I
La pena, piedra negra
donde antes hubo
un corazón.
La tristeza, espuma blanca
de un mar que no cesa
y todo lo baña.
La sal en la herida
escuece en los ojos.
Y los ojos miran y ven solo
huellas de un fulgor
para siempre apagado.
II
Mil pupilas deshechas en llanto
no abolirán el azar,
que es destino y necesidad.
La luz moribunda
de mil estrellas lejanas
yace bajo mis párpados.
Todo es sin por qué,
y tan triste...
No llueve, sin embargo.
Podría plantar en el cielo azul
y despejado de hoy
mis raíces.
No permanecer fiel a la tierra,
cerrar los ojos y dejar
que la realidad se disuelva
en un sereno estallido de luz.
Pero es terca, la realidad.
No obedece a mi voluntad.
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