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lunes, 9 de julio de 2018

Deseo de ser políglota

En la pizarra blanca, encima del escritorio, hay frases y palabras escritas con rotulador negro en latín, griego, italiano, sánscrito y francés. Y la letra S en hebreo, la letra shin: ש

Algunas van acompañadas de sus correspondientes definiciones, otras no. No es fácil saber a qué se refieren algunas expresiones, como por ejemplo Al-Shira da Jamânija, que supuestamente significa La brillante estrella de Yemen. 

Pero ¿qué significa La brillante estrella de Yemen? ¿La estrella de la mañana? ¿φωσφόρος? ¿Cristo? ¿El diablo? ¿Nada de eso? Google no responde. En Los Reconocimientos Gaddis dice algo al respecto. Habrá que investigar.

Esta es la lista de las frases y palabras escritas en la pizarra:

— ש

—Non manifeste sed in occulto

— μεταφορά: metáfora, transporte

—Al-Shira da Jamânija: La brillante estrella de Yemen

—Sprezzatura

—Virāgaḥ 

—Attente: atención, espera

— καλὸς (belleza)

—ἀγαθός 

— κένωσις (Kénosis): Vaciamiento

—Samsara/moksha

— तत्त्वमसि: Tat tvam asi

—Nirguna brahamán

—Brahaman=Atman

—Hypomene: espera/esperanza

—Subtle amazement

—Ziw, aquella luz

—Agamben: hôs me, Klesis, Ekklesia

—μεταξύ: Simone Weil, mediación (a/b=b/c), Diotima

—De nobis ipsis silemus

También hay escrita una concisa definición de belleza que casi con toda seguridad proviene de Simone Weil. Es esta: lo perfecto en sí sin mí. 

Y varias definiciones de lo sublime: significado profundo; fenómeno saturado; intuición sin concepto; exceso de sentido...

Sin embargo, el hombrecito que desea ser políglota apenas se defiende —ay mísero de él y ay infelice— con el inglés y está condenado a leer malas traducciones de Frank Herbert y de Philip K. Dick. 

Malas traducciones que, todo hay que decirlo, en el fondo le gustan (se sabe de la existencia de lectores trastornados, aficionados a la ciencia ficción, que desarrollan una raro gusto por las malas traducciones; él es uno de ellos).

Dejó a medio leer The Colorist, de Susan Daitch. Estaba comprendiendo alrededor de un 42% —siendo generosos— de la novela. Aunque no comprender del todo un libro no es motivo para no leerlo.

Pero ha estado diciendo una y otra vez, en inglés, I am the Doctor, the oncoming storm, en vez de Soy el Doctor, la tormenta que se avecina. Esto tal vez prueba que le gustaría ser políglota.

martes, 22 de mayo de 2018

El año pasado

El año pasado. Es decir, hace siglos, milenios incluso. Océanos de tiempo, oleadas de recuerdos. Del mismo recuerdo repetido, en realidad. El mismo y diferente. He leído la expresión el año pasado y no he parado de repetir el año pasado, el año pasado, el año pasado, con infinita pena y lágrimas en los ojos. Una voz en off, un tanto pretenciosa, como suelen ser las voces en off, ese recurso manido, lo ha dicho. Así ha sido. Nos repartimos las tareas, en eficaz división del trabajo: la voz hablaba y yo lloraba. El año pasado, decía la voz, mientras la imagen, mi imagen, mi yo, se diluía, ensoñadora, granulada, ondulante; se sumía en las sombras, sumisa y siseante. 

La expresiones banales son alta poesía, leídas en el momento justo. Te vuelan la tapa de los sesos. Te pillan desprevenido y ahí estás tú, pálido y atontado, conteniendo la respiración, presa de la pena infinita, envuelto en una especie de melancolía cálida y voluptuosa, saboreando tu pena con fruición, tu pena que no se acaba porque ni siquiera comienza.

El año pasado, es decir hace siglos. Y el año que viene tal vez. Pero no. Da igual. El eterno hoy ya se fue y nunca llegará. Irritantes contradicciones.

Se mesa la barba recién afeitada, adopta pose de pensador —pelo alborotado, pipa en mano—, fuma con parsimonia, los pensamientos se enredan, forman complejos arabescos aéreos. Tose y arruga el ceño pero finalmente no dice nada. Desolador silencio en las simas del pensamiento. Enigmático hermetismo. 

Y, desde el pasado, atravesando mágicamente los mencionados siglos y milenios, llega la sonrisa de un rostro que se desvanece.

jueves, 25 de mayo de 2017

Él (XIII)

Un relato heideggeriano


Él se tumba en la cama con los tobillos cruzados y percibe el calor de la tarde en cada poro de su piel y escucha a lo lejos voces de niños y cantos de pájaros. Por la ventana no entra la típica y agradable brisa que debería de entrar. Nada se mueve. Piensa en si los momentos de gracia y los momentos de pereza, por así llamarlos, son lo mismo. Momento de receptividad, de pasividad y de asentimiento, de atención. Los dominios de la percepción son mucho más amplios que los de la cognición. Su Objeto de Deseo no es un ser a la mano, ni un ser ante los ojos. Es un fantasma del pasado que puede acabar por secarle el cerebro. Cada vez más idealizado, sublimado, ausente. Se da cuenta perfectamente de que una filósofa feminista le acusaría de misoginia romántica. ¿Acaso no acusaron a Kierkegaard de lo mismo? El calor de la tarde no disminuye. Los coches vienen y van. Lo que estás haciendo es inyectar densidad ontológica a tu Inalcanzable Objeto de Deseo con tu febril y puede que trastornada imaginación en lugar de tratarla como a una igual, como a una subjetividad real y operatoria, un ente mundano. Eso diría —tal vez— la filósofa feminista. Y él no tendría nada que objetar a sus argumentos. Se limitaría a seguir tumbado en la cama con los tobillos cruzados y las manos entrelazadas detrás de la nuca, ensimismado y en silencio*, imaginando con gran placer y melancolía a su Motor Inmóvil, a su fantasma inmaculado y perfecto, rememorando su sonrisa tímida, un destello fugaz de belleza pura y transmundana.

*Mejor dicho, a la escucha del ser (sin lo ente, sin la presencia)

jueves, 1 de diciembre de 2016

Kafka en la madriguera

Volviendo al tema Kafka —Kafka como encarnación de la literatura, como enigma, mito, fantasma, pozo inagotable—. Una vez se imaginó a sí mismo viviendo en una gruta, en una caverna, aislado de todo y de todos, escribiendo a la luz de una vela, en un estado de concentración total. Si no recuerdo mal —puede que sí, que recuerde mal, que algunas partes de lo que digo sean inventadas— habría, pese al aislamiento, una forma de comunicarse con Kafka. Una vez a la semana, por ejemplo, alguien llamaría a la puerta de la gruta. La gruta tendría una puerta. Quizá era una especie de sótano, quién sabe. Alguien llamaría y aparecería Kafka, con unos papeles en una mano, en la otra un candil (supongo). La débil luz titilante iluminaría a intervalos irregulares la cara de Kafka. Los papeles serían entregados. Kafka volvería a su madriguera (tal vez fuera una madriguera de lo que estamos hablando) a seguir escribiendo. Pero puede que no lograra concentrarse, que su atención se dispersara, que fuese mejor volver a la oficina. 

sábado, 11 de junio de 2016

Breves conversaciones con el fantasma de DFW

Soñé que el fantasma del DFW me visitaba y yo le contaba entusiasmado que había descubierto la fórmula definitiva para acabar con el solipsismo. No hay que huir de él, le decía, no hay que tratar de superarlo, sino todo lo contario: hay que radicalizarlo, atravesarlo como si fuera una membrana. Al otro lado se encuentra el éxtasis, la beatitud perfecta. Hazme caso, seguía, será como pasar del blanco y negro al color, como encontrar agua tras esta larga travesía por el desierto. El fin del éxodo. Lo dijo Wittgenstein: llevado a sus últimas consecuencias, el solipsismo coincide con el realismo. El yo se contrae hasta formar un punto inextenso. Las cosas se aparecen tal como son. Y por supuesto Dios es las cosas tal como son, en el milagro inefable de la visión, ¿no lo ves?

El fantasma de DFW me sonrió con tristeza. 

—Sí, pero acabas de excluir a toda la sociedad de tu mundo. A los demás. Te has convertido en Wittgenstein, infinitamente solo en su cabaña noruega de Skjolden.
—Wittgenstein fue feliz allí.
—Pero tú no eres Wittgenstein.
—...
—Por no hablar de un pequeño detalle, el hecho de que te has cargado el lenguaje, porque el lenguaje es una institución social.
—...

Y el fantasma de DFW se esfumó. 

domingo, 16 de agosto de 2015

Espectro

De improviso, un recuerdo, un rescoldo de tu antiguo yo, brilla con una triste luz anaranjada, una luz hermosa pero desvaída, que alarga las sombras y la melancolía. Tu espectro sale de su escondrijo, te observa detenidamente, y se escabulle de nuevo. Fugaz, inasible, así son los espectros. No lo esperabas. Te ha sorprendido mucho encontrarte otra vez con él. Estabas seguro de que se había perdido para siempre, entre los pliegues del tiempo, en sus intersticios inhabitables. Estabas seguro de que te había abandonado, o de que tú le habías abandonado, lo mismo da. Pero aquí está. Aunque decir aquí tal vez sea decir demasiado, y decir que está también sea decir demasiado.  

jueves, 2 de julio de 2015

Aquí siempre es de noche

1

Sería tan hermoso volver a oír tu voz, Silvia. Aquí siempre es de noche. No se  está mal del todo, no te creas. No hay ningún motivo para llorar. A veces, no obstante, noto lágrimas en mis mejillas, lágrimas gordas y saladas que surcan mis mejillas, mis agrietadas mejillas, y me digo que estoy llorando, pero supongo que lo hago sin motivo, porque no estoy triste. Aunque echo de menos el calor. Aquí no hace ni frío ni calor. No se está mal, en serio, pero tampoco bien. Incluso echo de menos el frío. He conocido a muchas personas, la mayoría bastante amables, pero altivas, o más bien indiferentes, como si nada fuera con ellos. Personas alejadas de todo y de todos. Diría que se están desvaneciendo. Sus movimientos son lentos, perezosos, sin gracia. Aquí es normal saludar a alguien y que no te devuelva el saludo hasta pasados, qué sé yo, cinco o seis días. O un par de semanas. Aunque, si te digo la verdad, los días se empiezan a confundir unos con otros en mi memoria. No logro distinguirlos, separarlos unos de otros. Y, la verdad, digo días por decir algo. Como apenas nos movemos, todo sucede como si el tiempo se hubiera detenido. O mejor dicho: no sucede. ¿El qué? Nada. Las cosas, por decirlo de algún modo, han dejado de suceder. No sé si esto que estoy diciendo tiene sentido. ¿El tiempo se ha detenido en el tiempo? ¿Me explico? Creo que no. No me entiendo bien, tendrás que disculparme. O, ahora que lo pienso, tal vez lo que pasa es que los hechos han dejado de suceder. Es lo mismo que lo que dije antes, creo. O los sucesos no suceden ya. Poco a poco voy perdiendo la capacidad de expresarme con coherencia. No digamos ya con claridad. ¿Sería mejor perder la coherencia o la claridad? Estas preguntas me agotan y me hacen perder el tiempo. ¿Puedo perder el tiempo aún? ¿Aunque no pase puedo perderlo? Permíteme que me ría. ¿Claridad? Mis pensamientos son como una enredadera, una enredadera muy enrevesada, sin principio ni fin.

2

Sí, busco el calor, pero ya no sé por dónde he de buscar, de dónde viene, de dónde habrá de llegar, si es que va a llegar, si no se ha ido ya, irremediablemente, para siempre. Atisbo, oteo en la oscuridad, eso sí, de eso puedes estar segura. Atisbar se me da bastante bien, aunque no se qué significa. Supongo que llegará un momento en el que ni siquiera sepa ya decir palabras. Ni siquiera podré balbucear incoherencias como hago ahora. Es bastante placentero esto de balbucear. El verbo abandonará mi carne. La chispa divina, el aliento, el soplo que zarandea mi cuerpo se irá; suspiraré y me abandonará y me quedaré... No sé en qué estado me quedaré, o si me quedaré, porque tal vez me habré ido. Me habré ido del todo. Y, como aquí no hay días, porque siempre es, como creo haber dicho ya, de noche, los días no pasan. Es lógico, creo yo. La lógica, las creencias, aún puedo hablar de estas cosas. Eso me alegra. Hablo, luego hablo. Qué gran, inconmovible certeza. ¡El hablar, mi hablar, demostrando que se habla! Se habla, sí. Nadie lo duda. ¡Qué universo extraño es este que habitamos! ¡Qué gran descubrimiento! Aunque es difícil, para mí, saber si sé qué significan mis palabras, o si ya no sé nada, o si sé que no sé, o si ya ni eso sé, pero no importa. Sigamos. Será lo mejor. Hablar para no morir completamente.

3

Espero no aburrirte. Siempre la misma cantinela. La misma cantinela de siempre, según creo. Siempre es de noche, como creo haber dicho ya más de una vez, pero hay un hombre con una antorcha. ¿No había mencionado al hombre de la antorcha? Se me había olvidado. Le veo, a lo lejos, caminar. Solo se ve un pequeño círculo de luz, un círculo de luz rodeado de bruma. Eso debe de ser el hombre de la antorcha. El hombre, a veces, tarda, qué sé yo, lo que allí sería un día, en dar un paso. Aquí el tiempo se ha, digamos, descoyuntado. Me gusta esta palabra: descoyuntado. Al hombre mismo no se le ve, solo se ve la luz que le rodea. Como no tengo nada que hacer, le miro. Todos, a decir verdad, le miramos. Aunque no sé muy bien cuánta gente hay aquí. Ninguno tenemos nada que hacer, supongo. Bastante trabajo tenemos con ser, si es que somos, pues no hago más que conjeturar y especular. A lo mejor simplemente estamos aquí, estemos donde estemos. Basta con estar, ni siquiera ser. No sé muy bien qué digo, pero me parece muy gracioso. Solo estar, eso parece menos grandilocuente que ser. Que si yo soy tal y que si yo soy cual... Bobadas.
Y así podríamos responder, si alguien nos pregunta, que no somos nada ni nadie pero que, al menos, estamos aquí. Hablo sobre posibilidades. Sobre posibles posibilidades, mejor dicho. O peor dicho, quién sabe. Peor dicho tal vez, pero dicho al fin y al cabo, que es lo que importa a estas alturas de la vida, o de lo que sea. Estoy empezando a olvidar los rostros de las personas que he conocido. He dicho que eran muchas las personas que estaban aquí, si estar es el verbo correcto para describir nuestra situación –y dejemos ya esta cuestión, por favor, suficientes y engorrosos disparates habremos dicho ya- pero tal vez no, tal vez me equivocaba. No puedo saberlo. Muchas personas, pocas personas, qué más da.

4

Ha pasado tanto tiempo –esta cuestión del tiempo también será mejor dejarla o, al menos, no insistir mucho más en ella- desde que te escribo, Silvia. Aunque eso, me temo, tampoco puedo saberlo. Me refiero a si ha pasado mucho –y, por el amor de Dios, dejemos ya esta cuestión de una puta vez- o poco tiempo.

5

Y sí, sin duda este lugar no tiene límites. Carece de ellos o no los tiene. ¿Es lo mismo? ¿Me explico con claridad? Ahora mismo no veo a nadie. Puede que estén a mi lado o a una distancia infinita. No es fácil saberlo. No sé si importa. Si es que están, que eso lo he dado por supuesto. Tal vez lo he dado precipitadamente por supuesto. Pero algo hay que suponer, supongo.

6

La verdad, estoy muy confundido: mi vida, o lo que sea, ha sido un continuo escribirte, creo. Aunque exagero. ¿Mi agonía ha sido un continuo llamarte? No me parece que esto sea correcto. ¿Agonía? Y ya casi no recuerdo tu voz. Podríamos, sin duda, llamar agonizar a lo que hago. Otra cuestión es que sea correcto llamarlo así. Tu voz es lo único que echo de menos. Yo estoy adelgazando hasta ser solo un voz. Igual que Eco. Me parece que es así. Y mi voz se está volviendo un suplicio para mí, porque ya no sé si hablo bien o mal. Tal vez te estés aburriendo.

7

Si es que me oyes, que esa es otra.

miércoles, 25 de marzo de 2015

Él (V)

El viento sopla y sopla

Amar a la chica sin rostro es como amar a una sombra. El viento sopla y sopla. Escucha. Sí, el paraíso. Se pierde, se está perdiendo. Un devoto del viento, otro más. Hay muchos. Lectores obsesivos, sobre todo, también chicos insomnes; toda clase de lunáticos. Al lado del río, un enorme sauce llorón ruge como un gigante que se desperezase después de un siesta de mil años. La chica desconocida pasa al lado del silencioso devoto del viento. Apenas le roza. Él se estremece. Ella va corriendo. Él la mira, y siente que las pupilas le arden y a la vez se le llenan de lágrimas. Ella se aleja deprisa. El sol resplandece pero ella, irremediablemente, se aleja, se pierde. Pelo largo, negro, alborotado por el viento. No se le ve el rostro. De fondo, ladridos de perros que se enzarzan en una pelea. Él se despide de la chica para siempre. Nunca volverá a verla. Aunque, en realidad, nunca la ha visto. Ni siquiera se trata de un amor a primera vista, ni a última. Un amor loco y breve y absurdo. Cierra los ojos para poder sentir mejor el calor del sol. Escucha el viento pero el viento no dice nada. El viento deshace las palabras. El viento no tiene rostro. Un devoto, otro más, del viento, y también del sol y las estrellas. Nada que decir, nada que escuchar. El paraíso. Tal vez el viento, además de las palabras, deshaga el paraíso. Tal vez el único paraíso sea el que deshace el viento. Cruza el río por la pasarela. Si tuviera un cigarro, lo fumaría. Pero no tiene ninguno. El agua del río es de color marrón.


Simples preguntas

¿Seguro que el solipsismo es malo? ¿Eh, David Foster Wallace? ¿Estás seguro? ¿No crees que podrías haberte equivocado? ¿Te imaginas pasear por un hermoso mundo libre de seres humanos? ¿Acaso no podría ser cierto que el egoísmo y la ausencia de los (molestos) otros sean vías de acceso a una felicidad perfecta, ininterrumpida, a una serenidad inmarcesible y a una beatitud completa? Por otro lado, ¿con quién se iría uno de cañas en ausencia de los otros?


Como siempre

Por aquella época él no tenía trabajo, ni novia, ni esperanza. Leía sobre todo a autores cómicos, o humoristas, algunos más alegres, otros más tristes. Leía a Arno Schmidt, a Jerzy Kosinski, y de vez en cuando a Douglas Adams. También a Cervantes. Releía a Bolaño. Era un hombre frenético. Su frenesí tenía tal vez alguna razón de ser, aunque puede que no tuviera ninguna. Por aquella época daba largos paseos por su pueblo. Siempre había detestado su pueblo, pero un día, de repente, le pareció que, si bien era un lugar indudablemente feo y dejado de la mano de Dios, tenía un cierto y misterioso atractivo. Una tarde se esforzó en contemplar el mundo como si fuese la última vez que lo miraba. Aunque sabía que no era cierto, que sobreviviría. Es posible despedirse y sobrevivir, pensó. Alguien, no recordaba quién, había escrito algo muy parecido.


Diálogos imposibles

Se imagina hablando con Walter Benjamin. Le pregunta: «Querido Walter Benjamin, ¿qué te parece la idea de que las miradas de las chicas que te han querido a lo largo de tu vida son las que, en el tiempo del fin, alimentarán el fuego de la lámpara eterna? ¿Cursi tal vez?». Walter Benjamin, como es lógico, no responde. Walter Benjamin murió en 1940, en Portbou, cuando huía de los nazis.

jueves, 5 de marzo de 2015

Él (IV)

Puertas y ventanas

La línea de sombra sube por la fachada amarillenta de las casas abandonadas. Ya casi ha cubierto el primer piso. Hay un cartel del ayuntamiento en el que está escrito con grandes letras rojas «PROHIBIDO EL PASO». Hay varias puertas y ventanas rotas —la prohibición del ayuntamiento ha sido claramente violada— que aletean furiosas cuando sopla el viento. Las puertas y la ventanas son de madera y están pintadas de verde, pero la pintura está descascarillada. Lento pero fascinante espectáculo el de la decadencia de un conjunto de casas irremediablemente condenadas a la ruina. Muchas cerraduras han sido robadas. La línea de sombra ya ha cubierto el primer piso. Dos pájaros juegan a perseguirse por el tejado. Más allá de las casas pasa un avión trazando una línea blanca que se difumina pronto sobre un cielo tan azul como impertérrito. Hará unos tres meses, por lo menos, que justo enfrente de las casas abandondas han dejado abandonado un viejo coche rojo. Parece lógico. Por la calle no pasa nadie, y la tarde va muriéndose poco a poco, serenamente, como si Dios bostezara y su aliento lo inundara todo de un dulce y absorbente sopor.


Más diálogos mesiánicos

—Al parecer, aquí vienen a parar todos los despojos —dice él—. Los desharrapados, los parias, los olvidados, los abandonados, los que tienen hambre y frío y sed y no pueden calmarse ni colmar sus deseos, los que lloran pero sus lágrimas no les resultan refrescantes ni desenconan su corazón afligido, duro como una roca (y también son rocas sus recuerdos, hay cuarzo y mica y feldespato enquistados en su memoria involuntaria), los solitarios, los tarados de solemnidad, los raros y los feos y los que no saben vivir o ya no pueden más.
—Ya estamos otra vez con el mesianismo —suspira una voz exasperada—: ellos serán mesiánicamente redimidos y alcanzarán la felicidad, ¿verdad? —Sacude la cabeza hacia los lados, señalando enfáticamente su incredulidad—. ¿De verdad crees que reirán en el Reino de los Cielos?
—No se te ocurra confundirme con alguna clase de librepensador —dice él, algo ofendido—. Yo soy lo más opuesto a un ateo que conozco y cabe pensar.


Hacia el Este, el avance de la línea de sombra continúa

La línea de sombra, como quien no quiere la cosa, ya casi ha cubierto el segundo piso, que es el último. Está rozando el tejado, como una lengua que estuviera a punto de lamer una mejilla (esta analogía, admitámoslo, no ha tenido mucho sentido; más bien ha sido una majadería en toda regla, pero bueno).


Alegrías siderales

Aun a riesgo de ser cursi, le parece hermoso pensar que la palabra deseo se compone del prefijo de y de la palabra sidus, sideris, es decir, estrella, constelación. Y después vendrá un violento cielo violeta y después la noche y entonces mirará por la ventana y asentirá y tal vez —solo tal vez— incluso sonría. A las estrellas. Sí.

miércoles, 4 de marzo de 2015

Él (III)

Diálogos mesiánico-kafkianos

—Aquí estoy —dice él con voz temblorosa—, segregado del género humano, esperando al Mesías y sabiendo que llegará cuando ya no haga falta.
—Vale, deja de hacer de Kafka —le responde una voz sensata.
—Has de saber que el Mesías no llegará el último día, sino el ultimísimo —concluye él con tono triunfal.


Una visión tremendamente sombría de todas las cosas

Tengo una visión tremendamente sombría de todas las cosas. Todas las cosas que sufren elevan sus tristes plegarias hasta mis oídos. Pero yo no puedo hacer nada. ¿Cómo podría? No hay nada que hacer. Entonces, cuando —como sucede ahora mismo— sale el sol y la luz se derrama sobre los tejados de esas casas de ahí, las que están abandonadas, consumiéndose en su vacío y en su silencio, me alegro mucho. No digo que el sol vaya a solucionar nada, porque nada tiene solución; solo digo que está bien que salga de vez en cuando.


Angustia

No estaría nada mal, pero nada mal, que el sol evaporase la angustia de mi pecho de una vez y para siempre, dijo él.


Visiones

Mudas mujeres impúdicas caminan desnudas, en fila india. Su piel blanca refulge en la noche. Brillan como estrellas, como copos de nieve, como ángeles exiliados. Mañana por la mañana solo quedarán sus huellas, o puede que ni siquiera eso: quién sabe si sus pies descalzos habrán podido dejar incisiones permanentes en una tierra tan dura, tan antigua, en esta pobre y seca meseta donde por el día silba el tártago y la vista no encuentra reposo. La noche es larga y fría, y las mujeres señalan al cielo.

sábado, 28 de febrero de 2015

Él (II)

La boca negra de un caballo muerto

El abismo de mi melancolía, dice él —seguramente pervirtiendo alguna frase de Vollmann, pues se le ha metido en la cabeza que las citas son sampleables y modificables— es tan negro como la boca de un caballo muerto, pero en esa boca, en esa oscuridad, hay luciérnagas. (La verdad es que no siempre hay luciérnagas. Yo, dice él, siempre deseo que las haya, pero mi deseo no puede evitar que a veces solo haya oscuridad, nada más que oscuridad). A continuación se encoge de hombros, guarda silencio y observa las nubes. Pasan con agradable lentitud.


Solemne

Solemne, pero nada rollizo, avazó desde la silla de su habitación a la ventana. La abrió. El viento le despeinó. Al no llevar bata, el viento no pudo juguetear con ella. Declaró entonces: «ya no creo en esa fantasía helenística del sujeto ataráxico que no necesita nada, ya no creo en los estoicos ni en los epicúreos ni en los cínicos ni en ninguna otra valerosa pero para mí insuficiente ética; y tampoco, claro está, creo en esa autogénesis fantasiosa con la que se funda el sujeto moderno; no creo en Descartes, no creo en Kant, no creo en la autonomía del hombre, pues no es cierto que el sujeto pueda darse una ley a sí mismo; no, ya no puedo creer en esas cosas». ¿Se convirtió en una especie de fideísta irracionalista? ¿Depositó su confianza en el insondable camino de la gracia? ¿Aborreció la Ilustración? ¿Creyó, con San Agustín, que la libertad no era suficiente, que no era suficiente ni de lejos para colmar sus anhelos indeterminados, sus ansias insensatas, su fiebre y su hambre voraz de no se sabe qué? ¿Pensó que su frágil alma no podría ser fortalecida ni siquiera por Homero y, en consecuencia, quiso echarse en brazos del Crucificado? Todo esto no son más que ociosas especulaciones. Lo único que sabemos —así lo dejó escrito— es que estaba de acuerdo con Simone Weil en que los misterios de la fe se degradan si se convierten en un objeto de afirmación y negación, cuando en realidad deberían ser objeto de contemplación.

viernes, 27 de febrero de 2015

Él

Otra historia sobre el fracaso de la voluntad

Lo que en su mente se anunciaba como un combate épico en el cual su férrea voluntad habría de doblegar a su desequilibrado sistema nervioso acabó siendo —reconozcamos que era bastante previsible, pues a ello apuntaban diversos artículos científicos sobre el tema— un completo fiasco. No había manera de librarse de ciertas estereotipias motoras que le venían acompañando desde la más tierna infancia, desde que tenía tres o cuatro años. No era algo tan sencillo como dejar el tabaco. Prevalecieron, por tanto, los reclamos de su sistema nervioso: su voluntad abandonó el combate, se escabulló con el rabo entre las piernas, cabizbaja y melancólica, pues no podía hacer otra cosa ante la humillación inflingida por el poder omnímodo de su fisiología. Así que se resignó y siguió ensimismado en su mundo autista de objetos giratorios y movimientos rítmicos aparentemente disfuncionales (él hacía girar objetos todo el tiempo). Porque la alternativa era ser vapuleado por sucesivas oleadas de angustia en un confuso y desagradable mundo anómico. La alternativa era carecer de centro, de un punto de referencia estable; dejar de estar anclado a su propio cuerpo y vagar a la deriva por el mar, un mar azul oscuro y frío, sin tierra a la vista. Necesitaba algo a lo que agarrarse. Si no, se ahogaría.




Una de las (muchas) razones por las que venera a David Foster Wallace y le considera algo así como su amigo imaginario


David Foster Wallace luchó toda su vida contra el solipsismo, contra su tendencia a encerrarse dentro de su propio cráneo. Sabía que no podía pasarse la vida atendiendo exclusivamente a su incesante monólogo interior, que tenía que abrirse al mundo y a los demás. También luchó contra la depresión. Y la depresión es el más temible y feroz de los monstruos. Es cierto que al final no pudo más, pero también es cierto que luchó admirablemente y que escribió páginas gloriosas, páginas infinitamente divertidas y páginas infinitamente tristes.


Manías

Él es extremadamente maniático, lo que supone un fastidio, tanto para él como para los demás. Por ejemplo, por las mañanas siente la compulsiva necesidad de decir «buenos días», no por educación, sino porque todo debe regirse por un determinado orden: primero decir «buenos días», luego hablar de lo que sea. Que alguien le hable antes de decirle «buenos días» le fastidia muchísimo. También le fastidia que le digan «duerme bien» en lugar de «buenas noches», que es lo que debe decirse siempre. Y así con todo. Un sinvivir.


Rutinas

Cuando la rutina es una necesidad imperiosa, no tiene ningún sentido discutir si es buena o mala, si hay que seguirla o romperla, etc. Se trata de un debate que a él no le concierne en absoluto.


Inmunda rata de biblioteca

La vida ya se me va haciendo larga, dice él, citando a Fleur Jaeggy. El mundo es un lugar bastante aburrido, prosigue, y el libro es la ausencia del mundo. Lector mudo, silencioso. Páginas rumorosas aletean en el aire. Destellos ilusorios, fantasías, misterios trémulos. Imágenes, fantasmas traslúcidos surgidos de entre las páginas. Le soplan en la nuca. Un viento frío. Impulso invisible. La piel estremecida, quién sabe por qué. Afuera nada. Tedio. Si las palabras no me salvan, dice, entonces nada lo hará. Y Dios es solo una palabra, aunque lo busque con los ojos y escuche el eco de su ausencia. Mis ojos se vuelven del color de lo que miran, dice él. Y nadie sabría decir de qué color era el cielo aquella tarde.


Sobre la lectura (contra Derrida)

¿No sería mejor que fuese afuera donde se consumara y cumpliera la lectura, y no ya en el texto? Porque no todo es texto; y así los dientes del lenguaje morderían los labios del ser; y la extraña secta de los lectores danzaría y reiría, con los rostros radiantes de alegría.


Entonces ¿en qué quedamos?

-¿Hay que huir del mundo o hacerle frente?
-No lo sé. Yo sueño con fundar una secta de eremitas en la arena de Qumrán, con negar el mundo de la manera más radical posible; deshacerse de las obligaciones y los compromisos. Solo viento, arena, luz...
-Mira que te gusta usar la palabra «secta»...
-Pero también me gusta reírme con la gente, a veces incluso hacer reír a la gente...

martes, 16 de diciembre de 2014

Un montón de borradores

Una vez más, un montón de textos a medio terminar, abandonados sin piedad, de proyectos frustrados y abortados sin contemplaciones, se han ido acumulando en las frías, polvorientas y digitales catacumbas de los borradores. Ahora salen a la luz, con todas sus deformidades. Seres larvarios, potenciales, que pasan al acto prematuramente y que tal vez no debieran hacerlo. Tal vez debieran seguir habitando en la oscuridad a la que pertenecen.



Proyecto frustrado de homenaje/plagio a El ermitaño de la calle 69 de Jerzy Kosinski

Los papeles de trabajo de Roberto Kinski llegaron a mis manos gracias a una serie de circunstancias fortuitas e inverosímiles que no vale la pena referir con más prolijidad de la estrictamente necesaria. Digamos que me los encontré en un cajón de una antigua casa. Con eso basta, no hay por qué dedicar más tiempo al mohoso tópico del manuscrito encontrado.

En ellos encontramos reflexiones teológicas que unas veces rozan lo absurdo y lo ininteligible y otras veces lo delirante y lo hermético. También encontramos montones de citas sin ningún hilo conductor aparente, nada que las unifique o las dote de sentido. Entremezcladas con las reflexiones teológicas -y cristológico-etimológicas: 'mesiah, el ungido, en griego el khristos, triple unción: como Rey, como Profeta, como Sacerdote; el gran Rabbí, piedra angular desechada por los constructores, quien dijera vosotros sois la sal de la tierra', leemos en una de sus notas- y las citas nos encontramos con los problemas personales de Roberto Kinski, problemas absurdos e insignificantes, según él mismo, tales como no saber de qué manera se le puede decir a una chica, sin sonar monstruosamente brusco, ¿te importaría no agarrarme del brazo ni sobarme, ya que apenas te conozco y no tengo la intención de hacerlo? Robert Kisnki habla de este problema dentro de una sección titulada Las leyes de la reciprocidad no se cumplen casi nunca, reflexiones plañideras sobre tragedias afectivas diversas, o de cómo A ama a B, B a C y C seguramente a un tal D, a quien B no conoce. 

C es descrita como el Objeto de Deseo Supremo e Inalcanzable y como Inspiradora de un Profundo Miedo Filogénico a la Belleza Transhumana. A es la chica que se pega a él como una lapa (sic) y que le inspira una ganas irrefrenables de salir corriendo y llegar a algún rincón inaccesible del planeta Tierra, donde sople el viento y nieve y haya una pequeña cabaña bien provista de leña para hacer un fuego crepitante y cálido que incite a meditar sobre el ser y la nada. Robert Kinski lo lamenta mucho, pero así son las cosas. No es nada personal, es química (Roberto Kinski, en el fondo, es un materialista).

En un largo y tedioso pasaje Roberto Kinski esboza lo que llama Geometría dinámica de los afectos, entendidos relacionalmente (discusión con el divino Spinoza). Pese a los desperados intentos de Roberto Kinski por alcanzar cierto grado de rigor analítico (sic), con el fin de comprenderse a sí mismo y un poco también a los demás, esta especie de teoría, bastante confusa e incoherente (Robert Kinski habla del sistema límbico y de la dopamina, aunque todo indica que sus conocimientos en estas materias no van más allá de la lectura de un par de artículos de Muy interesante), finaliza con un tono elegíaco y lírico: habla sobre la jauría atroz de los recuerdos, sobre el irreversible paso del tiempo, el cruel reinado de Cronos, y sobre unas manos blancas como la nieve, manos tan bellas que pasman el corazón y que ya solo resplandecen en la memoria.

Robert Kinski habla con admiración sobre la misoginia romántica de Kierkegaard. Dice que, del mismo modo que el romántico busca el infinito pero solo encuentra cosas, o algún desnortado estudiante de Filosofía, en un acceso de demencia típico de esta clase de gente, puede lanzarse a la búsqueda del ser y toparse constantemente con molestos entes intramundanos, el misógino romántico busca a la mujer ideal y, como se deduce de un mero análisis semántico, no puede encontrar en la realidad al objeto ideal, que naturalmente no existe, de forma que su vida está abocada a la tragedia. 


El cuchillo de los sabachtany

Como sin duda sabrán los católicos -excepto tal vez aquellos que en lugar de leer la Biblia prefieren ir a misa a pasar el rato, lo cual no es reprobable en modo alguno, ya que después de la misa suelen irse de tapas y de vinos y, aunque el vino tinto sea un «bistec licuefacto» (Joyce dixit), eso está bien, puesto que no solo de las palabras de Yahvéh vive el hombre, sino que también vive de pan y de vino- en el Salmo 22 podemos leer aquello de «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?», palabras que repetirá Jesús en la cruz (según dos de los evangelios).

Grito de angustia pero no de desesperación, según la edición de la Biblia que tengo yo. En el Evangelio según San Marcos lo dice en arameo y en el Evangelio según San Mateo lo dice en hebreo, tal que así: «¡Elí, Elí! ¿lemá sabactaní?» Y le responden con sorna «A Elías llama éste». Mordaz juego de palabras, basado en la espera de Elías como precursor del Mesías, como se explica en una nota a pie de página.

Juan el bautista era Elías, el precursor, aunque no se le haya reconocido como tal, y por tanto Jesús es el Mesías.

Hasta aquí la perorata teológico-bíblica. Lo que quería traer a colación es la ¿delirante? versión paneresca.
«Eli, Eli, lamma sabachtany», «elegido, elegido
cuchillo de los sabachtany»
espada soy del hombre, porque vine
no a traer la paz, sino la espada,
Leopoldo María Panero, Voces, en «Danza de la muerte»

No he venido a traer la paz sino la espada también son palabras de Jesús. No casan con la imagen del sweet Jesus, como diría Cristóbal Serra. Panero las mezcla de forma bastante peculiar. «Sabachtany» o «sabactaní» significaría «tú que me has abandonado». Por «cuchillo de los sabachtany» tendríamos que entender algo así como el cuchillo, la espada de los abandonados.


Tras la estela de Bolaño en Blanes

Las huellas perdidas.

Me acuerdo de la estación de tren, que efectivamente está muy lejos de Blanes. Me acuerdo de que estuvimos como un mes durmiendo en un camping. Me acuerdo de que al principio nos dedicamos a buscar trabajo con mucho ahínco y luego con menos ahínco. Finalmente, nos dedicamos a callejear por Blanes y a bañarnos en la playa. No había ni rastro de Bolaño. No recuerdo que hubiese placas de ningún tipo. Era verano. En aquel entonces de hará unos cinco años, tal vez seis, creo que aún no las habían puesto. Aunque la verdad es que tampoco me importaba mucho. Me bastaba con estar en el mismo lugar en el que vivió Bolaño.

Ese mes fui feliz. El mes entero. Me parece muy raro haber sido feliz un mes entero, pero así fue.


Tractatus absurdus-philosophicum

1. Aunque no les entiendo, estoy lleno de adoración por los lógicos platonizantes, pues son radicalmente antipsicologistas, lo que implica que son buenas personas.

1.1. El gran Feyerabend usó la acertada expresión Platón para pobres al refererirse al mundo 3 de Popper.

1.1.1. También estoy lleno de adoración por Feyerabend, porque era un dadaísta epistemológico y le gustaba argumentar contra la argumentación.

2. La numeración de este post carece de sentido.

2.1. No les quepa duda

2.1.2. Estoy lleno de adoración por X, porque era Y y hacía Z; esta estructura gramatical, sacada de La cruzada de los niños, de Marcel Schwob, puede recibir inyecciones semánticas cualesquiera.

2.1.2.1 Y podermos afirmar -y de hecho afirmamos- que el conjunto de las oraciones así formado es infinito.


A vueltas con Dios: teología amateur.

¿Es Dios una hipótesis científica? La respuesta afirmativa a mí me parece un delirio de aúpa, pero, en fin, los científicos parecen estar convencidos de que sí lo es, motivo por el cual se empeñan en demostrar que la cosmología no necesita la hipótesis de Dios. ¡Claro que no la necesita! Yo diría, si se me permite la osadía, que eso no hace falta ni demostrarlo: sencillamente Dios no es una hipótesis verificable. Además, si ni siquiera sabemos qué es Dios o qué queremos decir cuando empleamos ese término, ¿cómo demonios vamos a encontrarlo? Dicho en términos escolásticos: si ni siquiera conocemos su esencia, ¿cómo vamos a determinar su existencia? Hay aquí una confusión categorial bastante gorda. Pensar el concepto 'Dios' como si fuera del mismo tipo que el concepto 'radiación de fondo' parece, y seguramente es, una memez. Si pensamos el concepto de 'Dios', no como una entidad física, sino como, por ejemplo, resto irreductible o retracción del ser, es más que obvio que no puede manifestarse. Otra cosa es que se me diga: pero yo pienso a Dios como un ente identificado, y voy a buscarlo con mis aparatos. Bueno, pues muy bien, no lo vas a encontrar. O que se me diga: Dios no puede figurar como variable ligada y, por lo tanto, Dios no es. Claro, si partimos de Quine y declaramos que ser es ser el valor de una variable, entonces lógicamente Dios no es. Por cierto, tampoco lo significados, en este señalado sentido, son. Pero es que estas refutaciones invocan concepciones determinadas de Dios. Nada que ver con la manera de pensar en Dios de, por ejemplo, Simone Weil o Eckhart. Por supuesto, la objeción más obvia es que sencillamente a alguien no le diga nada el mysterium tremendum o Deus Absconditum. Por mi parte, creo que no hay conocimiento de Dios. La fe es insensata.


William T. Vollmann

Vollmann habla de la Trémula y Radiante Princesa de las Salamandras, de skinheads y de putas, de fosforescencias azules que brillan como brasas reavivadas en el horizonte y de hombres perdidamente enamorados de un vestido verde; entre otras cosas.


El único emperador es el emperador del azar

Por puro azar, en mi mesilla han acabado juntos dos libros, La vida, el universo y todo lo demás, de Douglas Adams, y El asesinato como diversión, de Fredric Brown. La portada del primero consiste en un robot apuntándose con un arma a la cabeza; la del segundo en una risueña calavera con un gorro de Papá Noel. Están uno al lado del otro. Crean un efecto estético perturbador, aunque no exento de cierto atractivo. Casi dan hasta miedo. La calavera parece estar riéndose del pobre androide paranoide.


Breves consideraciones en torno a los asnos, las salamandras y la modernidad

Los asnos te llevarán al cielo. Las salamandras provienen del infierno.

La más antimoderna de las divisas es, tal como nos informa Cristóbal Serra en El asno inverosímil, esta:
Sin reverencia al Asno decae toda civilización, pierde esta su carácter sacro y se hace vertiginosa y alocada.
El credo asnológico de Serra implica oponerse, en la medida de lo posible, al hecho intolerable del frenesí de la sociedad actual. Sobra decir que aquí somos decididamente antimodernos. Pero hay que precisar que ser antimodernos no es un modo deficiente de ser, como podría pensarse debido a las reflexiones de Ortega sobre el prefijo anti, sino un modo plenamente positivo (e intempestivo) de ser. De hecho, estamos convencidos de que ser moderno es la más deficiente de las formas de ser. No solo somos antimodernos, sino que estamos orgullosos de serlo.


De nuevo Vollman y las salamandras

Depongan sus armas analíticas, oh afanosos, implacables críticos, escudriñadores impertinentes, forenses con las manos manchadas de frío azul, tristes rastreadores de ideas objetivadas en el texto, y ríndanse a la anaranjada y fulgurante gloria del verbo de Vollmann y admiren a la Trémula y Radiante Princesa de las Salamandras.


Fragmentos, fragmentos, fragmentos...

Mis queridos, escasos y desconocidos lectores, a continuación les ofrezco una muestra más de escritura fragmentaria, deslavazada y carente de rigor. Fragmentos, nada más que fragmentos. Un mapa en ruinas, con los bordes quemados hace mucho tiempo por un incendio. Así no hay manera de orientarse. Y las manchas de ceniza, para más inri, ocultan el lugar del tesoro, si es que hay un tesoro.


Palabras locas

Borbotones de palabras locas saltando alegres en el cielo de la noche. Chispas, destellos. La promesa de la luz. Indicaciones, señales que apuntan hacia el lugar donde la muchacha indecible se baña desnuda. Ninfa sin nombre ni edad, potencia risueña que se escabulle y no se deja atrapar porque el contorno del lenguaje es para ella una prisión.


Aullido

El vacío aúlla en las noches de verano.
Aúlla desde más allá de las estrellas, invisible.

Y el aullido voraz del vacío
rasga la piel y se mezcla
con la oscura sangre de las venas.


Árboles

Esos árboles de flores rosas
-ahora ensombrecidos
por la inminencia trémula
de la noche-
llevan toda la tarde
murmurando signos
recitando salmos
y tarareando
canciones locas
en mis oídos.


Lágrimas que arden

Las lágrimas del pájaro que olvidó cómo tocar el cielo
se quedan atrapadas dentro de su pecho
y arden.

Mañana quizás vomitará su rabia
y una brisa serena


le alzará al seno de lo inhabitable.


Nietzsche versus San Pablo

Más que contra El Crucificado, Nietzsche lucha contra San Pablo


Analíticos versus continentales (si han llegado hasta aquí, sepan que el siguiente texto es confuso a más no poder)

Hubo un tiempo en el que se libró algo así como una batalla entre filósofos analíticos y filósofos continentales. Ambos bandos estaban enfrentados. Carnap, filósofo analítico, leía a Heidegger, filósofo continental, y exclamaba: ¡lo que esté tarado dice no tienen ningún maldito sentido! En definitiva, no se ajuntaban. Reconozcamos que sí, que vale, que El ser y el tiempo, traducido por Gaos, es una puta locura. Solo por poner un ejemplo, no es lo mismo traducir Sein zum tode por ser para la muerte que por, como sugiere Julián Marías, estar a la muerte. En español suena todo horrible, pero no significa lo mismo. En cualquier caso, estar a la muerte no implica que uno se pase la vida pensando en la muerte. No es una categoría psicológica. La muerte siempre es una posibilidad del Dasein, del ser ahí o de, como de nuevo sugiere Marías, el existir. La preposición para lo desvirtúa todo. Parece que existiéramos con el propósito de morir, y no, no se trata de eso. Sencillamente se trata de reconocer que el hombre puede morir en cualquier momento, y que se sabe mortal, y que este saberse mortal forma parte de lo que es. La inmortalidad es baladí, como bien dice Borges en -dónde si no- El inmortal.

Volvamos a la batalla. Andando el tiempo, algunos de los combatientes enfrentados empezaron a visitarse. Un filósofo analítico iba dando un paseo hasta el bando continental, le ofrecía un cigarro, le preguntaban qué tal iban las cosas por allí, si hacía buen tiempo en la Alemania trascendental, cosas así.

Robert Brandom, en lugar de leer a Heidegger y fruncir el ceño murmurando malditos esquizofrénicos, leía a Heidegger y se decía qué interesante filosofía pragmatista hay en la primera parte de El ser y el tiempo, ¿eh? Según Brandom, las categorías heideggerianas de ser a la mano (Zuhandensein) y ser ante los ojos (Vorhandensein) son dos tipos de intencionalidad.

Lo que está a mano, disponible para ser usado, tiene un carácter primordial, preconceptual, una significancia práctica y normativa. Esta normatividad está socialmente instituida.

Lo que está ante los ojos es un tipo de intencionalidad que se constituye mediante un procedimiento de abstracción de propiedades. Se llega a contenidos semánticos a partir de significancias prácticas. Lo que es vorhanden es -intentamos aclararlo siguiendo otra vez a Marías- lo que es existente, lo que está presente, delante. Lo zuhanden es lo que manejamos nosotros.

Dicho de otro modo: las acciones son el fundamento de los significados, la pragmática es el fundamento de la semántica. Platón cae derrotado de los cielos, el mundo de las ideas se desmorona, no hay significados trascendentales, no hay justicia en sí, ni bien en sí, todo surge de prácticas sociales. Adiós a la filosofía sustancialista, saludos a la filosofía relacional (Sin embargo, el filósofo relacional por antonomasia, el Príncipe de los filósofos, el gran Spinoza, arma su universo de relaciones inmanentes sobre la base de la sustancia... Pero, lo digo una vez más, la sustancia es infinita, por tanto no totalizable, por tanto no hay panteísmo que valga)

Aunque Platón es bastante más complejo. Si descristianizásemos a Platón tal vez veríamos que las Ideas no están en otro mundo, que solo hay un mundo y que Platón no se cansó de decirlo. Y si heideggerianizásemos a Platón tal vez veríamos claro que el ser de los entes no es, a su vez, otro ente, de manera que hablar, como hace Rorty, de entes inteligibles, no empíricos, pero entes al fin y al cabo, podría ser incorrecto, porque la inteligibilidad, la pensabilidad de los entes -y así, más o menos, lo dice Platón en la carta VII- no implica que haya dos tipos de cosas, ni que se reifique el lenguaje (esto me temo que, dicho así de mal, es un lío espantoso)

Bien. Otro par de filósofos analítico y continental, que podemos imaginar chocando esos cinco para acabar con el reinado filosófico de las esencias y las sustancias extrañas y los mundos profundos y remotos en lo que se ocultaría un ser supremo, son Derrida y Davidson. Derrida describió genialmente el supuesto de la metafísica occidental con estas acertadísimas palabras (las loas a Derrida son necesarias para contrarrestar los insultos que le dedican ciertos vilipendiadores nostálgicos de las esencias claras y distintas): Una completa presencia que se encuentra en segundo plano. No hay, como creyó el primer y místico Wittgenstein, un todo limitado. Hay redes de relaciones carentes de centro. Como dice Rorty, los entes platónicos inteligibles (aunque ya hemos sugerido que Platón podría ser más complejo) serían entes simples, suprasensibles, que significan por sí mismos, entes que trascienden los juegos de relaciones que se dan tanto en el mundo como en el lenguaje y que, además, explicarían el mundo sensible. Derrida, lo sabemos, irrita mucho porque es capaz de inventar conceptos tan bestias como fonologocentrismo. Que vendría a referirse a la primacía dada a la voz como portadora de sentido, siendo la escritura un producto secundario, derivado. El logocentrismo sería la profunda influencia que el discurso filosófico ha ejercido en nuestros hábitos de pensamiento y en nuestro lenguaje.


Neuromante

No entiendo por qué no acabé de leer un libro en el que se dicen cosas como "brillantes reticulados de lógica desplegándose sobre aquel incoloro vacío". Esa concepción ochentera e hiperplatónica del ciberespacio como alucinación consensual ya dio paso a otra bastante más prosaica, pero molaba mucho: "la inmaterial exultación del ciberespacio". Y aquí ya hipermegaplatonismo: "la actitud distinguida implicaba un cierto y desafectado desdén por el cuerpo. El cuerpo era carne. Case cayó en la prisión de su propia carne" Soma sema.


Pequeño diccionario teosófico

La lámpara eterna: la llama que se enciende en el último día y se nutre de todo aquello que no ha ocurrido entre los hombres.

La fuente de las lágrimas: lo inefable.

Huella: aquello que evoca un origen en el momento mismo en que testimonia acerca de su desaparición.

Shekinah: el eterno presente, divinidad femenina.


Intento de agotar una habitación

Ahora estamos en la habitación que da a la hilera de casas abandonadas. Las paredes están pintadas de color morado. Encima de la cama, presidiendo la habitación desde hace años, hay una fotografía en blanco y negro de Marilyn Monroe. Debajo de la fotografía está escrito LEGENDS 2, MARILYN. El edredón de la cama representa un conjunto de edificios que bien podrían ser de Nueva York, pero de forma más bien abstracta: cuadrados y rectángulos blancos y grises se suceden siguiendo un patrón sobre fondos negros y grises. En una de las paredes, encima del escritorio, sobre el que podemos ver dos paquetes de tabaco Ducados rubios, uno de ellos de cartón duro, vacío, y otro blando, medio lleno, un bolígrafo Bic azul y un portaminas Staedtler 0.5, un cenicero azul redondo con tres colillas, un vaso con restos de café, una gafas marca Caramelo de pasta, un afilapuntas, un paquete de caramelos Halls Xs Lemon (sugar fee), en el que solo queda un caramelo, una caja de cerillas, la funda de las gafas, varios cedés, de The Vines, de Janis Joplin, de Radiohead, de Los Planetas, de The Velvet Underground, de Bob Dylan, de The Byrds, de Tool, The Best of Woodstock, varios libros, 2666, de Bolaño, Cartas morales a Lucilio, de Séneca, El ermitaño de la calle 69, de Jerzy Kosinki, una cajita negra, en el interior de la cual hay mecheros inservibles, una cadena de oro, regalo de comunión, pilas desgastadas y varias fotografías de carné, hay una pizarra de color blanco. En la esquina inferior derecha de la pizarra hay una fotografía en blanco y negro de Bob Dylan, este fuma un cigarro con la mano izquierda. En la esquina inferior izquierda hay una representación de una máquina de escribir, amarilla sobre fondo negro, al dorso de la cual está escrito un microrrelato del II Concurso Universitario de creación de Microrrelatos. La ilustración es de Aarón González Julián. El autor del microrrelato es Alberto Marcos Guillén. El microrrelato es el siguiente: Hablaban tan bien de él que nunca llegó a publicar nada; todos pensaban que estaba muerto. En la esquina superior izquierda está escrito 2108 - ISBN, 2709 - MARC. En la esquina superior derecha, en caracteres griegos, está escrita una sentencia de Herácilto, traducida habitualmente como carácter es destino, pero que en absoluto quiere decir eso, al menos según el habitante de la habitación, para quien la sentencia significa, más o menos, la morada del hombre es su daímon. Al lado de esta sentencia, otra de similar significado (en la mente del habitante de la habitación), Indulgere Genius, sacada de un libro de Giorgio Agamben. Debajo de ambas, Et in Sparta Ego, divisa de Bolaño (al menos eso dijo en cierta entrevista). A la derecha de la pizarra, hay una estantería de cinco baldas. En ellas, además de libros, revistas y apuntes, podemos ver los siguientes objetos: los muñecos de La naranja mecánica, un globo terráqueo diminuto encerrado en un cubo transparente, un Caballero del Zodiaco, un frasco de colonia que lleva ahí varios años sin ser usado,  un reloj de cuerda parado, una pequeña roca negra, probablemente de Tenerife, una lata de Coca-cola vacía con el nombre Sergio serigrafiado, una botella diminuta de orujo de hierbas, seguramente un regalo de bodas, una placa de metal, revival de los años cincuenta, que representa a una mujer rubia parecida a Marilyn pero que no es Marilyn, un anuncio de Coca-cola que pone To play refreshed.  


Verdades patafísicas

El orden es la verdadera excepción. Esta es una verdad absoluta y eterna.


Y los pájaros huyen

Estalla la tormenta
y los pájaros huyen.

El granizo golpea
árboles y tejados,
aceras y ventanas.

El eco de los truenos
se acerca poco a poco
y cuando está al llegar
se desvanece sin más.

Un cielo borroso, sin
pájaros que lo habiten,
un cielo furioso y
violento y feliz.

Luego vendrá la calma
y también los pájaros.

Cantarán en el aire
húmedo y lúcido,
transparente y sin fin.

Se marchará de aquí,
la tormenta será un
recuerdo, un fulgor que
estalló sin más ni más.

Y reinará la calma,
persistirá el vuelo
de los pájaros contra
el cielo ceniciento.

Serenidad adentro,
silencio interrumpido.

Un beso desgarrado,
la lluvia y el granizo
en los labios del cristal.

El rumor de los coches
solitarios que se van,
los árboles que tiemblan
con sus hojas calladas.

Los tejados ahora
respiran con el viento
de las calles mojadas
por las que nadie pasa.


Imagen versus Historia

Mirar una fotografía fijamente hasta que su quietud se revele inquietante y mágica. Ese momento cualquiera, singularizado, que podría haber sido cualquier otro pero que es precisamente ese y no otro. Un momento sonsacado del discurrir incesante en el que ni siquiera hay algo así como un momento, solo una continuidad sin sentido.


Instantánea

Una luz suave y tranquila recorta la silueta de los edificios. Las antenas de televisión se alzan como brazos hacia el cielo. La grúa, ahora inútil, parece un inmóvil y gigantesco insecto metálico.

lunes, 3 de noviembre de 2014

Pequeña fábula escéptica

En un pequeño e insignificante planeta que giraba absurdamente alrededor de una gran bola de fuego unos arrogantes monos vestidos inventaron el conocimiento. El universo apenas se inmutó, pues es vasto, inabarcable, frío, insensible. Los monos se agitaron con cierto frenesí durante cierto tiempo. Intentaron averiguar por qué estaban donde estaban, para qué estaban donde estaban, qué pasaría después, cuando ya no estuvieran donde estaban, y quién era el responsable del desaguisado existencial en que se hallaban inmersos, si es que acaso había algún responsable último o todo esto no era nada más que un juego caótico de campos cuánticos y vibraciones y quarks y bosones y protones y neutrones y neutrinos y electrones y superposiciones y entrelazamientos y cosas así. Fue en vano. Nada averiguaron. Algunos creyeron que sí, que algo habían averiguado, pero estaban equivocados.

viernes, 10 de octubre de 2014

La insólita lucha de la serpiente

Había una vez una serpiente que, sobre la arena ardiente del desierto, se enroscaba ferozmente sobre sí misma. La luz del sol reverberaba sobre sus escamas. Lo que esta serpiente -descendiente directa de la serpiente originaria que fue bíblicamente condenada a arrastrarse sobre la tierra- estaba haciendo era intentar, en vano pero con admirable ahínco, comerse su propia cabeza. Estaba llevando a cabo una versión extraña y perturbadora del mandato délfico: 'cómete a  ti mismo'.

Giraba frenéticamente, a un ritmo desquiciado, formando un torbellino de arena que se te metía en los ojos y escocía. Hasta la fecha, su mayor logro había sido mordisquearse la cola. No era mucho, ciertamente. La serpiente estaba a punto de deprimirse, pero no cejaba en su empeño porque, bien mirado, tenía todo el tiempo del mundo por delante y, por lo tanto, no había motivo alguno para ceder al desaliento. No, no había que desanimarse. De ninguna manera.

Así pues, lentamente, pero con decisión, continuó engulléndose. No era, pese a lo que pueda parecer, una tarea sencilla. Se atragantaba a menudo, le daban arcadas, a veces incluso dudaba del sentido de su tarea, o se preguntaba por él, lo que viene a ser lo mismo.

Al cabo de algunas semanas, sin embargo, pudo  comprobar, con bastante alegría, que ya iba más o menos por la mitad de sí misma. Si avanzaba un poco más, alcanzaría el Punto de No Retorno y ya no tendría más remedio que seguir hasta el fin, es decir, hasta comerse su propia cabeza. Pero aún podía retroceder.

Su situación no era ni mucho menos fácil, ya que antes del Punto de No Retorno se encontraba la Difusa Zona de la Incertidumbre, un territorio notablemente más amplio, que era justo donde se encontraba, dudando entre retroceder o seguir avanzando.

Y, debido a que uno de los efectos más conocidos de la duda entre cierto tipo de serpientes suele ser la parálisis del comportamiento y, en no pocas ocasiones, también la parálisis del pensamiento, no hacía ninguna de las dos cosas. No avanzaba, no retrocedía. Indecisa, la serpiente seguía girando frenéticamente, en círculos, mientras afuera el mundo, ajeno a su insólita lucha, también seguía girando.

sábado, 17 de agosto de 2013

El hombre del saco



El hombre del saco vivía en todas partes, en todas partes había peligro. De noche, en la cama: ¿oyes cómo llama a la ventana? ¡Escucha!
Truman Capote, Un árbol de noche 

El hombre del saco se lleva a los niños que no duermen

viernes, 9 de agosto de 2013

La casa

Esas luces, lejanas y trémulas, brillan como ojos cansados, escrutando la oscuridad circundante, sin entusiasmo pero con perseverancia. Falta poco para que lleguemos. Casi habíamos perdido la esperanza, pero ahora, por fin, ya se ven, al fondo. Parece que sonríen, con una de esas sonrisas que emergen de un fondo de melancolía, como si nos reconocieran y nos dieran la bienvenida. Si las luces están encendidas, no hay duda: también deben de estar ellos dentro de la casa, esperándonos o no, eso no importa tanto, con tal de que estén. Eso es lo que importa en realidad, claro. Si no, no tendríamos nada que hacer. Excepto morir como perros, evidentemente. Parece que sonríen, pero las sombras que proyectan adoptan formas amenazantes. Eso de que las ventanas parezcan ojos es algo levemente perturbador, creo yo. Ojos en llamas.
La casa es pequeña, de madera, construida por manos inexpertas, en la falda de la montaña. El pico se alza por encima, con un semblante rígido, severo. Como si la casa fuera una especie de niña triste sometida a la voluntad cruel de un amo resentido. El pico debe estar cubierto de nieve, aunque es de noche y desde aquí no puede apreciarse.
Estamos llegando, pero aún estamos lejos.
Miriam camina a mi lado. Tiene frío y no habla para que el frío no se le meta dentro del cuerpo. Piensa que una vez dentro, el frío ya no se iría. Por eso tiene miedo y, como tiene miedo, no habla. En todo el tiempo que llevamos juntos, caminando en busca de la casa, solo ha pronunciado dos o tres palabras, y yo no he sabido qué significan. A veces me coge la mano y aprieta fuerte. Es más pequeña que yo. Su cara, pálida, angulosa, refleja el brillo de las luces, o eso me parece. El pelo, muy corto y moreno, se confunde con la oscuridad.
Hace unos días, tuve un mareo y me desplomé sobre la nieve. Cuando recobré la conciencia, noté que Miriam estaba echada encima de mí; su boca presionaba mi pecho y sus manos me agarraban el pelo, muy fuerte. Ya estoy, susurré, no te preocupes. Me mordió una oreja, que es algo que hace cuando está nerviosa. Ya vale, dije, no pasa nada, vamos a seguir el camino. A modo de respuesta, sonrió, con los ojos llorosos. Luego se los secó y asintió. Me puse en pie y seguimos.
Caminamos cogidos de la mano durante horas. Estaba convencido de que nunca llegaríamos. O, peor aún, de que, aunque algún día llegáramos, no valdría para nada. Estaba convencido de que sería totalmente decepcionante e inútil y doloroso. No se lo dije, naturalmente. Con que uno de los dos esté desesperado es suficiente. Puede que Miriam también esté desesperada, pero, de todos modos, simula creer. Lo hace por mí. Y yo simulo creer, por ella. De esta forma avanzamos. Si no, pues nos tenderíamos en la nieve y esperaríamos. No sé cuánto tiempo tardaríamos en morir.
Ahí están las luces, cada vez más cerca. Es la única casa de por aquí. Se oyen algunos ruidos que no logro identificar. Me tiemblan las manos. Miriam camina pegada a mí. Son una especie de crujidos, o aullidos, o susurros. No lo sé. La casa, pequeña y medio podrida, está ya a menos de cien metros. Las luces, encendidas.
Cuando al fin llegamos, nos paramos enfrente de la puerta. Nos miramos. Yo no me atrevo a llamar. Casi suplico que no lo hagamos, que demos la vuelta, que vayamos a cualquier otro sitio, por favor, que huyamos, y rápido, pero hemos caminado tanto tiempo, buscando precisamente este lugar, que ahora sería absurdo proponer algo así. Así que, tras unos instantes de vacilaciones silenciosas, Miriam llama a la puerta.

miércoles, 17 de julio de 2013

Siesta

La tarde transcurre apacible y sosegada, sumida en el sopor veraniego, en la inactividad o en la pereza, meciéndose al ritmo indolente de una hamaca deshabitada zarandeada levemente por el viento. La tarde transcurre, tediosa y serena, salpicada por el canto de los pájaros, por el zumbido de las moscas, por el llanto lejano de unos niños que se pelean, al final de la calle, quién sabe por qué.
La calle está desierta, excepto por esos niños que lloran, con motivo o, quién sabe, sin motivo. A estas horas es lo normal. Que en la calle no haya nadie, o casi nadie. Quién se atrevería a salir, ahora, cuando todos deberíamos estar durmiendo, primero respirando agitadamente durante un rato más o menos largo y luego respirando profundamente, cada vez más despacio, tentados ya, casi atrapados, por el sueño.
Las ventanas abiertas, las cortinas vacilando entre permanecer quietas o alzar el vuelo, dudando entre reposar inmóviles o encaramarse al viento, sin decidirse por ninguna de las dos opciones, balanceándose constantemente, como si estuvieran jugando, y susurrando palabras al oído de los durmientes, palabras que se pierden en algún lugar, sin alcanzar su destino.
El ladrido lejano de un perro sobresalta la conciencia del hombre que estaba durmiéndose. Las cortinas se estremecen, durante unos segundos, como si a ellas también las hubiesen despertado o interrumpido en su extraño e hipnótico juego.
Alguien ordena, sin éxito, que el perro se calle de una vez.
Hace calor, pero no se está mal. No del todo. Hay tiempo para pensar, aunque sea en tonterías. Pensar en tonterías es lo mejor cuando uno se está durmiendo. Tampoco está mal pensar en tonterías cuando uno está despierto, con la infatigable sempiterna conciencia vigilante alerta. Pero, más que de pensar, se trata de imaginar. Cualquier cosa, con tal de que esta se desarrolle por sí misma, casi al margen de tu voluntad, de modo que te conviertas en autor involuntario de una historia y en atento espectador de la misma.
El perro ya va dejando de ladrar, es el momento de adentrarse, paso a paso, definitiva y dulcemente, en la inconsciencia, de dejarse llevar, de traspasar una vez más la frontera, de abandonarse al feliz olvido de uno mismo

jueves, 11 de julio de 2013

El pez

Me preguntó que si los peces también lloraban. Le dije, no sé por qué, que sí. Después me preguntó que si los peces también lloraban, ¿cómo se daban cuenta los demás peces de que otro pez estaba llorando? Le dije que no podían darse cuenta. Entonces me preguntó que si un pez lloraba y los demás peces no podían darse cuenta de que lloraba, ¿se sentiría muy solo el pez? Tuve que decirle que sí, en efecto, que ese pez se sentiría muy solo y muy perdido en la inmensidad del océano.
Y a continuación se echó a llorar.

Diálogos ciberplatónicos (lo que piensa el TecnoNúcleo)

En la evolución reciente de La morada de los existencialistas errantes , el blog cruza una línea tecnológica y emocionalmente cruda. El dolo...