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miércoles, 16 de marzo de 2016
Eskorbuto - Historia Triste
Ante todo pesimismo punkarra. Esta canción es heideggerianismo en vena —la hora de la muerte es incierta, o algo así, dijo el alemán— y a mí, paradójicamente, me llena de energía vital.
jueves, 5 de abril de 2012
Sin título (iba a poner diario de un lector, o algo semejante, pero me pareció un título lamentable, en múltiples sentidos, no sé en cuales, pero en muchos)
Hay rachas en las que solo me apetece leer ficción y otras en que creo que si no me pongo a leer a algún filósofo analítico mi vida corre un serio peligro, aunque suele suceder que el filósofo analítico me aburra hasta el llanto, o me demuestre mi nulidad intelectual, o ambas cosas a la vez. Los filósofos analíticos usan estrategias retóricas muy retorcidas: empiezan diciendo cosas extremadamente simples para que te sientas bien y te digas a ti mismo que joder, estás entendiendo a un filósofo analítico, pero no tardan mucho en ponerse a formalizarlo todo o en decir cosas como que es bien conocido cómo es posible definir contextualmente la notación (x,y) de los pares ordenados con la ayuda de épsilon y las partículas lógicas. Esta última frase está sacada, precisamente, de su contexto, pero yo en su contexto tampoco entendí una mierda. Total, que dejo el libro de Quine a medio leer y abandono mi fugaz fantasía de convertirme en un orgulloso miembro de la secta analítica. Mi fantasía, más que un sincero interés por la lógica, obedecía a cierta fascinación con la figura de los lógicos y de los matemáticos como seres extremadamente inteligentes. Esto pasa mucho, a la mayoría de los escritores les interesa más la vida y la figura de Wittgenstein que el Tractatus. También pasa con Gödel: todo el mundo sabe que fue un genio, pero muy pocas personas saben por qué. Además, dado que sin saber lógica, es absolutamente imposible entender nada de Gödel, la gente le deja en paz, nadie osa llamarle charlatán. Con Heidegger no pasa eso, porque como todo el mundo sabe leer, hay gente que considera un insulto por parte de Heidegger que ellos no hayan sido capaces de entender a Heidegger, así que, sin más, suponen que es una estafa, que sus frases no tiene sentido, porque para ellos no lo tienen. Una vez que he sido derrotado por un filósofo analítico, sin embargo, no puedo volver sin más a la ficción, aún necesito ciertas dosis de abstracción inhumana, así que elijo un camino intermedio, leer sobre pensadores medievales. Casi todos me parecen interesantes. La idea de aplicar métodos lógicos y análisis gramaticales realmente concienzudos y rigurosos a un ente de ficción me parece una genialidad suprema y me entusiasma. Considero, igual que Deleuze, que el concepto de Dios durante la Edad Media permitió a la filosofía liberarse y desató creaciones conceptuales que hubieran sido imposibles si los conceptos hubiesen estado sometidos a tener que realizar tareas menores, como representar. Los conceptos no son meras representaciones. El problema o la cuestión de creer o no creer, de si Dios existe o no, me es por completo indiferente. La cuestión es qué se quiere decir al usar el concepto de Dios. Es evidente que el Dios de los filósofos no tiene nada que ver con el Dios de la fe. Digamos que no se hablan, ni se conocen, jamás se han cruzado por la calle. Pero si se parte de la suposición si Dios existiera, surgen preguntas interesantes a mansalva, como setas. ¿Es extenso?, ¿sería intuible?, ¿qué tipo de intuición, en caso afirmativo?, ¿qué razonamiento deduce su existencia, en caso negativo? O también: si está más allá de las categorías, porque las trasciende, ¿está más allá también de la categorías de existencia?, ¿entonces no existe? En fin, que los medievales molan y eran muy listos. Dun Scoto era muy listo. Tanto como Wittgenstein, o más. Aunque mi interés por los medievales también suele decaer y no me pongo como un loco a estudiarles. Básicamente, solo tengo dos fuentes de información, El pensamiento en la edad media, de Paul Vignaux, y el primer volumen de la historia de la Filosofía de Reale y Antiseri, que es mucho mejor, por cierto, que la historia de la Filosofía de Rusell. No niego que Rusell fuese un gran filósofo, pero como historiador de la filosofía... en fin, estoy convencido, sinceramente, que es de lejos la peor historia de la Filosofía jamás escrita, solo por las estupideces que dice sobre Nietzsche ese libro habría que, bueno, que quemarlo no, porque eso suena muy nazi, pero, al menos, habría que tirarlo a la piscina. No tengo nada en contra de Rusell, en cuanto aprenda algo de lógica me pongo a llorar de emoción con lo de las descripciones definidas y tal, pero eso, que si quieren leer una buena historia de la Filosofía, la de Reale y Antiseri. Y no se salten a lo medievales.
miércoles, 1 de febrero de 2012
Finitud y comprensión
Para la filosofía hermenéutica, la problemática de la objetividad presupone siempre una relación de inclusión que engloba tanto al sujeto —pretendidamente autónomo— como al objeto —pretendidamente independiente—. Heidegger expresa esta relación con la expresión ser-en-el-mundo, y Gadamer con la expresión «pertenencia», que contradice más directamente la relación sujeto-objeto. Pero ambos términos aluden a lo mismo: a la preeminencia ontológica del ser-ahí que somos sobre la categoría epistemológica y psicológica del sujeto que se pone; a la condición ontológica de la comprensión que, mostrándose a la vez como finitud y posibilidad de todo conocer, pone al descubierto la hybris de esa pretensión moderna de hacer de la subjetividad el fundamento último. Y es, en definitiva, la influencia de esta conciencia de pertenencia —eje de la experiencia hermenéutica—, su maduración y su peso en el pensamiento contemporáneo, la que determina la superación de la ilusión moderna de una filosofía que se autofunda y que es capaz de alcanzar un saber ahistórico, absoluto, haciendo patente la dependencia de todo conocimiento respecto a la mediación que lo conduce, lo condiciona y lo limita(...)
En Hegel, aunque la experiencia histórica de la conciencia anule la oposición originaria de sujeto y objeto, esta supresión es entendida como disolución de lo histórico y finito en lo infinito, en el sujeto absoluto. El proceso histórico se realiza en la creación y supresión de la oposición, pero en este acontecer dialéctico se muestra a si mismo como lo absoluto que fundamenta ese proceso revelándose en sus momentos finales. Tanto Heidegger, como más explícitamente Gadamer, van a desarrollar esta noción hegeliana de mediación, pero incorporándola a una ontología de la finitud, de gran sensibilidad crítica respecto a toda intención fundacionista en sentido moderno. A la luz de este desarrollo, la aspiración hegeliana al saber absoluto, como el ideal husserliano de la autofundación, se desvanecerán ante la condición ontológica de la comprensión, que determina la finitud de nuestra experiencia como hermenéutica.Diego Sánchez Meca, La crítica hermenéutica al fundacionismo moderno
martes, 3 de marzo de 2009
Aquí estamos
Pierdo el tiempo, a veces creo que no hago otra cosa. No paro de perderlo, todo el tiempo estoy perdiendo el tiempo. Como una máquina soltera. Absurda. Que no produce nada. Solitaria. Como el monstruo de Frankenstein sin su novia. Y el tiempo es oro, dicen las almas colonizadas por el capitalismo. Y el sentido del ser es el tiempo, dice Heidegger. Y el tiempo es la cuarta dimensión. Y los relojes. Y el calendario. Las estaciones. Segundos, minutos, horas, días, semanas, meses, años, lustros, eras, siglos, milenios. La eternidad es el tiempo sin tiempo. No sé muy bien qué quiere decir esto. Y aquí estamos*
* Para una explanación existenciaria (no categorial) del sentido de esta expresión acudir a Ser y Tiempo:
La espacialidad existenciaria del "ser ahí", que de tal suerte determina su "lugar", está ella misma fundada en el "ser en el mundo"(...) Un "aquí" y un "allí" sólo son posibles en un "ahí", es decir, si es un ente que ha abierto como ser del "ahí" la espacialidad. Este ente ostenta en su más peculiar ser el carácter del "estado de no cerrado". La expresión "ahí" mienta este esencial "estado de abierto"
La "facticidad" no es la "efectividad" del factum brutum de algo "ante los ojos", sino un carácter del ser del "ser ahí" acogido en la existencia, aunque inmediatamente repelido.
* Para una explanación existenciaria (no categorial) del sentido de esta expresión acudir a Ser y Tiempo:
La espacialidad existenciaria del "ser ahí", que de tal suerte determina su "lugar", está ella misma fundada en el "ser en el mundo"(...) Un "aquí" y un "allí" sólo son posibles en un "ahí", es decir, si es un ente que ha abierto como ser del "ahí" la espacialidad. Este ente ostenta en su más peculiar ser el carácter del "estado de no cerrado". La expresión "ahí" mienta este esencial "estado de abierto"
La "facticidad" no es la "efectividad" del factum brutum de algo "ante los ojos", sino un carácter del ser del "ser ahí" acogido en la existencia, aunque inmediatamente repelido.
martes, 17 de febrero de 2009
Los nuevos fantasmas de siempre
Cuando el más recóndito rincón del globo terrestre ha sido conquistado técnicamente y explotado econonómicamente, cuando cualquier suceso, en el lugar y tiempo que sea, se ha hecho accesible con la rapidez que se quiera, cuando tiempo significa solamente velocidad, instantaneidad y simultaneidad, desapareciendo el tiempo como historia de toda existencia de cualquier pueblo, cuando el boxeador pasa a ser la gran figura de un pueblo, cuando el número millonario de las masas congregadas significa un triunfo, entonces, por encima de todo este aquelarre, sigue imponiéndose como un fantasma la pregunta: ¿para qué?, ¿adónde?, ¿y luego qué?
Martin Heidegger, Introducción a la Metafísica
Martin Heidegger, Introducción a la Metafísica
lunes, 9 de octubre de 2006
Las pesadillas y el claro del bosque
Nos adentramos en un bosque y estaba oscuro. Al fondo se dibujaba un claro.
No estábamos seguros, tal vez la imaginación estuviera jugando con nuestros sentidos y el claro del bosque no existiera en realidad, tal vez sólo fuera el hada que salva al niño del cuento, que está a punto de morir, pero tal vez el hada del bosque no existe en realidad.
Avanzamos lentamente, escuchando el leve sonido de las hojas mojadas bajo nuestros pies, mirándonos unos a otros, confiando en que nuestras miradas tejieran un hilo protector.
La sensación de haber penetrado en otra dimensión de la realidad se hacía cada vez más patente, como si estuviéramos dentro de un cuento de terror o dentro de una pesadilla, de esas que soñábamos cuando éramos niños y que aún recordamos, a veces, cuando unas ganas inexplicables de llorar nos agarran la garganta, y entonces miramos la noche, miramos otra vez la noche -costurera de estrellas- con ojos infantiles.
Teníamos miedo, ese miedo que provenía de nuestra infancia, un miedo sin nombre, a nada concreto, que no podíamos explicar, el que sentíamos al explorar casas abandonadas, y luego dormir con la luz del pasillo encendida, un miedo nocturno que irradiaba nuestra memoria y ante el que no huíamos sino que seguíamos avanzando, fascinados, en dirección al claro del bosque. No podíamos dejar de avanzar, aunque tuviéramos miedo... O precisamente porque lo teníamos, en dirección al claro del bosque.
No estábamos seguros, tal vez la imaginación estuviera jugando con nuestros sentidos y el claro del bosque no existiera en realidad, tal vez sólo fuera el hada que salva al niño del cuento, que está a punto de morir, pero tal vez el hada del bosque no existe en realidad.
Avanzamos lentamente, escuchando el leve sonido de las hojas mojadas bajo nuestros pies, mirándonos unos a otros, confiando en que nuestras miradas tejieran un hilo protector.
La sensación de haber penetrado en otra dimensión de la realidad se hacía cada vez más patente, como si estuviéramos dentro de un cuento de terror o dentro de una pesadilla, de esas que soñábamos cuando éramos niños y que aún recordamos, a veces, cuando unas ganas inexplicables de llorar nos agarran la garganta, y entonces miramos la noche, miramos otra vez la noche -costurera de estrellas- con ojos infantiles.
Teníamos miedo, ese miedo que provenía de nuestra infancia, un miedo sin nombre, a nada concreto, que no podíamos explicar, el que sentíamos al explorar casas abandonadas, y luego dormir con la luz del pasillo encendida, un miedo nocturno que irradiaba nuestra memoria y ante el que no huíamos sino que seguíamos avanzando, fascinados, en dirección al claro del bosque. No podíamos dejar de avanzar, aunque tuviéramos miedo... O precisamente porque lo teníamos, en dirección al claro del bosque.
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