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sábado, 4 de febrero de 2017

Entrevistas breves con hombres que piensan que la hipocresía es una virtud social y que este mundo es el mal

—La hipocresía es una virtud social, incluso una necesidad. Sin ella las relaciones sociales rápida e irremediablemente degenerarían en un caos insoportable, en gritos y ofensas, en un intercambio perpetuo de humillaciones. Un círculo vicioso. Los rencores y los odios saldrían a la luz en lugar de componer una compleja trama subterránea, invisible. Y eso no sería nada agradable. Yo podría, por ejemplo, exponer more geometrico, en un bonito y explicativo diagrama, las relaciones de odio —me arriesgo a sonar como un machirulo irredento que viene aquí a soltar un infame discurso heteropatriarcal, pero juro que me estoy limitando a constatar un hecho sin hacer juicios de valor ni afirmaciones generales— que han establecido entre ellas las novias de mis amigos, pero prefiero no hacerlo.


—El mundo se compone de acciones principalmente, lo acepto, pero yo tiendo a verlo como un conjunto de lugares y de cosas —tal vez tengo la mirada reificadora típicamente masculina, o soy medio autista, quién sabe; sea como fuere, cualquier objeto intensamente contemplado es, como dijera Joyce, y perdón por la pedantería, un pórtico de entrada al incorruptible eón de los dioses, mientras que una conversación sobre quién odia a quién por no sé qué tontería es una puerta abierta que lleva al tedio más letal que uno pueda imaginar— y no tengo paciencia con los chismes. Aunque qué sería de las novelas sin los chismes...

—¿Se dice chismes? ¿No sería mejor usar la palabra cotilleos? ¿Cháchara social? No se me da bien la cháchara social. Seguramente es una tara mía. No la soporto. Es superior a mis fuerzas. 

—Soy una alma bella. El mundo no me gusta. No quiero contaminarme. Quiero pureza. Quiero lo imposible. Esto lleva a la soledad, a la locura. No hay solución. Si gano el mundo me pierdo yo. Si me gano yo, por así decirlo, pierdo el mundo. Y entonces supongo que me pierdo a mí también. No sé. Leí a Hegel pero no sé si me enteré de algo. Lo leí en las mañanas de lluvia, cuando no iba a clase. Lo leí fumando porros y bebiendo té. Daba una calada al porro, luego miraba por la ventana. Una voluntad que no se determina no es real, pensaba. Luego me acojonaba pensando que igual yo no era real, porque mi voluntad no se determinaba, porque estaba allí, en el salón, haciendo el vago, con un abstruso libro de Hegel tirado en el sofá, envuelto en el aroma dulzón del humo de la marihuana y con una taza de té que iba enfriándose poco a poco entre las manos. Luego pensaba: el reconocimiento es un bien escaso. Y eso también me condenaba a la irrealidad, de alguna manera. Luego dejaba en paz a Hegel y me dedicaba a mirar las trayectoria que dibujaban las gotas de lluvia sobre el cristal. Me parecía el espectáculo más fascinante del universo.

—Los humanos no están hechos para llevarse bien. Es así. Lo real es conflicto. Esa es mi tesis.

—Naturalmente, naturalmente, también existe la amistad. Y el amor, pero no me hables de amor. Y existe la magia. Me doy cuenta de que postergar la felicidad para depués de la dudosa solución al problema del mal y del sufrimiento en este mundo es volverla imposible. Es una estrategia nefasta. Sin embargo, este mundo es el mal. Suena horrible y deprimente, pero qué evidencia más palmaria: este mundo es el mal. El Dios del bien no puede pertenecer a este mundo. Los gnósticos tenían razón. Hegel no la tenía. Lo real no es racional, de ninguna manera. 

—No estoy de acuerdo. No estoy hablando de cosas abstractas. 

jueves, 8 de agosto de 2013

Entrevistas breves con hombres que rechazan la cursilería y al final siempre acaban hablando del alma, de la muerte y de cierto escritor norteamericano

-Hay que expulsar a los cursis de la literatura. Sin piedad. Aunque eso pueda incluirme a mí. Hay que prohibir expresiones como seducir a una mujer es que te quiera desnudar el alma. No, el alma no se desnuda. Los cuerpos se desnudan. Punto. Tenemos que ser un poco más literales. Las metáforas son sagradas. No se pueden usar así, a la ligera. No se pueden usar tópicos de mierda ni gilipolleces tan manidas como esa de desnudar el alma. Mi alma, además, es una fortaleza infranqueable. No, perdón, eso también es un tópico. Lo de la fortaleza infranqueable. Hay que tener cuidado con los adjetivos. Los verbos son orgullosos y fuertes, están hechos de otra pasta. Los adjetivos son tan delicados como peligrosos, los muy cabrones. Y tampoco es verdad. Que mi alma sea una fortaleza, digo.
Mi alma se resquebraja como un vidrio golpeado por una piedra, y los pedazos refulgen a la luz de la luna, y grita y se desboca y se despliega anhelante y oscura, buscando con ferocidad algo que no existe. Puede que haya una buena ración de tópicos en lo que acabo de decir. Sigo, de todos modos. Mi alma revolotea en el cielo gris, como un copo de nieve que se demora unos segundos en el aire y luego cae y se deshace de inmediato en la capa de nieve sucia que cubre el suelo. Mi alma es esa quietud amenazada de ahí afuera, la luz arañando tiernamente las copas de los árboles y filtrándose por la persiana medio bajada, y esta inquietud que navega por mis venas.
Bien, será mejor que vayamos acabando con esto del alma.
El alma es una flor extraña, escupida por un montón de reacciones químicas que suceden en el cerebro. Una flor que, a saber por qué, de repente cobra conciencia de que el tiempo la va a marchitar, de que se va a morir. La conciencia consiste básicamente en saber que la vas a diñar.
La conciencia es la pesadilla de la naturaleza, decía cierto escritor norteamericano. Cierto escritor cuya muerte lloré amargamente, porque su muerte me arrancó, de una dentellada dolorosa, un pedazo del alma. Porque era el mejor de todos. Porque ni su portentosa (he aquí otro adjetivo manido) inteligencia ni su sensibilidad (exquisita, cabría decir) pudieron salvarle. Así que leí la noticia, bajé la escalera con la cara desencajada, incapaz de creerme que fuera verdad (otro tópico aquí) y le dije a mi madre: se ha muerto, se ha suicidado. Y mi madre, asustada: ¿quién? Y yo: un escritor. Se ha ahorcado.

jueves, 8 de noviembre de 2012

Entrevistas breves con hombres bastante serios y convencionales que adoran incondicionalmente a DFW

-Soy un tipo bastante serio y convencional. Cuando estaba en el instituto, llené mi libro de historia del arte de comentarios pretendidamente irónicos y chistosos. Al verlo, años después, me he estremecido de horror ante mi estupidez y los he borrado todos. La ironía pueril es un cáncer en estos tiempos. Demuestra nuestra mezquina recepción de las obras del pasado, nada más. Es una actitud narcisista, en el fondo. Nosotros, los modernos, somos más listos. Y es triste. Somos los últimos hombres, desencantados, indiferentes, siempre con un comentario irónico guardado en la manga. Y es cobarde. Es como si necesitáramos una coraza protectora, o un filtro que diluya cualquier emoción. Es, por decirlo de un modo pedante, la deconstrucción devenida ideología dominante.

-Puedes reírte de las obras de arte comentando cosas como "Señora en bolas mandando a un ángel a por tabaco", y no digo que me parezca mal, solo que termina por ser cansino y que la parodia no deja de ser parasitaria de lo parodiado. Vale, lo hemos desmitificado todo, somos fríos, distanciados, superautoconscientes e inteligentísimos, ¿y ahora qué?

-Creo que los lectores de DFW lo tenemos muy mal. Imitarle, pero en versión subnormal, me parece catastrófico. ¿Puede ser una influencia nefasta? Puede, claro que sí. Los que dan vueltas a la manivela pueden echarlo todo a perder. Yo qué sé.

-Bien, adoro incondicionalmente a DFW, pero pienso que tal vez ahora mismo el reto no sea hacer explícita la mediación de la conciencia en el texto, sino todo lo contrario: eliminarla. Esta entrevista sería un ejemplo de lo que no hay que hacer: imitar en modo subnormal a DFW y no parar de plantearse el tema de la autoconciencia.

-Que el ombliguismo narcisista en la literatura escrita por jóvenes, esos entes que solo saben hablar de sí mismos, es un cáncer, lo sabe todo el mundo, creo yo. Supongo que debe de haber una explicación sociológica de todo este asunto, pero no sé cuál es.

-Soy consciente de que soy consciente y etcétera.

-Estoy convencido de que la emoción que siente, digamos, una adolescente semianalfabeta ante un grupo de cantantes al que claramente habría que encerrar en una mazmorra y encadenarles y negarles el pan y el agua no es inferior a la que siente un erudito melómano ante una excelsa pieza tocada por la filarmónica de no sé dónde. Estoy inmerso en un proceso de deconstrucción de mis opiniones pueriles de antaño. Ahora mismo no creo que la copla sea un género inferior al grunge, por ejemplo. Está claro que esa opinión no era nada más que el fruto de la necesidad de diferenciarse de la tradición y señalar la diferencia generacional entre nuestros abuelos carcas y nosotros, los nihilistas gritones y melenudos de vaqueros rotos. Tampoco estoy seguro de que esta dinámica de, digamos, parricidios hermenéuticos sucesivos siga una lógica eterna o ajena a la historia y que se repita siempre. Esta lógica reactiva no creo que se diera en la edad media, por ejemplo.  La lógica misma es un producto de la modernidad. No sé si me estoy explicando. Pero lo que quería decir es que cuando nos metemos con chavales a los que les gustan cosas que a nosotros nos parecen horripilantes no estamos, en primer lugar, empatizando con ellos y, en segundo lugar, hay un odioso trasfondo narcisista según el cual consideramos que nuestro gusto es superior, que sabemos más y somos más listos. Por otra parte, porque siempre hay otra parte, si solo dejamos en pie la emoción como criterio, el desastre no podía ser mayor. ¿Qué podríamos responder a alguien que dijera que Cuéntame es mejor serie que Breaking Bad porque a él le emociona más la historia de los Alcántara que la de Walter White? ¿La diferencia solo reside en que un grupo de esnobs queremos diferenciarnos de una masa ignorante? No sé.

-Movidas como superar el ego y tal suenan a rollo new age hipiesco, lo sé, y no se me ocurre nada más odioso que el rollo hipiesco, pero, claro, ahora soy consciente de mi falta de empatía con una colgada descalza que no se lava y pretende acabar con el capitalismo fundiéndose en un abrazo cósmico con la madre naturaleza y también soy consciente de que esta descripción paródica abunda en esa falta de empatía y de que las parodias son casi un signo que refleja el cinismo actual de la conciencia ilustrada que ya no cree en nada y ridiculiza cualquier creencia, aunque algunas creencias merecen, efectivamente, ser ridiculizadas.

-En mi defensa, he de decir que antes de leer a DFW ya escribía diálogos autoconscientes y potencialmente inaguantables, digresivos y pedantes.

-Odio que me pregunten cosas como: ¿vas a tomar otro café ahora, antes de comer? ¿Acaso no es evidente? ¿Crees que voy a tirar el café por la ventana? Esta clase de preguntas retóricas son odiosas en muchos niveles. No son preguntas, sino mandatos morales encubiertos, intentos de regular la conducta. Este tipo de detalles intrascendentes tal vez estén jodiendo esta entrevista.

-Una opinión no es interesante por el hecho de ser tuya.

-El lector no sabe lo que hay en tu cabeza. Esto es obvio, pero es importante tenerlo en cuenta, asumir lo que implica. En términos de DFW, implica pasar de una escritura expresiva a una escritura comunicativa y que echar la culpa al lector de no entenderte es pueril. Creo que la mayoría de lo que he escrito, desgraciadamente, es pueril en este sentido.

-No sé qué escritora empezó a escribir con cuarenta años. Me doy once años de plazo para aprender a escribir bien. Quiero decir escribir algo auténtico y, desde luego, sé que esta palabra es ambigua, pero ahora pienso así: escribir algo auténtico, que comunique algo.

-Santo Tomás de Aquino, al final de su vida, se refirió a todo lo que había escrito como a algo carente de importancia, por no decir pueril, palabra que he repetido no sé cuántas veces. Pienso que había visto algo, había sentido algo, había comprendido algo, y que ese algo era lo verdaderamente importante. Tal vez los libros, la lectura, funcionen como la escalera de Wittgenstein. Sirven para subir, para llegar a algún sitio, pero la escalera en sí no es lo importante. ¿Se entiende lo que digo? Virginia Woolf también expresó una idea semejante. Los libros, ¿a quién le importan? Al escritor no, el escritor busca otra cosa. No quiero que esto suene demasiado esotérico o paradójico.

-Marcho a comer. Soy consciente de que digo marcho, en lugar de me voy, porque soy de León, por cierto.

domingo, 2 de septiembre de 2012

Entrevistas breves con seres que en su vida anterior fueron humanos y ahora explican a extraños seres vagamente humanoides en qué consistía vivir en el planeta Tierra

-Los seres humanos iban y venían y las cosas eran como eran y nada parecía tener mucho sentido. Era como estar en mitad de una trama diseñada por una mente perturbada. A veces pasaban cosas y a veces no. Eso es todo lo que puedo decir. Yo me dedicaba a escribir informes al respecto. ¿Al respecto de qué? Eso no lo sabía.

miércoles, 8 de agosto de 2012

Entrevistas breves con místicos chiflados


Según el autor, este post debería permanecer aún en estado de borrador, si bien esta declaración encierra una paradoja evidente.

-Tienes que comprender que soy un místico sin doctrina al que las explicaciones racionales le interesan muy poco, casi nada, porque carecen de verdadera importancia, no solucionan nada, no tocan siquiera las cuestiones cruciales, no se adentran en ellas, no las ven, ni de lejos.

-Un ansia irrefrenable de trascendencia bulle en mí como un fuego feroz; no puedo evitarlo, estoy al acecho de algo indecible, en tensión permanente; mi cerebro está empapado de intensidades y visiones que tiemblan en la noche con una dulce agresividad y una extraña serenidad, y solo quiero desplegar mi ser al máximo, fluir en una profunda eternidad.

-Lo que digo no tiene sentido, y precisamente su falta de sentido es su sentido. Mejor que callarse, sin embargo, arañar el sinsentido que fulgura en la piel del firmamento como un rostro ígneo tejido en ella con símbolos y palabras oblicuas que no signifiquen nada más que ellas mismas.

-Estoy fijado aquí por el resplandor de una mirada inagotable y mi ser se desborda en un clamor de voces asidas a la inexistencia.

-En cuanto empiezo a hablar me doy cuenta de que no es eso lo que quería decir, de que las palabras no me bastan y me rehuyen. Extraño oficio perseguir lo que huye, lo que jamás será encontrado, porque huir es su modo de ser. Es como vivir atado a la presencia de una ausencia luminosa e invisible que hace señales al ocultarse.

-Morder el viento, me gustaría que esa simple expresión albergara una densidad semántica infinita de forma inmediata y evidente para cualquiera, pero esto es imposible, su sentido está necesariamente indeterminado, incompleto, preso del azar de las lecturas. Tal vez sea mejor así. Una voluntad prendida de un objeto de deseo imposible, diría que eso es, más o menos, lo que significa para mí, pero mira qué desastre, antes teníamos una hermosa expresión, una hermosa imagen, y ahora una palidez conceptual abstracta. De la aérea ligereza de las metáforas hemos pasado a un cementerio de fósiles, del movimiento inaprensible de un gesto hemos pasado a la quietud decrépita de un significado que pretende fijar el vagabundeo de lo semántico. Una pretensión irrisoria.

-Los poetas entienden un lenguaje sin sentido, como dijo Blanchot. Se trata de entender que no es exactamente con la facultad del entendimiento como se puede entender ese juego de lenguaje que llamamos poesía. No es un uso descriptivo del lenguaje. Se puede perfectamente expresar sensaciones con determinadas imágenes que no representen las creencia del poeta. Puedo decir, por ejemplo, que un ángel ha venido a llorar a mi ventana. Aquí la pregunta de si creo en los ángeles es, evidentemente, una pregunta estúpida. Además, ni siquiera está claro qué es lo que pretendo transmitir. ¿Tristeza? Pero el caso es que ahora no estoy en modo alguno triste. Es más simple, y quizá también más complejo: la imagen no significa más que ella misma. La belleza no significa nada. Nada más que a sí misma. Ese es su poder de atracción irresistible, y de ahí emana, a la vez, la frustración que produce, porque se trata de un límite, no se puede traspasar. Parece como si tuviera que significar algo más, como si nos fuera a ofrecer una respuesta, pero permanece en sí misma, terca, enigmática, fascinante...

-Las ideas relampaguean en estallidos simultáneos y al tratar de imponerles el orden sucesivo de la sintaxis se me escapan. Es como tratar de barrer hojas en medio de un vendaval.

-Estoy a solas frente al trono vacío de Dios, escuchando su silencio.

-Verá, para mí lo místico no es ver el mundo como una totalidad limitada, como una unidad, sino lo contrario, ver la unidad sustraída, su multiplicidad destellante, sin centro, sin circunferencia, disperso como una nube, extendiéndose en direcciones aleatorias.

-Bailo al borde del precipicio, pensando en la música de las supercuerdas; no hay sonidos, solo una armonía silenciosa que el universo teje y desteje sin propósito, incansablemente.

sábado, 24 de marzo de 2012

Entrevistas breves con hombres que odian determinadas expresiones

-Yo no respeto a nadie que use la expresión boca a oreja en vez de boca a boca. Ni siquiera los considero seres racionales. En todo caso, habría que decir boca a oreja y de nuevo a boca. Si solo va de una boca a una oreja el flujo de la información se habrá detenido ahí. En resumen, la expresión boca a boca está bien, boca a oreja es una idiotez. Porque la expresión boca a boca se refiere al flujo de la información, no a la recepción de la información. Si quisiéramos poner el énfasis en la recepción de la información, podríamos decir boca a neurorreceptores, por ejemplo. Imagine que usted me recomienda un libro, los sonidos salen de su boca y, a través de mi oreja, esos sonidos llegan a mis neurorreceptores, donde cobran sentido, pero yo no le digo a nadie más que ese libro es buenísimo. Esa situación sería un boca a oreja en sentido estricto. El libro no se convierte en un fenómeno de ventas. Pero si yo se lo digo a muchas más personas y esas personas, a su vez, a muchas más, de modo que se multiplica exponencialmente la información, podría llegar a serlo. Esta segunda situación, por supuesto, se describe con la expresión boca boca, pero no con la expresión boca a oreja. 

sábado, 3 de diciembre de 2011

Entrevistas breves con hombres que al final siempre terminan hablando de metafísica

-¿Acaso es mucho pedir que cuando alguien entre en mi habitación para decirme cualquier cosa o para lo que sea al salir deje la puerta exactamente en la misma posición en la que estaba, ni más cerrada ni más abierta? ¿Eh? ¿Sí? ¿No? Lo más normal es que la dejen más abierta, obligándome a tener que levantarme para cerrarla un poco más y dejarla como estaba. Es agotador y repetitivo. Aunque terriblemente insignificante. Eso está claro y yo soy consciente de ello. No me quejo, solo pregunto si acaso sería mucho pedir. Quiero decir, no me parece una exigencia inviable ni creo que tenga nada que ver con ese tipo de exigencias pueriles y caprichosas de los niños mimados cuya ansia de satisfacer inmediatamente sus deseos les dota de cierto carácter dictatorial o tiránico. Más bien tiene que ver con la regularidad y el orden y con no aumentar innecesariamente el buen número de fenómenos aleatorios y caóticos que ya de por sí contiene el universo, como los sistemas estocásticos, por ejemplo. Tiene que ver con el deseo moderado de cierta invarianza ambiental que contribuya al equilibrio y a la estabilidad. Quiero decir, no se trata de un anhelo feroz, no me va la vida en ello, claro que no, pero, en fin, ¿sería o no deseable? Entran en tu habitación, luego se van, la puerta queda significativamente más abierta, y entonces te tienes que levantar de tu asiento para volver a ponerla como estaba. Los detalles nimio no son verdaderamente importantes tomados de forma aislada, pero vistos en conjunto conforman una vida. Hay que prestarles atención. No se trata de que la metafísica sea general y abstracta y se ocupe de las grandes categorías del pensamiento desatendiendo los aspectos concretos de la realidad. Esto solo lo piensan los idiotas. Es la distinción misma entre categorías generales y cosas particulares la que es metafísica. Quiero decir, preste atención: la distinción en sí. No veo de qué modo podríamos librarnos de ella. Piénselo bien. Imagine, por ejemplo, que yo niego que existan cosas generales como el mundo, dios, etc., que digo que eso son categorías abstractas que no existen en la realidad, y que solo hay cosas particulares y que, por tanto, la metafísica es una patraña. Bien, en ese caso, usted, forzosamente, tendrá que señalarme que he usado ya esa metafísica que había creído abolir, he usado la categoría de existencia, que es bien general, por ejemplo. He usado la metafísica para negarla. Obviamente, esta paradoja es difícilmente salvable, así que yo tendría que reflexionar un poco más, y acabaría diciendo que quizá lo que pasa es que existen muchas metafísicas distintas. Igual que existen muchas lógicas distintas. Lógica de predicados y lógica difusa, por ejemplo. Cualquier afirmación que se refiera a la realidad como un todo es inevitablemente metafísica, si voy y digo que la realidad es materia, o que consiste en materia, o que no hay nada más que materia, antes de saber si es falso o no lo que digo, ya me estoy moviendo dentro de un determinado paradigma metafísico. Así, digamos que la metafísica parece no tener que ver tanto con afirmaciones verdaderas o falsas, sino con marcos previos o con algo parecido a marcos previos, por ejemplo, categorías del pensamiento. Todo esto se puede volver muy complejo. No sé por qué hemos empezado a hablar sobre metafísica. Quizá también se use el término metafísica significando otras cosas. Por ejemplo, un significado excesivo y nebuloso que uno no puede o no quiere concretar. Cuando alguien dice: no es solo una cuestión política, es una cuestión metafísica, lo que pretende es ampliar el campo de significación de esa cosa, y ese campo es tan amplio que sus límites no están claros y entonces dice que es una cuestión metafísica. Es una cuestión que alberga en sí una tensión entre lo que sabemos y lo que no. Lo que no podemos saber. O quizá no se trata de saber. Es una especie de límite, de línea divisoria. Esta línea articula el más allá y el más acá. Más allá y más acá de la línea, pero, preste atención a esto, porque es jodidamente importante, sin darle un contenido positivo a lo que trasciende el límite. ¿Por qué no? Porque entonces ya no estaríamos en la metafísica sino, directamente, en la religión. Si le damos un contenido positivo a lo trascendente no estamos siendo intelectualmente honestos. Estamos haciendo trampa. Estamos tomando un atajo. Estamos optando por lo fácil. Lo que quiero decir, es que sí, por supuesto, prestemos atención a los detalles, pero no caigamos  en el error de pensar que así nos libramos de las ilusiones metafísicas. Usted, por ejemplo, cree salir de una ilusión metafísica, digamos del alma. Ya no cree en el alma. Ha leído un montón de libros de divulgación más bien simplistas que le hacen creer que entiende la hostia de neurociencia y se ríe por lo bajo de las discusiones filosóficas que para usted carecen totalmente de sentido tras haber sido iluminado por charlatanes que perpetran libritos comerciales tontorrones que agasajan su inteligencia y dicen supuestamente las cosas claras y eluden los problemas metafísicos e incluso los problemas semánticos, así que usted ha recibido como una epifanía una cosmovisión cientifista aproblemática y dice que la palabra alma carece de sentido porque se trata en realidad de una vieja ilusión metafísica. Creáme o no, usted lo que ha hecho es entrar en otra ilusión, también de carácter metafísico. Eso por no hablar del anacronismo que supone interpretar la palabra alma de un texto de hace más de dos mil años como si significara lo mismo que ahora. Ha creído sin saber que lo estaba creyendo que los significados no varían. Esa es su creencia metafísica implícita. Pues bien, si alma significaba en uno de esos textos antiguos, pero esto es solo un ejemplo, llevar en sí el principio del movimiento, está claro que decir que las plantas tienen alma no es una frase absurda, puesto que significa que las plantas crecen, que no son piedras. Si en ese texto del ejemplo alma no significaba ninguna clase de sustancia extraña fantasmagórica que reside en la interioridad de las personas y que ha sido puesta ahí por otra sustancia aún, si cabe, más extraña, que usted niegue que el alma sea ese ente fantasmagórico es lo que carece de sentido. Piénselo, estaría negando algo que el texto no dice. Aquí el problema es simplemente que usted está leyendo mal. Pero sigamos con la metafísica. No existe el alma, de acuerdo, lo que hay son reacciones químicas en su cerebro. Queda por explicar, aún admitiendo que el alma no exista y sea una mera ilusión, por qué se produce esa ilusión. Supongamos que yo estoy de acuerdo en que el alma no existe. La cuestión es: ¿qué quiero decir yo cuando uso la palabra alma? Quizá sé perfectamente que no puede ser un punto extenso, que es imposible que sea una cosa entre las cosas, que para nada forma parte de la res extensa. ¿A qué necesidad, sin embargo, respondía el surgimiento de la palabra? Quizá respondía a una necesidad bien real de referirse a las vivencias de las personas, por ejemplo. ¿Es lo mismo el hecho de experimentar emociones que la explicación neuroquímica de las emociones? Me refiero, no a que haya dos planos de realidad, el normal, digamos, y otro super secreto e inaccesible que fuera el lugar propio del alma, sino a dos niveles de significación que convivan en el mismo plano de realidad. Yo soy un monista convencido, aunque pudiera estar equivocado, pero, de nuevo, insisto en que el error o el acierto respecto a nuestros juicios sobre la realidad están enmarcados en una visión metafísica previa sobre la realidad que normalmente permanece implícita y de la cual no somos conscientes y quizá la tarea necesaria e imposible de la metafísica no sea otra que la del ojo que intenta verse a sí mismo cuando nada en el campo de visión permite inferir la presencia de un ojo. El sujeto no pertenece al mundo, es el límite del mundo. El límite somos nosotros. Piense en eso. Lo del ojo tiene que ver con Wittgenstein y con Kant, lo digo para que no parezca que me apropio de ideas y las hago pasar por mías. Usted no puede decirme que mi experiencia emocional es una ilusión y que en realidad las emociones son reacciones químicas en mi cerebro. No estoy seguro, sin embargo, de cuál es el error de este reduccionismo tan grato a cierta mentalidades científicas. No a todas, ojo. Yo puedo afirmar, a la vez, que mis emociones son reacciones químicas en mi cerebro y que no son una ilusión. O que en tanto que ilusiones son reales. Piense en el dolor, en lo absurdo que resultaría decir que el dolor no existe, que es una ilusión, lo que existe son impulsos nerviosos y cosas mensurables. Podríamos hablar de ilusiones reales, en este caso. No sé si me estoy explicando o no. Quiero decir que fenómenos como el dolor o la conciencia tienen una ontología de primera persona. Por supuesto, sin la base material que la hace posible, la conciencia no existiría, pero, por definición, la conciencia se experimenta en primera persona y no es lo mismo responder a cómo es posible la conciencia que el hecho mismo de ser consciente. No estoy diciendo, repito, que haya dos realidades, no estoy diciendo que haya dos cosas, la materia y la conciencia, sino una única cosa vista desde dos puntos de vista y, atención porque esto sí que es jodidamente importante, el punto de vista cambia el significado de la cosa sin ser simplemente un subjetivismo que habría que deshechar o superar sino que, de algún modo, pertenece a la cosa misma. Sé que esto resulta vago y confuso, yo también estoy confuso. Quiero decir, no existe la verdadera realidad de una cosa independientemente de sus apreciaciones, percepciones, intuiciones, intelecciones, etc. La cosa en sí. ¿Acaso no es metafísica de la mala, de la que ni sabe que lo es, esa idea según la cual la ciencia nos ofrece el único camino de acceso a la realidad tal cual es, sin velos ni disfraces? En mi opinión, la realidad tal cual es todo el complejo de las distintas formas de acceder a ella sin que sea posible establecer una jerarquía que privilegie una de ellas por encima del resto. Pero hay que ser muy consciente de que conviven porque se mueven en distintos planos de significación. Aunque no estoy muy seguro. Estoy cansado de hablar con usted. Por cierto, nuestros estados de ánimo condicionan nuestro pensamiento y, ahí va una tesis que tampoco es mía, no podemos eliminar sin más la supuesta distorsión de la verdad que supuestamente acarrea el hecho de que tiñamos nuestro acceso a la realidad con determinados estados de ánimo, porque siempre estamos en algún estado de ánimo y en algún grado de intensidad dentro de ese mismo estado de ánimo. Así que no hay lugar neutral. Al menos para nosotros los mortales.

viernes, 14 de octubre de 2011

Entrevistas breves con hombres aficionados a escribir entrevistas breves

-A mí nunca me ha pasado eso del cristal ni tengo pesadillas en las que mi cuerpo se diluye y se llena de agujeros, por ejemplo. No me he angustiado por nada parecido. Un escritor a menudo puede ir incluso más lejos que un loco, pero hay una distinción fundamental, el trabajo que realiza sobre la fantasía, el loco está atrapado por ella, el escritor la moldea, le da forma, explora, puede explorar el mal o el abismo o lo que sea, puede explorar lo grotesco, lo abyecto, puede explorar, como hace David Lynch, la x siniestra que precede a la realidad, pero, como dice Lynch, no solo no hace falta sufrir para crear, sino que el sufrimiento bloquea la creatividad, impide tener ideas. O se disfruta creando, o no se crea nada. Lo que no quiere decir que las creaciones deban ser necesariamente bonitas.

-Incluso ahora, en esta entrevista, no hablo exactamente con mi voz, no soy yo el sujeto de enunciación, es el lenguaje quien habla, yo me adapto a su flujo, tengo que controlar el ritmo, la sintaxis, pero la escritura posee su propia inercia, la literatura no consiste en la expresión de los sentimientos del autor, me niego rotundamente a aceptar eso, porque eso limitaría las posibilidades del lenguaje, convertiría la literatura en un pequeño asunto privado y aburrido, que es precisamente lo que la literatura no debe hacer, debe hacer todo lo contrario, expandir las posibilidades del lenguaje y alcanzar una dimensión que trascienda lo personal.

-Lo que hago es construir una voz y dejar que hable, independientemente de mis sentimientos. Ver por dónde va. Dirigirla un poco. Desde fuera.

-Un texto literario, por muchos sucesos autobiográficos que contenga, sigue siendo ficción, el hecho mismo de escribirlos cambia el sentido de los hechos. Ya no hay referencia, puedes construir un personaje con algunos de tus rasgos, que a los dos segundos cobra cierta autonomía y se rige por su propia lógica, es un efecto del texto, no un trasunto de ti. Además que los escritores exageran mucho, los poetas mienten mucho, para expresar, no su yo profundo, sino singularidades libres, afectos y perceptos, como diría Deleuze, emancipados del sujeto que los expresa. Afectos alegres o tristes, en sí mismos, no tus afecciones particulares. Hay una gran diferencia.

martes, 11 de octubre de 2011

Entrevistas breves con hombres a los que todo les sucede como si entre su yo y el mundo hubiese un cristal muy grueso

-Verás, todo sucede como si entre mi yo y el mundo hubiese un cristal muy grueso, transparente, pero muy grueso. Algunos días, la sensación es singularmente intensa, tanto que llego a creer que no se trata de una metáfora. Digamos que sufro tres segundos de angustia en una atmósfera de pesadilla y a continuación razono y digo no, es imposible, no hay ningún cristal. Sé que no hay ningún cristal, pero saberlo no es suficiente, la sensación sigue ahí, terca y absurda. Los sonidos llegan a mis oídos en sordina y desprovistos de significado. No entiendo lo que me dicen. Digamos, de nuevo, que sufro unos tres segundos de angustia. Además, creo que mi cuerpo se diluye, se evapora, se llena de agujeros, pierdo el anclaje con la realidad, me mareo, dejo de comprender, la sensación se apodera de mi cuerpo. Por supuesto, sé que no es así, mi cuerpo sigue en la realidad, con su peso, ocupando espacio, pero eso no tiene nada que ver con la creencia. Se trata de una creencia involuntaria. Carece completamente de sentido, lo sé, no soy idiota. 

-Ahora digamos que, por ejemplo, usted es perfectamente capaz de hacer algo, lo que sea, cualquier cosa banal, cualquier nimiedad insignificante, y usted la hace sin el menor esfuerzo, sin pensar, como haría cualquier persona cuerda, equilibrada, como haría cualquier mediocre, sin problemas, y digamos que yo, por ejemplo, tengo que hacer esfuerzos psíquicos titánicos para hacer esa misma cosa insignificante que no representa desde un punto de vista realista ninguna dificultad objetiva, entonces el hecho de saber que esa cosa es banal y sentir al mismo tiempo una dificultad suprema para hacerla, una especie de amenaza exterior abstracta acompañada de un terror sin nombre que se repite, como un eco, en mi interior, incrementa la angustia, porque en lugar de establecer una especie de intercambio con el mundo externo, digamos un cálculo económico de costes y beneficios, me siento irremediablemente inclinado a encerrarme en mi caparazón, lo que en el fondo no soluciona nada, claro, pero la alternativa del terror sin nombre es demasiado angustiosa, demasiado insoportable y, como digo, el hecho de que objetivamente sea poco realista sentirse amenazado y que esté meridianamente claro que mi reacción es desproporcionada tiene el efecto de un círculo angustioso que gira sin parar, en el vacío.

-Pero mi sensación es cierta. Obviamente, el hecho de que ni siquiera pueda explicarla forma parte de la sensación, lea a David Foster Wallace.

-Usted dice que debo aprender a tolerar un cierto grado de frustración en relación con las necesidades de la vida adulta y que no puedo estar siempre en situaciones perfectamente controladas y previsibles y que si no aprendo que las cosas no pueden ser perfectas me va a ir mal y fracasaré en todo y usted tiene razón, pero no se da cuenta, de nuevo, de la angustia que me provocan los cambios, no tiene ni idea. Usted tiene razón en que tengo reacciones que son, digamos, ligeramente autistas, como las pataletas que tenía de niño, pero, de nuevo, insisto... ¿Usted cree que lo hago de forma voluntaria? ¿Eso cree? ¿Cree que es voluntario? Está tremendamente equivocado. ¿Acaso cree que hago girar objetos obsesivamente porque quiero?

-No, verá, soledad ontológica, eso es lo que quiero decir. 

-¿Usted no tiene la sensación de estar de más en el universo? Oigo derrumbarse mi interior, noto que mis nervios se tensan.

-Claro, las fases maníacas son todo lo contrario, pura exaltación, pura luz, serenidad sin fin, sonrisa invisibles y acogedoras, viento salvaje y orgulloso hablando un idioma sin sentido que comprendo perfectamente, todo se despliega, vibra, danza, serpentea, la música de las esferas, mares inagotables...

-¿Me comporto como un niño caprichoso? No lo niego, pero que sepa usted que quizá prefiero...

-Usted sabe, ese tipo de situaciones en las que todo el mundo opina sobre ti y sobre lo que deberías hacer y te sientes presionado y realmente deseas vivir como un poeta salvaje, en el delirio, aunque mueras en el intento, y si no lo haces es solo por cobardía o porque no sabrías como hacerlo, no por alguna estúpida consideración moral respecto al deber abstracto del ciudadano y de la sociedad, o de la familia, no, porque te sabes refractario a los valores establecidos, te sabes solo y asustado, quizá con algunos delirios de grandeza, con la estúpida necesidad de ser reconocido y comprendido.

-¿Es inútil ponerle literatura? La literatura engrandece el fracaso, o lo hace soportable, al menos.

-Yo qué sé, déjeme en paz.

-Es como cuando alguien te dice que no te pongas nervioso, pero es inútil, te pones más y más nervioso, y todo lo que pueden hacer los demás es decirte que no te pongas nervioso, y tú si pudieras controlar tus nervios claro que dejarías de estar nervioso, pero además la gente cree en el dualismo de la mente y el cuerpo y tiende a culpabilizar soterradamente a quienes tienen problemas con sus nervios, como si fuera un problema esencialmente distinto de un problema físico. Yo niego, rotundamente, el dualismo mente y cuerpo. Afirmo que seguimos siendo supersticiosos e imbéciles.

-La gente, ¿qué es la gente? ¿No puede hablar en términos más concretos? Yo solo conozco a personas. Por lo que a mí respecta, la gente es una expresión abstracta carente de sentido. Hay personas, algunas son imbéciles, otras son encantadoras. Le diré que la fuerza que irradian las personas encantadoras es mayor que la que irradian las que son imbéciles. Ese es mi mensaje optimista del día. El amor vence al odio. Precioso, ¿verdad?

-Le respondería con una cita de Cioran que dice que nadie se vuelve normal impunemente. En cierto sentido, mi único deseo es ser normal. Integración perfecta. Coche, casa, todo. Televisión grande que te cagas. Un perfecto burgués. Quejarme de lo que se queja todo el mundo, gustarme lo que a todo el mundo le gusta, aunque esta expresión, todo el mundo, es abstracta, una abstracción matemática, el Se impersonal, verá, ¿quién hostias es el sujeto todo el mundo? No es nadie, bueno, sigo, me gustaría ser como todo el maldito mundo, pero luego, a la hora de la verdad, en fin, no es que me crea especial, solo digo que cada uno tiene que vivir su vida a su modo. Esto parece simple, una banalidad, un cliché, cierto, pero piense ¿qué implica vivir de un modo? Un modo siempre es algo singular… Vivir de un modo… Eso implica una selección de las cosas que me convienen y las que no, a mí, a cada uno, en su singularidad concreta, implica establecer relaciones que aumenten mi potencia, es decir, mi alegría, eso es la ética spinozista y entonces, claro, si yo renuncio a mi modo para integrarme en una generalidad abstracta, en la normas que supuestamente sigue todo el mundo, es decir, en la normalidad, está claro que no se puede hacer eso impunemente porque estaría renunciando, digámoslo en términos de Spinoza, a la parte eterna de mi esencia. Dicho lo cual, a veces hay que transigir, ¿acaso me ha oído negarlo?

-Sí, pongo la Ética de Spinoza en la mesita de noche, a veces solo para sentirme acompañado. También algún libro de DFW. Verá, DFW a menudo es terrible, habla de cosas macabras, en fin, sí, pero realmente me siento acompañado por él, no tiene nada que ver con la calidad literaria, es otra cosa, una conexión, no tiene que ver con escribir bien, cada día me importa menos escribir bien, en la escritura se trata de otra cosa, no sé si suena paradójico, pero el asunto de la escritura es siempre otra cosa.

-Casi le diría que si estoy escribiendo estoy bien, puedo estar escribiendo que siento paladas de angustia atragantándome y eso es mucho mejor que estar tragando paladas de angustia y no escribir que siento paladas de angustia atragantándome. Lo escribo, la sensación se transforma, aumenta mi potencia, mi alegría, respiro mejor. A veces incluso tengo ganas de bailar después de escribir. Habrá quien le dirá que esto es concebir la escritura como terapia y no como arte. No tengo nada que objetar, pero yo concibo la escritura como me da la gana. Concibo la literatura y la filosofía como las dos grandes terapias del ser humano. En un sentido muy, muy honesto.

-El dinero no me importa. Lo digo en serio. Nadie me cree cuando lo digo, pero lo digo en serio. Me preocupa, no sé, acabar tirado en la calle, sin casa, sin nada que comer, etc. Pero, en fin, tengo ropa de sobra, y de momento hay bibliotecas públicas. Tengo, no sé, diez pares de zapatillas, y siempre me pongo las mismas. También debo tener diez pares de pantalones y solo uso dos. Usaría siempre los mismos, pero, en fin, hay que lavarlos y eso. No me gustan los cambios, no sé si se habrá dado cuenta.

-Yo uso objetos autistas desde que tenía tres años. Objetos que no se usan para la función que fueron creados, sino de forma idiosincrásica. Los llevas todo el día contigo, los haces girar, y así. Algún psicoanalista imbécil ha escrito que impiden el desarrollo del pensamiento y explica su uso como un mecanismo psicológico defensivo. Escribe que desde un punto de vista exterior la conducta del niño parece idiota y sin sentido, pero que desde el punto de vista del niño es absolutamente esencial. Es absolutamente esencial, desde luego, pero no porque el niño albergue creencias extrañas respecto al objeto, el niño no sabe por qué es esencial… qué sé yo, la causa del apego irracional quizá haya que buscarla en la neurobiología y no en un acontecimiento traumático infantil. Insisto en que niego tajantemente el dualismo entre el cuerpo y la mente. Le explicaría con gusto por qué es esencial tener siempre el objeto, si supiera cómo. Si simplemente pudiera trasladarle directamente mis estados mentales, porque, claro, hablando es un lío…

-Fumo y leo. Miro por la ventana, poco más. Soy un tipo aburrido, en realidad. No quiero decir que yo me aburra, no todo el rato, al menos. Pero digamos que estoy a años luz de comportarme como esas personas que siempre están haciendo cosas y pensando en hacer cosas y que se divierten sin parar. A mí la perspectiva de tener esa especie de mandato del superego de gozar compulsivamente me parece absurda y estresante. No es que no disfrute, mi problema es con el mensaje imperativo: goza. Creo que es una ética potencialmente catastrófica. Una ética propia del capitalismo de consumo, además. Yo intento comprender lo obvio. Es mucho más difícil de lo que parece. Usted cree que sabe ver, pero quizá no sepa. Quiero decir, con intensidad y a la vez dejando que las cosas se muestren por sí mismas. Mire, por ejemplo, el atardecer, olvídese de que quizá es un poco cursi y tópico, olvídese de todo, haga una maldita reducción trascendental y póngalo todo entre paréntesis, deje que el cielo se vaya dibujando por sí solo, que sus ojos reciban el color, la luz que cambia imperceptiblemente, ¿no ve que ese instante conquista la eternidad?

-El psicoanalista imbécil también escribía que los niños que usan objetos autistas están autocentrados excesivamente en sus propias sensaciones, que su discurso oscila entre las sensaciones y la nada…

-El cristal ha desaparecido. Creo, sí. Ahora extiendo mis brazos, noto el viento directamente.

-¿Estoy otra vez encerrado en mi caparazón gozando narcisísticamente en lugar de abrirme a los otros? ¿Eso cree? ¿Estoy haciendo una torpe emulación de DFW con las entrevistas breves?

-Si yo le digo que sinceramente el objetivo de lo que le estoy diciendo y que usted transcribe no es la calidad literaria sino otra cosa, por muy indefinible y vaga que sea, ¿no se da cuenta de que no importa en absoluto lo torpemente que emule a DFW? ¿No comprende que lo importante es esa otra cosa? No sé si esto suena inteligente o idiota, solo le digo lo que creo de verdad.

sábado, 14 de mayo de 2011

Entrevistas breves con hombres que hacen lentejas y defienden siempre una concepción relacional del ser

-Digamos que unas lentejas, por ejemplo, son la unidad de composición de conjuntos de relaciones. Las relaciones que se establecen entre los términos: lentejas, zanahoria, puerro, ajos, pimentón, chorizo, etc. A su vez, cada término es en sí un conjunto de relaciones, entre sus moléculas, átomos, lo que sea. En lugar de pensar primero los términos, y luego las relaciones que entablan, lo que sería seguir dentro del paradigma sustancialista, se trata de pensar la relación con independencia de los términos que la efectúan. La efectuación de una relación es finita, se da en la existencia, puede cesar. La relación como tal es una verdad eterna. De ahí que nuestra esencia singular sea eterna, pero no nuestra existencia. La eternidad no tiene nada que ver con la inmortalidad del alma, al menos tal como la plantea Spinoza.

jueves, 21 de abril de 2011

Entrevistas breves con hombres que no son pacifistas incondicionales

P.
-Fíjate bien, por el amor de dios, tanto pacifismo incondicional no revela más que una ingenuidad terriblemente peligrosa propia de espíritus acomodados y anestesiados que nunca han sufrido de verdad ni han tenido que defenderse de verdad ni han corrido riesgos de verdad, es una actitud propia de gente que ha crecido pensando que las Historia vino hecha, que no tienen, de hecho, ninguna clase de sentido histórico. La Historia ya hecha, fíjate que absurdo. Gente que cree, o al menos asume inconscientemente, que el Estado moderno ha estado ahí desde siempre. Gente tan estúpidamente idealista, tan estúpidamente moralista. Gente que cree que con juzgar desde el exterior de la situación problemática ya se ha granjeado un puesto de honor entre la izquierda cada día más atolondrada y biempensante y menos izquierda que nunca. No hay izquierda desde hace más de treinta años, esto lo saben, mejor que nadie, los izquierdistas; me refiero a los sensatos, a los que les preguntas qué harían nada más tomar el poder y mirándote fijamente a los ojos, sin pestañear siquiera, sin que les tiemblen ni el pulso ni la voz, responden que lo primero que harían sería crear el Ejército Rojo, para aseguar la Revolución, que eso es lo que harían, coño, crear el puto Ejército Rojo y que después ya se vería. Hoy te responden como si nada que están en contra de todas las guerras, por principios. ¿No ves lo peligrosos que resultan los principios morales, esa manía kantiana por lo incondicional? Esta gente no hubiese ido a luchar contra Hitler. Estarían a favor de la barbarie. Por principios morales. Dame principios éticos y estratégicos situacionales, por favor. Lo demás es peligrosísimo. Ya no apoyan ni las revueltas populares contra los tiranos. Es de risa. Y de llanto. Por pacifismo incondicional. La izquierda. Qué cobardes. Qué idiotas peligrosos, por el amor de dios. Su visión moralista del mundo, ¿no te das cuenta qué catastrófica? La visión moralista del mundo consiste en lo siguiente: dada una situación problemática en la que tú no te hallas envuelto, júzgala según principios morales muy generales y que son, por su generalidad abstracta, inaplicables en cualquier situación. Pero el devenir es inocente. Es cruel, pero inocente. Por eso no se trata de juzgar desde el exterior -¿a quién?- para creerse superior, sino de actuar, con una táctica efectiva, con una estrategia, para mejorar la situación, no según ideales estúpidos, sino según las posibilidades que la situación misma contiene, no sé si me explico. La visión moralista del mundo es, por tanto, cobarde y peligrosa. Carece de cualquier virtud. Le diré una cosa: toda abstracción es una mentira. Así de claro. La verdad es concreta. Lo dijo el puto Hegel. Así que, resumiendo, te contesto que no, no soy un pacifista incondicional, porque yo no tengo esa manía perniciosa por lo incondicional. Lo diré de forma concisa y general: todo lo real tiene condiciones. Las condiciones de su realizabilidad, vaya. Más claro no puedo hablar, aunque sí le podría gritar al oído.

lunes, 18 de abril de 2011

Entrevistas breves con escritores inseguros

P.
-Me gustaría tener algo que contar en lugar de una endiablada obsesión enfermiza por la sintaxis. El otro día no pude escribir nada porque no paraba de pensar en que estaba escribiendo frases sin usar comas. Sólo usaba puntos. No era capaz de decidir si aquello estaba bien o mal. Ensayé lo contrario, usar comas, por todas partes, decenas, cientos, miles de comas, comas y más comas, nada de puntos, y tampoco lo veía claro, la cuestión se replanteaba, ¿estaba bien o mal escrito? Así que sólo quedaba por ensayar una alternativa escribir sin puntos ni comas eso es algo que han hecho Juan Goytisolo o Camilo José Cela también Alberto Olmos y probablemente otros escritores para que el texto fluya veloz poético imparable rumbo a su propio abismo avanzando como un torbellino quién sabe hacia qué lugar inhóspito o agradable pero sólo se puede escribir así un rato sino el lector se cansa o se irrita y te manda a la mierda.

P.
-La poesía siempre está al borde del ridículo. Sin riesgo no hay gloria. The game is about glory.

P.
-Por ejemplo: piel desvencijada por el viento, tus ojos derramándose como jugo de luz mortecina, como estrellas muertas en mis labios. Sinceramente, no sé si es ridículo o no.

viernes, 11 de marzo de 2011

Entrevistas breves con tipos que formaron la escuela filosófica de León

P.
-Nosotros sí que éramos elitistas. Éramos dos. Solo dos. La Escuela Filosófica de León. Que ni era una escuela ni estaba en León. Nosotros éramos de León. Aún lo somos, claro. Estudiábamos en Salamanca. Pero ya no hay escuela. O lo que fuera. Se acabó. Terminamos la carrera. Fin. Game Over. Ahora respondo con esta sintaxis tan molona. Tan cortante. Tan ¡oh Beckett, cómo molabas! ¿Nuestras ideas? En realidad, para ser sinceros, para no faltar a la verdad, tengo que admitirlo: nos pasábamos el tiempo riéndonos de/con Heidegger y tomando cerveza y fumando. A Heidegger no le entiende ni su puta madre. Eso dijimos. El primer año de universidad. Ni su puta madre, oiga. Luego dijimos: mola la hostia. Luego: no mola tanto, es un poco pesado. Lo que ante todo "es" es el ser. El ser "es" en el modo de "siendo" comprender lo que se dice "ser". El "pre-ser-se" del "ser-ya-cabe-sí" y demás construcciones delirantes llenas de comillas y guiones (thank you, Gaos) que casi ni estoy parodiando. No, no se confunda, Ser y Tiempo es el libro de filosofía más importante del siglo. No me jodas, cómo va a ser el Tractatus. Haz otras preguntas, estamos aburriendo a todo el mundo.

P.
-Si fumas mucho puedes verte atrapado en bucles interminables de pensamientos que están siempre como al borde de un precipicio, a punto de deshacerse en el aire, pero no llegan a deshacerse del todo, y vuelven al punto de inicio, sin haber progresado lo más mínimo, y se enredan de formas barrocas monstruosamente complejas e incluso, a veces, aterradoras. Eso el día antes de un examen de Filosofía de la Ciencia. Lo mejor es salir, dar un paseo, despejarse, coger aire. Feyerabend es mucho más cool que Popper, eso lo sabe todo el mundo. Además tenía razón, joder, pruebe usted a falsarlo todo, así no hay manera, así la ciencia de las narices no avanza. Pero bueno. Da igual. Pruebe usted a falsar la teoría de las supercuerdas. Ni siquiera sé qué es eso. La teoría de las supercuerdas, ¿ciencia o fantasía? En fin. Te despejas, miras el cielo, los árboles, la gente que pasa por la calle. Sí, Heidegger dijo que la ciencia no piensa. Se le malinterpreta, claro. No pienso deshacer el entuerto. Que lo critiquen a gusto. Así se sentirán intelectualmente superiores. Pensarán: soy mucho más listo que Heidegger. Bueno, a mí eso me es indiferente. Ya te digo que nos reíamos de los embrollos heideggerianos, pero, al mismo tiempo, era nuestro filósofo, y dejemos ya este tema. Bebes un poco de coca-cola, comes pipas. Y entonces vuelves al estudio. Y entonces acometes la proeza de intentar comprender que si, estando ahí, sentados en el sofá, uno de vosotros se levantase, fuese a la cocina a por algo de comer, o de beber, o a por cualquier cosa, pero lo hiciese a la velocidad de la luz, tal vez pudiera volver antes de haberse levantado del sillón para ir. Después os reís, os dais cuenta de que os habésis despejado, sí, pero muy poco, y que no habéis entendido nada. Volver antes de ir no tiene sentido. La prueba quizá sería, conjeturábamos, la aparición de aquello que has ido a buscar a la cocina en el salón. No, perdón, que todavía no has ido a buscar pero que ya está ahí. Que, en realidad, no puedes ir a buscar, porque ya lo hiciste. Pero no lo hiciste. El tiempo es relativo. No sé, un jaleo de la hostia. Sacamos un notable en ese examen, por cierto.

P.
-La trascendencia de la escuela y su importancia fue total y absolutamente nula. No escribimos nada. Como Sócrates. En lo de no escribir. No nos parecíamos en nada más. No íbamos descalzos. No aguantábamos tanto la bebida como Sócrates. La resistencia de Sócrates al alcohol es legendaria. Lea El banquete. Ahí se cuenta. Es raro que Sócrates sí bebiera y Nietzsche no. El apolíneo ebrio y el dionisíaco sobrio. Nuestro sistema se cimentaba sobre las muy poco sólidas bases de conversaciones a altas horas de la noche en estados de conciencia digamos que no muy cercanos ni al equilibrio ni a la lucidez, y así, claro, no hay manera, te pueden salir versos delirantes e inestables, pero no te sale la Fenomenología del espíritu. Además que al día siguiente ni anámnesis ni hostias, no nos acordábamos de nada. Llámalo performances filosóficas efímeras en bancos de la plaza San Justo con litronas de por medio. Queda bien.

P.
-No, nunca.

miércoles, 9 de marzo de 2011

Entrevistas breves con tipos que se creen que son poetas y aman a Deleuze

-Digamos que lo que hace un poema es crear un afecto o percepto, desligándolo tanto del sujeto que percibe como del objeto percibido. Un poema es una composición de palabras basada en tres criterios: ritmo, imagen, sentido. Esto es lo que pienso. Aunque las ideas no son mías, lo del percepto es de Deleuze, lo del ritmo y tal no me acuerdo. Y el sentido, lo expresado por el poema, no existe al margen de la expresión.. Esto también es de Deleuze, y lo siento por quienes odian a Deleuze, a quienes, a su vez, yo también tengo que odiar, no por nada en especial, sino por rigurosa necesidad geométrica: veáse el-libro-más-importante-de-la-Historia, la Ética de Spinoza. Yo lo amo (a Deleuze) incondicionalmente, incluso cuando no lo entiendo. El sentido, digo, no es algo que haya que captar sino crear, construir. Es más espacial que temporal, la poesía, creo. Más que el desarrollo de una idea, lo que hay es el estallido de una emoción. No es el maldito yo quien habla, eso seguro, estoy harto de decirlo.

Entrevistas breves con hombres nacidos a principios de los ochenta

-Lo primero que debo decir, para situarnos, es que, de pequeño, en la barriada en la que vivía, había un descampado, el descampado donde estaba el viejo depósito de agua -que entonces ya no funcionaba y que hace poco derrumbaron para certificar la muerte de mi infancia- lleno de yonquis zarrapastrosos que lucían pantalones pitillo; y ese espacio estaba permanentemente en disputa. Nosotros contra los yonquis. Comprendo perfectamente las guerras que la humanidad ha librado desde siempre por la conquista de un territorio. ¿De quién era el descampado, nuestro o de los yonquis? Los yonquis nos asustaban, con su delgadez cadavérica, sus agujas y su sonrisa desdentada. Había que tener mucho cuidado con las agujas, no tocarlas nunca, bajo ningún concepto. Todos los padres grababan en los cerebros de sus hijos ese consejo elemental de supervivencia, que seguíamos a rajatabla. Las agujas se convirtieron en objetos míticos que almacenaban todo el Mal del Universo. Siempre había agujas desperdigadas por la tierra del descampado del depósito. Era preciso apartarlas a patadas antes de que pudiésemos jugar a fútbol. Preguntábamos por qué se drogaban los yonquis, pero no había respuesta. Preguntábamos por qué, si las drogas eran tan malas, se drogaba la gente. No había respuesta. Los adultos no lo sabían. Un misterio irresoluble. Algo incomprensible. Una estupidez total. El caso es que sí, claro, nos asustaban los yonquis, pero no íbamos a dejar que conquistaran nuestro descampado. Eso decíamos. Pero luego, a la hora de la verdad, nos acercábamos muy despacio y en silencio, caminando casi de puntillas y, si veíamos a algún yonqui sentado, apoyado en una de las columnas del depósito, salíamos corriendo a escondernos detrás de las cocheras, que estaban al lado, y desde allí espiábamos, planeábamos nuevas estrategias de conquista que nunca se llevaban a cabo. Tampoco es que fueran a hacernos nada. Ni se movían. Se limitaban a estar ahí. Alguna vez decían eh, chavales. Nada más. Todos estaban delgadísimos, sucios, encorvados, y todos tenían la mirada perdida, vidriosa, muy rara, como sin mirasen sin ver. No había que acercarse a ellos. Eso nos decían. Pero no nos hacían nada. En serio, no nos hacían nada. Formaban parte del paisaje.

-Nosotros éramos más cafres, sí, hay que admitirlo, que todas estas pandillas de pijos universitarios que se creen que son cool porque leen a Foster Wallace y todo eso. No nacimos con Facebook. Vestíamos muy mal. No nos comprábamos ropa. No teníamos móvil. Íbamos de casa en casa para quedar. Si nos perdíamos nos perdíamos y ya nos veríamos al día siguiente. Teníamos que usar cabinas de teléfono, ¿te imaginas? Bebíamos calimocho, al aire libre. El botelllón lo inventamos nosotros. A veces rompíamos vasos y tal, porque todavía éramos grunges. A veces nos rompíamos la cabeza. Nos caíamos de las escaleras de un bar y nos rompíamos la cabeza, qué sé yo. No adoptábamos poses de calculada indiferencia ni fotografiábamos nuestros putos pies ni nos hacíamos fotos delante del espejo ni ninguna gilipollez del estilo. No nos dolían los puntos de sutura. Por el alcohol, claro. Fuimos los primeros en jugar con videojuegos. Ahí queda eso. Ya te digo que seguíamos siendo grunges, a nuestra manera. Pantalones vaqueros rotos y camisetas de Nirvana, por supuesto. Odiábamos la música electrónica, sí. Entonces sí. En las fiestas nunca mirábamos los fuegos artificiales, nos quedábamos sentados en un banco, bebiendo y diciendo chorradas, como siempre, toda la vida diciendo chorradas, viendo las mismas películas, escuchando las mismas canciones. Ya ves. Éramos completamente idiotas. Si alguien no conocía a Iggy Pop, por ejemplo, le mirábamos como preguntándonos de qué planeta se había caído. Y eso que ignorábamos casi todo. Casi todo lo importante. Ahora también, seguramente. A menudo insultábamos a todos los grupos de música que odiábamos. Porque sí, no sé, por nada en particular, por reafirmar nuestra identidad grupal negando todo lo que no encajara en nuestros esquemas mentales, lo que hace todo dios, vaya. De verdad, no te imaginas la cantidad de horas que hemos pasado en plazas, en parques, acompañados de litros y litros de calimocho que, por cierto, es una bebida asquerosa. Yo diría que siempre he sido un tipo de lo más serio y aburrido que se ha visto involuntariamente envuelto en circunstancias que le han hecho quedar como un trastornado que, por ejemplo, se cae, borracho, de los hombros de un tío altísimo al que en algún momento se le ha ocurrido subirte a hombros porque pesas poco y también se le ha ocurrido bailar ska en ese bar pijo en el que, desde luego, no está sonando ska. Luego uno pierde la consciencia por culpa del golpe y parece que no hace otra cosa que perder por ahí la consciencia y estar loco; pues no. No, no íbamos a discotecas, ni sabíamos ligar ni nada, nos sentábamos, bebíamos, hacíamos el idiota, ya te lo he dicho, eso fue todo. Y, sin embargo, de alguna manera extraña, fuimos felices. Idiotas, jóvenes, felices, es lo mismo. Es la misma jodida cosa. A veces habábamos como si estuviésemos en una película de Tarantino. No recuerdo haberte preguntado ni una maldita cosa, y así. ¿Leer? No, no, veíamos dibujos animados, jugábamos a la peonza, a fútbol, a bate, a las chapas. No existía Internet. Toda la música que escuchábamos estaba grabada en cintas pirata. El Nervermind, en cinta pirata. Aún la tengo, se escucha fatal, pero me gusta así, que se escuche mal y sea una cinta vieja y haya resistido durante tanto tiempo. En un festival de música pasamos tres días sin apenas comer. No había agua, así que nada más levantarnos bebíamos calimocho caliente. Y fumábamos. No parábamos de fumar. Las duchas no funcionaban, llevábamos el pelo largo y con la de polvo que se levantaba en los conciertos imagínate que pintas. Cafres zarrapastrosos con el pelo lleno de polvo y con los ojos rojos y achinados deambulando por ahí, sin saber que había que crecer.

Diálogos ciberplatónicos (lo que piensa el TecnoNúcleo)

En la evolución reciente de La morada de los existencialistas errantes , el blog cruza una línea tecnológica y emocionalmente cruda. El dolo...