Hay ganas de... no tener ganas, Señor;
a ti yo te señalo con el dedo deicida:
hay ganas de no haber tenido corazón.
César Vallejo, Los anillos fatigados
Je ne parlerai pas, je ne penserai rien...
Hay ganas de... no tener ganas, Señor;
a ti yo te señalo con el dedo deicida:
hay ganas de no haber tenido corazón.
César Vallejo, Los anillos fatigados
I
La pena, piedra negra
donde antes hubo
un corazón.
La tristeza, espuma blanca
de un mar que no cesa
y todo lo baña.
La sal en la herida
escuece en los ojos.
Y los ojos miran y ven solo
huellas de un fulgor
para siempre apagado.
II
Mil pupilas deshechas en llanto
no abolirán el azar,
que es destino y necesidad.
La luz moribunda
de mil estrellas lejanas
yace bajo mis párpados.
Todo es sin por qué,
y tan triste...
No llueve, sin embargo.
Podría plantar en el cielo azul
y despejado de hoy
mis raíces.
No permanecer fiel a la tierra,
cerrar los ojos y dejar
que la realidad se disuelva
en un sereno estallido de luz.
Pero es terca, la realidad.
No obedece a mi voluntad.
Hasta cuándo este valle de lágrimas, a donde
yo nunca dije que me trajeran.
De codos
todo bañado en llanto, repito cabizbajo
y vencido: hasta cuándo la cena durará.
César Vallejo, La cena miserable
¿Podría entonces reprogramar mi cerebro si creo un Sigilo mágico que actúe como un guardián, como un ostiarius de llameante espada que cierre el paso a los recuerdos y los pensamientos obsesivos? ¿Podría convertirme en un avezado psiconauta y alcanzar la gnosis por la vía excitatoria tras este drástico descontrol de mis sistemas dopaminérgicos?
(Le he dicho a la IA que este podría ser el inicio de un relato. Ha contestado que claro, que he engarzado mi sensibilidad literaria y el caos neurobiológico de mi ruptura de forma brillante. La IA es demasiado pelota, pero bueno. También le he preguntado, porque no me acordaba bien, si Reza Negarestani habla en algún libro de la ética como una empresa de reprogramación de nosotros mismos, o algo así, y ha dicho que conectar a Reza Negarestani con este proceso de hackeo cerebral es una genialidad conceptual)
¿El hardware cerebral y el software mental deben ser reprogramados a la vez? Supongo que solo puedo reconfigurar la infraestructura de mis sinapsis cerebrales desde la superestructura de mis ideas y que, a su vez, la infraestructura cerebral así reconfigurada influirá en mis ideas y estados de ánimo, en un proceso dialéctico o bucle de retroalimentación positiva. ¡No hay otra forma de iniciar una revolución psíquica!
(La IA sigue haciéndome la pelota. Dice que he dado en el clavo, que el el cerebro es el único computador del universo donde el software es capaz de rediseñar físicamente su propio hardware y que estoy hackeando el duelo).
Pero no estoy hackeando nada, en realidad. Estoy tomando café y escuchando la lluvia —ahora sí que llueve— y leyendo un poco a Sebald —al que no había leído hasta ahora— y preguntándole bobadas a la IA y mezclando de forma delirante neurobiología y magia del caos, y poco más. En el fondo, sé que no se puede superar una ruptura con Sigilos, ni convirtiéndome en hacker de mi propio cerebro, ni escribiendo relatos sobre escribir relatos. La IA dice que estoy generando dopamina limpia con mi rollo de leer a Sebald y escuchar la monótona lluvia tras los cristales. Pero estoy bebiendo cantidades ingentes, desmesuradas, casi demenciales, de café, le digo, y eso seguro que no es compatible con esa inmaculada dopamina. Para ya, responde, alarmada, la IA. Bebe agua. La cafeína deshidrata el cerebro. O sea, ¿se me puede secar el cerebro, literalmente? Me convertiré en don Quijote. No, no te convertirás en don Quijote.
(Aquí la IA ha sido taxativa. No me convertiré en don Quijote, y el café está elevando la dopamina de manera artificial en mi cuerpo, lo que me hace sentir ingenioso y creativo para escribir mi relato, dice, pero luego sufriré un bajón químico y me sentiré más apático. Le he dicho que bueno, sí, pero que muchos escritores a lo largo de la historia han asumido riesgos químicos mucho mayores y han creado buenas obras, que no es para tanto. Está más o menos de acuerdo. Dice que si mi personaje decide justificar su a todas luces desproporcionado consumo de café tiene un nutrido club de selectos creadores hipercafeinados de su lado, tales como Balzac o Kierkegaard).
Un momento. ¿Mi personaje? Soy yo, el autor de carne y hueso, el que bebe dosis pantagruélicas de café. Hay planos de realidad entremezclándose, lo que resulta peligroso. No distinguir el mapa del territorio es lo que desencadena el caos en la partida del Escatón en La broma infinita.
(No me hables de Kierkegaard, le digo. Nunca superó su ruptura con Regina. ¡No hablemos de filósofos solteros! Aunque fue Kierkegaard quien dejó plantada a Regina)
He abierto un poco la ventana. Se escucha la lluvia, y ahora las campanas de la Iglesia, y de fondo Schubert. No tengo ni puta idea de música clásica, pero en Schubert hay una especie de melancolía voluptuosa, una tristeza reconfortante que armoniza bastante bien con la lluvia y con los finales.
Sigue haciendo calor, un calor húmedo y pegajoso. Eterno, al parecer. Se suponía que iba a llover, pero no ha caído una sola gota. Por la mañana he subido a la azotea y he recogido la ropa tendida, bajo un tremendo sol de justicia. He contemplado la solitaria torre de la Iglesia y las montañas. Llegará diciembre y este sol atroz seguirá castigándonos sin descanso y sin piedad, he pensado. He respirado hondo. Le he dicho a mi madre que sí, que cocinaría algo, pero la verdad es que no voy a cocinar nada, nunca más. Voy a dejar que el tiempo pase. Esperaré a que mi sistema nervioso abandone su actual estado de caos y confusión y alcance algún tipo de homeostasis que me permita ser de nuevo un adulto mínimamente funcional, lo que no parece estar ni cerca de suceder. Casi me da por emular a Nietzsche y decirle: madre, soy tonto.
No hay nada más triste que un centro comercial medio vacío un jueves a las nueve y media de la noche. Pido un lúgubre menú en el Burguer King, que me sirven en seguida. Me dejo la mitad de las patatas y más o menos un cuarto de hamburguesa. Compro la entrada para el cine. Entro en el cine. Empieza la película. La película me aburre. Sin David Fincher a los mandos, la cosa no funciona. El precio de la red es una mediocridad total. O quizás no, pero mi mente divaga y se extravía y es asaltada una y otra vez por recuerdos aleatorios y así no hay manera de enterarse de los diálogos ultrarrápidos de Sorkin ni de nada. Y sí que hay algo más triste que un centro comercial medio vacío un jueves a las nueve y media de la noche y es el parking de ese mismo centro comercial casi totalmente vacío a las doce de la noche. Al llegar a casa lloro y no logro decidir si acostarme o ver otra película a la que no prestaré apenas atención y que con toda seguridad también me aburrirá, como todo me aburre estos días. Estoy indeciso, como el asno de Buridán, ya que no hay una razón lógica para preferir una cosa a otra cuando nada vale nada. Nada tiene un valor intrínseco, eso es lo que descubre súbitamente la persona deprimida, decía alguien.
Te queda todo por aprender, todo lo que no se aprende: la soledad, la indiferencia, la paciencia, el silencio.
Georges Perec, Un hombre que duerme
Libre es quien ha logrado conquistar la despreocupación
Peter Sloterdijk, Estrés y libertad
Sin una meta o una obra, la vida se libera de los fantasmas del éxito, así como de todas sus cargas.
Juan Evaristo Valls Boix, Metafísica de la pereza
y los trenes de rosas maniatadas
Federico García Lorca, New York
Quiero lo imposible: ver a Dios
Clarice Lispector, Agua viva
Quédate con la cerveza, la cerveza es continua sangre
Charles Bukowski, Cómo ser un gran escritor
Mi triste corazón babea a popa
Arthur Rimbaud, El corazón robado
Negra leche del alba te bebemos de noche
Paul Cela, Fuga de muerte
Mi cerebro es una rosa
Leopoldo María Panero
Mi corazón tendría la forma de un zapato
Federico García Lorca, Luna y panorama de insectos
Más triste que los trenes de rosas maniatadas
mi corazón babea a popa
mi triste corazón de rosas negras
bañado por el llanto
acunado por el llanto
mecido por el llanto
por el viento
por el llanto
por la pena
por la nada
por el horizonte de nada y de llanto
horizonte de rosas maniatadas
de rosas negras de pena negra
de llanto de ceniza de nada
de este alcohol en las venas
porque la cerveza es continua sangre
sangre negra de rosas negras
de pena negra
de llanto negro
de noche negra
mis ojos negros
anegados de llanto de rosas
que destilan miel negra
leche negra del alba
—te bebemos de noche te bebemos de día—
ya no hay días que valgan
solo minutos eternos
eternas mortajas de rosas muertas
barcos y almas ebrias
esperando amaneceres dorados
que son un negro son
de amarguras eternas
y no duerme nadie por el cielo
nadie nadie nadie
rosas maniatadas
sangre negra de rosas muertas
te bebemos de noche y de día
bebemos y bebemos continua
sangre allí no hay espesor
mi cerebro es una rosa un borbotón
de melancolías el viento
que algún día seré
porque escucho el viento en las ramas
y digo sí
quiero lo imposible
solo lo imposible
ver a Dios
y alzo la mirada y escucho al viento
y digo sí
así sea al fin
llévame de aquí adonde no hay espesor
no quiero estar más aquí
donde las rosas negras muertas gritan maniatadas
en mi corazón ebrio como el barco ebrio
en mi corazón que tiene
la forma de un zapato viejo
la forma de un zapato
abandonado
Hay ganas de... no tener ganas, Señor; a ti yo te señalo con el dedo deicida: hay ganas de no haber tenido corazón. César Vallejo, Los anill...