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domingo, 17 de septiembre de 2023

Disquisiciones teológico-dominicales

Debería estar santificando las fiestas, concretamente este domingo de septiembre, día diecisiete de Nuestro Señor, pero por desgracia me veo sometido a la condena del trabajo —ya se sabe, la naturaleza humana está corrupta después de que la engañada Eva mordiera el prohibido fruto, y desde entonces el ser humano se ha de ganar el pan con el sudor de su esforzada frente. 

(El pagano Aristóteles, Dios lo tenga en su limbo, consideraba el trabajo asalariado esclavitud a tiempo parcial. Ahí queda eso).

A decir verdad, el trabajo bibliotecario puede hacerse, por regla general, sin sudar demasiado, y no se parece mucho a una condena bíblica ni a la imagen prototípica de la esclavitud, ya que, de nuevo por regla general, no hay que construir pirámides en remotos desiertos mientras te azotan con restallantes látigos en la espalda, pero también es verdad que hoy he dormido poco y que ayer bebí, que yo me acuerde, por lo menos un par de cervezas y un gin-tonic y un chupito, así que debería, como decía al principio, estar santificando este domingo, yaciendo en el lecho con la dueña y señora de mis pensamientos, a poder ser, pero en lugar de ello estoy aquí, trabajando en la infernal sala infantil de la biblioteca y escribiendo, cuando me dejan, este post que por alguna razón o sinrazón está plagado de retórica cristianoide, seguramente bastante irónica* (lo que de verdad pienso es que Eva no fue engañada, que mordió el fruto en un acto de coraje y valentía sin parangón en la historia universal, que Eva dijo sí a la conciencia y a la sabiduría, a la mortalidad, a la expulsión del paraíso, que esa historia ha sido maliciosamente malinterpretada por los atolondrados y no poco misóginos doctores que tiene la Iglesia Santa de Roma... Eva debía morder el fruto).

*La ironía es esencialmente ambigua, decía, si no recuerdo mal, Hegel. No es, por tanto, mera broma, es broma y seriedad al mismo tiempo. 

viernes, 24 de octubre de 2014

Algarabía libresca

Las ferias de libro viejo y de ocasión son siempre motivo de regocijo y algarabía. Libros viejos y tirados de precio -pero cuyo valor es incalculablemente alto, de hecho es una asíntota que se acerca más y más a la curva del infinito, por decirlo de un modo enrevesado que de la impresión de que yo sé algo de matemáticas o lo que es una asíntota-, ¿qué más se le puede pedir a la vida? Bueno, si recapacitamos un poco hemos de admitir que se le pueden pedir bastantes cosas más, pero lo fundamental para poder resistir a la intemperie existencial, al descalabro social y al hundimiento abismal en la oscuridad más oscura y total está en los libros, en esos libros que siguen portando la antorcha y alimentando su fuego eterno contra viento y marea, contra todos los azotes e inclemencias que amenazan su delicada pero necesaria existencia.

¿Cómo puede ser, cabría preguntarse, el fuego eterno y frágil a la vez? ¿De qué eternidad estamos hablando? Pues mucho me temo que de una eternidad quebradiza, de una eternidad que necesita alimento para brillar y dar cobijo, para ser guía y refugio.

(En un solo párrafo he hecho referencia a conceptos tan grandilocuentes, tan inmanejables, tan desmesurados como infinito y eternidad, así que me veo obligado a rebajar el tono a partir de ahora).

Como flores de loto que brotasen en el cieno, como iridiscentes gemas esparcidas azarosamente aquí y allá por un terreno baldío, gemas que recogiesen la luz solar y la concentrasen en su precioso seno formando reverberantes puntos de inusitada intensidad lumínica, así surgieron ante mi vista, propulsados por mis escudriñadores e infatigables dedos, ávidos de descubrimientos sorprendentes, las siguientes joyas literarias, objetos propiciadores de incontables horas de felicidad clandestina:

-El asno de oro, Apuleyo.
-Vida y opiniones del caballero Tristram Shandy, Laurence Sterne.
-El Spinoza de la calle Market, Isaac Bashevis Singer
-Bajo el volcán, Malcolm Lowry
-Manhattan Transfer, John Dos Passos
-Pabellón de reposo, Camilo José Cela

jueves, 2 de octubre de 2014

Superman

El héroe que llevaba calzones encima de las mallas. A decir verdad, fueron unos cuantos los guionistas de cómic que se atrevieron a matar a Superman. Por nada del mundo quisiera parecer un nerd, pero estos son  sus nombres: Dan Jurgens, Karl Kesel, Jerry Ordway, Louise Simonsons, Roger Stern y Gerard Jones. La información la he sacado de un cómic que se llama precisamente La muerte de Superman. Para alguno nerds empedernidos es El Cómic, el acontecimiento más importante de la historia del cómic. Se trata de una saga, cuya recopilación ocupa unas 746 páginas. Aproximadamente. La edición que  yo tengo incluía de regalo un brazalete negro de Superman, lo cual solo te puede hacer ilusión si eres un maldito nerd.

Anécdota infantil que viene muy a cuento: mi padre me compró un disfraz de Superman para un carnaval de hace incontables eones de tiempo. Salgo en varias fotos con el disfraz, pero no hay nadie más disfrazado. Supongo que carnaval ya había pasado pero me daba igual y seguía disfrazándome de Superman. A clase seguro que no me dejaron ir disfrazado. Todo tiene un límite.

miércoles, 1 de octubre de 2014

Fragmentos

1. El otro día, no importa en realidad qué día, escribí: ahora que las hadas han muerto, las noches son más frías, más largas, más oscuras. Han muerto en silencio, sin lamentos ni alharacas, sin estridencias de viejas plañideras, sin tan siquiera emitir un débil quejido que el cielo pudiese acoger en su seno transparente. Han muerto con orgullo estoico. Pero, eso sí, en sus ojos, en sus enormes ojos negros, turbios y mudos, se concentraba toda la tristeza del mundo. La muerte de las hadas ha sido, por supuesto, un asesinato.

2. Escribir novelas requiere un esfuerzo titánico. Me refiero, claro está, a escribir buenas novelas. Pero inventarse títulos requiere un esfuerzo mínimo y es la mar de entretenido. He aquí unos pocos títulos de libros inexistentes: Sobrevivir no es un mal plan; Aurora sangrienta: páginas de poesía teológico-política; En el cielo de los suicidas nunca llueve; Un murmullo subterráneo recorre el mundo.

3. Tengo un montón de información inútil almacenada en mi cerebro. Fechas de muertes y nacimientos. Los poderosos y absurdos engranajes del tiempo y de la reproducción de la especie funcionan sin descanso. Si fuera un dios, o cualquier otra inimaginable entidad con la capacidad de contemplar sub specie aeternitatis este espectáculo, diría, con lacónica elegancia y olímpica frialdad: los seres humanos nacían y morían.

4. Valeria Luiselli nació en 1983. Yo también nací en 1983. Kafka nació un siglo antes, en 1883. En 1983 murió John Fante. En 1983 murió Luis Buñuel. En 1983 murió Ross McDonald, seudónimo de Kenneth Millar, considerado por muchos el mejor discípulo de Raymond Chandler, según dice la contraportada de su novela El blanco móvil. En 1983 murió Tennessee Williams, autor de La gata sobre el tejado de zinc caliente, un libro que tengo pero que no he leído. Solo he visto la película. En 1983 murió Xavier Zubiri, filósofo. Tengo un ejemplar de Cinco lecciones de Filosofía. Zubiri habla de Aristóteles, de Kant, de Comte, de Bergson y de Husserl. El ejemplar está muy deteriorado. Es un edición de 1980. No sé qué pinta ahí Comte. Mentiría si dijera que toda esta información estaba almacenada en mi cerebro. 

5. Valeria Luiselli es muy guapa. No sé si se puede decir algo así en estos tiempos sin ser considerado misógino, machista, cavernario, capullo, primate primitivo y cosas así. Espero que sí se pueda. Brenda Lozano también es muy guapa, también es mejicana y también es escritora. Por eso mi cabeza, o Internet, las ha unido inextricablemente. Lo más seguro es que haya sido Internet. No creo que todas las escritoras mejicanas sean así de guapas. Pero, de momento, solo he podido leer artículos suyos por Internet. En la biblioteca no tienen ningún libro suyo y mi presupuesto para libros de este mes se lo ha llevado William T. Vollmann. Habrá que esperar a la próxima partida presupuestaria dedicada al noble arte de coleccionar libros.

6. Brenda Lozano escribía en un artículo que Clarice Lispector era muy guapa, y que había que decirlo. De ahí que esté yo ahora hablando de esto. Marguerite Duras escribió sobre su rostro, sobre su rostro que un día fue hermoso y de repente dejó de ser hermoso y se convirtió en un rostro devastado. A Marguerite Duras le gustaba más su rostro devastado. Su rostro devastado seguía siendo, de alguna manera, un rostro bello. La belleza devastada tal vez sea más profunda, se me ocurre ahora, aunque la frase me suena demasiado profunda.

7. Lo más profundo es la piel, eso lo sabemos todos.

8. Sigamos un poco más con el tema anterior, fuera el que fuese. Sobre los rostros y la belleza de los demás es fácil juzgar, o relativamente fácil. Pero el rostro propio es otro asunto. David Foster Wallace escribió en La broma infinita sobre la dificultad de saber si uno mismo es guapo o feo, o sobre la dificultad de verse a uno mismo de una forma o de otra. Algo así. No me acuerdo de si Hal estaba frente al espejo fumando hierba y cavilando sobre estas cuestiones -es una novela MUY larga, no se puede uno acordar de todo-, pero no creo, porque Hal fumaba a escondidas, en los conductos de ventilación, donde el viento genera gemidos desolados. La escena, en cualquier caso, es plausible. A mí me lo parece, vaya. Hal intentando verse a sí mismo como si fuera otro y entrando irremediablemente en los típicos bucles de pensamiento marihuano.

9. He tenido un déjà vu de lo más raro mientras escribía el fragmento anterior. ¿Qué demonios está pasando en Matrix?

10. Hablemos ahora de mi pelo. No es un tema que tenga interés, cierto, pero no se me ocurre ninguna otra cosa. No me gusta nada mi pelo. Querría tenerlo rizado, como Bob Dylan. Pero la genética es una amante cruel. ¿Una amante cruel? Disculpen, esa frase no ha tenido el menor sentido. Antes lo llevaba largo. Antes, hace siglos. Un verano, tendría once o doce años, no me acuerdo bien, me cortaron el pelo mucho más corto de lo que yo quería, mucho más corto de lo que normalmente me lo cortaban, y el resultado me estremeció de horror y me fui corriendo desde la peluquería hasta mi casa a toda velocidad y al llegar a casa tenía ganas de llorar y le dije a mi madre que no pensaba salir de casa hasta que me creciera el pelo y mi hermana me dijo que no dramatizara tanto por nada y yo respondí algo así como que me veía horroroso y que aquello era una catástrofe estética de dimensiones inenarrables y que la peluquera era una imbécil y mi hermana me dijo que me pusiera una gorra y listo. Y eso es lo que hice. Me puse una gorra y decidí no quitármela hasta que me creciera el pelo. Y ahora, ya ves tú, no me gusta llevar el pelo largo.

11. Último fragmento que versa sobre mi pelo. Se me ha dicho que cuando tenía diecinueve años o así me tapaba la cara con el pelo. Literalmente. Que no se me veía la cara porque tenía el pelo muy largo y hablaba mirando para el suelo, de manera que el pelo caía sobre mi rostro como un velo protector. Ese relato está bastante exagerado, creo yo.

12. William T. Vollmann es más feo que David Foster Wallace. Wiliam T. Vollman está vivo, David Foster Wallace se ahorcó el 12 de septiembre de 2008. Esta fecha sí me la sé de memoria. Enfrente de mí hay una foto suya, con la bandana -palabra que la RAE no registra, por cierto- cubriéndole el pelo, el cráneo, el cerebro.

13. No sé si el cielo de los suicidas parece un cerebro. No sé si tienen un cielo para ellos. Pienso en John Kennedy Toole, que se suicidó con 31 años. Pienso en Chusé Izuel, que se suicidó con 24 años, el 27 de febrero de 1992, y que, según cuenta Félix Romeo, se reía mucho con La conjura de los necios.

14. A la izquierda de la foto de David Foster Wallace tengo una foto de Jerusalén. Es una vista aérea. Se ve la cúpula de la roca. A la derecha, una reproducción de La escuela de Atenas. Fe y razón. Jerusalén y Atenas. Los dos polos de lo que somos, en mi opinión.

15. En otra pared hay un cuadro de Marilyn Monroe.

16. Yo también me río con La conjura de los necios. Me río mucho. Me río hasta que se me parte el alma. Disculpen la solemnidad de la última frase. La solemnidad y la tontería siempre andan cerca la una de la otra.

lunes, 7 de mayo de 2012

Un hombre sentado en el interior de la caverna II

Un hombre sentado en el interior de una caverna en la cual hay, probablemente, una pequeña abertura semejante a una ventana  a través de la cual observa el incesante mundo, para ser exactos. Un drama solipsista con abundantes dosis de lirismo trasnochado y especulaciones ociosas. El espectáculo trepidante de una conciencia abstracta dirigiéndose a sí misma en segunda persona. La arriesgada aventura de un héroe catatónico desgajado de sus circunstancias. Un viaje que va de ninguna parte a cualquier sitio, o a la inversa. El discurso del protagonista deconstruye tópicos como el tiempo o el sueño y establece paralelismos con la mecánica cuántica, mientras toma café y cree que Georges Perec intenta comunicarse con él.
Texto redactado expresamente para la contraportada ficticia de Un hombre sentado en el interior de la caverna 

Un hombre sentado en el interior de la caverna

Todo el tiempo ha estado transcurriendo el tiempo, sin que te dieras cuenta. Inexorable y afilado, implacable y silencioso. Al margen de tu conciencia, pero no de tu cuerpo, porque tu cuerpo, de alguna forma, es tiempo, y tú eres tu cuerpo y quizá, entonces, tú eres tiempo. El resplandor matinal penetra por la ventana, atenuado por las plomizas nubes grises. Has estado soñando toda la noche, inquieto, y no recuerdas nada de lo soñado. Nada concreto. Sensaciones borrosas, sin contornos precisos, remolinos de recuerdos nimios, girando dentro de tu cabeza, una frase aquí, una mirada allí. Más o menos eso es todo lo que puedes decir de tus sueños. Cascadas sucesivas de imágenes incongruentes. Algo así. Te gustaría ser más preciso, pero no puedes. Ahora llueve con una cadencia parsimoniosa, una lluvia fina, delgados y oblicuos hilos de agua discontinuos que se estrellan sobre los tejados y sobre las aceras. Has pensado sobre tu vida como si no te perteneciera. No has pensado mucho, la verdad. Frenesí, ilusión, farsa, apariencia, sombra. Sentado en la caverna, esperando.

Cuando ya salías de tu sueño, pero aún no habías ingresado del todo en la vigilia, en este intersticio fugaz de la duermevela, su rostro aparecía y no aparecía, porque lo recordabas y no lo recordabas. Intentabas definir su rostro, su imagen, pero se escabullía sin remedio, huía, se disolvía como una gota de agua en un charco, perdía su identidad, su singularidad, aunque en tu memoria quedaba algún retazo suelto de su expresión, al que intentabas agarrarte mentalmente, con la esperanza de que no cayera en el olvido para siempre. Este empeño que amenazaba con tornarse obsesivo y que claramente estaba destinado al fracaso, o al menos a un fracaso parcial, obedecía a una particular tensión fronteriza. Si recordaras, sin más, su imagen, no pensarían tanto en ella, y si no recordaras nada, tampoco pensarías en ella, en este caso porque no podrías, pero al haberse quedado en ese espacio intermedio, indeterminado, se transformaba en enigma y acosaba tu mente, que estaba y no estaba despierta.

Solo los enigmas sin solución perduran. El tiempo, el sueño, la muerte, por ejemplo. Piensa en tu vida como si fuera el sueño de otro, como si otro, a una distancia enorme de ti, te soñara, y ambos estuvierais entrelazados cuánticamente y repitierais los mismos gestos, perfectamente coordinados, y desconocidos el uno para el otro. Esto no parece tener mucho sentido, pero suena bien. Ya no llueve. Los charcos son la memoria de la lluvia, quizás. Esto también te suena bien. ¿Tu vida como el sueño de las gotas de lluvia en los charcos de la carretera? Esto ya es pasarse de la raya. ¿Son tus sueños, por tanto, la vida de otro, de otro que vive a una distancia enorme de ti, en otro apartado rincón del universo centelleante? Tu doble, esa inversión simétrica de ti mismo, para quien, a su vez, tú eres su doble. ¿Estará pensando él también, ahora, lo mismo que tú?

Cómodamente sentado en la caverna, fumando un cigarro, mirando las sombras que pasan, instalado ya y habituado al ambiente, amigo de algunas de las sombras que pasan, que te dicen cosas bonitas y todo, y tú se lo agradeces, y sabes que, aunque oscuridad y silencio es el triste destino de todo, no se está tan mal aquí, porque de vez en cuando encuentras sombras simpáticas, sombras que sonríen, y las sombras que sonríen no pueden ser del todo sombras, eso está claro.

Te quedas mirando absorto los árboles, una vez más. Se diría que los espías. Ni siquiera sabes sus nombres. ¿Cómo se llaman esos árboles de allí? En cualquier caso, no responderían, aunque les llamases por sus nombres. Carecen de nombre propio, el lenguaje los engloba en universales, pero los universales no existen. Ahora descubres que Perec ha hablado de los árboles, abriendo al azar un libro suyo, y que lo ha hecho mucho mejor que tú, y te fascina esa coincidencia aunque, todo hay que decirlo, te fastidia un poco, porque querrías haber sido tú el que hubiera escrito esto: jamás dialogarás con un árbol. Lo de que no responderían si les llamases es casi igual, pero no estabas pensando en Perec cuando lo has escrito. Quizá inconscientemente, en tu memoria, habitaban sus palabras. Todo esto te parece muy raro. ¿Plagias sin darte cuenta? ¿Y por qué, precisamente, has abierto Un hombre que duerme justo por la parte en que habla de los árboles y justo en el momento después de escribir tú sobre los árboles? ¿Se comunica Perec contigo? ¿En serio te parece mínimamente cuerda esa idea? ¿Un nuevo y delirante caso de entrelazamiento cuántico?

Ahora te has preparado un café, así ligerín, según tus propias palabras, y tratas de imaginar un diálogo con Perec ya que, según parece, él insiste en comunicarse contigo. Te hace muy feliz que Perec, nada menos, quiera hablar contigo. No es algo que suceda todos los días. Te pones un poco nervioso porque, en fin, es Perec, un puto genio, con su pinta de chiflado y su perilla estrafalaria y su expresión traviesa. Así que dialogas con Perec, ya que los árboles son mudos y jamás dialogarás con ellos, durante un rato bastante largo.

Dejar ecos, huellas, trazos, signos desperdigados, migas para el camino de vuelta, voces en la niebla. ¿Volver a dónde? ¿Y qué dicen las voces?

Ha salido el sol, se ha abierto paso entre las nubes, poderoso, el astro rey, la estrella más cercana, obviamente, la estrella que de tan obvia se nos olvida que es también una estrella. El tiempo sigue transcurriendo, todo este tiempo el tiempo ha estado transcurriendo, la tierra no ha parado de girar alrededor del sol.

martes, 1 de mayo de 2012

Ceniza

Siempre se me cae la ceniza del cigarro sobre el teclado, entonces la soplo y se transforma en una nube inquieta de partícula diminutas que revolotean en el aire y tratan, sin éxito, de sortear la gravedad, hasta que finalmente caen, como una suave lluvia fracasada, sobre el suelo.

miércoles, 28 de marzo de 2012

Borradores

Tenía un montón de borradores por ahí en ese estado límbico o potencial, a medio camino entre el no-ser y el ser, y quizá lo mejor hubiera sido borrarlos todos, o borrar algunos y mejorar otros, o pulirlos más, o lo que fuere menester, pero bueno, los dejo aquí, en forma de megapost caótico y fragmentario y sanseacabó. Hay textos en los que se repiten algunas cosas porque son versiones abortadas y hay textos llenos de odio furibundo que no están escritos del todo en serio. Lo digo porque tengo miedo de que se me tome en serio. Es más, me gustaría que se me leyese como si no escribiera yo, porque yo escribo como si no escribiera yo, aunque me temo que explicar esto me llevaría muchísimo tiempo. Aunque a veces también escribo siendo más yo que yo mismo, eso es cierto. Sé lo que quiero decir, no se crean, pero no sé decirlo bien. También hay bastante chorradas, como rimar zagal y mundanal, o cerveza y pereza, y textos que imitan de forma descarada y torpe un tono de querencia y cadencia fosterwallaciana. No sé por qué estoy escribiendo esta especie de prólogo.


Había algo deliciosamente aterrador en el aire, un nubarrón oscuro, desgajado del cielo, al que si mirabas con toda tu atención, concentrándote intensamente en la contemplación del nubarrón como si fuera la única cosa existente en el mundo, poniendo entre paréntesis todo lo demás, podías sentir que el nubarrón sonreía, que, en realidad, estaba a punto de soltar una gran carcajada, una carcajada ambigua y, de momento, contenida, tensamente contenida, quién sabe si maligna, y que por eso, por esa promesa, por esa amenaza, que se insinuaban apenas en el aire, era deliciosamente aterrador aquel nubarrón, que aquel nubarrón parecía no solo cobrar conciencia de sí mismo, sino dispuesto a aniquilar el mundo, y aniquilar el mundo era una idea tan aterradora como atractiva viendo aquel nubarrón oscuro, aquel espíritu burlón, de inescrutables designios, que avanzaba majestuoso por el cielo, creciendo como un latido, a punto de bombear una lluvia oscura y definitiva, feroz y feliz, una lluvia que lo empaparía todo, fresca y apocalíptica, esperada y temida, la revelación final, el fin de los tiempos, de vuelta a las tinieblas. Era extraño, pero había alegría en el corazón del nubarrón, una alegría demencial quizá, la alegría de la paz que seguiría a la destrucción. Contemplándolo, era imposible no desear que estallara, que liberase toda su violencia, la música estrepitosa que anidaba en su interior. La música estrepitosa de su alma, dije, pensando en algo que leí, quizás, o que creía recordar que leí, o algo. El corazón del hombre es la herida abierta de Dios, creo que eso lo leí, también, en alguna parte. Aquel nubarrón no era un castigo divino. Era inocente y cruel, poderoso, como la naturaleza, como todo.

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Oculto en su buhardilla, apartado del ruido mundanal, un zagal con cara de ardilla (de biblioteca), desmejorado y con delirios de grandeza, lee y bebe cerveza, y a veces, venciendo su proverbial pereza, escribe textos plagados de solecismos solipsistas. Todo su ser es referencialidad infinita porque la literatura, dice, es una casa de citas. Se recrea en la ambigüedad semántica de su definición de la literatura, aunque en realidad no es suya; es también una cita. Relee a Joyce, su nuevo dios, el que ocupa el lugar central del olimpo literario. Joyce hijo está sentado a la derecha del padre, que es el mismo Joyce, en la consustancialidad del Padre y del Hijo, siendo Joyce Padre e Hijo de la literatura moderna, y Shakespeare es el Espíritu Santo, probablemente, el Fantasma que recorre el Ulises y que recorre La Broma Infinita y que recorre La Guerra de las Galaxias. Darth Vader le dice a Luke: yo soy tu padre, pero es el espectro del padre, porque habla desde el lado oscuro, y el lado oscuro representa la muerte, las tinieblas primigenias. Darth Vader es un usurpador. El usurpador de sí mismo, en realidad, porque es el padre de Luke y, al mismo tiempo, quien usurpa al padre de Luke. Digamos que está separado de su esencia verdadera, o de su deber ser como padre, ya que ha abandonado a Luke, igual que Dios abandona a Jesús. Luego viene la famosa escena en que Darth Vader se quita la máscara, con todo el simbolismo que ello implica: el desvelamiento de la verdad. En Spiderman también el Duende Verde, en forma de espectro, le habla a su hijo, y le pide que vengue su muerte, por lo que se convertirá en enemigo de Spiderman, cuando antes habían sido amigos. Spiderman es una clase de ética kantiana en la que se nos enseña que el deber está por encima del deseo, aunque al final Mary Jane se entera de que Peter Parker es Spiderman y el conflicto de Peter queda bastante diluido, pero bueno. La esencia del cristianismo, reflexiona, no es sino la muerte de Dios. Todo el significado del cristianismo es reducible a ese tema: Dios ha muerto. Ese es el mensaje del cristianismo. Zaratustra se limita a señalar lo obvio, que Dios ha muerto. La resurrección, por supuesto, es una cantinela pueril fruto del miedo de los hombres ante la verdadera verdad revelada: que estamos solos y somos responsables, que no existe el Gran Otro. Un gran poder conlleva una gran responsabilidad, como sabía el tío de Peter Parker.

El zagal, irónicamente distanciado de sus propias teorías, dice no creer en ellas. El Padre quizá sea Homero, en todo caso. Educador de los griegos, por tanto el Padre de todos, de sus hijos que son nuestros padres. Así como Bloom es todos nosotros y todos nosotros somos Bloom. Y no hay vision sub specie aeternitatis del laberinto, ni hay que beber vino tinto, solo vino blanco y espumoso como el mar griego. Thalatta! Thalatta! Solemne, bajando las escaleras para dirigirse a una cafetería en la que desayunará, dice: leer es tejer. Y también: los bardos deben beber. Y también: leer es abrir la puerta a una horda de rebeldes. La señora del tercero le escucha mientras baja (el zagal, no la señora) ruidosamente por las escalera y declama sus verdades. Con expresión de preocupación en su anciano rostro, cuajado de arrugas, y mirada inquisitiva, casi inquisitorial, en tono poco o nada cordial, la señora pregunta, asomando apenas la cabeza por la abertura de la puerta, cuya cadena, por precaución, mantiene puesta: ¿qué dice usted, joven? Palabras, evidentemente, responde el zagal, en tono cómicamente indignado, que en ese momento cree ser nada menos que Humpty Dumpty, el Amo y Señor de las Palabras. Muy bien, vaya con Dios, hijo, dice la señora. Al recaudador de prepucios espero verle dentro de muchos años, si no le importa, responde el zagal, feliz de poder hacer una referencia a Joyce en un diálogo matutino. A punto está de añadir: y mi madre es el mar, señora, la gran dulce madre. Cree que antes de cerrar la puerta la anciana señora ha dicho: el mundo está fuera de quicio, pero quizá son solo imaginaciones suyas. Que la señora se haya despedido citando al príncipe de Dinamarca no parece algo muy probable. De todas formas, por si acaso, desde el segundo piso el zagal grita: ¡que haya nacido yo para ponerlo en orden! No está nada mal representar escenas de Hamlet antes de desayunar, piensa. Debe ser saludable. ¿Está loco Hamlet? ¿Fingir ser algo y serlo no es lo mismo? Yo no sé parecer, dice Hamlet. Le gustaría llamar a la puerta de la señora y preguntar: ¿usted cree que Hamlet está loco? Quizá la señora lo sepa. Quizá la señora dio clases de literatura, hace años, y vivió entre estanterías de libros, leyendo y releyendo y buscando respuestas a preguntas que, bien lo sentimos, no la tienen, pero ella buscó infatigablemente, admirablemente, sola en su empeño demencial, con el cerebro secándosele cada vez más, luchando contra los elementos, contra los Lestrigones, dispuesta a cazar Snarks. Quizá ahora mismo, aprovechando la luz solar, apoyada en la ventana, esté releyendo Hamlet. Quizá ella me pueda explicar qué hostias dice Joyce sobre Shakespeare en el Ulises, porque la verdad es que es un lío tremendo.

Frente a su taza de café con leche, el zagal sujeta un churro en lo alto y piensa solemnemente: mojar el churro o no mojarlo, esa es la cuestión.

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Es obvio que ni a Haneke le gusta el cine de Haneke, que a ningún ser humano le ha gustado nunca una película de Haneke y que, de hecho, si a alguien le gustase una película de Haneke, Haneke mismo, en persona, iría a su casa a darle una paliza por ser tan estúpido y no haber entendido nada. A Haneke le parecería triste que a alguien le gustara una película de Haneke; Haneke se pondría a llorar y hablaría en sueños con Adorno preguntándole qué ha hecho mal, cómo es posible que él, todo un Haneke, haya hecho una obra de arte afirmativa y esteticista. Y su siguiente película sería un plano de catorce horas de pura angustia, porque solo la angustia es un emoción verdadera, y entonces Haneke diría ¿¿a ver quién es el listo al que le ha gustado?? con aire desafiante y un brillo triunfal en la mirada. Haneke es todo negatividad, porque si te gusta asientes, y Haneke no ha venido a la tierra a consolar a nadie, sino todo lo contrario. Haneke tiene la obligación moral, como artista, de arremeter contra la estética. Haneke es el adorniano supremo, el adorniano inflexible, el adorniano invencible.

Pero entonces, ¿cómo se toma uno que Haneke haya hecho un remake de Funny Games para el público yanqui? Yo me lo tomo a risa porque no soporto la superioridad moral del señor Haneke (Haneke es el representante del juicio de Dios en la tierra, o eso cree él), pero creo que Haneke, para recuperar un poco la coherencia perdida, debería fustigarse mientras grita ¡¡Adorno, he pecado mucho, te he traicionado por el dios de la industria cultural!! 

PD: Curiosamente (¿contradictoriamente?), a Lars Von Trier no solo lo soporto, sino que me parece imprescindible, y probablemente Las Von Trier se cree más Dios que Haneke.

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Hoy voy a hacer mi gran aporte teórico a la cabal comprensión de la lógica económica de la cultura. Me he levantado así de magnánimo esta mañana. En realidad, ya que pensar cansa, y ya lo han hecho otros por mí, todo lo que diga va a estar basado, más o menos, en lo que dice Boris Groys en Sobre lo nuevo: ensayo de una economía cultural. También en otra cosa que leí... Bueno, den por hecho que siempre estoy haciendo referencias y que soy muy perezoso para poner notas a pie de página y esas cosas que se hacen porque te obligan los profesores; además creo, sinceramente, que la idea de tener ideas propias es un ridiculez, un mito solipsista y romántico, en el mejor de los casos, un eslogan comercial, en el peor; sé tu mismo, el eslogan romántico del consumo (esta idea, por ejemplo, es de Eloy Fernández Porta, gran ensayista, frecuentemente criticado por necios que tienen la inteligencia justa para pasar el día).

Empecemos. Del mismo modo que deshacerse de la Filosofía es la operación filosófica por excelencia, y que de tanto en tanto un pintor debe destruir la pintura, cargarse la literatura es un gesto literario en sí mismo. Como diría cualquier hegeliano pasado de roscas, la identidad lo es de la identidad y de la no identidad. Las antinovelas son, en realidad, novelas. Son lo otro de sí de la novela... Voy a empezar de nuevo en el siguiente párrafo a ver si logro explicarme medianamente.

Mejor dejemos en paz a Hegel. La idea de Groys es que la producción de lo nuevo en el ámbito cultural no es una expresión de libertad, que romper con lo antiguo no es una decisión libre que tenga como condición previa la autonomía del hombre, sino que es, exclusivamente, la adaptación a las reglas que determinan el funcionamiento de la cultura. Esto es tan cierto, tan evidente, que no hace falta más que echar un vistazo a las generaciones literarias que crecen como setas en España, todas novedosas, y cada día más efímeras. A mí no me parece mal, ni bien, y digo esto para advertir que un filósofo moralista es la cosa más ridícula que existe; en cuanto un filósofo moraliza habría que perseguirle por la calle y llamarle traidor. Total, que lo nuevo no es la revelación de la esencia, ni de la verdad, ni del ser, ni de la naturaleza, ni de la belleza, como realidades que hubiesen estado ocultas por convenciones caducas. Por ejemplo, la novedad de Joyce no reside en que descubra la verdadera esencia del fluir de la conciencia, ni la de Proust en descubrir la verdadera esencia del tiempo. Chorradas esencialistas propias de filosofastros desastrosos. Llamo filosofastro desastroso e indigno de consideración a todo quel que aún no se haya dado cuenta de que todas las chorradas esencialistas se basan en la idea (falsa) de que el arte representa la realidad y, en consecuencia, el criterio para juzgar el arte es examinar la concordancia con la realidad. Esta idea no solo es antigua, es también irritante, al menos para mí, quizá debido a mi dogmatismo deleuziano, pero incluso el acérrimo enemigo de Deleuze, Wittgenstein, reconoció que su teoría representacionalista estaba mal... Wittgenstein, por cierto, fue otro que quiso cargarse la filosofía, pero que, como cargarse la Filosofía es algo que solo les interesa a los filósofos, al final ha quedado en la historia de la Filosofía. Bien, lo que presupone la equivocadísima (no estoy siendo tendencioso, es solo una ilusión) teoría representacionalista del arte es que existe un acceso directo, no mediado simbólicamente, a la realidad. Esto es una bobada, así que no perdamos el tiempo. Sencillamente no existe tal acceso, vaya. El orden simbólico estructura la realidad.

(Acabo de perder gran parte del texto, una parte muy importante, de hecho. Incluso puede que fuera lo mejor del texto, una parte repleta de chistes geniales sobre muertos vivientes y filosofía post-hegeliana entreverada con detalladas explicaciones de la lógica económica de la innovación entendida como trasmutación de los valores, pero, desgraciadamente, el explorador se cerró de sopetón y guardó el texto a la mitad, justo hasta la frase el orden simbólico estructura la realidad. También aludía a la encantadora definición de la Filosofía que nos proporcionó Newton, acaso su máxima proeza intelectual y por lo que será recordado en el futuro, ya que, como todo el mundo sabe, los filósofos escriben textos cuya vigencia puede superar los dos mil años, cosa que no está al alcance de los científicos, porque los filósofos hacen bien las cosas, para que duren, que la filosofía es una dama impertinentemente litigiosa, dijo Newton. Es una dama, es impertinente, y es litigiosa. Genial, en mi opinión, y un gran halago. Deleuze dijo que la Filosofía sirve para entristecer. Lo que quería decir es que la Filosofía es una empresa radical de desmitificación. A Spinoza no le tembló el pulso al demostrar que la mayoría de las veces los hombres creían ser libres por ilusiones de la conciencia como las causas finales y la ignorancia de lo que les motiva a actuar, ni al demostrar que la idea de un Dios personal carece de sentido o que la naturaleza no tiene ningún fin.)

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La semioscuridad grisácea de la tarde envolvía la ciudad en un halo de irrealidad y hastío. Las calles dormitaban, respirando al denso son de un nubarrón oscuro e informe, que gravitaba por encima de las cabezas de los transeúntes como un inmenso párpado a punto de cerrarse. Los bares y las tiendas permanecían cerrados. Algunos chicos cruzaban la carretera desierta, en dirección al conservatorio de música, con grandes instrumentos a la espalda, y también algunas chicas. Cerca del conservatorio, al lado del edificio de Correos, vagabundos andrajosos reían con voces cazalleras, daban tragos a sus cartones de vino barato y orinaban contra los alargados cipreses del parque. La ciudad entera parecía un animal afiebrado, postrado, inane, expectante. Cuando no pasa nada, absolutamente nada, el deseo de que algo pase es como un chillido sordo y desesperado de angustia anegado en la garganta. Porque cuando no pasa nada, absolutamente nada, sucumbes al cortejo de las sombras y te transformas en un espectro, en un ser impalpable, en una ausencia errante. La nostalgia por la realidad te puede volver loco. Y una vez te has vuelto loco, lo más seguro es que te de por cometer locuras. No llovía, sin embargo. Soplaba el viento, muy frío. Caminaba con las manos en los bolsillos de la cazadora, en dirección a la biblioteca. Le pareció ver a Esther, pero no era ella. Se parecía, pero no era ella. Antes de entrar en la biblioteca, se sentó en las escaleras de la entrada, prendió un cigarro, protegiendo la llama del viento con la ayuda de su cazadora y fumó en silencio su cigarro, absorto en sus pensamientos vacíos, mirando sin ver, calles desiertas, punteadas por el ruido de algún coche solitario y el sonido de tacones que se alejaban rumbo a no importa dónde, interrumpiendo apenas el silencio. Le gustaba el sonido de los tacones de las mujeres, su cadencia triste y elegante, erótica y melancólica, un sonido que siempre se aleja dejando ecos trémulos en el aire, hasta que al fin se extinguía, como finalmente se extinguen todas las cosas. Tiró la colilla al suelo y la aplastó con el pie, concienzudamente, espachurrando el filtro amarillento y revelando su interior de tripas blancuzcas y sintéticas. Le pareció ver a Carolina, pero no era Carolina. Se palpó la herida del rostro con el dedo índice y entró en la biblioteca.

Rostros viejos, decrépitos, inclinados sobre los periódicos, pasan hojas susurrantes, carraspean, se suenan, cruzan la sala, renqueantes, con bastones, rostros con gruesas gafas, mirar inquisitivo, exploran la actualidad, se mojan los dedos con saliva, pasan páginas y páginas, lenta y aplicadamente. Otros duermen, o miran por la ventana, o pasean sin rumbo. Ceños fruncidos sobre noticias políticas, deportivas, sociales, económicas, sobre la parrilla de la televisión, diarios locales, nacionales, internacionales, caos de datos, de opiniones, de tinta fresca, caos de viejos carraspeantes y encorvados, inmóviles; ya solo los viejos leen los periódicos. Aquí, en esta ciudad, ya solo quedan viejos. Después nos tocará a nosotros, hacernos viejos y morirnos. Un viejo atraviesa la sala murmurando para sí frases ininteligibles. Todo el mundo le observa. El no observa a nadie.

En el espejo del baño, se mira la herida, que atraviesa su rostro oblicuamente, entre la nariz y el pómulo derecho. Esta es la sangre de mi cuerpo, sangre seca de la alianza nueva y fugaz, que no será derramada por nadie. Se lava las manos, se las seca restregándolas contra su pantalón vaquero y sale del baño, a la claridad artificial de la sala de préstamos. Pasea indolente mirando títulos y títulos y ordena algunos libros mal colocados. Va de la A a la Z y vuelve de la Z a la A. Miles de novelas, de nombres, de hombres medio locos, suicidas, depresivos. Aunque algunos tal vez fueron felices.

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Entrevistas breves con hombres más o menos reaccionarios

-Tal como yo lo veo, la contracultura, los antipoemas, las antinovelas, los asaltos a la cultura, etcétera, buscan romper con lo antiguo, con la tradición, ser lo otro de sí de la tradición, algo radical, una novedad tan radical... Pero, seamos serios, no es una expresión de libertad, de un artista se exige que produzca algo nuevo, igual que en el pasado se le exigía ser fiel a la tradición, y si innovaba, era por error, una consecuencia inintencional de sus acciones, hoy se le exige que produzca algo nuevo, sencillamente porque así son las reglas del juego económico en la modernidad, en la temprana y en la tardía, romper con lo antiguo no presupone la autonomía del artista, al contrario, está determinado a hacerlo, o a intentarlo, si quiere ser relevante. El juego es el juego.

-La ilusión consiste en entender lo nuevo como la revelación de una esencia extracultural oculta por la convenciones culturales. Pero lo nuevo solo adquiere el estatus de nuevo en relación con la tradición, cuando la tradición está archivada y libre de amenazas, bien conservada institucionalmente, es cuando se impone la exigencia de innovar. Si hay contracultura, es gracias a la conservación institucional de la cultura, gracias al archivo. Esa es la condición de posibilidad de la contracultura, no la libertad.

-Le voy a dar un ejemplo de organización al margen del Estado para que se haga una idea de cómo funcionaría el anarcocapitalismo: la mafia.

-Librarse de la Filosofía es un gesto filosófico, destruir la pintura, una innovación que pertenece a la historia de la pintura y que, pasado el tiempo, se archivará en la historia de la pintura, si ha sido suficientemente significativa la destrucción para figurar en ella y, desde luego, la muerte de la novela, un tema inagotable sobre el que escribir novelas.

-Comprender el sistema como un todo exigiría estar fuera del sistema. Una descripción completa del sistema es una ilusión. No se puede comprender la totalidad de un campo con la ayuda de uno de los conceptos que forman parte de ese campo. Es lógico. Sencillamente nadie puede comprender en su totalidad el sistema económico en el que estamos inmersos. Las propias descripciones del sistema son productos culturales que están insertos en la lógica económica que describen. Un producto cultural que arremete contra la cultura es parte de esa cultura contra la que arremete. No lo digo en plan moralista, lo digo en plan lógico.

-Dudo, de todas formas, que Marx se hiciera ilusiones al respecto. Sus libros, evidentemente, según su pensamiento, forman parte de la superestructura. Existe la posibilidad de influir en lo verdaderamente real, la infraestructura, desde la superestructura. De hecho, solo accedemos a la infraestructura desde la superestructura. El partido se juega en el espacio simbólico, por decirlo así. Lo simbólico es real, dado que tiene consecuencias. Es una virtualidad real.

-Digo que soy reaccionario porque no creo en el progreso. El progreso es la ilusión de la modernidad y presupone la esencia, el ser, la verdad, etcétera, como objeto inalcanzable al que continuamente nos aproximamos. En una especie de futuro ideal, lo alcanzaremos. Nosotros no, la humanidad, en su esplendorosa abstracción. Detesto la idea de utopía. En ese sentido el marxismo fue plenamente moderno, es decir, falso. Ya lo había advertido Spinoza, la teleología es mentira. No existen causas finales.

-La utopía no sirve para caminar. No sirve para nada. A los opresores no hay que oponerles bellas ideas falsas. Hay que organizarse y luchar. Hay que diseñar estrategias que realmente nos doten de la capacidad de pararles los pies. No precisamos ninguna idea moral de justicia, precisamos tener la potencia necesaria para que no nos opriman. Jamás va a existir una sociedad sin antagonismos, lo cual no quiere decir que no haya que luchar, que haya que resignarse. Cuando el sistema económico amenaza la supervivencia de un grupo, resistir y luchar no es un imperativo moral, es un imperativo vital. Hay que perseverar en el ser, eso no es una ley moral, es una ley ontológica. No hay opción.

-Usted se imagina que siempre se puede elegir entre la violencia y la paz. Es conmovedor, pero falso. La violencia sistémica ya está ahí. Ahora tiene una elección mucho más difícil, elegir entre tipos de violencia. La paz de la explotación es la guerra contra nosotros.

-No se asuste, hombre, no creo que la violencia vaya a solucionar nada, pero no por razones morales sino, digamos, técnicas. Imagine que yo formo un grupo revolucionario violento y tomo el poder y, claro, cuando estoy en el poder, no me queda más remedio, puesto que yo soy la verdad, que detener la historia y ser profundamente conservador y dictatorial. Fundaría un régimen horrible. La URSS es la mayor catástrofe del siglo XX, evidentemente. En ese sentido no soy reaccionario. Otra cosa es que decir que eso fue el comunismo me parezca absurdo; fue capitalismo de Estado. Hay que reiventar el comunismo.

-Ayn Rand es probablemente la filósofa más tonta de la historia.

-El anarcocapitalismo me produce náuseas.

-Prefiero tener dolor de estómago a tener que pensar en el anarcocapitalismo, porque si pienso en el anarcocapitalismo pienso que si tuviera un dolor de estómago mortal me moriría sin más, a no ser que tuviera dinero para ir al hospital.

-Los anarcocapitalistas son malos.

-El anarcocapitalismo es una modalidad del mal.

-Si me cruzo con un anarcocapitalista, cambio de acera.

-Respirar cerca de un anarcocapitalista me revuelve el estómago.

-Los anarquistas son peor que los curas, pero los anarcocapitalistas son peor que Satanás.

-¿No íbamos a habla de contracultura?

-Muchos imaginan la Academia, el Establishment, etcétera, como un fantasma autoritario, por el placer de atacarle. Por supuesto, esta imagen abstracta es estratégica. Del mismo modo que la posmodernidad imaginó la modernidad como algo unitario para poder atacarla mejor.

-La ofensiva neoliberal ha declarado la guerra a lo público. Estamos en guerra. Y tenemos todas las de perder.

-Supongo que en una comuna anarquista, cuando no haya Estado y alguien necesite ser operado de cáncer, habrá algún gurú loco capaz de adquirir conocimientos de medicina por ciencia infusa mientras baila un diabolo. O quizá la paz y la armonía y la comunión con la naturaleza hayan erradicado por arte de birlibirloque las molestias que ocasiona la realidad, y ya no existan las enfermedades. Quizá la salvación del mundo reside en el veganismo.

-Soy un ente de ficción, digo lo que quiero.

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Cuando aparece un genio, los necios se conjuran contra él, pero también produce una legión de jóvenes insomnes. Los necios se dedicarán a escribir insulsas sátiras en las que se trasluce el veneno del remordimiento, los jóvenes insomnes lo admirarán incondicionalmente. Mi profesor de Estética se extrañaba de que la legión de odiadores profesionales de Lynch fuera a ver sus películas, si de antemano ya sabían que no les iba a gustar. En realidad no es tan extraño, porque a los odiadores profesionales les encanta despotricar. Que si las películas de Lynch son fantasías esquizofrénicas para mentes obsesivas y perturbadas, que si no tienen ningún sentido, que si son una estafa, que si Lynch se ríe de nosotros, que si el rey está desnudo. A un necio se le descubre enseguida por esa pasión incontenible con que se refiere al cuento de Andersen como prueba de su infinito ingenio y como argumento de autoridad supremo. No se refieren, sin embargo, a la fábula de la zorra y las uvas, que explica perfectamente su comportamiento.

Desde luego, hay múltiples lecturas e interpretaciones de las películas de Lynch. Para mí, por ejemplo, está clarísimo que Carretera perdida no es, en su totalidad, un delirio, una fantasía o un sueño. La primera parte es  realidad, la segunda es la elaboración de la fantasía de Fred, hasta que la fantasía se vuelve insoportable y Fred tiene que huir de vuelta a la realidad. El Hombres Misterioso es un fantasma de Fred. Se conocieron en la casa de Fred, y el Hombre Misterioso no tiene por costumbre ir donde no se le invita. Pero, como casi siempre sucede con Lynch, entre el plano de la realidad y el plano de la fantasía hay una especie de pasadizos ontológicos que interconectan transversalmente ambos planos. En Inland Empire la habitación de los conejos viene a ser, creo yo, la otra escena, en sentido freudiano, una suerte de inconsciente donde la lógica de la causalidad ha sido abortada y hay risas enlatadas que suenan de manera totalmente ridícula e incongruente respecto de los diálogos y donde alguien tiene un secreto que no puede revelarse.

Supongo que suena muy pedante, pero creo que la mejor forma de ver la estructura de Carretera perdida es concebir el plano de la realidad y el plano de la fantasía como una cinta de Moebius, es decir, que una vez recorridos te das cuenta de que pasa de un plano a otro sin darte cuenta porque todo este tiempo ha habido un solo plano. Fred acaba la película en el mismo punto en que empezó, pero del otro lado. En el mismo punto en el que recibió la noticia de Dick Laurent está muerto, pero ahora es él el que da la noticia. Está en el mismo punto, después de haber recorrido la cinta de Moebius. Si recorres con el dedo o con un bolígrafo la cinta de Moebius llegas al aparente otro lado sin haber cambiado de lado. Quizá no me estoy explicando bien, lo mejor será que construyáis una cinta de Moebius con un folio. Yo tengo una. Bien, con vuestras cintas de Moebius en la mano... No, no hace falta que construyáis una.

Fred está traumatizado por haber hecho lo que ha hecho (no digo qué ha hecho, por si alguien no ha visto la película), aunque no lo recuerda. Le gusta recordar las cosas a su manera, no necesariamente como han pasado. Lo que ha hecho lo ha hecho movido por los celos. En su fantasía, todo está invertido, como en Alicia a través del espejo. Bueno, todo no. Sigue teniendo un oído excelente, por ejemplo, y el Hombre Misterioso reaparece, porque puede estar en dos sitios a la vez, como queda claro en su primera aparición.

El Hombre Misterioso es una especie de mediador evanescente entre ambos mundos. Una incógnita.

El cine de Lynch, en general, no puede ser comprendido en su totalidad, por la misma razón que no comprendemos la realidad en su totalidad. La realidad no mediada simbólicamente es una x siniestra, irrepresentable, la noche del mundo. Lynch no para de sugerir esta dimensión siniestra en sus películas, especialmente en Cabeza borradora, con todos esos sonidos industriales que acompañan al protagonista, las imágenes abyectas y repugnantes y, claro, la cabeza desmembrada del protagonista, órgano sin cuerpo, la imagen misma de lo siniestro. La realidad preontológica, previa a su organización simbólica, está descompuesta, como en los fragmentos (nótese el doble sentido) que han llegado hasta nosotros de Empédocles, en los que habla de una época anterior en la que aún no se había formado el mundo y en la tierra brotaron muchas cabezas sin cuellos, erraban brazos desprovistos de hombros. Miembros suelos... erraban. O, como diría Hegel, aquí una cabeza ensangrentada, allí una horrible aparición blanca. Esta noche del mundo es previa a la formación del sujeto, previa a la constitución del logos. El sujeto se forma accediendo al universo simbólico. También sugiere esta dimensión al comienzo de Terciopelo azul, cuando la cámara se sumerge en la hierba y muestra primerísimos planos de insectos.

Otro aspecto importante del cine de Lynch es su particular uso de la ironía, donde lo macabro y lo más mundano se combinan de tal manera que se revela que lo macabro está contenido siempre en lo más mundano. Como dice David Foster Wallace, algo típicamente lyncheano es una expresión facial grotesca que se mantiene varios minutos más de lo que las circunstancias justifican, hasta que comienza a significar diecisiete cosas diferentes a la vez. El propio DFW, en La filosofía y el espejo de la naturaleza, lleva esta ironía hasta un punto extremo. La madre del protagonista es operada por un cirujano que la cagó y su madre se queda con aspecto de estar desquiciadamente asustada todo el tiempo. El título del relato es idéntico al de un libro de filosofía de Rorty y es, desde luego, irónico.

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-En aquella época yo estaba narcisísticamente obsesionado con la imagen que proyectaba de mí mismo en los demás, aunque no quería proyectar ninguna imagen específica y hubiera preferido, directamente, no proyectar ninguna imagen, pero hacer esto no es posible, hagas lo que hagas, proyectarás una imagen y esa imagen servirá como base de lo que los demás pensarán de ti, porque las apariencias son cruciales, son lo que verdaderamente importa, digan lo que digan, nadie está escindido entre lo que parece y lo que es, la apariencia forma parte del ser, el ser, lo que eres, es la unidad de la apariencia y el ser, por decirlo así, de modo que salvar las apariencias no es una actitud superficial, o mejor dicho, lo es, solo que lo superficial es también crucial y lo más crucial, porque las profundidades ignotas de la psique que no se revelan sencillamente permanecen incognoscibles, así que lo más profundo es la piel, lo que aparece, las apariencias, los fenómenos y no los noúmenos. Trataba de ocultar mi rostro con el pelo, que lo llevaba muy largo, aunque no lo hacía conscientemente, lo de ocultar el rostro, quiero decir. Así que supongo que mi imagen estaba asociada involuntariamente con todo tipo de connotaciones relacionadas con el engreimiento y la soberbia y el mutismo altanero y esnob del típico raro medio autista que se cree un artista y secretamente se siente orgulloso de sus nulas habilidades sociales y se entrega a la compleja elaboración introspectiva de pensamientos inútiles, pero la verdad es que esa no era, de ningún modo, la imagen que yo quería proyectar de mí mismo ni era lo que quería que los demás pensaran de mí y, de hecho, no quería que los demás pensaran nada de mí y mucho menos que me dijeran lo que pensaban de mí.

-Este miedo al potencial destructivo del prójimo era un ingrediente fundamental de la imagen que los demás veían de mí, claro. Nunca entendí bien las conversaciones de mis compañeros de instituto. Mis reacciones y mis respuestas solían provocar una hilaridad que estaba muy lejos de mis intenciones. Eran consecuencias inintencionales, por decirlo así, de mis actos de habla. Estoy pensando algún ejemplo, para que pueda hacerse una idea. Una noche, en un bar, todos mis amigos estaban jugando a uno de esos juegos odiosos en los que hay que hacer confesiones y beber si los demás también han hecho algo que tú has hecho, o algo así. No entendí el juego. Literalmente. Creo que invertí por completo el sentido del juego. Es decir, yo estaba jugando al revés, o algo así. Me di cuenta después. Así que ahí estaba yo, completamente borracho, diciendo sandeces hilarantes sin querer, y todo el mundo se estaba riendo y algunos decían que estaba como una puta cabra y había una chica que coreaba mi nombre y que luego me invitaba a cerveza y que luego brindó conmigo con tanto entusiasmo que me rompió la botella de cerveza y me hizo un corte en el pulgar de mi mano derecha y luego me llevó al baño a limpiarme la herida y lo que quiero decir es que en todo momento yo estuve muy confuso porque aquello era una situación caótica o una situación regida por normas que se escapaban a mi comprensión y a mi control y que cuando aquella chica me estaba diciendo que no me podía ir a casa porque si me iba se acababa la fiesta yo no podía estar seguro de si se estaba riendo de mí o estaba siendo simpática de un modo sincero y cuando, en algún momento de la noche, ella me preguntó por Kafka, porque por alguna razón había sacado a colación el tema de qué libros me gustaban, me hubiera gustado decir que estaba inmerso en una situación kafkiana, aunque odio el abuso del adjetivo kafkiano, así que no dije eso, no recuerdo qué dije, y entonces tuvo lugar la típica escena de bailar mal deliberadamente y dar vueltas a la chica, teatralmente, y a la inversa, deconstruyendo roles de género, con todos los grados de conciencia e ironía que implica la escena y el subtexto ambiguo que contiene en forma de señales equívocas de significado ambivalente.

-Esto no es del todo cierto, estoy hablando como si estuviera en un relato de DFW. Toda mi vida he sido un fraude.

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-Por ejemplo, la expresión darle a la tecla. Es horrible, una atrocidad, un crimen; solo pensar en ella hace que  mi frente se empape de sudor frío y mi estómago se revuelva. Imagine un diálogo entre un escritor que usa esta expresión y un amigo que le llama por teléfono para preguntarle qué tal le va. Qué andas haciendo, diría el amigo. Dándole a la tecla, respondería el escritor. Si yo fuera el amigo del escritor, dejaría de hablarle. En serio, no le hablaría nunca más. Y si un hijo mío usara esa expresión, no podría quererle. También odio, lógicamente, expresiones concomitantes, tipo dominar la tecla. Por no hablar de trajinar con la tecla. También odio a la gente que escribe yo creo, que. ¿A cuento de qué viene esa coma? Insoportable. También a la gente que escribe ojalá, todos escribieran, aunque fuera un poco. De nuevo no sé a cuento de qué viene esa coma. Me refiero a la primera. Ojalá todos escribieran, aunque. ¿Ves? Así sí. Yo, además, no solo no deseo que todo el mundo escriba, sino que deseo que lo haga muy poca gente. Hay demasiada gente que escribe. La inmensa mayoría lo hace mal. Me incluyo, por supuesto. Creo que todos deberíamos escribir menos y leer más. Lo creo sinceramente. Odio a la gente que dice sobre gustos no hay nada escrito. No entiendo por qué dicen algo que es, evidentemente, falso. Sobre gustos hay miles de libros escritos. Casi no se escribe sobre otra cosa, de hecho. El adagio latino es de gustibus non est disputandum. Sobre gustos no se disputa, de acuerdo. Quizá en la expresión no hay nada escrito, escrito signifique no literalmente, sino lo escrito entendido como forma de autoridad última. Aún así, me disgusta la expresión. Creo que ya le he comentado en alguna ocasión que hay gente que dice cosas como las faltas de ortografía son imperdonables, hasta el punto que ni siquiera, etcétera. Irónico. El severo profesor queísta, podríamos llamarle. También hay gente que escribe me parece aberrante que alguien no sea capaz de escribir a la primera sin faltas de ortografía. Esto lo escribe alguien que en un comentario anterior había escrito tambien, así, sin tilde. A mí no me parece aberrante. Quizá le suene extraño, porque no hago más que quejarme y odiar, pero odio aún más a los que odian a alguien por cometer faltas de ortografía, o les parece aberrante.

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Era el tipo más loco que haya conocido nunca, un tipo que escribía relatos extrañísimos en los que mezclaba su obsesión con la lógica y ciertos aspectos de de la filosofía idealista y los escribía con un tono ácido y descreído que rozaba lo macabro y un humor que usaba como coraza protectora y nadie los leía excepto dos o tres compañeros de clase, entre los que estaba yo. Recuerdo un relato en el que hablaba de la soledad abstracta de los conjuntos vacíos y de cómo estos cobraban conciencia de su soledad y sufrían por ello y echaban de menos ser habitados por elementos, aunque fuera por un solo elemento, y se referían a su deseo de abandonar su estado de vacío como una imposibilidad lógica y un anhelo carente de esperanza y sin embargo ineluctable y la conciencia de los conjuntos vacíos era un trasunto de la conciencia del hombre en su simplicidad capaz de contenerlo todo sin ser ella propiamente nada y de la angustia como la única emoción verdaderamente humana. El conjunto vacío bromeaba sobre lo difícil que le resultaría aniquilarse, pero nadie le escuchaba. Aquellos relatos infringían todas las normas de los manuales acerca de cómo se debe escribir un relato, porque Arturo no concretaba nada y todo era desesperadamente abstracto y hermético y muchas veces un puro sinsentido, como el relato de la línea que se levanta convertida en un círculo y da vueltas en la cama sin poder salir ni ver la luz del día y que para Arturo era una fábula geométrico-existencial y sociopolítica sobre el colapso de la modernidad. Recuerdo su obsesión con la película Carretera perdida y sus teorías descabelladas sobre el cine de David Lynch y recuerdo que algunos días, en medio de clase, me susurraba al oído Dick Laurent está muerto, o el Hombre Misterioso está ahora en clase y también está en nuestra casa, grabando el salón, o nunca te fíes de una mujer teñida de rubio, mejor aún, nunca te fíes de una mujer, y al acabar la clase decía que la estructura de la película era sin duda una cinta de Moebius en la que se revelaba que el plano de la realidad y el plano de la fantasía eran el mismo plano. Él estaba permanentemente inquieto y excitado por todo tipo de ideas extravagantes que le acosaban las largas noches de insomnio, que en gran parte eran culpa del exceso de cafeína, y siempre daba la sensación de estar inmerso en algún tipo de complejo combate introspectivo contra sus propios demonios y las desmesuradas cantidades de café iban acompañadas de cigarros que fumaban compulsivamente y parecía tener un miedo atroz a que algo se le estuviera escapando, a que algo, no se sabía bien qué, se le estuviera pasando por alto. Un día me dijo algo sobre analizar la realidad hasta el punto de la locura. Otro día dijo algo sobre que para realizar algo verdaderamente grande había que afrontar el peligro y bordear la locura. Era uno de esos tipos que sabes que no pueden acabar bien, desde el principio hay un brillo en su mirada de tristeza o de ansiedad, o un anhelo desmesurado y vago que se trasluce en sus ojos. Un brillo de cristales fragmentados o estrellas tristes. Realmente estaba obsesionado con los círculos y las líneas y con su identidad, desde que leyó un libro de Nicolás de Cusa, y con la cinta de Moebius, que había construido con un folio. A veces se ponía muy pesado y solo hablaba de cosas que le interesaban a él, y ni siquiera prestaba atención a si les estabas escuchando o a si te estaba aburriendo hasta  el llanto y parecía dar por hecho que tú habías asistido al curso de sus pensamientos porque se ponía a hablar como si estuviera en medio de una conversación cuya primera parte, en realidad, solo había tenido lugar dentro de su cabeza. Eso lo hacía mucho, casi siempre sin darse cuenta. No creo que asumiera nunca que los otros no tenían acceso a sus estados mentales y daba por supuesto que los demás deberían ser conscientes de sus estados de ánimo aunque no los manifestara. Claro que sabía que esto era imposible. Lo sabía, decía, pero no lo sentía.

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-Yo diría que fue un día de abril, hace ya unos veinte años, no sé exactamente qué día fue, pero sí que sufrió lo que él describió, con su exagerado gusto por las exageraciones, como una epifanía demoledora que produjo un cambio sustancial en todas sus conexiones sinápticas y alteró su estructura cerebral de modo que su anterior identidad quedó superada por completo. También, en otras ocasiones, describió aquel suceso como un acontecimiento de conversión radical que rediseñó su psique y todo su ser de modo que proyectó su vida hacia la consecución de un único objetivo y que a partir de se momento todas sus energía y toda su atención estaban concentradas o focalizadas en un único punto y que así era como había conseguido mantener un grado máximo de eficiencia en todos y cada uno de sus pensamientos. Tal vez se volvió loco, pero déjeme decirle una cosa, se le veía feliz, por primera vez en su vida era feliz, creo yo, y no estaba dispuesto a cambiar su felicidad por nada, y si le mirabas a los ojos podías ver un brillo en ellos que nunca había tenido anteriormente y comprendías que iba a afrontar todos los riesgos que se encontrara en su camino con una determinación suicida. Lo que le sucedió no está claro, sin embargo. Estaba obsesionado con la idea de que su cerebro tenía un déficit de serotonina y con la idea de que era capaz de subsanar este déficit por medio de una atención despiadadamente intensa a todo lo que ocurría a su alrededor. No era fácil comunicarse con él. Tenía periodos de mutismo introspectivo infranqueable y periodos logorreicos en los que hablaba sin cesar y sin preocuparse mucho de que los demás siguieran el hilo de su discurso. Estructuralmente estoy compuesto de tal forma que las digresiones y divagaciones son inherentes a mi naturaleza y son un rasgo que pienso llevar hasta el extremo. Eso lo dijo el días antes de desaparecer. Deseaba tener todos los datos en su cerebro de forma simultánea y organizada de tal modo que pudiera acceder a ellos siempre que lo necesitara, sin gastar energía, sin tener que esforzarse. No sé muy bien con qué propósito. Hablaba del Bibliotecario Supremo y decía que el mapa de su cerebro era como una red de metadatos y referencias cruzadas capaz de recuperar toda la información relevante en cualquier momento. Soñaba con un orden perfecto. Todo el ruido tóxico de lo inesencial será abolido y en su lugar se instaurará una armonía perfecta. Algo así decía. La música más maravillosa y lógica jamás escuchada por el hombre. Estaba convencido de que las matemáticas eran un lenguaje esencial, pero que aún más esencial era el hermoso y frío mundo de la lógica, un prodigio de abstracción y seguridad. Las relaciones son lo primero, la materia secundaria. Antes de largarse, sostenía una peculiar versión de platonismo en la que lo fundamental eran las relaciones eternas y exteriores a los términos que las efectúan. Estaba completamente obsesionado con esa idea. Los cuerpos mueren, las relaciones no. Era algo hermoso, según él.

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Me daba mucha pena pensar en la soledad abstracta de los conjuntos vacíos y me los imaginaba como gigantescos círculos flotando eternamente en el espacio oscuro y gélido, círculos gigantescos e inmóviles sin nadie que los habitara, me imagina que, de algún modo, los conjuntos vacíos cobraban conciencia de sí mismos y eso les deprimía porque, al fin y al cabo, no eran nada, solo la conciencia de esa nada, y también me imaginaba que sospechaban que existían otros conjuntos poblados de elementos, incluso de infinitos elementos, mientras que ellos, por ninguna voluntad divina, solo por azar, tenían que sobrellevar una existencia vacía, para siempre, y que soñaban con la posibilidad de que algún día, algún elemento, les habitara y les aliviara y dotara a sus vidas de significado.

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Dice la inefable Lourdes que la derecha son los nuevos rojos. O algo así de estúpido. No voy a decir nada, porque mi odio visceral hacia Russian Red me nubla el cerebro y el juicio. De todas formas, que conste que yo odiaba a Russian Red antes de que declarase ser de derechas y que cuando vi que los de Rockdelux incluían una insulsa y cursi canción suya (como todas; creo que ya estoy diciendo algo, cosa que dije no iba a hacer) en un recopilatorio, procedí a proferir alaridos salvajes hacia el cielo con los brazos extendidos en actitud suplicante y después, de rodillas, pregunté al Dios de los indies por qué nos había abandonado y permitía a aquella pija que maullaba atrozmente aparecer en Rockdelux. ¿Por qué, Señor? ¿Acaso hemos estado adorando becerros de oro por ahí? ¿Qué grave pecado hemos cometido?

Y entonces los cielos se abrieron y el dedo ardiente de dios grabó en piedra con fulgente caligrafía que no adorásemos falsos ídolos y dijo que aquello había sido una prueba para seleccionar a los verdaderos creyentes y que algunos pecadores habían sucumbido a los encantos demasiado obvios y prefabricados de una cantante efectista de nulo valor artístico que pone ojitos y se viste bien y nada más y que se avergonzaba de esos pecadores y que ya no eran hijos suyos. ¿Irán al infierno los oyentes de Russian Red?, pregunté. Sí, respondió Dios, con la atronadora voz de la justicia. ¿Se salvarán los oyentes de Nacho Vegas? Sí, volvió a afirmar Dios.

jueves, 22 de marzo de 2012

Tim Burton Returns

En 1995 vi Pesadilla antes de navidad, lo cual, lógicamente, me convirtió en un fan de Tim Burton total y absoluto. Hace mucho tiempo, escribí un texto sobre Tim Burton, para la revista del Instituto, porque alguien me lo pidió, creo. Como todo fan es, en el fondo, un poco idiota, y se siente traucionado a la mínima, después de ver su versión de Alicia casi salgo de casa con un rifle a buscarle para decirle qué engendro apestoso había perpetrado y qué blasfemia imperdonable había cometido contra el buen nombre de Lewis Carroll. Pero ahora parece que Tim, el verdadero Tim, vuelve, con Frankenweenie y Dark Shadows.

Mi texto:

Todo comenzó en Burbank, lugar que sus padres consideraban el paraíso y que para Tim Burton era un lugar maravilloso desde un punto de vista infernal... Cuando uno es chico, piensa que todo es extraño. Y, a su vez, piensa que todo es extraño porque es chico. Pero un día uno descubre que ya es un hombre y que todo es extraño. Fue un pésimo estudiante, igual que muchos otros genios, como Kubrick o Tarantino. En esa época fundó el club del cementerio, solía ir solo al cine, nadie le comprendía, filmó una película con muñecos a la que llamó La isla del doctor Agor, con claras influencias de El gabinete del doctor Caligari, película fundamental para el universo Burton. Otras influencias de Burton son todas aquellas películas de terror que producía la Hammer, en las que la sangre era de un rojo brillante, muy intenso, irreal. 
La estética expresionista, la obsesión por los acabados perfectos, las perspectivas y espacios geometrizados diagonal y contradiagonalmente, el manejo perfecto de las luces y las sombras, del claroscuro, de la combinación entre lo poético y lo sombrío, entre el lirismo y el gusto por lo raro (Eduardo Manostijeras, Pesadilla antes de Navidad) y la imaginación, la inmensa imaginación, hacen de Tim Burton el niño, ya no tan niño, prodigio de la dirección en Hollywood, aunque éste muerda ferozmente la mano que le da de comer y se burle sin concesiones de su maquinaria y de todo, en realidad (Mars Attack, crítica brutal a todo el sistema americano y a la película Independence Day, éxito hollywoodiense donde los haya). Tim es, sin duda, el gran genio del cine fantástico, el único capaz de crear esa atmósfera de irrealidad que envuelve todas sus películas (sobre todo a Sleepy Hollow), creando una sensación extraña, confusa, rara y bella, de pura ficción: un disparate barroco de fantasía e imaginación, un mundo paralelo e intangible, construido sobre los cimientos d la imaginería burtoniana. Porque Tim Burton es un artista loco que hace cine, para beneficio de los espectadores. 
Autor independiente, personalísimo, su cine está filmado en descarada primera persona del singular, ajeno a las leyes del espacio y el tiempo, ajeno a las modas, hoy luce casi como uno de sus monstruos, con su caótica melena, con su cara de enfermo mental y su vestimenta negra. Tim Burton llegó de alguna galaxia remota, por la noche, y aún regresa de vez en cuando, junto a su genial músico, Danny Elfman, y nos traen sus visiones fantasmagóricas y su alucinante música gótica. Creador absoluto, oscuro e inquietante, nocturno y sombrío, freaky, artista maldito, incomprendido, inteligente e irónico, con un humor negrísimo, cuando menos singular (Bitelchús). Gran narrador de cuentos de hadas macabros, con cierto encanto amargo y poético. Y es que nadie ha sabido captar como él la rara belleza de los monstruos, en sus escenarios barrocos e irreales, envueltos en una niebla espesa, enfocados diagonalmente, tristes por su destino de monstruos, tristes porque no pueden alegrar a los niños en Navidad, aunque hayan secuestrado a Santa Claus, ya que su corte de seres de la noche asusta a los niños. Jack Skellington debe resignarse a su destino de monstruo. Este personaje surgió de la febril imaginación de Tim ya en su adolescencia. 
Artistas incomprendidos, su ídolo Vincent Price, el peinado, Winona Ryder, la música de Elfman, los seres que habitan la noche, el mito de Frankestein, Edgar Allan Poe, la inclinación a los temas macabros por el puro deleite de lo macabro, la Navidad, calabazas y espantapájaros terroríficos, Johnny Deep, su actor fetiche y álter ego en la pantalla, cementerios, oscuridad, leyendas, Ed Wood, películas de serie B, la constante revisitación del monstruo, el cuento de hadas en su forma favorita: la bella y la bestia, la amargura y la sensibilidad con las que castiga gozosamente al espectador son las claves del director más diferente y atrevido y genial de, cuanto menos, la última década. 
Hay una teoría que sugiere que Tim Burton es, sencillamente, Dios. Me explico: en Tim Burton habitan tres personas; esto es: por un lado tendríamos las superproducciones de encargo (Batman, Batman vuelve y El planeta de los simios). Por otro, sus obras maestras, sus proyectos personales (Eduardo Manostijeras, Pesadilla antes de Navidad, Ed Wood, Sleepy Holow y sus cortos Vincent y Frankeweenie). Y por último, sus alocadas y extrañas comedias (La gran aventura de Pee-Wees, Bitelchús y Mars Attack). En fin, el extraño mundo de Tim Burton, sus febriles cuentos de hadas y de pesadillas, de bellas y monstruos, de Navidades y marcianos, de chicos que quieren ser Vicent Price o que resucitan a su perro, de fantasmas incapaces de echar de casa a sus nuevos inquilinos, de un Batman siniestro y psicópata, enamorado de la perversa Catwoman.
Sergio García, 2001 
Bueno, un poco repetitivo y exagerado.

sábado, 17 de marzo de 2012

Sobre rostros y fantasmas

Miro un rostro pálido y casi cadavérico que me mira, reflejado en el espejo, pero no fantasmal, porque es, sin duda, palpable. Pómulos demasiado pronunciados, por un exceso crónico de delgadez. Un rasguño que parece el rastro oblicuo de una lágrima roja y afilada atraviesa el rostro. Una purpúrea cicatriz, ojeras también purpúreas, labios agrietados. Ese podría ser yo, pienso. También: a ese rostro debería darle un poco más el sol, ese tipo debería engordar, dormir más y dejar de golpearse contra las ramas de los árboles nocturnos. No hay mejor forma de darse cuenta de que las cosas están ahí que golpearse contra ellas, eso es cierto. Se trata de una prueba irrefutable de que no eres un fantasma. El rostro de las fotografías viejas sí que es un fantasma, pienso, porque no le afecta el tiempo. Fantasma por ausencia, pues. El espectro de ti mismo.

miércoles, 8 de febrero de 2012

Demasiado pop

He escuchado demasiado pop melancólico y ahora estoy feliz y triste a la vez, echo de menos a mujeres que nunca han existido, me entran ganas de aprender a tocar la guitarra, y de aprender inglés, fumo con la mirada perdida en el espacio vacío del cielo y toso de forma melódica, me río de todo y lloro por nada, creo que llueve y hace sol a la vez, la palabra azul significa también tristeza, imagino carreteras muy largas que atraviesan desiertos, habitaciones de hotel mugrientas en las que me emborracho con desconocidos, noches estrelladas y frías, la belleza feroz de la autodestrucción, pero también jardines soleados y entusiasmos matinales inmotivados, una rara esperanza alada entrelazada con lodo, me siento etéreo y atado a una roca, como si girara sin parar, orbitando alrededor de un centro ausente, y escucho palabras como quien oye llover, palabras que no entiendo y golpean rítmicamente los tejados, me entran muchas ganas de hacer algo, pero no sé qué, y sigo escuchando la voz susurrante de Elliott Smith como si hablase de un secreto tan secreto que no sabemos qué es, Between the bars se acaba siempre demasiado pronto, antes de que sea posible desvelarlo, y pongo la canción una y otra vez, hasta la saciedad, intentando ser la canción, tratando de vivir en ella, bebiendo y mirando las estrellas, ajeno a la presión de los días, en una noche sin fin, porque sí, creo que he escuchado demasiado pop melancólico y ahora hay una voluptuosidad trémula en la que se entrelazan alegría y desesperación, una melodía frágil que se desliza por la superficie de las cosas buscando lo que no vamos a encontrar por estar oculto a plena luz, me imagino deambulando por ciudades en las que nunca he estado, ciudades sórdidas y hermosas a la vez, en las que hace mucho frío y hay mucha gente y no es fácil encontrar a alguien, echo de menos lo que podría haber sido y ya no seré, la gran nada se extiende, pero da igual porque están las canciones como corazas protegiéndome, transmutando la tristeza en una alegría que se desborda.

sábado, 4 de febrero de 2012

Extrañamiento de sí

Resulta extraño ver fotografías tuyas de cuando tenías cuatro o cinco años. Haces un esfuerzo mental y dices ese era yo, así era, pero no recuerdas bien ser ese yo que te mira desde el pasado remoto del álbum de fotos. Tu yo pasado mirando a tu yo actual, tu yo actual mirando a tu yo pasado. Extrañándose el uno del otro.

martes, 31 de enero de 2012

Recuerdo

(De este texto también me quiero librar... Podría borrarlos, pero, en fin, yo creo que un blog puede funcionar como un espacio donde publicar cualquier cosa, ejercicios de estilo, estupideces, lo que sea, lo que constituye, a la vez, la gloria y la miseria del formato de los blogs)

Recuerdo muy bien mi primer año de instituto. Era un estudiante pésimo. Suspendí todas las asignaturas, excepto gimnasia, y básicamente me interesaba el fútbol y nada más. Luego, misteriosamente, dejó de interesarme el fútbol y luego, misteriosamente también, ha vuelto a interesarme el fútbol otra vez, aunque no de esa forma obsesiva y absorbente en que me interesaba cuando todavía iba al colegio y aún durante mi primer año de instituto. Recuerdo muy bien el día en que iba a hacer las pruebas para jugar en la selección de León y, por culpa de una nevada, el autobús llegó tan tarde que, cuando por fin llegamos a hacer las pruebas, las pruebas se habían acabado. Eso ocurrió el último año de colegio. Recuerdo coleccionar cromos de fútbol y recuerdo pasar tardes enteras jugando a fútbol y recuerdo una jugada maravillosa de Redondo, el jugador del Madrid, y recuerdo que la jugada de Redondo me pareció sublime y la cumbre de la elegancia futbolística y recuerdo ver muchos partidos del Madrid esperando que Redondo marcase un gol, pero Redondo no marcaba casi nunca porque, al fin y al cabo, no era un delantero, y recuerdo que mi padre siempre me decía que no pasaba nada porque Redondo no marcase goles, que no era su función, a pesar de lo cual yo siempre deseaba que Redondo marcase goles. Recuerdo ver partidos de fútbol con mi primo, que muchas veces lloraba y se cabreaba y daba patadas a lo que tuviera cerca y recuerdo que mi tío le reñía por dar patadas y cabrearse y llorar. Recuerdo que empecé a jugar en un equipo con siete años. Recuerdo que un año, durante algún tiempo, estuve jugando a la vez en un equipo de fútbol sala y en otro de fútbol, aunque luego me di cuenta de que no se podía jugar en dos equipos a la vez, pero no recuerdo qué año fue exactamente. Con once, con doce, quizá con trece años. Finalmente, ese año jugué a fútbol sala. Recuerdo llegar muy cansado a casa después de entrenar y que me gustaba llegar a casa muy cansado después de entrenar, ducharme y cenar. Me sabía un montón de alineaciones y nombres de árbitros. Compraba la guía Marca. Un amigo mío y yo éramos, probablemente, las dos personas que más sabían de fútbol de todo el colegio. Recuerdo que cuando era el cumpleaños de algún jugador de nuestro equipo, siempre había pasteles. Cuando había llovido y el campo estaba embarrado, nos tirábamos al barro a ver quién resbalaba más. El barro estaba frío y luego la ropa te pesaba y el barro se endurecía y era muy molesto. Recuerdo pasar muchísimo frío antes de empezar a jugar, cuando nos estábamos cambiando, porque en los vestuarios siempre hacía frío, más frío incluso que fuera, y que después de los partidos siempre nos invitaban a tomar un mosto, en algún bar, y siempre había mucha gente y los camareros siempre nos felicitaban si habíamos ganado o bromeaban si habíamos perdido. Recuerdo un partido en que marqué cuatro goles en la primera parte y el árbitro me dijo que no marcase más porque se iba a quedar sin espacio en su libreta para apuntarlos y que ese día fui muy feliz, porque no había nada en el mundo, entonces, que me hiciese tan feliz como marcar goles. Recuerdo que Raúl debutó en el Madrid con Valdano de entrenador, y que siempre comíamos pipas cuando íbamos a ver un partido a algún bar, y que siempre ganábamos cuando en el colegio jugábamos contra el curso superior al nuestro, y que siempre, una vez al año, jugábamos ese partido, que se había convertido en una tradición. Recuerdo que a veces el profesor de gimnasia iba a vernos jugar y que una vez me dijo que no chupara tanto porque los demás también jugaban y que me lo dijo después de que yo hubiese marcado un gol, pero lo dijo en tono de broma y yo me encogí de hombros y me reí. Recuerdo que una vez jugamos un partido amistoso contra un equipo de chicas y nadie habló de fútbol después del partido, no se pronunció ni una sola palabra relacionada remotamente con el fútbol. Cuando, de forma repentina y misteriosa, dejó de interesarme el fútbol y dejé de jugar a fútbol y de estar absorbido y totalmente obsesionado con el fútbol, en el instituto, por alguna razón si cabe más misteriosa aún, alguien, no recuerdo quién, me dijo no sé qué sobre una revista de literatura y que si quería participar, y yo respondí que bueno, pensando que participar significaba escribir algo para la revista, pero participar implicaba reunirse en la cafetería para hablar sobre la revista y, ya puestos, sobre literatura, y recuerdo que había una especie de jefecillo de todo aquello que me pareció un sabihondo relamido y presuntuoso al que, más que la literatura, le gustaba que le gustase la literatura, y que yo me aburrí mortalmente en la primera reunión, a la que de hecho no quise ir desde un principio, y que básicamente no tenía nada que decir porque no sabía de qué hablaba aquella gente y, además, de haberlo sabido, probablemente no me hubiese interesado, aunque juro por dios que no me enteraba de nada, y que al no enterarme de nada me empezaba a angustiar y lo único en que pensaba era en salir de allí, en huir de aquella gente que hablaba y hablaba sin parar, aturdiéndome y obligándome a opinar sobre temas y temas, aquella gente sentía una auténtica y misteriosa pasión por opinar acerca de todo. Por ejemplo, había una chica a la que le sorprendía muchísimo que hubiese leído a Proust, y me preguntaba mi opinión sobre Proust, y mi única opinión sobre Proust era que había que leer a Proust, pero a ella eso no le valía, había que opinar sobre Proust, cosa al parecer más importante que leer a Proust. En fin, un disparate. Así que me entraban ganas de decir que bueno, sí, Proust estaba bien, pero que si habían visto jugar a Redondo, que la jugada de Redondo me había despertado más emociones estéticas que toda aquella palabrería vacua y atosigante y, en mi opinión, si es que querían saber realmente mi opinión, totalmente estéril, no como la maravillosa jugada de Redondo, que finalmente acabó en gol, tras un regate de tacón por la banda y un pase desde la línea de fondo, un gol hermosísimo, un gran poema. Por supuesto, no dije nada, esperé pacientemente a que todo aquel grupúsculo de intelectuales terminasen de decir sus tonterías y me fui a mi casa y no volví a reunirme más. No sé qué pasó con la revista, si es que pasó algo. Recuerdo una chica de mi clase con la que sí me gustaba hablar de literatura, porque, en primer lugar, nunca me forzaba a opinar cuando yo no tenía ninguna opinión, de hecho no me forzaba a hablar, que es algo que odio y, en segundo lugar, escuchaba mis opiniones delirantes, porque a veces sí que tenía opiniones y solían ser bastante delirantes. Recuerdo que en una excursión nos emborrachamos muchísimo, una de aquellas borracheras que solo se cogen cuando uno tiene dieciséis años y piensa que el hombre es un dios cuando sueña y un mendigo cuando reflexiona, y lo piensa en serio y de manera más o menos inconsciente. Yo era, como digo, un estudiante pésimo, pero finalmente conseguí recuperar casi todas las asignaturas y pasar de curso. Lengua no la aprobé. De hecho, creo que sigo siendo incapaz de hacer un análisis sintáctico. Por lo que a mí respecta, la sintaxis tiene más que ver con la música y con bailar al son de esa música que con descuartizar cadáveres. La mejor nota que saqué en el instituto fue en Ética. Un diez. También saqué un diez en matemáticas, en el último año de instituto, cuando cursaba el nocturno, después de haber repetido por segunda vez segundo de  bachillerato, pero ese diez fue un espejismo, porque en selectividad saqué un cero y medio, lo que no deja en muy buen lugar el nivel de las clases nocturnas de aquella época, así que no cuenta. Recuerdo a mis compañeros de clase del nocturno, todos eran mayores y ninguno pensaba ir a la universidad. Un aire secreto de desolación inundaba aquellas clases, una apatía y una resignación que quizá fueran efecto del invierno y de la falta de luz. Había una chica a la que le gustaba Nirvana y que era la única no espantosamente mayor para seguir todavía en el instituto. Creo que era un año más pequeña que yo. Era rubia y le gustaba Nirvana, pero no recuerdo su nombre. Mis amigos estaban ya en el segundo año de universidad y yo aún seguía en el instituto, con tres asignaturas. No me importaba mucho. Tenía todas las mañanas libres y todas las tardes iba al videoclub a alquilar películas. Por alguna razón, como siempre misteriosa, me dio por ver películas de serie b, películas sobre mujeres pantera, hombres lobo, las películas de Roger Corman sobre cuentos de Edgar Allan Poe, The Rocky Horror Picture Show, y así. Califico como misteriosas a las razones porque, en el fondo, pienso que todo sucede porque sí, aunque luego sea muy fácil inventarse razones. Pienso en el azar y en la necesidad, no como términos de una oposición, sino, lo que es muy diferente, como términos correlativos, pensamiento que, sin embargo, no me impide imaginar posibilidades alternativas que se perdieron irremediablemente. Por supuesto, pienso que esas posibilidades son meras ficciones creadas a posteriori y totalmente inútiles, no que se hayan realizado en universos paralelos, pero digo que lo pienso y, lamentablemente, una cosa es pensar y otra es imaginar. Los ideales de la razón y los ideales de la imaginación no siempre concuerdan, y en ocasiones incluso pueden diferir de forma desgarradora. Es posible, a la vez, pensar que nada podría haber ocurrido de otra forma y desear que hubiese ocurrido de otra forma. El ser humano es un animal muy raro, y eso es casi todo lo que se puede decir al respecto de esta especie. Recuerdo también que, después de que se me hubiese pasado la fiebre por el fútbol, fue la época en la que empezamos a salir de fiesta, cuando teníamos dieciséis o diecisiete años, más o menos, y que la segunda o la tercera vez que yo salía de fiesta un tipo me lanzó una botella de coca-cola vacía, que por suerte no me dio, y luego me dijo algo así como que si volvía a hablar con su novia me iba a dar una paliza, aunque había sido ella la que había venido a hablar conmigo y yo no sabía que tuviera novio. La chica calmó a su novio y me pidió perdón y yo pensé que todo aquel numerito había sido un fastidio y un engorro y que, si salir de fiesta consistía en eso, prefería jugar a fútbol o quedarme en mi casa viendo películas sobre mujeres que se convertían en panteras. A la chica volví a verla muchas veces y siempre, por suerte, sin su novio. La chica era rubia y no recuerdo su nombre. Fue Raúl quien marcó el gol que culminó la jugada de Redondo. Recuerdo que Redondo llevaba el pelo largo y que yo quería llevar el pelo largo como Redondo, porque realmente me encantaba la manera de moverse y de jugar al fútbol de Redondo, aunque casi nunca marcase goles. Recuerdo que casi lloro de emoción después de ver la jugada, Redondo da una taconazo y se deshace de su rival y el balón está a punto de salirse por la línea de fondo, pero Redondo llega, levanta la cabeza, con calma, con elegancia, con belleza, y ve la llegada de Raúl, pone el balón justo donde hay que ponerlo, con suavidad, con maestría, y Raúl llega desde atrás y remata a puerta vacía. Sublime. Un gran poema. Cuando iba al colegio, pasaba muchas horas, literalmente, imaginando jugadas, por eso digo que mi interés por el fútbol era obsesivo y absorbente, porque verdaderamente me absorbía y me obsesionaba y perdía horas y horas imaginando regates y pases y goles. Ahora pienso que Messi es el mayor genio de la historia de la humanidad y un prodigio y que, junto con Xavi e Iniesta, forman el misterio de dios, uno y trino, y que el gol de Iniesta en la final del mundial del 2010 es el acontecimiento más emocionante de la década y estoy a punto de llorar cada vez que lo veo, pero, créanme, no estoy tan obsesionado como antes con el fútbol. Cuando, después de ganar la liga, jugamos el provincial, nos eliminaron en el primer partido. Yo marqué un gol. El único, solitario e inútil gol de mi equipo. Ellos marcaron siete. Aquello fue, por supuesto, y sin exagerar, una catástrofe y una tragedia. Nunca me había sentido tan impotente. Sísifo levantando su roca una y otra vez seguramente lo tuvo más fácil que nosotros durante aquel partido. Recuerdo que nos dimos la mano con los rivales y que luego, en el vestuario, nos duchamos en silencio, y que un compañero de mi equipo que no jugaba nunca me dijo algo así como que qué me había pasado y yo le contesté algo así como que que hubiese jugado él, gilipollas, a ver qué hubiese hecho. Dicho así, parece que yo le contesté de malos modos, pero tendrían que haber escuchado el tono en que lo dijo. Si lo hubiesen escuchado, me darían la razón: era un gilipollas. Aquel equipo ganó el provincial. Al menos, nos consolamos pensando que nos habían eliminado los mejores. Recuerdo que durante la primera reunión de los intelectuales del instituto que planeaban su revista y en la que me aburrí y me pregunté qué estaba haciendo allí y no encontré respuesta me tomé un café y después, antes de coger el autobús, compré un cigarro suelto en el quiosco de al lado de la parada. Creo que esperando el autobús me entretuve en escribir mentalmente un poema sobre el frío, porque era invierno y hacía frío, y el autobús tardaba mucho en llegar. Creo que he perdido miles de horas a lo largo de mi vida esperando autobuses. Y he pasado mucho frío esperando autobuses. Y, por alguna razón misteriosa, ha habido veces en que me ha gustado esperar pasando frío y no lo he considerado una pérdida de tiempo, sino una oportunidad para contemplar y pensar. Otras veces no, otras veces es simplemente una putada. No recuerdo cuándo aprendí a leer. Nadie lo recuerda, que yo sepa. Recuerdo que el cuento de Caperucita Roja me daba miedo, aunque tal vez no lo recuerdo. Me han contado que me daba miedo. ¿Lo recuerdo o no lo recuerdo? Dicho de otro modo, las razones de todo cuanto sucede son misteriosas porque la voz de la razón es un postefecto causal del entrenamiento recibido. Y el suceder mismo es, si cabe, aún más misterioso. Es como aquello de que el fundamento de lo que es es, él mismo, sin fundamento. ¿Lo recuerdo o no lo recuerdo? Más tarde sí que me lo pasé bien saliendo de fiesta y emborrachándome. O como aquello de que los místico no es qué sea el mundo, sino que sea. No creo que esto tenga solución. Al final voy a tener que darle la razón a Wittgenstein, lo único que podemos hacer es callar. Recuerdo los pasillos del instituto, las clases, el patio, a bastantes profesores, a bastantes compañeros de clase, y que me piraba muchas clases para jugar al futbolín, ir a la biblioteca o a tomar café. Recuerdo cómo era la biblioteca antes de que la reformasen, los pasillos eran más estrechos, las estanterías eran más viejas, de madera, los libros sobre cine o música estaban situados al fondo, donde prácticamente no había nadie, nunca. Recuerdo quedarme leyendo junto a las ventana y que cuando me cansaba de leer simplemente miraba por la ventana a la gente pasar y a los árboles susurrar mientras el tiempo pasaba. Siempre he pensado que los árboles hablan en un lenguaje secreto. Siempre. Que hablan con el viento. He dedicado muchas horas a escucharles. Recuerdo un día, cuando ya estaba en la universidad, puede que fuera el primer año, en que me pasé una mañana entera, sin ir a clase, escribiendo, y que estaba muy contento escribiendo y sin ir a clase, y al día siguiente releí lo escrito y me pareció una mierda, pero también me pareció lo de menos. Por alguna misteriosa razón, en aquel momento lo decisivo me pareció el simple hecho de poder escribir, no escribir bien, o escribir de puta madre, aunque poder escribir de puta madre sería la hostia, desde luego, sino el simple hecho de poder escribir, de disponer de la escritura, como si fuera un tesoro invulnerable, inalienable, inexpugnable, algo con lo que, en cualquier circunstancia, pasara lo que pasara, podías contar. Con todo lo demás no podías contar. Todo lo demás podía, en cualquier momento, cambiar y desaparecer, porque, de hecho, todo cambia y todo pasa, pero la simple potencia de la escritura, pensaba yo, no, eso es diferente.

jueves, 12 de enero de 2012

La verdadera vida ausente

La verdadera vida, la invivible, se anuncia a lo lejos, como un punto de luz fugaz, un destello solitario surcando un cielo sumido ahora en una profunda oscuridad, porque siempre es de noche y siempre hay alguien con una linterna encendida en pleno día buscando hombres. La verdadera vida, inmediatamente después de ser entrevista confusamente, se fuga y desaparece y queda apenas el recuerdo tambaleante y dudoso de que alguna vez brilló. Correrás hacia adelante buscándola, la lluvia te empaparía, si lloviera. Si hiciera frío, te helarías. Pero no cejarías en tu empeño. Un silencio de pájaro herido, un rumor de olas, el ritmo vital lento de la melancolía, besos de despedida en una estación de autobuses fría, la escarcha matinal de los días de invierno; todo esto queda, como un eco, resonando por las calles, un discurso roto y sensaciones flotando como polvo esparcido por el viento, cuando la verdadera vida, la invivible, desaparece para que la busquemos. Los días pasan, bastante absurdos. Amanece y atardece y vuelve a amanecer y luego vuelve a amanecer otra vez y así pasan los días. Evidentemente, de forma absurda. Giran alrededor de un centro vacío. Alrededor del yo, de la identidad, de esta nada que encarnamos y de la cual nada sabemos. En el fondo, no sabemos nada. Todavía. Nada de nada, quiero decir. Pero igualmente proseguimos la marcha porque tampoco es que haya otra cosa que hacer.

No es tan trágico, créanme. Sueñen con un amanecer de pupilas ardientes y brisa fresca. Eso estaría bien. Clavadas en el horizonte para siempre. Las pupilas ardientes, digo. Esa es la solución. No miento. No les estoy vendiendo nada, así que no tienen motivos para pensar que les miento.

lunes, 9 de enero de 2012

Un grito

Caminas por el desierto. Miras la desnudez de la tierra rojiza. La blanca nada batiendo sus alas en el horizonte produce un viento frío. Y un destello de luz inverosímil antes de que las sombras reptantes caigan sobre ti como un sueño vibra apenas un instante. Caminas a oscuras. No te importa. Ya has estado allí. Miras la noche hasta que desapareces. El desierto ahora coincide plenamente con su nombre. Ninguna huella, ninguna inscripción que no sea borrada por el tiempo. Caminas a solas. Por ningún lugar ya. El tiempo lo borra todo. Eso hace. Tus pasos sin huella posible en la piel del desierto o de la noche, abocados al silencio, avanzan, sin embargo, sin dirección ni rumbo, perseverantes e inútiles. El polvo zarandeado por el viento te golpea los ojos. Caminas a tientas. Podrías gritar, ahora, aquí, lejos de todos. Un grito sin destinatario, que se perdería en la oscuridad de la noche, rasgándola.

miércoles, 14 de diciembre de 2011

Ego solus ipse

Esa multitud delirante, mírala ahí agazapada... grrr... no la soporto más, ahora mismo -óyeme bien, ahora mismo, digo- me voy de aquí y ahí se quedan ellos, panda de mamelucos, cuadrilla infecta de... bueno, no se me ocurre ahora nada más que decir. ¿Por dónde iba? Sí, eso es, sí, te decía que me voy a ir a la de ya de aquí por culpa de esa multitud delirante... el público, sí, claro, cierto, mierda, no están... esa multitud ya no solo delira, ahora se ausenta, esto ya sí que no, no me lo esperaba, o sí, bueno, no había pensado, yo suponía... bien, bien, hay esperanza, pero no para nosotros. Esto lo dijo Kafka, ¿sabe? Es como un chiste, como un chiste amargo quizá. Un humor extraño. Un tipo extraño. Este es un mundo extraño. Eso lo decían en Blue Velvet, creo.. sí, creo que sí, en fin, lo del mundo extraño que es este digo... sí, a ver, veamos -óyeme bien otra vez, esta vez voy a hablar seriamente, tal como debe ser- ese público barra multitud delirante ausente es una cosa curiosa, ¿no cree usted? Por cierto, podía darme un nombre, no sé, Jaime, Juan, Javier, Jairo, uno que empiece por jota, por ejemplo. Eso ayudaría, quizá. Un paisaje también, aunque fuera un páramo desolado, un terreno yerto, un desierto. Un camino estaría bien. Así haría algo, no sé: caminar. Evidentemente. Una compañera, ay, una compañera. Se comporta usted de un modo cruel. Estamos solos los dos y usted no habla. Es como si estuviera yo solo. Ego solus ipse, en latín. Evidentemente, si solo estoy yo, el mundo no existe. ¿Quién ha pensado eso? Lo único que puedo hacer yo solo aquí en este sitio que ni siquiera es un sitio, ni siquiera un desolador páramo, es aburrirme. Note el énfasis reflexivo. Yo mi me conmigo igual a nada. Pero bah, da igual. Indiferencia, eso es lo que consigue usted: nada, indiferencia. Así que ni como ni camino ni nada, solo reflexiono. Es culpa tuya, te lo digo. Para que lo sepas. Y ya. Sobre las ruinas de todo solo queda la pureza gélida de esta autodesignación desoladora. Echo de menos al la multitud delirante. Me gustaría insultarles. Pandilla de incordiosos. Echo de menos que me incordien. Si lo hicieran, yo sería menos abstracto. Así ni siquiera alcanzo el estatus de simulacro. Me faltan circunstancias ¿me oyes, capullo engreído?, ¿sabes lo que son las circunstancias? También me falta un escenario, ¿entiendes? Un escenario en que se desarrolle la acción. Si me escucharas. Si atendieras a razones. Ni siquiera tengo características físicas. ¿Soy alto o bajo, gordo o flaco? Por ejemplo. ¿Tengo alguna meta, algún objetivo, algún propósito? No parece. ¿Es de día, es de noche? Y si el público se ha ido, ¿me tendré que quedar aquí para siempre? Al principio me iba a ir por culpa del incordio que la multitud delirante suponía. Pero ellos se adelantaron y se ausentaron primero, y ahora tengo que estar presente por culpa de su ausencia. Evidentemente. Esta es la conclusión. Y me aburro. ¿Y qué sentido tiene que haga algo si no hay ya público barra multitud delirante ausente? Así que no hago nada. Necesariamente. Esa es la conclusión. Y como no hago nada me aburro. Eso cierra el círculo.

Kase O. ha vuelto al ejercicio

 Y con supermúsica hardcore vieja escuela, como debe ser.