jueves, 17 de diciembre de 2009

Cat Power



Todo el rato escuchando a Cat Power.
Leo, además, un poco a Kierkegaard. Me cae bien, pese a mi militancia (involuntaria) en el estadio estético, del que no suelo salir casi nunca, porque ni asomo el hocico al religioso: a mí me colma la inmanencia sin problemas, me basta y me sobra.
De hecho considero la trascendencia demasiado simple, sin matices, aburrida. Demasiado vertical y luminosa. Sin contrastes. En lo trascendente no hay claroscuros ni ritmo.
Eso creo, al menos. Quién sabe. Quizá allí esté la risa de los dioses.
Ando sobrado de melancolía. Que haya estado leyendo a Trakl lo explica, pero es una melancolía alegre, afirmativa. Something like that.
¿Una melancolía erótica? No sé ni lo que digo. Más acá y más allá de la reproducción, ahí reside el erotismo. El erotismo es musical. Aunque no suene nada. Quiero decir, todo es cuestión de ritmo.
También hay ritmo en una imagen fija. O puede haberlo.
Dios no parece que tenga ritmo.
Nietzsche solo podría creer en un dios que supiera bailar.
Pues eso.
Hablo de forma indeterminada, es cierto.
La música se posa y se desliza por la piel. La nieve se posa y se desliza por la piel de los tejados.
Esplendor eterno de la superficie.
Lo de decir eterno ya no se lleva, lo sé.
Mi melancolía es la más fiel amante que he conocido, escribe Kierkegaard.
La música salta sobre un abismo de silencio, los pies desnudos se posan sobre pequeñas piedras suspendidas en el aire.
El noise pavimenta todo el espacio, aterrorizado por los huecos. No se arriesga a caer por los huecos.
El noise es desesperado e incluso desgarrado, pero no es melancólico, o al menos le falta esa delicadeza desmayada que yo asocio a la melancolía.
Una melancolía que sonríe y acaricia.
Espero que esto no suene demasiado cursi.
Hay que imponer una distancia irónica en el texto con los sentimientos. La culpa es de Derrida. O quizá no. Da igual.
Los sentimientos no son individuales, pero sí singulares.
Un poeta no expresa su interior porque no hay espacio interior. Eso es una mala metáfora basada en una mala ontología.
Sigo con Cat Power.
Afuera la nieve permanece.
El sol se ocultará pronto.

viernes, 11 de diciembre de 2009

Sol de invierno

Radiante sol de invierno
el cielo un gran vidrio transparente
música alegre para pasear por el frío
sin pensar en nada
respirar sin más absorvido por el mundo
su movediza quietud de piano saltarín
los árboles desnudos vistos
en alta definición
el tiempo de las imágenes
los objetos emancipados libres
asaltan nuestros sentidos
el mundo abierto feliz
en su esplendorosa superficie

miércoles, 9 de diciembre de 2009

Ejercicio de prosa romántico-ontológica

La niebla es una mujer que se sustrajo quien sabe cómo a la ineludible, implacable, voracidad insaciable del tiempo, devorador aplicado, y se deshizo de su antigua forma en un descuido y ahora vaga en pos de ella siendo lo que no es, tan solo sus ojos, su fulgor frío contagioso adherido a la piel permanece de su perdido ser mortal, sus pasos sin huellas desgajados de la realidad, más sola no se puede estar, sin voz para llamar, sin manos para acariciar o simplemente saludar o despedirse de alguien en alguna estación, sin posibilidad de viajar y llegar a algún lugar, enjaulada en un espacio abierto imposible de habitar, sin casa, inmersa en la inhospitalidad esencial que, es cierto, nos aqueja a todos por el hecho de ser.

domingo, 6 de diciembre de 2009

En el limbo sí hay alcohol

La masa exangüe de parados aspirantes a consumidores asalariados y autosuficientes que continúa flotando como un gas informe en el limbo transicional ya-acabé-la-carrera-y-ahora-qué pulula de noche por las calles frías en las que no para de llover y va entrando y saliendo de los bares en los que baila alcoholizadamente, dejándose llevar con cierto estilo ralentizado por el ritmo, con afectada pose de nihilistas interesantes, cantando en momentos de feliz y fugaz entusiasmo colectivo al reconocer una canción que invita a la nostalgia y a celebrar la huida de uno mismo.

En el mortal y depresivo cansancio resacoso de la mañana siguiente lucharán arduamente por reponerse a base de beber líquidos isotónicos y comer macarrones con tomate y queso.

viernes, 27 de noviembre de 2009

El insomne procastinador nietzscheano entretenido

Ahora que escribo menos que nunca siempre pienso antes de dormirme en escribir libros extraños y maravillosos con estructuras inmensamente complejas y también enigmáticamente simples y personajes simpáticos a los que quisieras llamar por teléfono sin motivo alguno, solo para escucharles y saber que existen, que están ahí, en algún sitio, y personajes enamorados de abismos que están a punto de caer y perderse, pero que finalmente no lo hacen porque son unos fantásticos y valientes equilibristas de la vida, aunque su seducción fatal por la nada los sitúa siempre en la cuerda floja y peronajes turbios y poderosos que traman y conspiran y ocultan una negra verdad que no debe ser desvelada porque si no el mundo peligrará y personajes ingenuos y tiernos y transparentes y palabras enredadas en el viento para acariciar por la noche e imágenes luminosas e hipnóticas que fascinen y protejan y evaporen los miedos inútiles y nos lleven a un lugar más allá del bien y del mal y nos ayuden a afrontarlo todo, absolutamente todo, todas las tragedias y desencantos que se acumulan emponzoñando nuestra ligereza, con una risa sin resto alguno de sarcasmo, una risa libre, un alegre decir sí.

lunes, 9 de noviembre de 2009

Microcuento sin moraleja

El asesino era un monje lector de Tomás de Aquino que dejaba extrañísimas pistas, símbolos de un alfabeto extraterrestre, cuadros abstractos, citas de Homero, emoticonos, sujetadores gigantes y cosas así. Muy inteligente y perturbado. Su perseguidor no le iba a la zaga en cuanto a inteligencia y perturbación se refiere. Un viejo libro polvoriento, ubicado en una sección supersecreta de una antigua biblioteca, le dio la clave para descubrir la identidad secreta del asesino. Al parecer, era él mismo. Cuando lo supo no cupo en sí de tan asombrado que se hallaba. La duda paralizaba su capacidad de raciocinio, por no hablar de la merma sufrida por su capacidad de actuar. ¿Qué hacer? Pasó dos días sin comer ni dormir, viendo un canal de teletienda. Al tercer día se preparó un bocadillo de pan con chocolate y un vaso de leche caliente, asesinó a todos los monjes del monasterio y el resto de la jornada se dedicó a hacer zapping. Hubo de lamentar varias veces la calidad de la oferta televisiva ahora que su soledad le impedía solazarse con los comentarios y las risas de los otros monjes. Al día siguiente, amaneció muerto. En la pantalla podía leerse No o mala señal.

viernes, 6 de noviembre de 2009

Le dije (sin voz, solo con el pensamiento)

le dije yo no sé qué hacer siempre me dejo llevar
le dije quisiera vagar por ahí coleccionando espuma de mar
le dije mi memoria guarda agujeros por los que te puedes despeñar
le dije imagino tus piernas desnudas que quisiera acariciar
le dije mi mano ahora tiembla de tanto inútil soñar
le dije sé muy bien que no estás ausente simplemente no estás
le dije quisiera rodar una road movie contigo sin morir al final
le dije no busques nada detrás de mí no lo vas a encontrar
le dije yo no quiero trabajar ni tampoco madrugar
le dije quisiera reirme toda la noche y luego despertar
con una sonrisa de bobo pegada en tu lunar
le dije básicamente no hago nada por mi vida eso es lo que hago más
le dije quisiera pasear de noche a la luz de las farolas y desvelar
el misterio del ser que ronda por la ciudad estelar
le dije dejemos de una vez este lugar
le dije construyamos nuestro Nunca Jamás
le dije nunca supe muy bien qué es la realidad
le dije pareces cansada vete ya a descansar
le dije mañana tendremos que madrugar
le dije se puede al mismo tiempo volar y fumar

jueves, 5 de noviembre de 2009

Ausencias

Aquella risa que espantaba mi tristeza
aquellas botas de agua que no te compraste
todo es ausencia translúcida
ahora que empieza el frío
y acabamos todo el vino agrio del bar
y caminamos desmayados
sin oficio ni beneficio
espectadores que no aplauden ya
juntos pero solos
la ciudad parece deshabitada
no sabemos qué esperamos
siempre pedimos otra más
pero ya no somos los mismos
y nuestra casa no nos la podemos comprar

miércoles, 4 de noviembre de 2009

El hijo de Dios



Nudozurdo. Buenísimos. Postpunkis ochenteros del futuro saltando a la pata coja sobre una línea pintada con una tiza blanca sobre un desierto en el que no para de llover. Y la lluvia borra la línea. Y todo se mezcla. Y en Lonres ya degustan la tortilla de patatas. Y Joy Division se erigen en el agujero negro del rincón de la galaxia emitiendo una luz rara que no es onda ni partícula ni tampoco esplendorosa, sino una disposición anímica transmutada en sonidos repetitivos e hipnóticos, vibraciones estelares, la música underground de las esferas, que transforma la percepción del paseante anónimo que recorre ciudades descompuestas, borrosas, hudizas, letales, divertidas, desoladas, hermosas, a 220 kilómetros por hora a ninguna parte.

jueves, 22 de octubre de 2009

De viaje

Se cambió el nombre y el color del pelo. Empezó a fumar. No mucho, cinco cigarros al días. Pisó el acelerador del coche, un coche viejo y peligroso con toda clase de recuerdos fatídicos y hermosos adheridos a la tapicería como un polvo espeso y pegajoso que el viento era incapaz de desprender, por muy fuerte que pisara el acelerador. Abre la ventanilla. La ceniza revolotea histéricamente unos instantes antes de ser succionada por el paisaje exterior, un paisaje seco, duro, monótono, mudo, un paisaje con los dientes apretados que parecía desafiarnos a todos, retarnos a resistir, en un extraño juego sin premio alguno. Empezó a llorar, despacio, sin hacer ruido, había sido capaz de contener las lágrimas durante mucho kilómetros solitarios, pero finalmente se deshizo en lagrimas, en silencio, la carretera se ve empañada, demasiado larga, sin destino. Hoy ha fumado más que cualquier otro día. Se mira el pelo en el espejo, no se reconoce. Tendría que mudar también la piel, alterar el timbre de mi voz, modificar el ritmo de mis pasos, la dirección de mis miradas y azuzar el fuego de mis ojos en busca de la felicidad. Dicho esto último con la ambigüedad propia de la ironía, una ironía inevitable, de obligado cumplimiento, nacida del temor, fruto de la desesperación y siempre disponible para templar frases y sentimientos arrebatados, lanzados sin red hacia el ridículo. Qué clase de personas somos, en qué clase personas nos hemos convertidos, por el amor de dios, vamos buenos, dónde está el cementerio, el coche aparcado lejos del arcén, mientras el llanto se le seca en la piel, dejando un surco ligeramente oscuro y hermoso, los ojos vidriosos, retraídos, los labios pálidos y las mejillas coloradas esforzándose en construir un esbozo de sonrisa que se queda flotando en el viento, desvaída mueca que sobrevuela el abismo. Arranca de nuevo el coche, toma el desvío hacia la autopista, el sol le molesta en los ojos, se pone las gafas de sol, y qué bien le sientan, con el pañuelo al cuello, parece salida de una película antigua, en blanco y negro, con la cazadora negra de cuero, que le da un aire salvaje y sofisticado, y empieza a reír, carcajadas tímidas al principio, carcajadas desatadas y estruendosas luego, riéndose sola como una loca, muy por encima del límite de velocidad, circulando por las desoladas autopistas que bordean sin atravesar las ciudades, movimiento perpetuo, sin progresión, sin sentido, puro movimiento sin fin, como la vida, por la red de carreteras, su compleja geometría, sus entrecruzamientos, en busca quien sabe de qué, acaso del olvido o, en todo caso, piensa, de una memoria distinta de la suya, una memoria fusionada con otras memorias, no necesariamente de personas, la memoria de las rocas y de la lluvia y de la tierra mojada y de crepúsculos rojos y de animales diminutos y de helechos cósmicos, pero qué estoy diciéndome, volviéndome loca. Dejar todo atrás. Huir, resistir. Aún no sabes de qué eres capaz. Asustada, desde luego, pero decidida, aunque reconoces que incluso la más firme de las determinaciones flaquea, acosada por la incertidumbre y por el miedo, por la nostalgia y por la furia, en fin, por tantas cosas, tantas zonas de penumbra y deseos carcomidos por el tiempo. Se trata de un equilibrio precario, un juego de claroscuros intermitentes. Seré capaz, lo sé. Formulas profecías con la esperanza de que se conviertan en profecías autocumplidas. Ser capaz, en eso consiste la libertad, ni más ni menos. Que tomen notas los estudiantes y dejen de joder con significados abstractos: voluntad de potencia, afectos alegres, afectos tristes, cuerpos. En una gasolinera para, reposta, compra un bocadillo, una botella de agua, repone fuerzas. El cielo está despejado y luce increíblemente inmenso, azul abismal, nunca lo había sentido así, un inmenso lienzo vacío, lleno de posibilidades, pero vacío, la noche del mundo, como su conciencia, prometedor a la vez que amenazante. Todos los comienzos son difíciles, una voluntad que no se determina no es real. Te dices esto siempre. Sin embargo, ella ha huido movida más bien por un impulso ciego, por una voluntad ciega. Desde luego, no sé lo que quiero, quiero querer algo, eso sí, pero no es mucho, con eso no se construye una vida, al menos no una vida firme y encarrilada, sino más bien una vida a la deriva de señorito mimado y frágil e irritante alma bella, con pájaros en la cabeza, eso sí. Una vida llena de una ansiedad absurda. En fin, la insoportable levedad del ser y todo eso. Una vida light, desprovista de sustancia. Esperas el acontecimiento de lo maravilloso atacando al mundo de los hechos como agua de mayo, pero es fugaz, respiras el aire fuerte de la cumbres y acto seguido caes. La consabida danza ciclotímica. Subes el volumen de la música. Podría arrojarme por un precipicio, pero el fotograma no se congelaría, me moriría sin más, sin fábulas esperanzadoras sobre la emancipación que valgan. Una muerte sin épica, un dato más acumulado fríamente en alguna bases de datos. Ya hay que poner las luces, ya se ha hecho de noche, todavía no has llegado, por muy deprisa que vayas no hay meta así que da igual. En tu casa no hay nada que cenar, duermes con dolor de estómago. Mañana será otro día. Tienes miedo. No importa, serás capaz.

sábado, 3 de octubre de 2009

Wind

No recuerdo quién fue el primero en sugerirlo. Tal vez no fue nadie. Tal vez todo comenzó como un temor presentido por todos, como una posibilidad que nadie se atrevía a verbalizar. Cada día caminábamos menos. Poco a poco, fuimos dejando de hablar entre nosotros. Un grupo de cinco o seis personas estuvo con nosotros durante un mes. Ni siquiera nos saludamos. Por supuesto, tampoco nos despedimos. De vez en cuando, por la noche, alguien lloraba. Su llanto se diluía en el crepitar del fuego. De todos modos, seguimos buscando. Pero la sospecha de quizá no hubiese nadie en Wind no era algo que pudiera ignorarse. Tal vez murió hace muchísimo tiempo. La imagen de los inmensos espacios en los que la luz se desplegaba con un temblor tímido se repetía en mi cabeza. Lo otros, sin embargo, albergaban visiones diferentes. Tal vez un sistema autónomo gobierna el flujo de imágenes. Tal vez no haya programador. El sistema tiene fallos. No podemos compartir el mundo. No podemos hablar entre nosotros.

Wind

Las lejanas tierras de Wind se transformaban en nuestra imaginación a cada paso que dábamos. Sedientos, cansados, los inmensos espacios en los que la luz se desplegaba con un temblor tímido y acogían al caminante duraban unos instantes y se desvanecían. Callejones oscuros, sucios, surcados por el griterío soez de los traficantes. El temor a ser asesinados y abandonados como perros. Nuestro deseo de huida hacia adelante, hacia las borrosas tierras de Wind, que nunca coincidían con las visiones serenas en la que descansar al fin, sintiendo la brisa otoñal en la piel, ni con las visiones del laberinto asfixiante de calles sucias y ruidos incesantes. Wind se mantenía impetérrita en su mudez, casi al alcance de la mano, hurtando su verdadero rostro a nuestros continuos esfuerzos por descifrarle, sembrando el camino de innumerables máscaras, a veces prolongando una visión con el propósito de engañarnos. Una risa, acompañada de una mirada cruel, deshacía el encanto. El miedo, al caer la noche. Alrededor del fuego, en silencio, temblábamos y respirábamos profundamente. No era preciso decir nada. A Wind le gustaba ocultarse.

sábado, 26 de septiembre de 2009

Irremediablemente

Soñé algo así como me volvía loco. Loco del todo. Irremediablemente. Tenía tanto miedo que tuve que despertarme. Imaginaba mi cerebro y le rogaba que funcionara bien. Tanto miedo. Despertar. Quería ocultarme en un lugar fuera del espacio. Algo así como una necesidad imperiosa de escuchar música desgarrada y triste y de llorar de nostalgia me sobrevino al despertar. Imaginaba mi cuerpo drogado sobre un escenario, mi cuerpo salvaje y demasiado cobarde para envejecer. Cantaba y luego le rogaba a la chica de la primera fila que me abrazara muy fuerte sin mirarme a los ojos. Tanto miedo. Alguien me decía estás como un puta cabra. Yo callaba. En serio, insistía. Prefiero irme a casa, decía yo. Poco antes de despertar. Tanto miedo. Mi cerebro ahora no puede pensar en nada. Repta sobre el lodo tratando de no sucumbir. Tratar de no sucumbir agota todas sus fuerzas. Ella decía todo va a ir bien, ensaya pasos de baile mientras te arrastras por el lodo, pequeños pasos invisibles, oxigenarán tu cerebro. Tu cerebro hambriento de horizontes absolutos.

viernes, 18 de septiembre de 2009

Reinado de la incertidumbre

El futuro se anuncia con el sonido retro de sintetizadores viejunos. Una vez destruida la línea simbólica de la modernidad, la lógica del revival instaura ciclos de repeticiones huérfanas de origen y de meta. Indigentes ontológicos, despertamos del sueño o pesadilla de la identida total en devenir hacia sí misma a lo fragmentario, lo múltiple, al caos de inesencialidades desatadas ante nuestros aturdidos ojos. Eterno retorno sin el relato de la teodicea según el cual Dios es principio y fin de todo cuanto hay. Lo verdadero es el todo, y el todo es esencialmente resultado, decía Hegel. Hoy, sin embargo, el todo es lo imposible. El todo ha muerto. No hay resultado final. Película sin the end. Apertura radical. Reinado de la incertidumbre.

lunes, 14 de septiembre de 2009

Huir

Tardes de electropop y Spinoza a mediados ya de septiembre, 2009, acuciado por pasiones cuya naturaleza tiene el extraño poder de sumegirte en una atmósfera líquida como de ensueño blando e infinito. Sin embargo, un leve temblor tenebroso inquieta la serenidad de la atmósfera. Una especie de oscuridad informe o ruido sordo planea siendo, a la vez, lo más cercano y lo más lejano. Huir de aquí, susurra una voz; huir de aquí, con decisión, con valentía, un pie y después otro, paso a paso, huir, alejarse lo más posible de aquí, dejar de una vez de columpiarse en la atmosera anestesiante que te envuelve y abrir los ojos, y despertar, regresar al mundo de los vivos, y caminar, con la mirada fija en el horizonte, aun si se trata de un horizonte surcado por nubes negras y amenazadores, sobre todo si se trata de un horizonte de nubes negras y amenazadoras, sin apenas equipaje, quemando las huellas, olvidando, avance a toda máquina, con alegría, que las nubes negras y los ruidos sordos son encantamientos que te impiden caminar y has de cruzar, si de verdad quieres despertar, el umbral de la fantasía paralizante que te ata a tu lugar de origen.

miércoles, 19 de agosto de 2009

La escritura recargada apesta

Dado que la escritura recargada apesta y dado que soy muy proclive a escribir llenándolo todo de metáforas, comparaciones y adjetivos innecesarios, tal como hace Muñoz Molina, he decidido imponerme una serie de reglas:

1. Pensar en cómo lo escribiría Muñoz Molina y tratar de hacerlo de la manera más opuesta.

2. El verbo es la clave del enunciado. Tener en cuenta siempre esta tesis.

3. Prohibido hacer metaliteratura. Prohibido citar a Baudrillard.

4. La estética no es un adorno. La estética será cognitiva o no será.

5. Rechazar los significados abstractos.

6. No intentar, jamás, tener estilo.

7. No abusar de las enumeraciones.

8. No abusar de la adjetivación.

9. No abusar de las metáforas.

10. No abusar de las comparaciones.

11. Saber de lo que se escribe.

Góngora

Oye el sórdido son de la resaca, infame turba de nocturnas aves.

lunes, 17 de agosto de 2009

Shadowplay



Aquí se le rinde un culto desmedido a Joy Division: fanatismo incondicional sin distanciamiento que valga. Ian Curtis es nuestro dios.

Escribiendo, que es gerundio

Escribiendo sin meta, sin propósito, simplemente a luz turbia de sentimientos, imágenes y temblores de estrellas frías que se adivinan a lo lejos y cruzan, fugaces, por los ojos alucinados de quien espera, sentado en una orilla, con una lata de cerveza en la mano, sintiendo el viento caliente del desierto en la piel cuarteada o el aire fresco de las noches de verano, tan tristes y tan alegres puesto que, a fin de cuentas, todo pasa... esperando nada, envuelto en bucles... todo pasa, envuelto en luces turbias, lejanas, que cruzan sin propósito el viento alucinado de las noches tristes... todo pasa, los cuerpos calientes tiemblan ya en el recuerdo con una tibia palidez y la cerveza se calienta y se derrama sin meta en la garganta del alucinado que espera nada al fresco, viendo pasar estrellas frías y sentimientos cuarteados abandonados como pedazos de piel muerta tejidos a la noche...

domingo, 16 de agosto de 2009

Las lágrimas como signo poético, por un fan de Bataille

Las lágrimas no son signo de debilidad, son la expresión de una conciencia aguda capaz de captar la vida en su intimidad, como diría Bataille. Intimidad no equivale a interioridad, a la interioridad axfisiante del sujeto moderno. Intimidad quiere decir aquí superación y negación del mundo de lo útil, del mundo de los objetos conformado por la mediación del trabajo, de la actividad productiva, superación de la alienación. Entonces, las lágrimas no expresan simplemente la tristeza de un sujeto, expresan, además, una felicidad que se desborda al establecer contacto con el esplendor del ser, al intuir la abolición de las oposiciones entre naturaleza y espíritu, entre sujeto y objeto, y captar la continuidad del ser como una unidad, no obstante, incompleta, abierta a devenires; acontecimiento excesivo que no puede ser verbalizado ni, por consiguiente, razonado y se resuelve en gesto inútil, en gasto improductivo, en belleza erótica-artística-religiosa, más allá del saber, de las categorías, susceptible de ser apenas señalado por un lenguaje poético en guerra contra sí mismo, que dice su imposibilidad de decir aquello que lo excede, que lo supera y que querría ser grito, gesto violento, primordial. La poesía es lo incivilizado del lenguaje. En cierto sentido, anhelo de un origen que no deja de desplazarse porque no existió, fundamento ausente, sin positividad, sin historia, que no deja de insistir y de destellar en el límite de la lengua.

Todo esto creo que se entenderá mejor si pensamos en la música. La música toca la intimidad del mundo y de la vida, del ser, si quieren, en su dinámica, sin la opacidad de las significaciones del lenguaje. Posee una dimensión trágica, triste y alegre; escuchada con la suficiente intensidad provoca un torrente de lágrimas felices en el oyente.

viernes, 14 de agosto de 2009

De pantalones vaqueros y de la esencia y otras cosas que salieron al paso

Es algo bastante inhabitual que unos pantalones vaqueros sobrevivan a los avatares de toda una década. Lógicamente, están muy desgastados. Al negro oscuro original le ha brotado del substrato textil algo así como una nube blanquecina difusa. Hubo, además, que cortarlos, porque estaban muy rotos por la parte de abajo, debido al rozamiento contra el suelo a lo largo de los años. Ahora son unos pantalones cortos, pero no han perdido su esencia.

En este punto es preciso hacer una acotación filosófica para presentar brevemente una concepción sobre la esencia: la esencia no es algo inmaterial por detrás de las manifestaciones concretas, sino las propias manifestaciones cambiantes, los lugares, las localizaciones, que lo son de esa esencia. La esencia, si quieren, es una nada, quizá trascendental, en el sentido de ser condición de posibilidad, en cualquier caso un campo trascendental sin sujeto, una nada creadora, una ausencia con base en la cual se definen las manifestaciones, en este caso de unos pantalones vaqueros. La pluralidad de formas contingentes adoptadas por los pantalones dicen su esencia, que se distancia, no obstante, de dichas formas, no se confunde con ellas ni llega a ser un algo distinto: no hace falta duplicar lo real. Lo cierto es que aún no he logrado comprender satisfactoriamente esta esquizofrénica duplicidad unitaria de la apariencia y la esencia, esta escisión inherente y constitutiva de la unidad. Hablo quizá incomprensiblemente. Pido disculpas.

El caso es que hoy me he encontrado con estos pantalones vaqueros que ya han cumplido una década difiriéndo de sí sin dejar de ser ellos mismos y el espanto del tiempo y los gritos solitarios en desolados países de hadas (hay alguna intertextualidad con Burroughs por ahí, no me acusen de plagio) han acudido a mi cabeza. Hace diez años era el Instituto, la sala de máquinas, pirarse clases, Kurt Cobain. Oh tiempo tus pirámides (¿de quién es ese verso o lo que sea?). Bueno, olvidémoslo. Lo mejor sería olvidarse, quemar los recuerdos. Nadie podrá danzar sin quemar toda la infancia y la hedionda masa psicodramática de los recuerdos, incluso de los felices. Benditos los que olvidan (Nietzsche dixit). He aquí la gloriosa muerte del hombre, del apestoso yo moderno, la memoria quemada por un santo tribunal inquisitorial en un juicio justo. O mejor: una memoria sin recuerdos. Hacer que el mundo mismo delire. No existe el yo y toda la literatura del yo será escupida y pisoteada alegremente.

Proust no escribió nunca una novela psicológica, Proust es pura exterioridad, un exquisito fenomenólogo, un canal de transmisión de sensaciones singulares e impersonales. No hay un yo manifestándose, confesándose, descubriendo su esencia oculta, hay un mundo que emerge, que se crea, que brota súbitamente y se queda flotando fantasmalmente mucho tiempo después de cerrar el libro y acostarse temprano.

jueves, 13 de agosto de 2009

Vigilancia y derrota

Preguntas sin palabras por un lugar invisible cuyos acordes son lo visible mismo. Toda la vida igual, mordiendo la luz desmayada e inhabitable de un atardecer que no admite compañía ni sabe ser sin ser contemplado por ojos cautivos. Una constante e inútil vigilancia empeñada en salvar la distancia que te separa de las cosas. El encanto trágico de una derrota indescifrable.

Campos de Castilla (PsychoPoetic Version)

En cualquier punto de los vastos prados resecos y amarillentos de esta ancha meseta en la que nunca pasa nada un grupo de marionetas ha cobrado vida y urdido un plan secreto para asesinar a la humanidad.

Bostezo homicida en área metropolitana

Espectacular amanecer en la pantalla plana gigante de alta definición situada en el jardín de césped artificial. El sonido simulado de un despertador mecánico cruza el aire y llega a los oídos de Dave. Está demasiado alto, así que se ve obligado a regular los implantes de sus oídos. El sonido estridente llega ahora a sus oídos blando, lejano, apacible, lánguido. Parece que atravesara una atmósfera líquida, se dice Dave mientras los ojos se le cierran. El crepúsculo pixelado se apaga. Fundido en negro. Comienzan las noticias. La hora del café. Seis millones de muertos y descuento promocional por la compra de una doble hamburguesa Whipy. Largas cola de marginados sociales en el centro de la ciudad. En las afueras, el área metropolitana ha sido engullida por el bostezo de un monstruo gigantesco. Cariño, apaga eso. Pero el cadáver de Dave ya no escucha. La mujer regula sus implantes de modo que el zumbido de una mosca se amplificaría hasta parecer un helicóptero de combate. En ese momento, la mujer mira hacia arriba y ve la aterradora boca gigantesca que se cierne sobre ella a punto de iniciar su bostezo homicida.

sábado, 1 de agosto de 2009

Diario de un comunista hegeliano

Es extraña la mala prensa que tienen la rutina y la seguridad. Los elogios que reciben la libertad y el riesgo son fantasías, probablemente necesarias, de acuerdo, fantasías para contarse al oído, en la cama, con una ligera borrachera, las noches alegres. Por mi parte, adoro la rutina y soy capaz de detectar la hipocresía a distancia. Soy un tipo franco y honesto, esa es la verdad; soy un tipo aburrido, aunque no me voy a suicidar. Me encanta la tele. La tele y la rutina. Construyo mi mundo, como todos (el suyo, quiero decir). Mi libertad, mi pequeño reducto. Las fantasías se consumen, venden mucho, dan dinero, esa es la verdad. Me siento delante de una pantalla con una cerveza bien fría en la mano y soy feliz. Básicamente, soy un tipo simple y conformista. El conformismo tiene mala prensa, pero no sé por qué, yo no conozco un estado más agradable. Acuerdo categórico con el ser, podríamos llamarlo, robándole la expresión a Kundera, novelista que, por otra parte, no me entusiasma demasiado. Le leo por rutina. Cuando no sé qué hacer, me digo que no estaría mal leer a Kundera, por pasar el rato. Aunque no sé qué pinta el término "categórico" en esa expresión.

Acuerdo alegre con el ser.

Acuerdo por cojones con el ser, porque el ser es lo que es, eso lo sé porque fui a la Facultad de Filosofía a pasar el rato en mi juventud. Básicamente, soy un hegeliano de izquierdas reaccionario.

Acuerdo racional con el ser.

Creo que el Estado es necesario, sí, ¿qué pasa, putos anarquistas de mierda, qué habeis hecho vosotros en los últimos años? Quejarse mucho y no mover un dedo, pasearse con perros sarnosos por ahí, poco más. ¿Veis lo reaccionario que soy? Creo en el orden y en la ley, sí. No se puede construir nada sin orden. Nada que valga la pena. Nada grande se ha hecho sin pasión, decía mi maestro Hegel, que también dijo que todo lo verdadero es concreto, algo que se les olvida a algunos de sus detractores. Creo en la libertad. La esencia del Espíritu es formalmente la libertad. Eso suena bien. El Espíritu es dolor infinito. Esto es menos lúgubre de lo que suena, es épico y trágico. Nunca he sabido reconocer las siete diferencias entre un anarquista y un liberal. Por esto me llamaron dogmático, pero la verdad es que no sé reconocerlas. El problema es, digamos, epistemológico. Soy un tipo dogmático y reaccionario, eso es cierto. Las dos palabras me gustan, los dogmas me gustan y no veo nada de malo en ser reaccionario. Como no soy un hipócrita lo puedo decir. No hay izquierda que valga con esos tiparracos que luchan contra el sistema bebiendo cerveza y vistiéndose de un modo atroz. Yo también bebo cerveza, pero al menos me visto con cierta elegancia. Todos los pobres son feos, esa es la triste verdad. Esto suena muy de derechas, pero es preciso reconocerlo cuanto antes. Como son feos, hay que echarles del centro de las ciudades. Si un día se rebelan y destruyen las ciudades yo les aplaudiré. No me alegraré, porque será bastante desagradable, pero les aplaudiré y diré que ya era hora, coño. Levantaré el puño y brindaré por la revolución. Claro que yo desprecio el lumpen que no produce valor. Cuando un pobre me pide dinero siempre le digo lo mismo: asqueroso explotador. Se sorprenden mucho. Me suelen responder que explotador lo será mi puta madre. Yo les respondo que mi madre trabajó toda su vida y era una buena comunista, no un vago de mierda. He intentado toda mi vida ser un buen comunista. He leído cien veces el Manifiesto Comunista. Ese maravilloso inicio shakespeareano me pone los pelos de punta. Confío en que un nuevo Lenin convierta Europa en un lugar bien ordenado y comunista. Hasta entonces, me dedico a ver series de televisión. Revolucionario y conformista parece que no encajan, pero yo no quiero hacer la revolución, quiero que la hagan otros, para poder ser conformista en una sociedad bien ordenada. Yo me dedicaría al orden, es decir, a administrar cosas después de la revolución. Trabajaría para el Partido. Pensaría estrategias para vencer a nuestros enemigos. Todo el mundo trabajaría, pero poco. Lo necesario. Esa es la libertad: trabajar sí, pero poco.

martes, 30 de junio de 2009

Delirios primitivistas

Tardé mucho rato en darme cuenta de que las luces de las farolas estaban apagadas. Había algo raro, pero no sabía qué. Desde la ventana contemplaba la lluvia torrencial y los relámpagos. Un espectáculo sublime. Asistencia gratuita. Tardé mucho rato en darme cuenta de que la extrañeza provenía de la ausencia de luz eléctrica. Las fuerzas de la naturaleza, indómitas y salvajes, asaltando los prodigios de la civilización posterior al siglo XIX. Llamé por el teléfono móvil. Sin respuesta. Sin luz. Silencio. Alone in the dark. Las hojas de los árboles taparon las alcantarillas y la calle se transformó en un río. Seguí disfrutando del espectáculo. Romanticismo en plena urbe, sin hora determinada, sin precio. Un frescor rabioso. Sin televisión, sin luz. La felicidad me invadía, mi cerebro se bañaba en ríos de placer primordial. Tardé mucho rato en darme cuenta, qué extraña se vuelve la ciudad sin luz eléctrica, todo parece más peligroso y más atractivo. Llamé por el teléfono móvil otra vez, sin respuesta. Sólo en la oscuridad. Como un mono primitivo, contemplaba al dios de la lluvia con regocijo y con ganas de más. Al fin, el diluvio. Que llueva más. Quiero verlo. A hard rain. Sí, aquí y ahora, en directo. Emisión en alta definición, la mismísima realidad en directo, directamente desde ella misma hasta tus sentidos. Abro la ventana, descorro la última pantalla, el final del juego se acerca, pequeñas taquicardias de excitación... y de repente vuelve la luz, la civilización, la calma, el tedio, el ritmo de la lluvia decrece y la melodía de las sirenas de los servicios de urgencia inundan la ciudad, el orden se reestablece, apenas fue un breve lapsus, una pequeña interferencia de caos libre. Llamo por teléfono. Contesta. Está bien. No le cuento que he estado fantaseando con el fin de la civilización en pleno éxtasis romántico y delirando con los dioses de la lluvia y que la melancolía de la cueva me inunda al ver ahora la luz de las farolas.

miércoles, 3 de junio de 2009

Diálogos poco o nada platónicos

-Si te traspasa aún estás a salvo, si te empapa ya no hay salida.
-¿El qué?
-Ah, cualquier cosa.

Kantianamente sublimes

La desesperación indudablemente puede ser sublime. Cuando es una sublevación de la razón contra la razón al abrigo del tedio. Y en la boca nos queda un regusto a ceniza de tener a tantos cigarrillos por acompañantes.

Lo que quiero decir es lo que se me escapa al intentar decirlo

El retorno de lo real, la pasión por lo real, la espera de Godot, Kafka en su habitación. Lobos aullando, lobos esteparios, teatro sólo para Locos. Dostoievski frente al pelotón de fusilamiento, desnudo, a treinta grados bajo cero. Dostoievski dictando una novela a una mecanógrafa para saldar sus deudas de juego: El jugador. Mishima suicidándose ante las cámaras de televisión. El huraño Salinger. Pynchon que nadie sabe cómo es, que se oculta. Burroughs jugando fatalmente a Guillermo Tell. TEATRO SÓLO PARA LOCOS. David Foster Wallace hallado muerto, ahorcado. Dan ganas de agarrarle por las solapas y zarandearle y gritarle que por qué, ¿y David Foster Wallace nos ofrecería un pañuelo para secarnos las lágrimas, diría algo ingenioso? Un autor a quien después de leerle nos gustaría llamar por teléfono: DFW. Holden caufield, nos hacemos viejos. Esperando. Toda una red de llamadas y respuestas disparatadas: he ahí la literatura, su esencia móvil, su faz hudiza, sus pasadizos excavados en el viento. Versos condenados como los de antes y pasado mañana. Incomprensibles a veces. Feroces. Valientes. Truman Capote fascinado por un asesino viril y contado con una prosa quirúrgicamente precisa. ¿Qué decir de Humbert Humbert? Nabokov está resguardado en las entrañas. Bolaño, valiente hasta lo inverosímil, escribiendo siempre, luchando. El cerebro de Leopoldo María Panero convertido en una rosa. LMP descubriendo que la guerra más inútil es la autoafirmación del yo, que para ser posible haría falta que el otro no existiera. Palabras. Cuevas arañadas en las copas de los árboles, danza invisible resbalando por los tejados. Saltar a la pata coja para llegar a algún lugar del que querremos huir nada más llegar. Carreras de sacos, carreras imprudentes de motos, hace ya tiempo. Marcar goles. ¿Aún recuerdas los primeros cigarrillos? Sí, cómo no. ¿Que quién me ofreció el primero? No lo sé, hacíamos el tonto. ¿La primera vez? La sensación fue extraña. Buena, pero extraña. Placer y vértigo. Como pasar de pantalla en un videojuego, éxtasis por el logro realizado y expectación por el monstruo final, y ternura y tristeza y algo más definitivamente indescriptible. El monstruo final, si nos ponemos existencialistas, sólo puede significar la muerte, la muerte de verdad, sin vidas extra, la última partida con la última vida disponible. Pasar pantallas y morir. Pero que la fiesta no decaiga, a pesar del vacío y de la incertidumbre y del miedo. Respirar hondo, concentrarse, ¿cuál es la siguiente pantalla? La Nintendo de 8 bits me la regalaron por mi comunión, yo tenía nueve años y me hicieron fotos horribles vestido de marinero. Nos pasamos el día jugando, felices. Mi vecino tenía un videoconsola anterior, no recuerdo el nombre, recuerdo un videojuego hipersimple con dos palitos y una bola, un tenis digital rudimentario que nos tenía horas pegados a la pantalla, como descubridores explorando una ruta de posibilidades inéditas e insospechadas. Recuerdo que jugábamos en la habitación de sus padres. Las habitaciones de los padres imponían respeto. Uno se sentía raro estando en ellas jugando a esa videoconsola anterior a la Nintendo de 8 bits. Por las noches de pesadillas eran un refugio. Mundos perdidos. Los Niños Perdidos. Las tardes de nocilla y videojuegos. Un bollo de grasas saturadas llamado Xuxo. El Pang. Los futbolines. La piscina. La topografía de nuestra educación sentimental. Y muchas cosas más de las que no sabría hablar.

Diálogos ciberplatónicos (lo que piensa el TecnoNúcleo)

En la evolución reciente de La morada de los existencialistas errantes , el blog cruza una línea tecnológica y emocionalmente cruda. El dolo...