lunes, 26 de octubre de 2026

Deseo de ser kevalin

Quería entrar en estados alterados de conciencia y cambiar mi química cerebral para siempre. Pero no tenía drogas a mano para cambiar mi química cerebral para siempre, ni sabía cómo conseguirlas, más allá del alcohol. El problema con el alcohol era que, si bebía lo suficiente como para alterar mi estado de conciencia ordinario, al día siguiente me sentía terriblemente deprimido.

También podría crear un Servidor, me dije. Protegería mi psique dañada. Solo tenía que darle nombre y forma, materializarlo en un Sigilo y, finalmente, asignarle un objeto y activarlo entrando en un estado de gnosis. Su misión: cada vez que un recuerdo perturbara mi mente, el Servidor lo convertiría en arena, y la arena sería llevada por el viento al desierto. Su nombre: Mnsc. Su forma: el Ermitaño.

Por la mañana tomaba café sin parar y escuchaba música, hardcore punk a toda hostia sobre todo, y saltaba por mi micropiso como un loco, quemando adrenalina. Eso ayudaba un poco, me dejaba exhausto, pero no era suficiente. Por la tarde salía a caminar por rutas en las que había lagos y vacas inexpresivas que pastaban indolentes al borde del camino. Las rumiaciones obsesivas seguían asaltando mi mente cada dos por tres. Sus ojos verdes ya no me mirarían más. Aún no había activado a mi Servidor. No había alcanzado ningún tipo de gnosis.

Quería olvidarla y convertir mi mente en una fortaleza de la soledad, en un templo de serenidad, pero no lo lograba. Quería alcanzar el estado de nirodha, un tipo radical de gnosis, pensaba. Cesación, libertad en un perfecto aislamiento, la señal pura, el grado cero de la conciencia sin las fluctuaciones del yo ligado al tiempo y al cambio. Apagar el ruido, desconectar. No pensar. Pero no era tan fácil convertirse en un consumado yogui de la noche a la mañana. No había meditado nunca ¿y ahora, de repente, en un fin de semana, pretendía ser a la vez un psiconauta, un mago del caos y un kevalin? Era ridículo. El duelo me estaba trastornando.

La vía ascética requería años de disciplina. Las drogas eran una vía mucho más rápida y efectiva para alcanzar una iluminación fulgurante y salvaje. Usar drogas psicodélicas no era menos válido que años de autodisciplina mental —al fin y al cabo, Dios opera mediante causas ordinarias—, así que ¿por qué no hackear la psique a base de drogas? Era tentador, pero en el fondo sabía que no lo haría, que solo estaba fantaseando con la idea de hacerlo. ¿Qué drogas iba a tomar? ¿Dónde iba a comprarlas? ¿Por Internet? Tal vez en oscuros mentideros de Internet hubiese foros en los que se explicase cómo alcanzar el Kevala Jnana, el conocimiento infinito, mediante el uso de enteógenos.

Lo cierto es que yo ya había experimentado una vez la perfecta iluminación, hacía ya más de veinte años. El THC, consumido en dosis masivas, puede desactivar la Red Neuronal por Defecto y hacerte sentir que todo está bien, que al fin lo has entendido —aunque no hay nada que entender, y eso también lo entiendes— y que te fundes con el todo y dejas de ser tú, pero sin dejar de ser tú. No es fácil de explicar. Los místicos de distintas épocas y tradiciones coinciden en que es una experiencia inefable. El ego se disuelve, pero queda un resto, un resto que es una débil llama de conciencia en un lugar sin viento. De no ser así ni siquiera podrías experimentar la disolución de tu propio ego. ¿Quién lo experimentaría?

En cualquier caso, no es verdad que quisiera olvidarla. 

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