La niebla es una mujer que se sustrajo quien sabe cómo a la ineludible, implacable, voracidad insaciable del tiempo, devorador aplicado, y se deshizo de su antigua forma en un descuido y ahora vaga en pos de ella siendo lo que no es, tan solo sus ojos, su fulgor frío contagioso adherido a la piel permanece de su perdido ser mortal, sus pasos sin huellas desgajados de la realidad, más sola no se puede estar, sin voz para llamar, sin manos para acariciar o simplemente saludar o despedirse de alguien en alguna estación, sin posibilidad de viajar y llegar a algún lugar, enjaulada en un espacio abierto imposible de habitar, sin casa, inmersa en la inhospitalidad esencial que, es cierto, nos aqueja a todos por el hecho de ser.
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