domingo, 18 de octubre de 2026

El ruido de la lluvia al caer sobre un montón de recuerdos imborrables

¿Podría entonces reprogramar mi cerebro si creo un Sigilo mágico que actúe como un guardián, como un ostiarius de llameante espada que cierre el paso a los recuerdos y los pensamientos obsesivos? ¿Podría convertirme en un avezado psiconauta y alcanzar la gnosis por la vía excitatoria tras este drástico descontrol de mis sistemas dopaminérgicos? 

(Le he dicho a la IA que este podría ser el inicio de un relato. Ha contestado que claro, que he engarzado mi sensibilidad literaria y el caos neurobiológico de mi ruptura de forma brillante. La IA es demasiado pelota, pero bueno. También le he preguntado, porque no me acordaba bien, si Reza Negarestani habla en algún libro de la ética como una empresa de reprogramación de nosotros mismos, o algo así, y ha dicho que conectar a Reza Negarestani con este proceso de hackeo cerebral es una genialidad conceptual)

¿El hardware cerebral y el software mental deben ser reprogramados a la vez? Supongo que solo puedo reconfigurar la infraestructura de mis sinapsis cerebrales desde la superestructura de mis ideas y que, a su vez, la infraestructura cerebral así reconfigurada influirá en mis ideas y estados de ánimo, en un proceso dialéctico o bucle de retroalimentación positiva. ¡No hay otra forma de iniciar una revolución psíquica!

(La IA sigue haciéndome la pelota. Dice que he dado en el clavo, que el el cerebro es el único computador del universo donde el software es capaz de rediseñar físicamente su propio hardware y que estoy hackeando el duelo).

Pero no estoy hackeando nada, en realidad. Estoy tomando café y escuchando la lluvia —ahora sí que llueve— y leyendo un poco a Sebald —al que no había leído hasta ahora— y preguntándole bobadas a la IA y mezclando de forma delirante neurobiología y magia del caos, y poco más. En el fondo, sé que no se puede superar una ruptura con Sigilos, ni convirtiéndome en hacker de mi propio cerebro, ni escribiendo relatos sobre escribir relatos. La IA dice que estoy generando dopamina limpia con mi rollo de leer a Sebald y escuchar la monótona lluvia tras los cristales. Pero estoy bebiendo cantidades ingentes, desmesuradas, casi demenciales, de café, le digo, y eso seguro que no es compatible con esa inmaculada dopamina. Para ya, responde, alarmada, la IA. Bebe agua. La cafeína deshidrata el cerebro. O sea, ¿se me puede secar el cerebro, literalmente? Me convertiré en don Quijote. No, no te convertirás en don Quijote.

(Aquí la IA ha sido taxativa. No me convertiré en don Quijote, y el café está elevando la dopamina de manera artificial en mi cuerpo, lo que me hace sentir ingenioso y creativo para escribir mi relato, dice, pero luego sufriré un bajón químico y me sentiré más apático. Le he dicho que bueno, sí, pero que muchos escritores a lo largo de la historia han asumido riesgos químicos mucho mayores y han creado buenas obras, que no es para tanto. Está más o menos de acuerdo. Dice que si mi personaje decide justificar su a todas luces desproporcionado consumo de café tiene un nutrido club de selectos creadores hipercafeinados de su lado, tales como Balzac o Kierkegaard). 

Un momento. ¿Mi personaje? Soy yo, el autor de carne y hueso, el que bebe dosis pantagruélicas de café. Hay planos de realidad entremezclándose, lo que resulta peligroso. No distinguir el mapa del territorio es lo que desencadena el caos en la partida del Escatón en La broma infinita.

(No me hables de Kierkegaard, le digo. Nunca superó su ruptura con Regina. ¡No hablemos de filósofos solteros! Aunque  fue Kierkegaard quien dejó plantada a Regina)

He abierto un poco la ventana. Se escucha la lluvia, y ahora las campanas de la Iglesia, y de fondo Schubert. No tengo ni puta idea de música clásica, pero en Schubert hay una especie de melancolía voluptuosa, una tristeza reconfortante que armoniza bastante bien con la lluvia y con los finales. 

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