Una locura alada y ligera fue la suya, una locura mínima y discreta. Así, al menos, la imagino yo: tranquila, serena, libre de las cargas que nos oprimen el pecho y nos impiden el acceso a la divina levedad del ser. Porque lo divino es ajeno al esfuerzo y a la preocupación.
«He venido aquí a volverme loco, no a escribir», dijo Robert Walser.
Yo aún no estoy loco. Aún escribo. Pero las palabras no bastan. Lo que importa está más allá del lenguaje, o más acá. Esencialmente incomunicable, a lo más que podemos aspirar es a decir su indecibilidad mediante torsiones, metáforas y paradojas. No saber sabiendo. Noche oscura del alma.
Pero no es verdad. Seguramente Robert Walser, el bueno de Robert Walser, sufrió mucho. Al caer la tarde, o puede que al mediodía, una tristeza insoslayable le roería el corazón. Saldría a pasear. Caminaría sin prisa ni rumbo, observaría el paisaje con calma. La belleza, no obstante, no aliviaría la tristeza; más bien se entrelazaría con ella y la exacerbaría, dando como resultado una belleza tristísima, una tristeza hermosísima.
Puede que fuera así, no tengo ni idea. En cualquier caso, me gusta pensar que Robert Walser, el paseante solitario, tuvo momentos radiantes de alegría pura en medio del desconsuelo y la locura; que la soledad no atenazó su vida, la desplegó en la plenitud de su esencia.
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