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lunes, 17 de noviembre de 2025

El ego según Thomas Pynchon

Extraigamos una suculenta cita técnico-filosófico-mística de esa Enorme Bestia Enloquecida que es El arco iris de gravedad, el libro más alucinante desde El Quijote.

—Piensa en el ego —explicó cierta vez—, en el yo que sufre una historia personal ligada al tiempo, al igual que la rejilla de dicha válvula electrónica. El Yo más profundo y verdadero es la corriente entre el cátodo y la placa. La corriente constante, pura. Las señales —datos de sensaciones, sentimientos, recuerdos reencontrados— pasan a la rejilla y modulan la corriente electrónica. Nuestro vivir es una onda cuya forma cambia constantemente a lo largo del tiempo, ora positiva, ora negativa. Solo en momentos de gran serenidad es posible encontrar el estado puro y sin información que corresponde a la señal de cero.

miércoles, 11 de febrero de 2015

Un vacío calcinado

Después sólo se recuerda el síntoma, horrura en realidad, la anunciación profana y nunca lo revelado durante el acceso. Edipa se preguntó si, al final de aquella aventura (en el caso de que tuviera final), se quedaría igualmente con una acumulación de recuerdos relativos a indicios, anunciaciones, insinuaciones, y no con la verdad misma, la verdad fundamental, que en cada ocasión parecía demasiado deslumbrante para que la memoria la retuviese; que parecía estallar siempre y destruir su propio mensaje de modo irreparable, no dejando tras de sí más que un vacío calcinado cuando volvía a impornerse la normalidad del mundo cotidiano.
La subasta del lote 49, Thomas Pynchon.

lunes, 26 de enero de 2015

A propósito de La subasta del lote 49 (o algo así)

Uno puede malgastar su vida leyendo a Pynchon y no llegar nunca a rozar la verdad. El titiritero loco, el genio invisible del planetario, se aleja de nosotros silbando algo tremendamente enrevesado, dodecafónico, dejando, como si de un código se tratara, un rastro enmarañado de miguitas de pan que obran el milagro secular de la comunicación, de la palabra flamígera que surge de entre las sombras e ilumina los oscuros valles de la entropía con sus sinuosas melodías intangibles o que, al contrario, se sume en el caos primigenio, ese que aún persiste en las noches de insomnio, de tal modo que la llama que habría de vencer las tinieblas es succionada por una especie de negra lengua muerta cuya saliva está helada, y la llama se apaga y pasa a engrosar la inmensidad de lo olvidado, de lo no leído, de los mensajes que no llegan a sus destinatarios, del silencio o del griterío ininteligible; y a través de un tupido manto de insinuaciones, pistas falsas, fantasías y parataxis procaces atisbamos su esquiva figura, quién sabe si sonriente, que se hunde en el crepúsculo, a contraluz, pero nada más: no le vemos, nunca le veremos.

Los lectores son una organización de detectives desequilibrados, qué duda cabe. ¿Cómo acusarles de ser poco sociables?

sábado, 29 de noviembre de 2014

Contra El País

¿Cuán de derechas tiene que ser una persona para pensar que el New York Times es un diario de izquierda?
Thomas Pynchon, Al límite.

¿Cuán de derechas tiene que ser una persona para pensar que El País es un diario de izquierdas?

jueves, 26 de abril de 2012

Acontecimiento

Fuera, al otro lado de las espesas cortinas forradas de hule, como un sólido rectángulo negro de perfiles iluminados por el ligero resplandor de una luz diurna fracasada, acechaba la tormenta, el Acontecimiento. (...) La visión de las nubes negras encrespadas le cortó el aliento... jamás había visto un cielo así, ni siquiera con LSD.
Thomas Pynchon, Vineland 


Al llegar el crepúsculo todo el cielo hacia el norte se había oscurecido y el mísero terreno que pisaban se había vuelto de un gris neutro hasta donde alcanzaba la vista. Se agruparon en la cima de una elevación y miraron atrás. El frente de la tormenta estaba sobre ellos y el viento era frío en sus rostros sudorosos. Se repantingaron en las sillas con ojos nublados y se miraron entre sí. Amortajado por los nubarrones negros el rayo distante fulguró en silencio como una soldadura vista a través del humo de una fundición. Como si se estuvieran haciendo reparaciones en un lugar defectuoso de la oscuridad férrea del mundo.
Cormac McCarthy, Unos caballos muy lindos

La inmensa masa oscura avanzaba como el buque fantasma de una leyenda nórdica, escoltada a través de la noche por criaturas acorazadas y dotadas de alas en espiral. No sabíamos con seguridad cómo reaccionar. Era terrible contemplarla tan cercana, a tan poca altura, cargada de cloruros, bencenos, fenoles, hidrocarburo o cualquiera que fuese su exacto contenido tóxico. Sin embargo, también resultaba espectacular: formaba parte de la grandiosidad de un acontecimiento arrollador.
Don DeLillo, Ruido de fondo.

martes, 18 de octubre de 2011

Houellebecq y Pynchon se encuentran en León

El recientemente desaparecido escritor Michel Houellebecq fue visto, por un testigo sin identificar, paseando por las calles de León, junto a Thomas Pynchon. Ambos paseaban en silencio. Houellebecq caminaba cabizbajo. Pynchon sonreía. Llegaron a la plaza de San Marcos, se sentaron en un banco, frente al río, y el francés, rompiendo su silencio, exclamó: joder, empieza a hacer frío en esta ciudad de las narices, seguramente todos sus habitantes están ya acatarrados; por lo demás, todos apestamos a egoísmo y a muerte, es la condición humana. Pynchon no escuchó lo que dijo, pero le contó, a modo de contestación, una historia extraña y enrevesada, durante dos horas y media, a la que Houellebecq no prestó la más mínima atención. Se fueron de tapas, porque les había entrado una hambre voraz. Primero fueron a comer morcilla. Houellebecq comentó que el tío de la Bicha sí que era borde, y no él; dijo que, comparado con el tío de la Bicha, él era todo dulzura y amor y simpatía. Pynchon empezó a hablar sobre mecánica cuántica y entropía y Houellebecq dijo: qué se le va a hacer, la vida es así. Entraron en otro bar y, como hacía frío, pidieron sopas de ajo. A Houellebecq le gustaron tanto que dijo que, si bien él no tenía ningún mensaje de esperanza, aquellas sopas de ajo estaban de puta madre y venían de puta madre para combatir el puto frío que hacía. A Pynchon no le gustaron tanto y solo dijo que le iba a costar más de mil páginas explicarse su presencia en León junto a Houellebecq, algo que no tenía ni pies ni cabeza. Houellebecq, entusiasmado con las sopas de ajo, pidió otra ración y, mientras se las servían, salió fuera del bar a fumar un cigarro. Regresó sonriente y le preguntó a Pynchon si no era encantador llegar y encontrarse con la comida lista. Pynchon asintió, es uno de los pequeños placeres de la vida, dijo, y le contó un sueño en el que palomas mensajeras de algún lugar remoto aterrizaban y despegaban, todas con un mensaje para él y una vibración de luz en las alas, pero que no podía alcanzar ninguna a tiempo. Lo cuento en la primera página de Vineland, dijo. No lo he leído, contestó Houellebecq. Yo tampoco, dijo Pynchon. Pero lo escribiste, dijo Houellebecq. Eso sí, dijo Pynchon. Se quedaron en silencio un rato. La gente entraba y salía sin parar del bar, que era diminuto y estaba abarrotado. Esta gente no para de moverse, se quejó Houellebecq. Observa con atención, le señaló Pynchon, este entorno es sumamente entrópico, se desordena con el paso del tiempo de forma fascinante, servilletas y palillos tirados por el suelo, vasos vacíos por todas partes, ir y venir, caos creciente. La humanidad es una pandilla de degenerados patéticos, dijo amargamente Houellebecq, a quien ganar el premio Goncourt no parecía haberle hecho mucha ilusión. Eres un moralista, un moralista francés cabreado, un cascarrabias, le dijo Pynchon. Houllebecq sonrió y dijo que gracias, gracias maximalista posmoderno de los cojones. Se rieron. Pidieron más cortos de cerveza. Aquí hace un frío de cojones, cierto, pero lo de las tapas gratis es la hostia. Pynchon, visiblemente borracho, dijo que estaba viejo y que el frío le estaba jodiendo los huesos, pero que, como mejor escritor norteamericano vivo, declaraba solemnemente que pensaba alcanzar, en ese mismo momento, la condición ética samurai de estar siempre perfectamente en forma, preparado para morir. Houllebecq brindó por eso, como habría hecho por cualquier otra cosa, dado su también avanzado estado de ebriedad.

No se sabe qué fue de Houellebecq después de aquella inmensa borrachera que agarró junto a Pynchon por las frías calles de León.

Diálogos ciberplatónicos (lo que piensa el TecnoNúcleo)

En la evolución reciente de La morada de los existencialistas errantes , el blog cruza una línea tecnológica y emocionalmente cruda. El dolo...