Sigue haciendo calor, un calor húmedo y pegajoso y, al parecer, eterno. Se suponía que iba a llover, pero no ha caído una sola gota. Por la mañana he subido a la azotea y recogido la ropa, bajo un tremendo sol de justicia. He contemplado la solitaria torre de la Iglesia y las montañas. Llegará diciembre y seguirá este sol atroz castigándonos sin descanso y sin piedad. He respirado hondo. Le he dicho a mi madre que sí, que cocinaría algo, pero la verdad es que no voy a cocinar nada, nunca más, solo voy a dejar que el tiempo pase. Esperaré a que mi sistema nervioso abandone su actual estado de caos y alcance algún tipo de homeostasis que me permita ser de nuevo un adulto mínimamente funcional, lo que no parece estar ni cerca de suceder. Casi me da por emular a Nietzsche y decirle: madre, soy tonto.
No hay nada más triste que un centro comercial medio vacío un jueves a las nueve y media de la noche. Me como un menú del Burguer King y compro la entrada para el cine. La película me aburre. Sin David Fincher a los mandos, la cosa no funciona. El precio de la red es una mediocridad total. Y sí que hay algo más triste que un centro comercial medio vacío: el parking del centro comercial casi del todo vacío a las doce de la noche. Al llegar a casa lloro y no logro decidir si acostarme o ver otra película a la que no prestaré atención y que también me aburrirá, como todo me aburre ya. Estoy indeciso, como el asno de Buridán, ya que no hay una razón lógica para preferir una cosa a otra cuando nada vale nada. Nada tiene un valor intrínseco, eso es lo que descubre súbitamente quien está deprimido, decía alguien.
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