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sábado, 4 de mayo de 2019

Él (XV)

Él vuelve a sus viejos malos hábitos de beber demasiada cerveza, fumar sin parar y observar por la ventana las noches de verano estrelladas con una infundada esperanza, una vaga tristeza y un extraño fervor.

viernes, 28 de septiembre de 2018

Él (XIV)

El Gran Solitario Hipersensible y Megareservado se dice a sí mismo que no se puede ser así, pero así es él. 

jueves, 25 de mayo de 2017

Él (XIII)

Un relato heideggeriano


Él se tumba en la cama con los tobillos cruzados y percibe el calor de la tarde en cada poro de su piel y escucha a lo lejos voces de niños y cantos de pájaros. Por la ventana no entra la típica y agradable brisa que debería de entrar. Nada se mueve. Piensa en si los momentos de gracia y los momentos de pereza, por así llamarlos, son lo mismo. Momento de receptividad, de pasividad y de asentimiento, de atención. Los dominios de la percepción son mucho más amplios que los de la cognición. Su Objeto de Deseo no es un ser a la mano, ni un ser ante los ojos. Es un fantasma del pasado que puede acabar por secarle el cerebro. Cada vez más idealizado, sublimado, ausente. Se da cuenta perfectamente de que una filósofa feminista le acusaría de misoginia romántica. ¿Acaso no acusaron a Kierkegaard de lo mismo? El calor de la tarde no disminuye. Los coches vienen y van. Lo que estás haciendo es inyectar densidad ontológica a tu Inalcanzable Objeto de Deseo con tu febril y puede que trastornada imaginación en lugar de tratarla como a una igual, como a una subjetividad real y operatoria, un ente mundano. Eso diría —tal vez— la filósofa feminista. Y él no tendría nada que objetar a sus argumentos. Se limitaría a seguir tumbado en la cama con los tobillos cruzados y las manos entrelazadas detrás de la nuca, ensimismado y en silencio*, imaginando con gran placer y melancolía a su Motor Inmóvil, a su fantasma inmaculado y perfecto, rememorando su sonrisa tímida, un destello fugaz de belleza pura y transmundana.

*Mejor dicho, a la escucha del ser (sin lo ente, sin la presencia)

viernes, 29 de julio de 2016

Él (XII)

Él dice: si soy un idiota y un excéntrico es porque mi raza es solitaria y porque mi centro está ausente. Raza solitaria, puede que monstruosa. Los vínculos humanos no me agradan. La luz de la tarde es mi único alimento.

sábado, 12 de marzo de 2016

Él (XI)

Había empezado a vivir para leer y no a leer para vivir. Aquella inversión era monstruosa. Pero la vida era larga y aburrida, un auténtico fastidio. Se hizo otro café, echó un vistazo a la pila de libros sin terminar: Harold Bloom, Céline, Gaddis. Le estaban esperando.

Pensó en Cynthia Ozick. ¿Sería verdad que había llegado a pasarse dieciséis horas diarias leyendo? ¿Que había puesto la literatura por encima de la vida? También pensó en los escritores alcohólicos: Faulkner, por supuesto, y Tennessee Williams, entre muchos otros. ¿Cómo eran capaces de escribir con resaca?

Recordaba Luz de agosto por un detalle insignificante: Lena Grove se quita las botas para sentir el polvo del camino. Tenía una visión muy nítida de los pies de Lena Grove pisando un camino polvoriento. Amaba esos pies descalzos y ficticios. Luego pensó en Walt Whitman, que según Harold Bloom era un pajillero consumado, y en Emily Dickinson, que apenas salía de casa. En uno de sus poemas esperaba que a los ventanales celestes se asomaran los santos, para contemplarla borracha de azul y de sol. Un gran poema.

Las fiestas le aburren cada vez más. Es verdad que incluso aburrido es capaz de ponerse en modo irónico y soltar unas cuantas chorradas ingeniosas para que sus amigos se rían. Las risas le animan durante un rato. Pero sabe que la ironía no puede curar la melancolía. La melancolía no tiene cura. Al día siguiente está triste, solo tiene fuerzas para hacerse un ovillo en el sofá y mirar la televisión.

Los recuerdos, la jauría atroz de los recuerdos. Vive como si el tiempo se hubiera consumado, como si esto de ahora fuese una próloga, el tiempo que resta, el tiempo del fin, el tiempo de recuperar el tiempo perdido. Una extraña sensación de irrealidad lo cubre todo. Un sabbath perpetuo. El tiempo de redimir el tiempo, piensa. Hay demasiada teología en su pobre y abrumado cerebro. Algún día dejaré de pensar y estaré alegre, piensa.

No siempre es tan intenso y sombrío. No todo él es tan intenso y sombrío. Siempre he deseado ser superficial y alegre, dice. Siempre he admirado a la gente despreocupada y feliz, pero mis demonios interiores me llevan por otros derroteros. Cuando mi extrema individualidad coincide con la radiante impersonalidad del mundo, en esos momentos soy bastante feliz, dice. Clarice Lispector habla sobre eso. Es posible que Clarice Lispector tenga la clave del mundo, dice.

Hacerse otro café o no hacérselo. La duda le paraliza. Se acerca la hora de comer y ya lleva ¿dos o tres cafés? No se acuerda bien. ¿Otro café le quitará las ganas de comer? Esa es la cuestión. Cuanto más tarde en decidirse, más cerca estará la hora de comer. Por eso dice Kierkegaard que el instante de la decisión es una locura. Kierkeggard, por cierto, se pasaba días enteros caminando. Caminaba todo el día, volvía a casa, rezaba y se iba  adormir. Esas cosas hacía Kierkegaard.

Finalmente decidió que lo mejor sería no tomarse otro café antes de comer. Esperaría al café de después de comer.

No hay nada más sobrevalorado que el campo y la naturaleza, dice. Mis pulmones están henchidos de júbilo cuando camino por la ciudad; el ruido del tráfico es música celestial para mis oídos; las riadas de gente recorriendo las calles son dignas de admiración, nutren y sacian con embriaguez mi indigente ser; los amores efímeros se suceden a velocidad de vértigo; rostros y cuerpos hermosos se pierden para siempre pero dejan una huella indeleble en el aire; la luz de las farolas nos llena de gozo inefable nada más ponerse el sol, porque hay un temblor de espíritus encantados que danzan alrededor de la ciudad a la hora del crepúsculo.

No puede evitar hablar de crepúsculos. Él es así. Al contrario que para Roberto Bolaño, para él la poesía es sobre todo poesía lírica. Casi no ha leído nada de Nicanor Parra. A Alejandra Pizarnik sí la ha leído. Hace tiempo ya.

Más libros a medio terminar: Confesiones, de San Agustín. Al principio del libro Agustín está angustiado porque en su juventud robó unas peras, no para comérselas, sino por el puro placer que le producía la maldad en sí del acto. Agustín se arrepiente de haberse recreado en el pecado. No parece gran cosa, la verdad, robar unas peras. El asno de oro, de Apuleyo. Un libro de metamorfosis, un tema que parte de Ovidio (cree), pasa por Kafka y llega hasta X-Men. No sabe por qué no lo ha terminado. Es un buen libro. Boquitas pintadas, de Manuel Puig. Tampoco sabe por qué no lo ha terminado. Manuel Puig es reivindicado por David Foster Wallace y por Evan Dara, entre otros. Manuel Puig adoraba el cine, a las divas del cine. Él también. Incluso a glorias olvidadas como Louise Brooks, a la que hay que ver en La caja de Pandora porque está impresionante, dice. El viaje al fin de la noche, de Céline. Está ahí, en la mesita, esperando con cierta impaciencia.

El cine es una máquina de mitos, dice.

La filosofía cada día le aburre más —a este paso, ¿morirá algún día de puro aburrimiento?, ¿habrá algo que no le aburra?—, todos esos arrogantes, esa pandilla de engreídos, todos esos lunáticos enfadados que no paran de insultar a los demás, ¿por qué se creen superiores? Putos tarados, dice. Aunque no todos los filósofos son así. Pero sí demasiados. Renuncio a la inteligencia, dice con tono grandilocuente y ampuloso. Que le den a Kant, que se joda Heidegger. No quiero saber nada. No deseo por naturaleza saber nada, diga Aristóteles lo que diga.

Si se nos permite exagerar y parafrasear a Beckett, diremos que él observa el mundo con ojos de Moisés agonizante. Sé que no suena divertido. Tampoco es cierto del todo. Era por hacer una frase. Mala literatura, que diría Michi Panero.

sábado, 2 de enero de 2016

Él (X)

A nuestro melancólico, taciturno, reflexivo, tortuoso, depresivo, huraño, silencioso, iracundo y medio autista protagonista la navidad se le hace interminable. Y le pone triste.

lunes, 28 de diciembre de 2015

Él (IX)

Él dice: como cualquier fan de Dreyer, creo en la voluptuosidad de la carne y en la irremediable soledad del alma.

domingo, 16 de agosto de 2015

Él (VIII)

Él dice: a veces creo que puedo morder palabras, palabras como, por ejemplo, pez dorado, cobijo, calle, lluvia, ceniza, labios rosados, empapados de whisky con cerveza y saliva, al amanecer...

Él (VII)

Él dice: quién sabe si este cielo sereno, que se eleva por encima de los edificios viejos, grises y sucios, presagia mi suerte, o si es tan solo el espejismo de mis pupilas ebrias, soñadoras de espacios imposibles.

Él (VI)

Él dice: me encuentro bien, bastante bien, un poco raro, pero la brisa vespertina sopla otra vez, tampoco a ella la esperaba, y me he puesto a escuchar discos que hacía mucho que no escuchaba, y eso  ha hecho que me sienta bastante bien. No tengo grandes cosas que decir, eso es todo. La brisa, la música, el reinado de cronos que nos obliga a cambiar, mis antiguas palabras, mil veces repetidas, y el resplandor de algo que no sé nombrar y se escurre entre mis dedos como lluvia, como una sonrisa triste. La verdad es que no sé lo que quiero decir. Quiero decir, eso es todo. Está atardeciendo otra vez. Quería decírtelo, aunque no te conozca. Creo que alguien se hará cargo de las palabras sin destinatario.

miércoles, 25 de marzo de 2015

Él (V)

El viento sopla y sopla

Amar a la chica sin rostro es como amar a una sombra. El viento sopla y sopla. Escucha. Sí, el paraíso. Se pierde, se está perdiendo. Un devoto del viento, otro más. Hay muchos. Lectores obsesivos, sobre todo, también chicos insomnes; toda clase de lunáticos. Al lado del río, un enorme sauce llorón ruge como un gigante que se desperezase después de un siesta de mil años. La chica desconocida pasa al lado del silencioso devoto del viento. Apenas le roza. Él se estremece. Ella va corriendo. Él la mira, y siente que las pupilas le arden y a la vez se le llenan de lágrimas. Ella se aleja deprisa. El sol resplandece pero ella, irremediablemente, se aleja, se pierde. Pelo largo, negro, alborotado por el viento. No se le ve el rostro. De fondo, ladridos de perros que se enzarzan en una pelea. Él se despide de la chica para siempre. Nunca volverá a verla. Aunque, en realidad, nunca la ha visto. Ni siquiera se trata de un amor a primera vista, ni a última. Un amor loco y breve y absurdo. Cierra los ojos para poder sentir mejor el calor del sol. Escucha el viento pero el viento no dice nada. El viento deshace las palabras. El viento no tiene rostro. Un devoto, otro más, del viento, y también del sol y las estrellas. Nada que decir, nada que escuchar. El paraíso. Tal vez el viento, además de las palabras, deshaga el paraíso. Tal vez el único paraíso sea el que deshace el viento. Cruza el río por la pasarela. Si tuviera un cigarro, lo fumaría. Pero no tiene ninguno. El agua del río es de color marrón.


Simples preguntas

¿Seguro que el solipsismo es malo? ¿Eh, David Foster Wallace? ¿Estás seguro? ¿No crees que podrías haberte equivocado? ¿Te imaginas pasear por un hermoso mundo libre de seres humanos? ¿Acaso no podría ser cierto que el egoísmo y la ausencia de los (molestos) otros sean vías de acceso a una felicidad perfecta, ininterrumpida, a una serenidad inmarcesible y a una beatitud completa? Por otro lado, ¿con quién se iría uno de cañas en ausencia de los otros?


Como siempre

Por aquella época él no tenía trabajo, ni novia, ni esperanza. Leía sobre todo a autores cómicos, o humoristas, algunos más alegres, otros más tristes. Leía a Arno Schmidt, a Jerzy Kosinski, y de vez en cuando a Douglas Adams. También a Cervantes. Releía a Bolaño. Era un hombre frenético. Su frenesí tenía tal vez alguna razón de ser, aunque puede que no tuviera ninguna. Por aquella época daba largos paseos por su pueblo. Siempre había detestado su pueblo, pero un día, de repente, le pareció que, si bien era un lugar indudablemente feo y dejado de la mano de Dios, tenía un cierto y misterioso atractivo. Una tarde se esforzó en contemplar el mundo como si fuese la última vez que lo miraba. Aunque sabía que no era cierto, que sobreviviría. Es posible despedirse y sobrevivir, pensó. Alguien, no recordaba quién, había escrito algo muy parecido.


Diálogos imposibles

Se imagina hablando con Walter Benjamin. Le pregunta: «Querido Walter Benjamin, ¿qué te parece la idea de que las miradas de las chicas que te han querido a lo largo de tu vida son las que, en el tiempo del fin, alimentarán el fuego de la lámpara eterna? ¿Cursi tal vez?». Walter Benjamin, como es lógico, no responde. Walter Benjamin murió en 1940, en Portbou, cuando huía de los nazis.

jueves, 5 de marzo de 2015

Él (IV)

Puertas y ventanas

La línea de sombra sube por la fachada amarillenta de las casas abandonadas. Ya casi ha cubierto el primer piso. Hay un cartel del ayuntamiento en el que está escrito con grandes letras rojas «PROHIBIDO EL PASO». Hay varias puertas y ventanas rotas —la prohibición del ayuntamiento ha sido claramente violada— que aletean furiosas cuando sopla el viento. Las puertas y la ventanas son de madera y están pintadas de verde, pero la pintura está descascarillada. Lento pero fascinante espectáculo el de la decadencia de un conjunto de casas irremediablemente condenadas a la ruina. Muchas cerraduras han sido robadas. La línea de sombra ya ha cubierto el primer piso. Dos pájaros juegan a perseguirse por el tejado. Más allá de las casas pasa un avión trazando una línea blanca que se difumina pronto sobre un cielo tan azul como impertérrito. Hará unos tres meses, por lo menos, que justo enfrente de las casas abandondas han dejado abandonado un viejo coche rojo. Parece lógico. Por la calle no pasa nadie, y la tarde va muriéndose poco a poco, serenamente, como si Dios bostezara y su aliento lo inundara todo de un dulce y absorbente sopor.


Más diálogos mesiánicos

—Al parecer, aquí vienen a parar todos los despojos —dice él—. Los desharrapados, los parias, los olvidados, los abandonados, los que tienen hambre y frío y sed y no pueden calmarse ni colmar sus deseos, los que lloran pero sus lágrimas no les resultan refrescantes ni desenconan su corazón afligido, duro como una roca (y también son rocas sus recuerdos, hay cuarzo y mica y feldespato enquistados en su memoria involuntaria), los solitarios, los tarados de solemnidad, los raros y los feos y los que no saben vivir o ya no pueden más.
—Ya estamos otra vez con el mesianismo —suspira una voz exasperada—: ellos serán mesiánicamente redimidos y alcanzarán la felicidad, ¿verdad? —Sacude la cabeza hacia los lados, señalando enfáticamente su incredulidad—. ¿De verdad crees que reirán en el Reino de los Cielos?
—No se te ocurra confundirme con alguna clase de librepensador —dice él, algo ofendido—. Yo soy lo más opuesto a un ateo que conozco y cabe pensar.


Hacia el Este, el avance de la línea de sombra continúa

La línea de sombra, como quien no quiere la cosa, ya casi ha cubierto el segundo piso, que es el último. Está rozando el tejado, como una lengua que estuviera a punto de lamer una mejilla (esta analogía, admitámoslo, no ha tenido mucho sentido; más bien ha sido una majadería en toda regla, pero bueno).


Alegrías siderales

Aun a riesgo de ser cursi, le parece hermoso pensar que la palabra deseo se compone del prefijo de y de la palabra sidus, sideris, es decir, estrella, constelación. Y después vendrá un violento cielo violeta y después la noche y entonces mirará por la ventana y asentirá y tal vez —solo tal vez— incluso sonría. A las estrellas. Sí.

miércoles, 4 de marzo de 2015

Él (III)

Diálogos mesiánico-kafkianos

—Aquí estoy —dice él con voz temblorosa—, segregado del género humano, esperando al Mesías y sabiendo que llegará cuando ya no haga falta.
—Vale, deja de hacer de Kafka —le responde una voz sensata.
—Has de saber que el Mesías no llegará el último día, sino el ultimísimo —concluye él con tono triunfal.


Una visión tremendamente sombría de todas las cosas

Tengo una visión tremendamente sombría de todas las cosas. Todas las cosas que sufren elevan sus tristes plegarias hasta mis oídos. Pero yo no puedo hacer nada. ¿Cómo podría? No hay nada que hacer. Entonces, cuando —como sucede ahora mismo— sale el sol y la luz se derrama sobre los tejados de esas casas de ahí, las que están abandonadas, consumiéndose en su vacío y en su silencio, me alegro mucho. No digo que el sol vaya a solucionar nada, porque nada tiene solución; solo digo que está bien que salga de vez en cuando.


Angustia

No estaría nada mal, pero nada mal, que el sol evaporase la angustia de mi pecho de una vez y para siempre, dijo él.


Visiones

Mudas mujeres impúdicas caminan desnudas, en fila india. Su piel blanca refulge en la noche. Brillan como estrellas, como copos de nieve, como ángeles exiliados. Mañana por la mañana solo quedarán sus huellas, o puede que ni siquiera eso: quién sabe si sus pies descalzos habrán podido dejar incisiones permanentes en una tierra tan dura, tan antigua, en esta pobre y seca meseta donde por el día silba el tártago y la vista no encuentra reposo. La noche es larga y fría, y las mujeres señalan al cielo.

sábado, 28 de febrero de 2015

Él (II)

La boca negra de un caballo muerto

El abismo de mi melancolía, dice él —seguramente pervirtiendo alguna frase de Vollmann, pues se le ha metido en la cabeza que las citas son sampleables y modificables— es tan negro como la boca de un caballo muerto, pero en esa boca, en esa oscuridad, hay luciérnagas. (La verdad es que no siempre hay luciérnagas. Yo, dice él, siempre deseo que las haya, pero mi deseo no puede evitar que a veces solo haya oscuridad, nada más que oscuridad). A continuación se encoge de hombros, guarda silencio y observa las nubes. Pasan con agradable lentitud.


Solemne

Solemne, pero nada rollizo, avazó desde la silla de su habitación a la ventana. La abrió. El viento le despeinó. Al no llevar bata, el viento no pudo juguetear con ella. Declaró entonces: «ya no creo en esa fantasía helenística del sujeto ataráxico que no necesita nada, ya no creo en los estoicos ni en los epicúreos ni en los cínicos ni en ninguna otra valerosa pero para mí insuficiente ética; y tampoco, claro está, creo en esa autogénesis fantasiosa con la que se funda el sujeto moderno; no creo en Descartes, no creo en Kant, no creo en la autonomía del hombre, pues no es cierto que el sujeto pueda darse una ley a sí mismo; no, ya no puedo creer en esas cosas». ¿Se convirtió en una especie de fideísta irracionalista? ¿Depositó su confianza en el insondable camino de la gracia? ¿Aborreció la Ilustración? ¿Creyó, con San Agustín, que la libertad no era suficiente, que no era suficiente ni de lejos para colmar sus anhelos indeterminados, sus ansias insensatas, su fiebre y su hambre voraz de no se sabe qué? ¿Pensó que su frágil alma no podría ser fortalecida ni siquiera por Homero y, en consecuencia, quiso echarse en brazos del Crucificado? Todo esto no son más que ociosas especulaciones. Lo único que sabemos —así lo dejó escrito— es que estaba de acuerdo con Simone Weil en que los misterios de la fe se degradan si se convierten en un objeto de afirmación y negación, cuando en realidad deberían ser objeto de contemplación.

viernes, 27 de febrero de 2015

Él

Otra historia sobre el fracaso de la voluntad

Lo que en su mente se anunciaba como un combate épico en el cual su férrea voluntad habría de doblegar a su desequilibrado sistema nervioso acabó siendo —reconozcamos que era bastante previsible, pues a ello apuntaban diversos artículos científicos sobre el tema— un completo fiasco. No había manera de librarse de ciertas estereotipias motoras que le venían acompañando desde la más tierna infancia, desde que tenía tres o cuatro años. No era algo tan sencillo como dejar el tabaco. Prevalecieron, por tanto, los reclamos de su sistema nervioso: su voluntad abandonó el combate, se escabulló con el rabo entre las piernas, cabizbaja y melancólica, pues no podía hacer otra cosa ante la humillación inflingida por el poder omnímodo de su fisiología. Así que se resignó y siguió ensimismado en su mundo autista de objetos giratorios y movimientos rítmicos aparentemente disfuncionales (él hacía girar objetos todo el tiempo). Porque la alternativa era ser vapuleado por sucesivas oleadas de angustia en un confuso y desagradable mundo anómico. La alternativa era carecer de centro, de un punto de referencia estable; dejar de estar anclado a su propio cuerpo y vagar a la deriva por el mar, un mar azul oscuro y frío, sin tierra a la vista. Necesitaba algo a lo que agarrarse. Si no, se ahogaría.




Una de las (muchas) razones por las que venera a David Foster Wallace y le considera algo así como su amigo imaginario


David Foster Wallace luchó toda su vida contra el solipsismo, contra su tendencia a encerrarse dentro de su propio cráneo. Sabía que no podía pasarse la vida atendiendo exclusivamente a su incesante monólogo interior, que tenía que abrirse al mundo y a los demás. También luchó contra la depresión. Y la depresión es el más temible y feroz de los monstruos. Es cierto que al final no pudo más, pero también es cierto que luchó admirablemente y que escribió páginas gloriosas, páginas infinitamente divertidas y páginas infinitamente tristes.


Manías

Él es extremadamente maniático, lo que supone un fastidio, tanto para él como para los demás. Por ejemplo, por las mañanas siente la compulsiva necesidad de decir «buenos días», no por educación, sino porque todo debe regirse por un determinado orden: primero decir «buenos días», luego hablar de lo que sea. Que alguien le hable antes de decirle «buenos días» le fastidia muchísimo. También le fastidia que le digan «duerme bien» en lugar de «buenas noches», que es lo que debe decirse siempre. Y así con todo. Un sinvivir.


Rutinas

Cuando la rutina es una necesidad imperiosa, no tiene ningún sentido discutir si es buena o mala, si hay que seguirla o romperla, etc. Se trata de un debate que a él no le concierne en absoluto.


Inmunda rata de biblioteca

La vida ya se me va haciendo larga, dice él, citando a Fleur Jaeggy. El mundo es un lugar bastante aburrido, prosigue, y el libro es la ausencia del mundo. Lector mudo, silencioso. Páginas rumorosas aletean en el aire. Destellos ilusorios, fantasías, misterios trémulos. Imágenes, fantasmas traslúcidos surgidos de entre las páginas. Le soplan en la nuca. Un viento frío. Impulso invisible. La piel estremecida, quién sabe por qué. Afuera nada. Tedio. Si las palabras no me salvan, dice, entonces nada lo hará. Y Dios es solo una palabra, aunque lo busque con los ojos y escuche el eco de su ausencia. Mis ojos se vuelven del color de lo que miran, dice él. Y nadie sabría decir de qué color era el cielo aquella tarde.


Sobre la lectura (contra Derrida)

¿No sería mejor que fuese afuera donde se consumara y cumpliera la lectura, y no ya en el texto? Porque no todo es texto; y así los dientes del lenguaje morderían los labios del ser; y la extraña secta de los lectores danzaría y reiría, con los rostros radiantes de alegría.


Entonces ¿en qué quedamos?

-¿Hay que huir del mundo o hacerle frente?
-No lo sé. Yo sueño con fundar una secta de eremitas en la arena de Qumrán, con negar el mundo de la manera más radical posible; deshacerse de las obligaciones y los compromisos. Solo viento, arena, luz...
-Mira que te gusta usar la palabra «secta»...
-Pero también me gusta reírme con la gente, a veces incluso hacer reír a la gente...

Kase O. ha vuelto al ejercicio

 Y con supermúsica hardcore vieja escuela, como debe ser.