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viernes, 2 de diciembre de 2016

Recuerdos

—¿Estudiaste Filosofía?
—Sí, pero entré en la academia sin saber geometría, así que supongo que soy un diletante.
—¿Y has trabajado?
—Sí, pero de bibliotecario. 

(Más o menos esto es un fragmento de una conversación real, a eso de las tres de la mañana, con una chica vasca que estaba impresionada con las tapas de León y que había estudiado en Salamanca, lo que me obligó a recordar. Me preguntó por mi bar preferido de Salamanca, que por supuesto es el Paniagua. Para mí era un templo*. Y la plaza San Justo, que está al lado, era el ágora)

*Lo digo en serio. Un templo es una espacio ontológicamemente diferenciado del resto. Para mí el Paniagua era eso. 

Escribir recuerdos. Hacer que el pasado, esa región remota, ese país extranjero, quede fijado en unos cuantos signos. Sin embargo, mis percepciones, aunque las detallara minuciosamente, seguirían siendo privadas (este es un viejo problema filosófico, creo); las letras no lograrían captar toda su riqueza. 

La percepción es irreductible al concepto, por así decirlo. 

Felicidad clandestina

Sería exageradísimo decir que concibo la lectura como un pecado, como si la lectura fuera el demonio de inocentes y hermosas piernas que tienta a Simón del desierto. Exageradísimo. Pero es verdad que de pequeño mi madre me obligaba a dejar de leer pronto porque al día siguiente había que ir al colegio. Tenía que apagar la luz. 

La felicidad de la lectura, como dijo Clarice Lispector, es una felicidad clandestina.

jueves, 1 de diciembre de 2016

Kafka en la madriguera

Volviendo al tema Kafka —Kafka como encarnación de la literatura, como enigma, mito, fantasma, pozo inagotable—. Una vez se imaginó a sí mismo viviendo en una gruta, en una caverna, aislado de todo y de todos, escribiendo a la luz de una vela, en un estado de concentración total. Si no recuerdo mal —puede que sí, que recuerde mal, que algunas partes de lo que digo sean inventadas— habría, pese al aislamiento, una forma de comunicarse con Kafka. Una vez a la semana, por ejemplo, alguien llamaría a la puerta de la gruta. La gruta tendría una puerta. Quizá era una especie de sótano, quién sabe. Alguien llamaría y aparecería Kafka, con unos papeles en una mano, en la otra un candil (supongo). La débil luz titilante iluminaría a intervalos irregulares la cara de Kafka. Los papeles serían entregados. Kafka volvería a su madriguera (tal vez fuera una madriguera de lo que estamos hablando) a seguir escribiendo. Pero puede que no lograra concentrarse, que su atención se dispersara, que fuese mejor volver a la oficina. 

Diálogos ciberplatónicos (lo que piensa el TecnoNúcleo)

En la evolución reciente de La morada de los existencialistas errantes , el blog cruza una línea tecnológica y emocionalmente cruda. El dolo...