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domingo, 28 de enero de 2024

Apología del silencio

Lo peor de todo es la charla incesante, el cacareo inagotable, tener que capear las infinitas y espantosas oleadas de parloteo banal que se te viene encima sin que puedas hacer nada; ser interrumpido constantemente, una y otra vez, por gente incapaz de estar callada más de dos segundos seguidos. Es agotador. 

PD: La Modernidad ha perdido la cabeza. Es una época desquiciada y desquiciante, una época ruidosa, extremadamente ruidosa. ¿Qué podemos hacer? Pues deberíamos estar todos no solo en contra del progreso, que por supuesto, sino procurar volver a la Edad Media, recluirnos en monasterios, hacer voto de místico silencio (que no de castidad), y vivir contemplativamente, es decir, de cara a Dios y de espaldas a los hombres. Cualquier otro horizonte político imaginable sería desolador.

miércoles, 2 de enero de 2019

El anuncio de Campofrío, o el extraño caso de los cómicos lloricas

Se me olvidó decir que el anuncio ese de los cómicos lloricas es una ridiculez lamentable. Dicho queda.

PD: Y, evidentemente, mientras escuchan el llanto patético de los cómicos lloricas y los aplausos de los atontados que jalean el anuncio como un hito en la historia de la libertad de expresión y la lucha contra la corrección política, un gobierno responsable debería estar pensando en cómo imponer una drástica reducción del consumo de carne en España, dado el tremendo impacto medioambiental de la industria ganadera. 

viernes, 16 de noviembre de 2018

Sobre Robe Iniesta

Para mí Robe Iniesta es infinitamente más grande y legendario que Elvis. 

PD: He vuelto a escuchar Iros todos a tomar por culo y me sigue pareciendo tremendo. En el primer año de universidad teníamos un póster gigantesco de ese disco fundamental en el salón (en el segundo año, en otro piso*, teníamos un póster, también gigantesco, de Los Verdaderos Kreyentes de la Religión del Hip-Hop). 

*Así, a lo bobo y como el que no quiere la cosa, contando los años universitarios y los de mi errática vida laboral, he vivido en nueve pisos diferentes.

martes, 28 de noviembre de 2017

La fría y ultratécnica definición de Biblioteca del Señor S.

Hace unos días alguna entidad relacionada con el mundo de las bibliotecas celebraba un concurso en el que había que dar una definición de Biblioteca. Como era de esperar, ganó una definición espantosamente megacursi y profundamente errónea, de la que no quiero acordarme (soy un cascarrabias, lo sé, pero es que me resulta extremadamente molesto vivir en una época tan hiperemocional, llena de escritores cursis, de concursantes de OT que lloran y se abrazan todo el rato, de gente auténtica y que va de frente, and so on and so on...). 

Mi definición de biblioteca pretende contrarrestar tanta majadería almibarada (ese odioso y omnipresente pathos contemporáneo) y ser, como ya dije en el título, fría y ultratécnica (y un pelín parcial, tal vez). 

Y, sin más preámbulos, hela aquí (en letra grande, para que se vea bien):
Una Biblioteca es una máquina de producción de metadatos.

viernes, 27 de octubre de 2017

Para acabar de una vez por todas con los optimistas

Seamos claros: los optimistas apestan. Escriben mal y son unos tarados, dicho sea sin ánimo de ofender. 

PD: Disculpad, tengo el cerebro hecho polvo. No paro de leer mierdas sobre interoperabilidad semántica, asignación de metadatos versus catalogación y de repasar la Constitución española. Predigo que los siguientes meses este blog va a contener un número de majaderías y de proclamas delirantes superior al habitual.

PD2: También va contener muchas posdatas. Algún día no muy lejano solo escribiré posdatas. Posdatas, posdatas everywhere.

martes, 14 de junio de 2016

Sobre el debate

No lo vi, por dos razones. 1) Estaba viendo el Italia-Bélgica, porque yo soy fan de Italia* (España aburre a las ovejas) y 2) Los debates políticos son aún más aburridos que el juego de la selección española. 

*Pirlo, te echamos de menos.

PD: La gente siempre infravalora a Italia. Ojalá ganen la Eurocopa defendiendo épicamente en todos los partidos y desesperando a todos sus rivales con ese impenetrable 5-3-2 y esos gloriosos pases verticales de miles de metros. 

martes, 19 de enero de 2016

La lectura en España - Analyzing data



A decir verdad voy a analizar muy pocos datos porque no tengo tiempo y porque mi proverbial pereza me lo impide. Los escritores, gente de natural llorica y atolondrada, suelen quejarse de lo poco que se lee en España, pero es harto dudoso que sus afirmaciones se basen en la realidad.

Baste decir que la tasa de lectores de libros en el grupo de edad 25-44 años aumentó en 24 puntos porcentuales durante los años 1974-2009. Los demás grupos de edad, aunque en menor medida, también aumentaron.

PD: Antes se leía menos. QED.

PD2: Hay problemas metodológicos peliagudos en relación con las encuestas sobre hábitos lectores que no vamos a abordar aquí porque son problemas que nos resultan extraordinariamente aburridos.

sábado, 11 de abril de 2015

Yo hago el amor con las mentes

Esta seguramente sea la frase más estúpida jamás escuchada en una película. El hecho de que tantas personas la repitan como loros oligofrénicos justificaría que el iracundo dios del Antiguo Testamento arrasara ciudades a diestro y siniestro, sin compasión alguna por su habitantes.

martes, 30 de octubre de 2012

Arreboladas mejillas decimonónicas: la turbulencia pasional y sus signos


Estoy bastante seguro, aunque no lo he comprobado, de que la palabra que más veces se repite en las cien primeras páginas de Ana Karenina es mejillas y de que casi siempre están ruborizadas o, lo que viene a ser lo mismo pero mejor dicho[1], teñidas de arrebol



[1] Mejor significa aquí lo siguiente: con un estilo deliciosamente desfasado que nos retrotrae a ese mundo decimonónico de pasiones amorosas que se manifiestan, pese al intento de reprimirlas, en signos bien visibles: las mejillas arreboladas. No es que las pasiones sean exclusivas del siglo XIX, claro, pero no parece posible escribir algo así, hoy, sin la mediación de una conciencia irónica o cualesquiera modalidades discursivas oblicuas que atenúen la violencia que hay implicada en decir las cosas directamente. Si alguien, hoy, escribiera que a un personaje se le tiñeron las mejillas de arrebol, para describir la súbita impresión producida por la contemplación del objeto de deseo, la intención del escritor, probablemente, sería paródica o, en el caso de no serlo, estaría cayendo en una cursilería imperdonable. Dado que no podemos sino ser hijos de nuestro tiempo, verdad de Perogrullo, por lo demás, no podemos ya sino sentir la distancia que nos separa de ese mundo, de esos signos y expresiones que envuelven a los novelones decimonónicos. Ciertamente, necesitamos nuestros propios modos y formas de escribir, pero eso no es motivo para denostar a los grandes maestros, como hacen algunos que usan sistemáticamente el adjetivo decimonónico con connotaciones peyorativas y que confunden innovación con ignorancia, y que conste que a mí me pirran la fragmentación, la ausencia de sentido englobante e incluso de final, la primera parte de El Ruido y la furia, con su narrador idiota y el caos verbal que parece echársete encima como un vendaval, El Innombrable y los fuegos artificiales vistos desde la orilla de Sandymount, pero eso sigue sin ser motivo para denostar al siglo XIX, así, en bloque. Decía cierto profesor, de cuyo nombre no queremos acordarnos (he/hemos cambiado a la primera persona del plural, de aquí en adelante, para adoptar un tono más academicista), pero del que hemos de decir que no parece haber comprendido la teoría del cierre categorial, que en la literatura lo que hay son sistemas de ideas objetivadas. No vamos a negar que esto sea así, pero nos parece insuficiente, de todas formas. En las mejillas arreboladas, por seguir con nuestro ejemplo, no hay tanto una idea como el signo expresivo de una pasión. Tampoco habría un sistema de ideas de las pasiones, sino la expresión de la vivencia de esas pasiones. Donde sí que hay un sistema, more geométrico además, de las pasiones y afectos, es en la Ética del divino Spinoza, por ejemplo, que justamente no es una obra literaria, por mucho que puedan alabarse las cualidades estéticas de su prosa, cristalina y solar. Si en la literatura solo hay sistemas de ideas, ¿en qué se diferencia de la filosofía? Por nuestra parte, aunque no sostenemos esto como tesis ni somos expertos en literatura, creemos que la nota diferencial y específica de la literatura radica en el uso expresivo del lenguaje, por encima incluso del uso significativo, lo cual podría acarrearnos las acusaciones de irracionalistas a las que tan aficionado es el no mentado profesor, quien, por cierto, ve un sistema de ideas racionalista y coherente en Los cantos de Maldoror, pero no lo ve en Así habló Zaratustra, de Nietzsche, quien según el profesor es un teólogo incapaz de usar la razón. Misterios de la vida. En la teología también hay sistemas de ideas objetivadas, por cierto. En el nombre del Señor, si Santo Tomás no es sistemático, ¿quién lo es? En fin, lo que queremos decir es que sí, insistimos, hay ideas en las obras literarias, e incluso discusiones filosóficas, como en La montaña mágica, pero que nadie se pierde en la nieve en la Crítica de la Razón Pura ni se ruboriza ni pega las mejillas ardientes al frío cristal de la ventana de un tren y que estas cosas, perderse en la nieve, pegar las mejillas ardientes al frío cristal de la ventana de un tren, no son ideas generales, sino signos expresivos, singularidades que no expresan algo unívoco o perfectamente determinado y acotado, sino algo abierto, indeterminado y, llámesenos místicos chiflados o lunáticos descerebrados, algo así como un flujo de intensidades que corre por encima o por debajo de los significados establecidos. Sabemos, no obstante, que todo este rollo de las intensidades irreductibles a los significados establecidos puede ser, y de hecho es, utilizado por dispositivos como la publicidad, con el objetivo de dirigir el deseo y la demanda, en el marco de un sistema capitalista. No estamos haciendo un llamamiento al abandono de la razón. Solamente decimos que el ser humano es tanto un sujeto racional como pasional. La definición de Faulkner, bien poco científica, pero precisa, preciosa y valiosísima, de la literatura como un fogonazo que ilumina la oscuridad que nos rodea, nos apasiona mucho más que esas definiciones de cartón piedra que nos proporcionan determinados profesores de los que sospechamos que no han entendido la teoría del cierre categorial y que imaginamos con un sempiterno ceño fruncido, aposentados en el Tribunal de la Razón y trabajando sin descanso en la caza de los herejes que no se ciñan a la única interpretación correcta que debe existir de una obra literaria y que convierten así, lo sepan o no, al sentido en una entidad metafísica hipostasiada, por mucho que presuman de materialistas. Ahora, como seguramente habrán notado, estamos desbarrando bastante. Tampoco queremos dar la impresión de que nuestros huesos se derritan por los popes de la posmodernidad o de que pensemos que no hay criterios y, en consecuencia, todo vale. No es eso. No todas las interpretaciones de una obra literaria son válidas, ni todas valen lo mismo, pero es que tampoco hay, necesariamente, una que sea correcta y que excluya a todas las demás. Por poner un ejemplo concreto, Casa tomada, de Cortázar, ¿acaso tiene una única lectura correcta?, ¿hay un sentido único, invariable, que el lector debiera desvelar?, ¿no se da así ya por supuesto que el sentido es único en lugar de ser múltiple?, ¿este dar por supuesto no es una petición de principio de índole metafísica? El sentido que puede atribuirse a Casa tomada, por otra parte, debe estar ligado a la obra. Es cierto que las interpretaciones en ocasiones se desentienden de las obras y las usan como meros pretextos, lo cual aquí nos desagrada profundamente, lo aseguramos, pero, a su vez, no es menos cierto que el hecho de que haya interpretaciones delirantes de muchas obras se usa como pretexto para intentar restaurar un Antiguo Régimen en el que una casta privilegiada detente el monopolio hermenéutico y prohíba las lecturas que considere desviaciones irracionalistas de lo que verdaderamente significan, como si lo que verdaderamente significan resultase evidente y no fuese el problema mismo de la interpretación y lo que es objeto de controversia, por no meternos ya en jaleos de tal magnitud como el de la noción de verdad. En definitiva, y ya vamos a ir acabando, aquí creemos en la literatura como alfombra mágica. ¿Somos irracionalistas por ello? Muy bien, pues lo somos.

lunes, 30 de marzo de 2009

Experimentos situacionistas

No es posible tocar el corazón o la médula espinal o las entrañas de una ciudad si no has navegado (navegado, sí) por ella a la deriva borracho un domingo cualquiera a altas horas de la madrugada.

Diálogos ciberplatónicos (lo que piensa el TecnoNúcleo)

En la evolución reciente de La morada de los existencialistas errantes , el blog cruza una línea tecnológica y emocionalmente cruda. El dolo...