



Tercera parte.




Y, a modo de epílogo, pueden leer este artículo de Alan Pauls, El capital filmado por Alexander Kluge.

sábado, 27 de septiembre de 2014

Voces ignotas en la noche

La cruzada de los niños es una novela corta escrita por Marcel Schwob que a mí, particularmente, me produce una fascinación infinita. Ignoro por qué, y ni siquiera trato de averiguarlo. Es difícil explicar por qué nos fascina aquello que nos fascina. A veces también es inútil y engorroso. ¿De dónde viene esa extraña manía de querer explicarlo todo?

La he leído dos veces, casi seguidas, febrilmente entusiasmado ambas, y he anotado en un cuaderno rojo muchas frases (he tenido que contenerme para no acabar haciendo algo tan palmariamente absurdo como copiar otra vez el libro tal cual), de las que extraigo una pequeña muestra:


GOLIARDO

Estoy lleno de adoración por San Juan, porque era un vagabundo y decía palabras incoherentes.

No llegarán a Jerusalén. Pero Jerusalén llegará a ellos.

El fin de todas las cosas santas radica en la alegría.



LEPROSO

Domine infantium, libera me!



INOCENCIO III

Van a nacer sectas ignoradas. Se han visto correr por las ciudades mujeres desnudas que no hablan. Estas mudas impúdicas señalan al cielo.



LOS TRES PEQUEÑUELOS

Voces ignotas nos llamaron en la noche. Llamaban a todos los pequeñuelos. Eran como las voces de los pájaros muertos durante el invierno.

Y al extremo del mar azul está Jerusalén. Y el Señor dejará llegar a su tumba a todos los pequeñuelos. Y las voces ignotas se tornarán alegres en la noche.


KALANDAR

Yo no tengo necesidad de dinero y soy libre como un perro.


ALLYS

Y me interrogaba acerca de estas voces, pero nada podía decirle.



GREGORIO IX

Y encenderán, encima, eternas lámparas donde arderán óleos santos, mostrarán a los viajeros piadosos todos estos huesecillos blancos esparcidos en la noche.

Pensar y sentir

Rogando de antemano a quien me leyere que disculpe mi osadía, me atrevería a decir que sí, Proust tiene indudablemente razón al señalar que pensar y sentir son cosas ambas muy tristes, pero que al bueno de Proust se le olvidó añadir que también son muy hermosas1.

1Discúlpeseme también, si fuese preciso, la cursilería.

viernes, 19 de septiembre de 2014

Arcoíris

Beth Hoeckel
¿Cómo explicar la repugnancia que los colores del arcoíris sienten los unos por los otros?
William T. Vollmann

martes, 16 de septiembre de 2014

La cultura de la queja

Cuando el ánimo de los sesenta contra el elitismo entró en la educación americana, trajo consigo una enorme y cínica tolerancia de la ignorancia del estudiante, racionalizada como una muestra de consideración hacia la “expresión personal” y la “autoestima”. En lugar de “angustiar” a los chicos pidiéndose que leyeran más o pensaran mejor, cosa que podría haber perjudicado sus frágiles personalidades al tomar contacto con las exigencias del nivel universitario, las escuelas optaron por reducirles las lecturas obligatorias, reduciendo automáticamente su dominio del lenguaje. Faltos de experiencia en el análisis lógico, mal preparados para desarrollar y construir argumentos formales sobre los temas, poco habituados a buscar información en los textos, los estudiantes se atrincheraron en la única posición que podían llamar propia: sus SENTIMIENTOS ante las cosas. Cuando los sentimientos y las actitudes son las referencias principales del argumento, atacar cualquier posición es automáticamente un insulto al que la expone, o incluso un ataque a lo que considera sus "derechos”; cada ARGUMENTUM se convierte en AD HOMINEM, acercándose a la condición de hostigamiento, cuando no de violación. “Me siento muy amenazado por su rechazo ante mi opinión sobre [marque una]: el falocentrismo / la diosa madre / el tratado de Viena / el módulo de elasticidad de Young.” Introduzca esta subjetivización del discurso en dos o tres generaciones de estudiantes que se convierten en maestros, con las dioxinas de los sesenta acumulándose cada vez más, y tendrá el trasfondo de nuestra cultura de la queja.

Robert Hughes, La cultura de la queja. 

jueves, 11 de septiembre de 2014

Viático beckettiano


Los ojos consumidos por las injusticias se entretienen abyectos en todo aquello por cuanto han rogado durante mucho tiempo, en el último, el verdadero ruego, el que nada pide. Y es entonces cuando un airecillo acogedor resucita las plegarias muertas y nace un murmullo en el mudo universo, reprochándote afectuosamente haber desesperado demasiado tarde. Como viático no lo hay mejor. Profundicemos más. El aire puro.
Beckett, Malone muere. 

miércoles, 10 de septiembre de 2014

Sobre la elegía

Aquí. Deleuze, siempre fascinante.

Morrisey - Every day is like Sunday

Conversación con el ángel Iblis

Mientras esperaba a que hirviese el agua para hacer un té oyó un voz que decía: yo soy el ángel Iblis, derramo mis lágrimas sobre el caos informe de todo lo perdido, lloro amargamente por todo aquello que no ha sucedido entre los hombres, mi llanto empapa las oportunidades perdidas, las malas decisiones, la torpeza y la cobardía, la soledad y la tristeza; llora conmigo, tenemos mucho por lo que llorar, amigo mío, pues no habrá redención ni ángeles guardianes; solo quedan ángeles tristes, ángeles como yo, que no paramos de llorar; te he sido encomendado pero sintiéndolo mucho no me veo con fuerzas para protegerte y cuidarte. Mis alas están resquebrajadas, visto con harapos. Si saliésemos los dos juntos a caminar fácilmente podríamos ser confundidos con vagabundos, así de jodidas están las cosas. Tal vez pereciésemos de hambre, de desolación, de aburrimiento. 

Y él dijo: tú eres un ángel extraviado. Te he estado esperando. No sufras ni te preocupes por mí. Sé de sobra que no podemos redimir el pasado. No de momento, al menos. Pero yo sé que la lámpara eterna se alimenta de lágrimas, de las lágrimas derramadas por todo aquello que no ha pasado entre los hombres, por lo olvidado y lo ignorado, y el último día brillará, brillará para siempre. El llanto de los abandonados encenderá la lámpara eterna. No te preocupes, estoy seguro de ello. Alegrémonos un poco. Aunque sea solo un poco. Dios odia a los tristes.

Y el ángel Iblis, el ángel extraviado, continuó: tu fe carece de racionalidad, la lámpara eterna no existe. Debes comprenderlo. Eres un tarado bastante adorable, pero la parte de tarado no te la quita nadie. Sé que la noticia para ti es terrible, casi insoportable. Pero en este casi debes cifrar tus esperanzas de sobrevivir. Debes aprender a confiar en ti mismo, chico. Tu lámpara es solo una fantasía, una imagen con la que soñar, un nombre para repetir en la oscuridad e infundirse ánimos, nada más. No habrá un día final de redención y felicidad perfecta, solo silencio. 

Y él replicó, con el gesto hosco: ni siquiera me gusta ser yo mismo, no hablemos ya de confianza, de confianza en mí. Ser yo mismo es agotador e inútil. Eso es lo que pienso de ser yo mismo. Encárgate tú de que lleguemos a buen puerto. O de que lleguemos a algún puerto. Necesitamos llegar a un puerto, eso está claro. Y nada de malo hay en repetir un nombre o una imagen salvadora. ¿No tienes alas? Bien, arrastrémonos por la tierra entonces. Hay días en los que el cielo está despejado y es agradable caminar mirando el azul que no acaba nunca. Hay días en los que es posible, incluso, sonreír. Arrastrémonos con una sonrisa por esta tierra maldita.

Y el ángel Iblis se quedó callado durante un buen rato, con los ojos anegados de lágrimas. Luego dijo: todas estas palabras se perderán. No quedará nada. Ni tú ni yo. Tampoco los libros, las canciones o las películas quedarán. Ni siquiera los amores juveniles, ni siquiera los primeros besos, ni siquiera las miradas furtivas o las palabras de amor quedarán. Todo será arrasado por el canto fúnebre del Universo. Y yo he venido aquí a llorar por todo eso...

Y él dijo: eres un ángel triste, pero no tienes razón.

sábado, 6 de septiembre de 2014

Cuentos

En mis cuentos, dice, los personajes siempre viven al borde de la locura, la rodean, la acechan, la pretenden y la temen, y siempre acaban por disolverse en extrañas brumas místicas, o caerse en agujeros o en el barro. Los finales son abruptos y absurdos. Un tipo sale a dar un paseo, por ejemplo, porque lleva mucho tiempo, sin motivo alguno, encerrado en su cuarto, enclaustrado como un eremita meditabundo y solitario y triste, y recorre calles y calles, las hojas otoñales cubren las aceras, enormes sauces llorones se agitan con parsimonia a su paso, todo está envuelto en una atmósfera fantasmagórica, nostálgica tal vez, una atmósfera que quisiera ser onírica, aunque tal vez no llegue a tanto. Es más bien una atmósfera donde la realidad y la ficción, la vigilia y el sueño, se vuelven indiscernibles. El tipo se detiene durante un rato en un parque, poco a poco va anocheciendo, cada vez hace más frío, las farolas se encienden y él, de repente, sin mediar explicación, se transforma en un lepidóptero, sus pies se separan del suelo y se siente atraído irremediablemente por la luz de una farola. Va hacia ella volando, medio hipnotizado, totalmente fascinado, y escucha un voz que le dice: ve hacia la luz. No se sabe si muere o qué le pasa. No se sabe qué significa la luz. No se sabe de dónde viene la voz. La frase final es tópica y no está, espera él, exenta de ironía.

En otro de mis cuentos, continúa, un tipo llega tarde a algún lado. Va corriendo. Corre todo lo deprisa que puede. Corre y corre, como un loco. Atraviesa la ciudad. Una mujer desnuda, desde una ventana, trata de infundirle ánimos. Casi se choca contra un farola, trastornado por la visión de la mujer desnuda en la ventana. Finalmente, cuando está a punto de desfallecer, sale de la ciudad y aparentemente es engullido por un agujero sin fondo. Sobre las montañas nevadas resplandece un sol de justicia.

En otro, un tipo y su amigo charlan y pasean por un patio vallado. El patio es enorme, pero apenas hay un poco de hierba verde, el resto es un terreno baldío, desolado. Especulan sobre la posibilidad de que bajo la tierra reseca y polvorienta que se extiende más allá de la valla, una llanura cuyo fin la vista no alcanza, se oculten millares de cadáveres olvidados. El tipo es un lector infatigable de la Biblia y cree firmemente en la existencia de los ángeles y de los fantasmas, que vienen a ser lo mismo, según él, o, al menos, a coincidir en un punto de capital importancia: ambos son sustancias incorpóreas. Lejos de constituir un absurdo metafísico, los ángeles y fantasmas son reales. De alguna manera. Aunque hay que admitir que de una manera muy extraña. Pero eso, dice, no es la cuestión. Eso no tiene ninguna importancia. La claridad, el frío, la nitidez del alba son, según el tipo de mi cuento, signos angelicales o el resplandor de presencias angelicales. Pero cualquiera sabe. Cada dos por tres declama frases que saca de la Biblia o que se inventa o que sueña. En el mundo habrá tribulación, rechinar de dientes y amargura, pero ánimo, yo soy la luz y la danza, quien baile conmigo no perecerá. Frases de ese estilo. Polvo eres, guardián de un Reino que no existe. Mezclas raras, idas de olla. El tipo se pasa la vida así, declamando con voz estentórea y con la mirada extraviada. Cierto día, mientras dan uno de sus paseos, se encuentran con una muchacha desnuda acurrucada al lado de un árbol. La muchacha tirita de frío (está nevando) y no responde a ninguna de sus preguntas. ¿Qué hace ahí? No se sabe. El amigo, al que hasta ahora la narración no había prestado la más mínima atención, trata de comunicarse telepáticamente con ella. Sus intentos, como es natural, fracasan. Pero él insiste. Hay un monólogo interior muy largo y enrevesado en el que se da cuenta de estos intentos fracasados de establecer comunicación telepática. Suena una sirena. A todo volumen. Es la hora de cenar, tal vez. Sea como fuere, deben volver. Son muy estrictos con los horarios. El amigo intenta abrazar a la muchacha, pero atraviesa su luminosa piel incorpórea, se cae y su cara se hunde en  el frío barro. El tipo, mientras corre por el patio para acudir a la llamada, se ríe a carcajadas y le dice que incluso los locos saben que a los ángeles o a los fantasmas no se les puede abrazar.

lunes, 1 de septiembre de 2014

Vollmann dispara contra la muerte

Words are like bullets that I shoot against death. And I have the feeling that if I shoot enough, I might kill death and we could live forever.

William T. Vollmann

Diálogos ciberplatónicos (lo que piensa el TecnoNúcleo)

En la evolución reciente de La morada de los existencialistas errantes , el blog cruza una línea tecnológica y emocionalmente cruda. El dolo...