lunes, 18 de noviembre de 2013

Batiburrillo sin pies ni cabeza

Entre recordar y entre olvidar me quedo con las dos cosas
Andrés Calamaro, Las dos cosas

Nietzsche escribió una razonable alabanza del olvido. Le asignaba una función equivalente a la digestión. Es necesario olvidar. Para que no se nos indigeste el pasado. Para mirar el porvenir con los ojos limpios. Pero la verdad es que eres como ese pájaro fabuloso descrito por Borges que volaba hacia adelante con la cabeza mirando hacia atrás. ¿Y si olvidases ciertas cosas, no sería como si nunca las hubieses vivido? El pájaro fabuloso descrito por Borges es un animal melancólico. Su mirada se pierde en una lejanía cada vez más inalcanzable, fija en un momento que ya no retornará jamás. Desea lo imposible. Desea que algunos momentos no se pierdan como lágrimas en la lluvia. Desea rescatarlos de la implacable y destructora sucesión de los días, los meses, los años. Que floten como esencias indestructibles y resplandezcan en la oscuridad. Que la lluvia no pueda apagar su fuego. 

Aunque los ecos del pasado sean susurros que se escapan de los labios de los fantasmas. 
Aunque lleguen hasta el presente teñidos de bruma. 
Aunque suenen como una canción cuya melodía, cada vez más lánguida, se desvanece poco a poco, porque se estira y se estira, planeando sobre el silencio.

La melancolía provoca cierto estado de furor. Starobinski dice que permite, al que la padece, transformar su incapacidad de vivir en capacidad de decir. Hay un montón de bibliografía sobre esta cuestión. Destacamos el estupendo libro de María Bolaños Pasajes de la melancolía: arte y bilis negra a comienzos del siglo XX, de donde extraemos un poco al azar la siguiente cita:

He perdido totalmente la facultad de meditar o de hablar con coherencia sobre cualquier cosa

H. von Hofmannsthal 

Entonces, ¿qué pasa? ¿la melancolía también puede llevar a la afasia? En lugar de un sujeto afable, tenemos a uno afásico, acaso obsesionado con lo inefable, al que se le atragantan las palabras y, en consecuencia, balbucea, tartamudea. 

Sintaxis descoyuntada para un mundo que carece de centro, de estructura, de arké, de telos. Habla desgarrada. Dispersa. Logos fragmentado. El funambulista cojo salta sobre una cuerda tendida sobre el abismo. Se le encocora el corazón. Caen las estrellas, como lágrimas. El funambulista levanta la vista. Alza los brazos. Habla con los astros sin pronunciar una sola palabra. Una angustia densa como niebla tensa sus músculos. Llegar al otro lado, la meta. No mires atrás. Sí, un solo vistazo. Dos no. Dos sería mortal.*

*Ni idea de qué significa todo esto. Dejémoslo en que es un desvarío. El verbo encocorar no lo usa ni Dios, pero mola. Hay que ponerlo de moda. Esperemos que lo esté usando bien porque no pienso consultar ahora un diccionario. 

Y la pupila del alba embelesa las calles frías, vacías, esparce una sonrisa rosada, inmarcesible en su fragilidad. Sonrisa informe no construida por labios humanos. Allá a lo lejos, un hueco de luz se se abre paso entre la opacidad herrumbrosa del cielo, como un suspiro. No hay nadie. Es muy temprano y todavía no hay nadie. Solo el alba, la carretera sin coches, las farolas. Las cosas diríase se encogen, tiritan. Arropadas por la incipiente luz ahora. Una desolación innombrable late en los aleros de los tejados, en el asfalto dorado por el amanecer, en las nubes que se apartan con deferencia, en el estallido mudo y mullido de las amables llamas invernales.*

*Ídem.

-Esa escena es totalmente irreal y mágica. Un clásico. Propongo la siguiente definición de clásico, que no es mía: aquella obra que con el paso del tiempo se ha vuelto inmune a las críticas y forma parte del, por decirlo con una odiosa expresión, inconsciente colectivo, y es capaz de resistir todas las parodias porque posee una especie de fondo de verdad, de emoción pura, inatacable por mucho que los esnobs y/o los críticos culturales se empeñen en decirnos que es una mierda. Además, esta narración está tan perfectamente estructurada que me da ganas de llorar. De acuerdo, todo es tópico. La historia de amor y todo eso. La música es cursi. Lo que quieras, pero funciona a la perfección. Todo encaja. Solo tienes que librarte de todos tus prejuicios culturetas para verlo.*

*Por extraño que parezca, esta parrafada fue motivada por el visionado de Titanic. En un estado propicio para las epifanías fulgurantes. Sea como fuere, no deja de ser cierto que el gusto cultureta en ocasiones tiene que ver con el deseo de distinguirse de la chusma.
-Dijo el fan de Malick y de Dreyer.
-Sin comentarios. 

Cambio abrupto de tema.

He aquí, lector, unas cuantas citas:
He aquí, lector, un libro de buena fe. Te advierte de entrada que no me he propuesto ningún fin que no sea doméstico y privado.
Montaigne, Ensayos.
Acometo una empresa como nunca hubo una igual, y cuya ejecución no tendrá imitadores. Quiero mostrar a mis semejantes un hombre verdaderamente natural. Y este hombre seré yo. Yo sólo. 
Rousseau, Confesiones.

Naturalmente, este rollo de un hombre verdaderamente natural es una pamplina porque, como dijo Kafka, confesar equivale a mentir. Lo que uno es, lo es sin más. Yo, por principio, desconfío de todo autor que presente su libro como un libro de buena fe. Tal vez sea porque la televisión nos ha convertido a todos en en alumnos aventajados de la escuela de la sospecha. Quién sabe. 

Nuevo cambio abrupto de tema
Arcaico significa: cercano al arké, es decir, al origen. Pero el origen no está situado solo en un pasado cronológico, él es contemporáneo del devenir histórico y no cesa de actuar en este, de la misma manera que el embrión sigue actuando en los tejidos del organismo maduro y el niño en la vida psíquica del adulto.
Giorgio Agamben, ¿Qué es lo contemporáneo? 

Lo que podría ser otro cambio abrupto más de tema pero que vamos a relacionar con el tema del origen (esta vez, de forma derrideana -pedimos perdón por anticipado- sirviéndonos de una larga -otra más- cita fragmentada, en la cual salen a relucir otros motivos recurrentes de este blog) para dotar de un poco de criterio a este post monstruoso


La fotografía encierra un valor mesiánico y ritual, pretende siempre conjurar una ausencia que se sabe inevitable. Busca recuperar la presencia de lo ausente. La fotografía es una forma de visión profética, reveladora, promiscua, subversiva (...) Diane Arbus solía decir que una fotografía es un secreto acerca de un secreto(...) Idea que causa terror: no hay origen; todo efecto de origen es un simulacro. Simulacro en el origen, que desplaza la jerarquía ser-apariencia, original-copia, alma-cuerpo... Peligro para el origen, pero que a la vez siempre puede hacer un efecto de origen: siempre puede añadir algo (suplemento sería, a la vez, lo que suple y lo que añade). Este es el efecto que tiene la mirada(...) En la fotografía el tacto se ausenta pero quiere volver, en su imposibilidad desespera y se vuelve espectral [¿No es esto melancolía clásica en estado puro, el deseo de abrazar lo que no es susceptible de abrazo, según la definición de Ficino que estoy seguro ya he comentado otras veces?]. El espectro es a la vez visible e invisible, sensible e insensible, es el presente de su ausencia. El espectro no es simplemente ese visible invisible que puedo ver [el gusto por las expresiones paradójicas no es culpa mía, la culpa de todo la tiene Derrida], es "alguien que me mira sin reciprocidad posible y que por lo tanto hace ley allí donde yo estoy ciego, ciego por situación" (Derrida, Ecografías de la televsión; ¿lo ven? Ahí está Derrida. Ni idea de lo de "hace la ley", lo de la "ausencia de reciprocidad" está bastante claro, y es inquietante y fascinante: piensen en ello cuando miren fotografías)
 Estefanía Dávila Martín, La escritura de la luz

Del este mismo artículo vamos a citar la opinión de Kafka sobre la fotografía -cuyas palabras van a misa, ciertamente, aunque en esta ocasión tenemos algunos reparos-, opinión que en el artículo está extraída de Conversaciones con Kafka, de Gustav Januch (citado por Sontag en Sobre la fotografía)
La fotografía concentra nuestra mirada en la superficie. Por esa razón enturbia la vida oculta que trasluce a través de los contornos de las cosas como un juego de luces y sombras. Eso no se puede captar siquiera con las lentes más penetrantes. Hay que buscarlo a tientas con el sentimiento.
Los reparos a las palabras de Kafka estoy por decir que son kafkianos (aquí kafkiano quiere decir estrictamente kafkiano, y estrictamente quiere decir que los reparos se basan en sus propias palabras... No sé si esta frase ha tenido mucho sentido, la verdad). Porque si lo que no es lo es sin más y confesar equivale a mentir, la vida oculta no se revela sin enturbiarse artificialmente, y no importa si el artificio son las palabras o las imágenes. En ambos casos hay que buscar a tientas. ¿No hay, en la superficie de las fotografías, en el juego de luces y sombras, sentimientos que se ofrecen a una visión intensiva? Hay que buscar a tientas en la superficie misma. (Seguramente he dicho algunos disparates)

Última cita de La escritura de la luz:
La cámara atomiza, controla y opaca la realidad. Confiere a cada momento el carácter de un misterio. 
Confesiones. 

Me he quedado sin cigarros. Por lo tanto, fin del post.

Confesiones II

El post va a continuar un poco más a pesar de todo. No mucho. Sigo sin cigarros. Me duele la garganta. He aquí un hombre verdaderamente natural. Mira, Rousseau. Empresa superflua, soporífera. Al hombre verdaderamente natural que le den. Que le den a Rousseau. Rousseau no mola, nunca moló y nunca molará*. Empresa como nunca hubo una igual, dice. Anda. 

*Otro que no mola es Voltaire. ¿Qué es, si nos ponemos un poco serios, Cándido, sino una bobada escrita por un tipo que obviamente no ha comprendido nada de Leibniz? Nada de nada de nada. Novelita irritante la de Voltaire. 

Breve consideración sobre la potencia y la narrativa por venir

Es extraño, o al menos a mí me resulta extraño/inquietante, que casi siempre, cuando aparece una gran novela, haya un montón de reseñas hablando, no de lo que es la novela aquí, ahora, ya, sino de lo que representa, y que lo que representa sea lo que puede ser en el futuro la narrativa. Como si la obra no tuviera valor por sí misma, solo como signo de una posibilidad, la del advenimiento de una época de esplendor novelístico inusitado. ¿Y si, a su vez, las nuevas grandes novelas del futuro se consideran en signos de otras novelas de un futuro aún más lejano y así sucesivamente? ¿No hay aquí una especie de mesianismo subyacente? Quiero decir, parece que los reseñistas estén esperando la llegada definitiva pero infinitamente postergada de la Novela Final o algo así. El fin del juego, que diría nuestro amigo Derrida.

No puedes meterte el todo en el bolsillo, porque el bolsillo forma parte del todo
El mundo es como una realidad virtual sin salida de emergencia que solo puede ser observado desde su interior*
*Ni idea de a quién pertenece esta frase. Está anotada en un cuaderno bajo el título Indofísica: el mundo del observador interno. Al parecer insistí bastante en esta idea: pretender una descripción completa del mundo es imposible; imposibilidad de un acceso al mundo desde fuera, observación necesariamente interna; limitación del campo de visión por (ilegible*) punto de vista.

*A veces no entiendo mi letra.

También hay anotada una visión pesimista de los medios de comunicación y sus ciclos. Muy básica y desgraciadamente cierta. Es esta: 

Noticia-Indignación-Olvido... Noticia-Indignación-Olvido... Y así sucesivamente. 

(la comunicación es psicótica)

Signos de madurez

-Yo, ahora mismo, por ejemplo, no soportaría estar en una habitación brutalmente desordenada.
-Tu habitación está ahora mismo brutalmente desordenada.
-Creo que no eres consciente del nivel de desorden que antaño podía soportar. No lo puedes ni imaginar. Y, por cierto, hay patrones ocultos. No hay tanto desorden como parece.
-Solo en tu escritorio hay: paquetes de tabaco vacíos, el cenicero azul, folios escritos con lápiz (en uno hay escrito lo siguiente: "las estrellas ululan esta noche helada/ como mensajes rotos, voces mudas, lejanas"), portaminas, el mp3 azul, paquetes de pañuelos, un vaso de tubo, otro par de gafas, un afilapuntas, billetes de autobús viejos, el Kindle, Cedés, chinchetas adhesivas para pegar cosas a las paredes, un paquete de Halls, un móvil viejo, un paquete de cerillas, un cargador viejo, un estuche de gafas, una pulsera de cuero, cuatro mulatitos, piruletas, varios bolígrafos, la caja del mp3, un bote con más bolígrafos y piruletas, una caja que guarda más bolígrafos y mecheros que no sirven para nada y pilas gastadas que tampoco sirven para nada...
-Bah, eso no es nada.

Confesiones III

Para ser sinceros, ahora ya tengo cigarros. Por eso el post ha continuado. Sin rumbo, sí, pero continuado al fin y al cabo, que es de lo que se trata. Anoche fue cuando me quedé sin cigarros. Hoy ya tengo. Anoche tuve un montón de sueños. Bastante raros. Ya no los recuerdo. Antes de dormirme, sin embargo, sí recuerdo que empecé mentalmente a escribir una novela en primera persona y que lo que más me preocupaba era el tono de la voz, más que el estilo, si es que esto tiene algún sentido. Más o menos comenzaba así: 
Me han mandado que escribiera mis impresiones sin preocuparme por nada, solo que divagara y me dejara llevar, y eso es lo que voy a hacer. Tengo esta noche. Mañana tengo que entregar a mi profesor lo que haya escrito. El encargo se parece al de una película que vi hace tiempo. Me gusta. Me gustan las películas. Aunque no suelo recordar los títulos. Creo que escribir es relajante. Solo teclear. Sin más. Lo que sea. Sin presiones de ningún tipo, sin ambiciones de ningún tipo, sin pensar, entregado únicamente al ritmo. Es lo que voy a hacer. Mi historia. Empezaré por el principio: nací un día de agosto. Nevaba, por extraño que parezca. No, no es cierto. ¿Qué coño va a nevar en agosto? Da igual cuando naciera. Mis padres me abandonaron cuando era pequeño. Crecí en instituciones estatales. En orfanatos. Ahora puede que se llamen de otra forma. Últimamente no paran de cambiar los nombres de las cosas. El mundo se ha llenado de tiquismiquis. Por ejemplo, está mal decir que alguien es autista, hay que decir que tiene autismo. A mí me la sopla. Vale que no constituye todo su ser, no lo niego. Pero el verbo tener también es problemático. Parece  como si tuvieran una cosa. Tengo autismo. Uno se siente impulsado a preguntar: ¿dónde lo tienes?, ¿lo tienes escondido? Tal vez esté equivocado. Tal vez haya elegido un mal ejemplo. De hecho, lo estoy. Equivocado, digo. Cuando uno dice tengo catarro, no se siente impulsado a preguntar dónde. Lo anterior, por tanto, ha sido una estupidez colosal. Igual he dejado de ser capaz de razonar. Esta posibilidad me asusta un poco, he de confesarlo. Pongamos otro ejemplo. Hay personas a las que les parece mal decir hombre o mujer. Dicen cosas como: persona asignada con el género masculino, o persona visibilizada como hombre al nacer. Es de risa. O dicen: nosotros, nosotras, nosotres. Para mearse de risa, ya digo. Por otro lado, las personas que dicen cosas como al pan y al vino vino suelen ser aún peores. Quiero decir: demagogos y capullos. A las cosas por su nombre. ¿Pero es que las cosas tienen un nombre? No sé ni qué pregunto. Estoy un poco mareado. Claro que tienen nombre. ¿O no? No entiendo lo que digo. Escribir relaja, sin duda, pero también te lleva a la locura. A cierto tipo de locura, diría yo. Todos venimos de la noche y la locura. Por ejemplo esta frase que acabo de escribir no sé a cuento de qué viene. La he escrito antes de pensarla. Luego me he quedado pensando en qué podía significar. Es bastante raro. Crecí al abrigo del Estado, ya digo. No me fue mal, no crean. Una cosa curiosa, pero que tampoco viene a cuento de nada y que solo escribo porque tengo que escribir cualquier cosa, es que de las chicas rubias que he conocido a lo largo de mi vida no recuerdo ningún nombre. Algo inquietante, por algún motivo. Tampoco significa nada, pero a mí me parece de lo más curioso. Sin excepción, recuerdo vagamente sus caras, pero no sus nombres. Tampoco han sido tantas. Creo que debería ser capaz de recordar sus nombres. ¿Por qué soy incapaz de recordar sus nombres? ¿Por qué esto solo me pasa con las rubias? Ni puta idea. Recuerdo, por ejemplo, que a una le gustaba Bukowski. Yo dije que guay, a mí también, por qué no. La verdad es que Bukowski ni me gusta ni me deja de gustar, pero qué más da. Mis recuerdos son fragmentos, imágenes inconexas, atomizadas, deshilachadas, misterios reverberantes. Una cosa que tengo que confesar es que no pienso hablar de nada verdaderamente importante, que lo verdaderamente importante no se lo voy a confiar a las palabras escritas, que me lo pienso guardar, por decirlo así, en el alma. Hay cosas que no hay que contar jamás. Esto es de una canción. ¿Por qué no? La respuesta requiere una explicación un poco pedante. No tengo tiempo de desarrollarla bien. Baste decir que tiene que ver con una cosa que decía Platón. Que hay cosas que se tienen que grabar en el alma. Algo así. Con eso tendrá que bastar. De momento. Sigo. Es ya muy de noche. Esto me está llevando más tiempo del que pensaba, y eso que solo acabo de empezar. Oigo ruidos. La noche lo transfigura todo. Las cosas parecen más solitarias. Los sonidos se amplifican. Otro mundo. Me siento casi irreal. Como si no existiera. Es una sensación peculiar, agradable pero a la vez desasosegante. No sé si me estoy explicando bien. 
Inmersos en el misterio de lo absurdo*

* Otra frase anotada en un folio que no sé a quién pertenece. Las anotaciones que siguen son estas: Irremediablemente subordinados a observaciones de segundo grado: el entretenimiento (McLuhan) Apenas he leído a McLuhan, pero bueno. Otra: no solo no tenemos una salida de emergencia, es que ni la estamos buscando. Otra más: hay que restaurar la perceptibilidad... Supongo que son apuntes de algún congreso de Estética. Con mis apuntes no hay manera de aclararse. Mis apuntes son un puto desastre.

La mirada de Medusa 

"Su necesidad de ti es como una especie de Medusa que te petrifica" (DFW, no recuerdo en qué relato... Cito de memoria, más que nada por pereza, porque no pienso levantarme a comprobar si la cita está bien y dónde... Otra de DFW, relacionada con lo de Diane Arbus: "Siempre hay secretos dentro de los secretos", apostaría a que esto lo dice en El rey pálido) 
Desde tiempos inmemoriales, la mirada se ha considerado peligrosa, e incluso sacrílega. Se ha desplegado bajo la sombra de la sospecha. La mirada tiene confines, límites que no se deben transgredir. Pero, a pesar de todas las prohibiciones, no se ha dejado de mirar aquello que no se debía ver... Recordemos, entre otras, las trágicas muertes de Acteón y Prometeo en la mitología griega. ¿Qué es lo que vieron, que les hizo merecedores de tal condena? Lo que hace sacrílega su mirada no es lo que vieron, sino que fueron conscientes de que mirar es una forma de poseer, de hacerse con lo mirado, y este hecho es imperdonable. Toda mirada es furtiva, roba algo de las cosas. Toda mirada tiene un precio. Mirar es una forma de poseer, y a la vez de perder aquello que vemos. Mirada que llega incluso a enfrentarse a la muerte. Solo el que viene de mirar a la muerte a la cara tiene algo que decir sobre la vida. Esta mirada extrema, de umbral, que nos lleva al confín de lo visible y nos deja ante lo invisible o ante el vacío, es la mirada de Medusa.
Estefanía Dávila Martín, La escritura de la luz*

*Cuando dije lo de la última cita del artículo de Estefanía era, como queda claro, mentira.


This is the end

Fotografía en la pared: Marilyn Monroe. Lleva ahí años. No ha cambiado nada. No produce ese efecto de muchas fotografías, que parece que te están mirando. Los ojos de Marilyn miran hacia un lado. Marilyn es un misterio. Ninguna mirada poseerá a Marilyn jamás. Su rostro escrito con luz es indescifrable. Fotografiada una y otra vez, Marilyn es lo inapropiable por antonomasia*

*Vale, sí, desvaríos de mitómano. 

viernes, 15 de noviembre de 2013

Narciso

Miren el cielo, mírense ustedes mismos y recuerden: no somos más que los ecos de Dios, y Dios es Narciso
Hanson Edwin Rose, Creationist Myths (Pneuma Publications, Detroit, Michigan, 1989), p. 229*

*En La casa de Hojas, Mark Z. Danielewski, (Primera edición Segunda edición, Alpha Decay, Pálido Fuego, 2013), p. 44.

Y llegó el invierno

-Abrigaos bien que hace un frío del carajo.
-¡Puta mierdra*!

*No es un error.

martes, 12 de noviembre de 2013

Extraña sensación paramnésica antes de leer aclamada novela de culto

Noto una sensación extraña. En realidad, se trata del típico déjà vu o paramnesia. La noto justo al comenzar a leer La casa de hojas. Es un día espléndido, soleado, una falsa primavera, antesala de la llegada del invierno. Se acerca el invierno, eso está claro, aunque hoy no lo parezca. La tregua antes de la guerra, por decirlo con retórica bélica. Las expectativas generadas sobre la novela de Danielewski son tan gigantescas, tan desmesuradas, que me fuerzo deliberadamente a rebajarlas con el objetivo de no sentirme decepcionado. Trato de leer como si nadie hubiera dicho nada de la novela. El torrente de referencias y comparaciones es, no sé si azaroso, pero desde luego muy caudaloso. Añadamos a la lista (David Foster Wallace, Melville, Borges, ¿Lovecraft?, ¿Joyce?, siempre hay que mencionar a Joyce) a Jerzy Kosinki, porque sí, y a Kundera, también porque sí (qué espantoso crítico literario sería si lo fuese, que no es el caso). ¿No se refiere a Kundera ese Muss es sein? Tal vez no, tal vez sí (yo digo que sí, de momento). ¿Por qué Kosinski? Hablo de Kosinski como si hubiera leído toda su obra, pero no es cierto, solo he leído El ermitaño de la calle 69 y no estoy seguro -nunca estoy seguro- de haberlo entendido (aquí debería introducir disquisiciones infinitas y potencialmente tediosas acerca de los libros considerados como máquinas asignificantes en contraposición a las lecturas deconstructivistas estándar, Deleuze versus Derrida, y preguntarme, con ademán solemne, la mirada perdida, pose de asombro y agudeza crítica, acaso mesándome la barba: ¿qué carajo significa entender una obra literaria?). ¿Por qué añado a un escritor judío poco conocido, y cuando digo poco conocido quiero decir que hasta hace muy poco yo no lo conocía de nada, lo cual no quiere decir, bien mirado, que sea poco conocido objetivamente (DFW se refiere a un libro suyo en En cuerpo y lo otro)? Bueno, por las notas a pie de página y las citas y todo este "ludismo metalibresco de raigambre cervantina" (¡toma frase!), y porque El ermitaño de la calle 69 es la transcripción de los papeles de trabajo de Norbert Konski. También, claro, tendríamos que hablar de Borges, pero es un referente demasiado obvio. Borges, Nabokov, sí, sin duda, pero si empezamos con todo este salvaje referencialismo no vamos a acabar nunca. Puede que la literatura, como el ágape cristiano, no acabe nunca, en otro sentido que no tiene nada que ver con esta referencia bíblica totalmente arbitraria. La sensación paramnésica tarda en evaporarse. Mientras dura no puedo concentrarme en lo que leo, solo en lo que siento, que no tiene nada que ver con lo que leo, aunque haya sido de alguna forma generado por la lectura del libro (aunque solo he leído la introducción y ese Muss es sein interrogativo que yo creo que se refiere a Kundera, a La insoportable levedad del ser, que si no recuerdo mal comenzaba hablando del eterno retorno, igual, por cierto, que la Historia abreviada de la literatura portátil, de Vila-Matas, que también comenzaba hablando de Nietzsche y del peñasco en el que Nietzsche tuvo la intuición del eterno retorno, idea, por cierto, que nada o muy poco tiene que ver, en mi opinión, con los átomos ni es refutable acudiendo a Cantor, como parece  pensar Borges al principio de La doctrina de los ciclos, aunque luego reconoce que Nietzsche nunca habló de los átomos, que la clave de Nietzsche (parafraseo libremente) es el Amor fati. Escribe Borges: "alguna vez nos deja pensativos la sensación de "haber vivido ya ese momento". Los partidarios del eterno regreso nos juran que así es e indagan una corroboración de su fe en esos perplejos estados". No creo, sinceramente, que haya de verdad partidarios del eterno retorno que busquen corroborar su fe en esos momentos (que estoy convencido de que tienen una explicación neurológica y no un alcance ontológico). Retornar es el ser del devenir; el eterno retorno es la disolución de la identidad sustancial, ya sea de Dios o del hombre, pero esta jerga de rufianes (que diría Walter Benjamin), o sea, de filósofos, amenaza con convertir mi post en un galimatías incomprensible).

En fin, que me voy a leer La casa de hojas y que se la recomiendo desde ya, aun sin haberla leído (qué coño, uno se puede fiar, en el moribundo y furibundo país de las letras, de la editorial Pálido fuego), mis escasos, sufridos y queridos lectores.

PD: Lamento tener que escribir una vez más algo tan desestructurado y carente de orden y geometría, basado en algo así como asociaciones libres teñidas de subjetivismo. Avanzando un poco en la lectura (no se preocupen, no voy a contar cada mínimo detalle que se me pase por la cabeza mientras leo) he reparado en la alusión a las estrellas y al tráfico. Las estrellas y el tráfico son cosas que siempre me obsesionan llaman la atención. Esto simplemente es así (en este momento mi hermano mi interrumpe para preguntarme cosas sobre gramática; respondo pero no me hace ni puto caso y entonces yo le pregunto que para qué me pregunta si no va a hacerme ni puto caso y luego está una eternidad de tiempo divagando sobre presente simple y presente continuo mientras yo no escucho casi nada de lo que dice y me concentro en cómo continuar este post porque temo perder el hilo, porque por muy embrollado que esté siempre tiene que haber un hilo, y pienso que se le está yendo la olla porque quiere ponerlo todo en presente continuo, cosas como ¿estás necesitando ayuda? en lugar de ¿necesitas ayuda? y yo le digo algo así como que la ayuda se necesita, en mi opinión, en un instante dado, discreto, del tiempo, no en un presente continuo, y que si uno lo piensa un poco, la gramática y la ontología están imbricadas de formas complejas y fundamentales (momento en el cual es él quien deja de escuchar), aunque en inglés, creo, se usa más el presente continuo que en español, así que tal vez él tiene razón, después de todo). Escribe Danielewski (Johnny Truant):
Podréis intentar entonces, como hice yo, encontrar un cielo lo bastante lleno de estrellas como para volveros a deslumbrar. Pero ya no habrá cielo que pueda deslumbraros. Por mucha magia iridiscente que haya ahí arriba, vuestra mirada ya no podrá detenerse en la luz, ya no podrá encontrar las constelaciones. Solamente pensaréis en oscuridad y os pasaréis buscándola horas, días, tal vez incluso años, intentando en vano creer que sois una especie de centinela indispensable nombrado por el Universo, como si con el mero hecho de mirar ya pudierais mantenerlo todo a raya.
Y, un poco más adelante, en El expediente Navidson:
Por lo que dice a su padre, lo que más echa de menos es el ruido del tráfico. Al parecer, el ruido que hacían los camiones y los taxis creaba para él una especie de nana vespertina.
Ahora, un fragmento de Una guitarra de diamantes, de Truman Capote:
Le gustaban mucho las estrellas, pero aquella noche no le sirvieron de consuelo; no bastaron para recordarle que lo que nos ocurre a los que vivimos en tierra carece de importancia contemplado desde el eterno fulgor de la eternidad.
Y ahora un fragmento de Profesor miseria, también de Capote:
 El ruido de un coche que pasa por la calle puede hacer que cientos de personas dormidas caigan en lo más profundo de sí mismas. Es curioso pensar en ese coche avanzando en la oscuridad, desatando tantos sueños.
Parece que no soy el único al que le gustan el ruido de los coches por la noche y las estrellas. Afortunadamente, dicho sea esto al margen, tampoco soy el único al que las películas de Nolan sobre Batman le parecen la peor mierda jamás filmada, bodrios insoportables, una negra eternidad de tedio sin límites, una prefiguración de castigos infernales.

sábado, 9 de noviembre de 2013

El otro

Necesito camisetas en las que ponga: no, queridos familiares lejanos a quienes casi ni conozco (primos de mi padre, hermanas de mi abuelo, etc) yo no soy el gemelo, no es que haya cambiado mucho y ya no nos parezcamos tanto, ES QUE YO NO SOY EL GEMELO y tener que explicarlo cincuenta veces seguidas es desesperante.

Transcripción más o menos fidedigna de una de las cincuenta conversaciones semejantes a esta que he tenido hoy

-¿Qué erais, gemelos o mellizos?
-Yo no soy nada de eso, señora, son mis hermanos...
-Pues os parecéis...
-Ya, pero no tanto...
-Creía que erais los mellizos..
-No, es mi hermano...
-¿Y tú no?
-No, no, yo soy el mayor...
-Ah, pero ¿gemelos o mellizos?
-Gemelos
-Pues no os parecéis tanto para ser gemelos, parecéis mellizos...
-¡Por los clavos de Cristo, no es tan difícil de entender! Este de aquí tiene un hermano gemelo, pero no soy yo, yo no tengo ni gemelo ni mellizo... Su hermano gemelo no está aquí, ¿entiende? Somos dos los que estamos aquí, pero no somos hermanos gemelos ni mellizos, somos hermanos a secas, yo soy el mayor.
-Ah, ¿entonces tu hermana es la pequeña?
-¡Noooooo! ¡Noooo! Me refería al mayor de los tres, mayor que mis dos hermanos gemelos, que obviamente tienen la misma edad.
-...
-¡Madre, acuda en mi auxilio ipso facto! Necesito ayuda para hacerle comprender a esta señora tan simpática nuestra, al parecer, complicadísima composición familiar y el puesto intermedio que ocupo yo en ella.
-¡Ay, pobre! Siempre se olvidan de que existes (risas)
-No, no, es que al verles a los dos juntos creí que eran los mellizos
-¡Que no hay mellizos! ¡Gemelos!
-¿Entonces tú eres el otro?
-Sí, bingo, eso es, y voy a obviar el hecho de que se me defina como el otro.

jueves, 7 de noviembre de 2013

Tame Impala - Feels like we only go backwards

Camus

No tenía ni idea de que hoy fuese el centenario de Albert Camus, pero Google me lo acaba de comunicar. Recientemente, hablando con uno de mis hermanos, le decía que Sartre no solo era mucho más feo que Camus, sino, además, de muy inferior catadura moral y que yo estaba de parte de Camus siempre y que, incluso aunque Sartre tuviera razón contra Camus, había que estar con Camus.
Sísifo enseña la fidelidad superior que niega a los dioses y levanta las rocas. También él juzga que todo está bien. Este universo en adelante sin dueño no le parece estéril ni fútil. Cada uno de los granos de piedra, cada fragmento mineral de esa montaña llena de noche, forma por sí solo un mundo. La lucha por llegar a las cumbres basta para llenar un corazón de hombre. Hay que imaginarse a Sísifo feliz.
Albert Camus, El mito de Sísifo

martes, 5 de noviembre de 2013

Fragmentos (hojas desgajadas de ningún árbol, flotantes y fortuitas)

De la incomodidad de las fobias. Te dispones a bajar las escaleras cuando eres asaltado por una espantosa visión y todo tu cuerpo se estremece sacudido por violentas oleadas de pánico irracional en estado puro. He ahí una araña gigantesca, monstruosa, horripilante. El único curso posible de acción es retroceder de inmediato, parapetarse tras la puerta de la habitación y gritar en busca de auxilio. En ese momento, tu hermano procede a aplastar a ese bicho atroz. No obstante, una posibilidad proyecta una sombra ominosa sobre tu mente fóbica, la posibilidad de haber estado solo en casa. En ese caso, imaginas posibles cursos de acción alternativos, algunos de ellos tan delirantes como abrir la ventana y descender por la pared en plan Spiderman. Una vez en la calle, podrías entrar en casa sin haber tenido que bajar por las escaleras, custodiadas por el siniestro bicho. El problema es que tus llaves están en la entrada, no en tu habitación. Es decir, que para coger las llaves tendrías que bajar por las escaleras.

La lámpara eterna. En algún lugar, Walter Benjamin hablaba de esta lámpara. Es la llama que se enciende el último día y se nutre de todo aquello que no ha ocurrido entre los hombres. No sé muy bien qué quiere decir Benjamin con esto, pero yo lo interpreto más o menos así: todas aquellas posibilidades que no se cumplieron, todo aquello que se quedó flotando en el limbo de lo que pudo haber sido y no fue, todo eso que hoy no puede ser más que un anhelo imposible, se realizará en el último día y para siempre. Esta especie de esperanza mesiánica puede ser totalmente inverosímil y, sin embargo, de alguna forma, es una verdad poética. Redención del pasado y felicidad. Luz perpetua.

Ángeles caídos. En mi sueño, en algún lugar del cielo nocturno, la figura de un rostro desconocido se dibujaba con trazos tan tenues que el soplo más leve podría haberlo borrado del firmamento. Desde donde estaba no podía verlo bien y lo único que deseaba era poder verlo, aunque solo fuera una vez. Perseguía aquella imagen inasible y serena que proyectaba su resplandor sobre mi sueño agitado. Creía estar caminando por un terreno pedregoso sumido en la penumbra, guiado por la mirada de ese rostro evanescente. Varias veces estuve a punto de despertar, pero mi mente se negaba a ingresar en el mundo común de la vigilia y se empeñaba en permanecer bajo el influjo de aquella mirada única. Comprendí, dentro de la lógica de mi sueño, que aquel rostro, aquella imagen, aquella mirada, pertenecían a un ángel que caía lentamente, a través del universo, como un copo de nieve. Pero, antes de que cayera, desperté. Mi sueño se vio interrumpido sin que se produjese el desenlace. El ángel caería sobre la oscura tierra y los ojos y la boca se le llenarían de tierra y no podría ni gritar ni llorar y entonces yo me acercaría despacio y le quitaría con suavidad la tierra de los ojos y de la boca para que los ojos se le llenaran de lágrimas y la boca lanzara un grito triunfante. Pero el desenlace, ya digo, no tuvo lugar, así que la única esperanza es que sirva de alimento a la lámpara eterna que se encenderá el último día.

Lecturas que tal vez podrían explicar los desvaríos precedentes. Básicamente, Giorgio Agamben, concretamente los libros de los años setenta sobre estética, que siempre hablan de lenguaje, teología, ángeles, ninfas, etc. Mucha teología y poca cerveza hacen que el Señor S. pierda la cabeza.

De las ilusiones fugaces sobre la propia capacidad de autodominio provocadas por un catarro. Tres días acatarrado, fumando solamente dos cigarros diarios, le hacen concebir a uno grandes esperanzas sobre su capacidad de autodominio, de tal manera que tiende a sobrevalorar la fuerza de su voluntad, a la cual ya veía desfilando triunfalmente y recibiendo honores por haber roto las cadenas del vicio. Pero no. En cuanto se recupera la salud, se recuperan las ganas de fumar.

Huellas. Aquello que evoca un origen en el momento mismo en que testimonia acerca de su desaparición.

Variación sobre el ángel caído. ¿Y si, al mirarle a los ojos, te destruye o te paraliza?

Melodía y ritmo: consideraciones excesivamente vagas y metafóricas. Las melodías parecen sobrevolar la tierra, desplegarse y mecerse con el viento, rumbo a lo desconocido, afectando a nuestros estados de ánimo, que también se despliegan y se mecen en el viento y se adentran con deleite en lo desconocido. Y viento es, por cierto, la palabra con que se nombra al espíritu, ya sea en los filósofos presocráticos o en la Biblia. El ritmo, sin embargo, ancla, por así decir, a la melodía. El ritmo es seguro, repetitivo, penetra en las profundidades de la tierra. La melodía es horizontal, el ritmo vertical.

Shekinah. El eterno presente. Momento femenino de la divinidad. Ángel salvador.

Lecturas que explican la aparición de conceptos del misticismo judío, como el anterior, en este blog. También Giorgio Agamben.

Agradable sensación de atardecer. Mientras, suena una y otra vez Interpol. Me voy inventando las letras de las canciones con las pocas palabras sueltas que entiendo. Casi todas las letras son terriblemente tristes pero también son acogedoras. Fumando asomado al balcón, tu rostro se pierde en el humo, y yo he visto tus huellas impresas en el aire; ahora llega la noche y la locura, dulces sueños. Por ejemplo. Supongo que poco o nada tienen que ver con las verdaderas letras de Interpol.

Locura poética. Cierto que Platón despojaba a los poetas de la capacidad de razonar. Nada malo, sin embargo, se infiere de ello, pues les atribuía una divina locura, la inspiración, que les poseía. La teoría platónica era maravillosa, ya que no obligaba al poeta a tener que explicarse, a hacerse cargo de sus palabras, lo cual es fastidioso e inútil. Hörderlin sabía perfectamente que el hombre es un dios cuando sueña y un mendigo cuando reflexiona.

Gramática

Yo leo para aumentar mi corazón y no para tener el gusto de contemplar cómo las reglas de la gramática se cumplen una vez más en las páginas del libro.
Ortega y Gasset, Ideas sobre Pío Baroja 

Sirva la declaración de Ortega para calmar a esos oscuros dementes que de tanta fiereza crítica olvidan lo esencial.

jueves, 31 de octubre de 2013

Conjeturas delirantes (o no)

El arte de la reiteración, la escritura como reiteración, alcanza, en la figura de Bernhard, en la sintaxis de Bernhard, un punto álgido, tal vez el punto más álgido, la cumbre o la cima de la reiteración, punto a partir del cual ya no es posible seguir ascendiendo en el camino de la reiteración, porque la reiteración alcanza con Bernhard su límite extremo, su punto insuperable, como se sabe. Un posible precedente del arte de la sintaxis reiterativa, otro artista de la reiteración, pudiera ser, no sé si resulta extraño, pero es posible, creo, que pudiera ser San Pablo, quien, en sus epístolas, reitera una y otra vez las mismas palabras y no para de reiterar una y otra vez las mismas palabras, como se sabe.

miércoles, 30 de octubre de 2013

La Filosofía analítica contra los cursis de Internet

Si bien la filosofía analítica me ha derrotado siempre, y la sensación que he tenido al leer a los analíticos ha sido semejante a la que describía Robert Musil en Las tribulaciones del estudiante Törless al leer este a Kant, es decir, la sensación de que una vieja mano huesuda me sacaba, con movimientos de tornillo, el cerebro de la cabeza, muchas veces me veo invadido por un talante analítico y despiadado (este último adjetivo tal vez sea un poco efectista). Por ejemplo, al toparme con una imagen en la que una mano sostiene una página en la que está escrito lo siguiente: "No es una página en blanco, soy yo sin ti" mi cerebro se rebela y se retuerce agónicamente entre gritos de dolor y aullidos desesperados (esto sí que ha sido efectista y exagerado). No es una página en blanco porque en ella está escrito "No es una página en blanco, soy yo sin ti". Es evidente que no es una página en blanco. Una posible solución sería mostrar una página en blanco de verdad y escribir en otra página (con una flecha señalando a la página en blanco de verdad) "No es una página en blanco, soy yo sin ti", aludiendo de esa forma a que es la representación metafórica del vacío que ha dejado en el sujeto la ausencia del amado o amada. Así habría un poco de coherencia lógica, aunque seguiría siendo bastante cursi todo.

lunes, 28 de octubre de 2013

Hierro y cromo (tiempo y ser en la televisión)

Cachitos de hierro y cromo. Temazos y programón.

Ni que decir tiene que aquí defendemos mucho a la televisión, que no nos imaginamos un mundo sin televisión ni queremos vivir en un mundo sin televisión. Nos fascina la adicción de la televisión a su propio pasado, a esa memoria social y colectiva, y a menudo nos preguntamos si había algo o nada antes de la televisión, aunque pudiera parecer locura atribuirle a la televisión tal suprema función ontológica. Nos desconcierta, por ejemplo, el efecto extrañísimo que se produce en el espectador cuando este contempla un programa de su infancia cuya estética, ahora, pero no entonces, porque entonces era imposible, se le revela desfasada. Este desfase es claramente producto de la mediación que introduce el paso del tiempo, pero esta explicación en absoluto resuelve el enigma, porque, en última instancia, el paso del tiempo es el enigma mismo. Esto inevitablemente nos lleva a imaginar los programas del presente como si pertenecieran ya a un pasado remoto y a intentar atrapar esa extrañeza conjetural que aún no se ha producido, porque es un efecto del paso del tiempo, de un tiempo que aún no ha pasado. Para complicar un poco más las cosas, están los programas del presente que tratan sobre el pasado y lo someten a un proceso de reevaluación que deja clarísima la importancia de los contextos de recepción en el sentido mismo de las obras y como el sentido, lejos de ser una entidad fija e inmóvil, depende del tiempo. Y estos programas también quedarán desfasados, es decir, que el interés del presente por cierto pasado resultará, en el futuro, él mismo pasado de moda.

viernes, 25 de octubre de 2013

Fantasmas

Día lluvioso. El cielo gris proyecta un fulgor fantasmal sobre los tejados. Como algunos lectores ya habrán advertido, la gama de mis intereses es bastante limitada, una y otra vez vuelvo sobre los mismos temas, sobre los mismos autores, incansablemente aparecen y reaparecen la lluvia, los tejados, los fantasmas, el viento, los árboles, las estrellas distantes, las reverencias en el vacío, los cigarros[1], como inevitables y difusos puntos de referencia de un texto desgajado, deshilachado, que, más que avanzar, da vueltas sobre sí mismo, reescribiéndose incesantemente, buscando, en todo caso, ampliar los círculos en que se mueve, no alcanzar alguna ilusoria meta[2]. Este volver una y otra vez sobre lo mismo podría considerarse, ciertamente, una conducta repetitiva[3] y obsesiva[4]. Aunque lo cierto es que muchas de las cosas sobre las que escribo una y otra vez no me preocupan especialmente, ni pienso mucho en ellas. Son, por así decir, acontecimientos que se producen en la escritura misma, casi al margen de mi voluntad. El lenguaje es quien habla[5]. No son mis obsesiones[6].

Ahora mismo, mientras escribo esto, me estoy tomando un café con leche en un vaso de Nutella. Por un lado[7] está un dibujo de Snoopy en un monopatín, por el otro Snoopy con gafas de sol y apoyado con una mano sobre su caseta con aire indiferente y cool y, efectivamente, en la camiseta que viste está escrito Joe Cool[8].

El primer párrafo no tenía otra intención que justificar de antemano el hecho de que vamos a volver a hablar (sí, otra vez) sobre la frase de DFW[9] que da título a su biografía: Todas las historias de amor son historias de fantasmas. Cierto es que dijimos que sobre el tema de los fantasmas Kafka ya había dicho todo lo que hay que decir, pero el propio Kafka sabía perfectamente que igualmente nos vemos compelidos al comentario, al intento de captar el sentido de lo dicho, y que este no tiene fin.

Para comprender la afirmación de DFW hemos de retroceder hasta esa época de esplendor intelectual conocida como Edad Media[10]. Durante el aristotelismo medieval, la función que se le asignaba a la imaginación, lejos de ser una mera facultad subjetiva, era la de mediadora entre el mundo sensible y el mundo inteligible, de tal forma que nihil potest homo intelligere sine phantasmate[11]. Con la llegada del ego cogito cartesiano, sin embargo, se considera que entre la res cogitans y la res extensa no hace falta ningún tipo de mediación. La ciencia moderna nace con la dualidad entre sujeto y objeto. En la filosofía medieval ese sujeto moderno, enfrentado a objetos, no existía como tal. El problema del conocimiento era más bien la relación entre lo Uno y lo Múltiple[12]. Lo que sucede con el nacimiento de la modernidad es que a la imaginación, al fantasma, se le destituye de su posición como sujeto de la experiencia y queda relegado al ámbito de la alienación mental, de las visiones y fenómenos mágicos, queda, en definitiva, fuera del ámbito de la experiencia auténtica[13].

Pues bien, al excluir la fantasía del ámbito de la experiencia auténtica, la fantasía arroja una sombra sobre la experiencia. Esta sombra es el deseo, y el deseo es la idea de una inagotabilidad de la experiencia. Fantasía y deseo van de la mano. Así, dice Agamben, el descubrimiento medieval del amor es el descubrimiento de que el amor tiene por objeto no directamente la cosa sensible, sino el fantasma[14]. Es simplemente, seguimos con Agamben, el descubrimiento del carácter fantasmático del amor.

Ahora la cosa se complica. No sé si habrán notado el aire de platonismo que envuelve todo esto. No hemos parado de hablar de imágenes y apenas nos hemos topado con cuerpos[15]. Dado que el lugar del amor es la fantasía, el deseo no encuentra frente a sí objeto alguno en su corporeidad, sino una imagen[16] en la cual los límites entre lo subjetivo y lo objetivo quedan anulados. Y, al no ser el amor una oposición entre sujeto y objeto, los poetas pueden definir sus rasgos como un amor cumplido cuyo goce no tiene fin[17].

Pero la cuestión es que todo cambia al relegar la fantasía al ámbito de lo irreal y el deseo se vuelve imposible de satisfacer, mientras que anteriormente la fantasía era la mediadora y la que garantizaba la apropiabilidad del objeto de deseo[18]. Así Sade[19] no encuentra frente a sí nada más que un cuerpo, un objectum que solo puede consumir y destruir sin satisfacerse nunca, porque el fantasma huye y se esconde en él hasta el infinito.

Y hasta aquí llegó nuestro comentario sobre la fantasía y los fantasmas[20]






[1] Las reverencias en el vacío, mientras uno está cayendo, remiten a Alicia en el país de las maravillas, que es en sí mismo un motivo recurrente. Otros motivos recurrentes, abandonados pero no olvidados, podrían ser: las marionetas, los espantapájaros, los gatos solitarios que merodean, enigmáticos, sobre los tejados, la cerveza, las provisiones necesarias para enfrentarse a la nada, las noches azules, la intemperie, los gritos o la plenitud de los instantes que reclaman su derecho a la eternidad.
[2] La idea de progreso me resulta cada vez más extraña. Sobre todo cuando, como en la filosofía moderna, se hace de la Historia un Sujeto y se dicen cosas como “la Historia no permite que se burlen de ella, la Historia dirige sus mayores esfuerzos hacia…” frase de Marx que revela su conexión con Hegel y que, tras la crítica de Foucault, no podemos ya aceptar: la Historia no tiene Sujeto.
[3] Una especie de estereotipias mentales. Aunque las estereotipias mentales serían algo así como repetirse frases mentalmente, lo cual bien podría considerarse una traducción o traslación de las estereotipias motoras estándar de toda la vida (estoy especulando). Por supuesto (y debería ser totalmente evidente) la patologización de determinados rasgos no es sino una operación ideológica que no por casualidad se produce durante el ascenso del neoliberalismo (y no me estoy dejando llevar por teorías conspiranoicas).
[4] Lo cual a mí no me preocupa, por la muy prudente razón de que si lo hiciera, si me preocupara, me vería abocado ineluctablemente a una obsesión de segundo grado, es decir, a obsesionarme con la idea misma de obsesión, y esto no se detendría aquí sino que seguiría un típico proceso recursivo sin fin, abismal y vertiginoso, en medio del cual uno se sentiría como si estuviera en un barco, en alta mar, terriblemente mareado, pero estando en tierra firme. Por ejemplo, ahora mismo se me ocurre que una posible objeción a lo que acabo de decir sería que, para no estar nada obsesionado con el hecho de estar obsesionado o no, le estoy dando ya muchas vueltas (otra vez el tema de las vueltas). Y ahora la siguiente objeción sería que parezco obsesionado con el tema de estar obsesionado con el tema de estar obsesionado con el tema de estar obsesionado o no, con lo cual estaríamos ya (creo) en una obsesión de tercer grado. Y así sucesivamente.
[5] La idea es de Heidegger, claro. Más adelante tendremos ocasión (espero) de atacar al sujeto cartesiano de la modernidad. Otra forma de decirlo es que el sujeto de enunciación es colectivo (Deleuze).
[6] Nada de todo esto ha quedado muy bien explicado, me temo.
[7] Esta nota es absolutamente imprescindible para dejar constancia de que, en realidad, en un vaso no hay lados.
[8] Nada de todo esto tiene mucha relevancia; es simplemente cierto y la función que cumple en el conjunto del texto es la de introducir una nota frívola, ya que a partir de ahora se va a hablar de filosofía medieval, y eso conlleva demasiada densidad teórica, así que hablar un poco sobre un vaso en el que aparece Snoopy me ha parecido bastante apropiado, si bien, ya digo, no muy relevante.
[9] Pongo las iniciales, algo que a muchos les irrita, por una pura cuestión de comodidad. Por lo demás, los que odian a David Foster Wallace (en adelante, como hace un momento, DFW) no les considero miembros de mi misma especie (ojo, no quiero decir que sean inferiores, pueden incluso ser superiores, pero vivimos en universos diferentes, inconmensurables, sin ninguna posibilidad de relación, sin ningún punto de contacto, jugamos a dos juegos de lenguaje diferentes, etc… En realidad estoy exagerando, podría irme de cañas con gente que odia a DFW, siempre y cuando, claro, hablásemos de fútbol o de cualquier cosa no relacionada con DFW)
[10] La denominación lleva ya implícita una connotación peyorativa que aquí rechazamos resueltamente
[11] Espero que la fórmula se entienda porque yo no sé latín y no me veo con autoridad para traducirla, pero, de todas formas, estoy casi seguro de que quiere decir que sin la imaginación el hombre no puede comprender nada.
[12] No nos vamos a detener demasiado en esto. Si alguien quiere entretenerse un buen rato, puede consultar las abstrusas discusiones en torno al intelecto agente separado y único (que sería el sujeto del conocimiento) y la multiplicidad de actos particulares de intelección (que serían llevados a cabo por los sujetos empíricos)
[13] Todo esto y parte de lo que sigue se puede encontrar, mejor explicado, en un libro de Giorgio Agamben, Infancia e Historia
[14] Miles de millones de canciones pop cantan al fantasma, los ejemplos son innumerables. “Ahora tengo que aprender a desnombrarte, con los ojos más que con la boca” (Paco Bello, en una canción malísima que por alguna razón, aunque no sé por qué razón, me sé casi de memoria). La ya citada (creo) de Nacho Vegas: “quererte es intentar atrapar con las manos el aire”, o Andrés Calamaro: “mirarte en el aire es mi mayor problema”, etc. Podríamos decir que todas las historias de amor pop son historias de fantasmas.
[15] Otro día se puede hablar de Nietzsche, para quien lo sorprendente es el cuerpo.
[16] Un ángel, con el significado técnico que tiene esta palabra en la filosofía medieval, es decir, una substancia separada, incorporal.
[17] Dice Agamben, aunque no estoy muy seguro de comprender esto bien
[18] Las historias pop de amor fantasmal no son historias en las que el fantasma, en este extraño sentido medieval de los trovadores stilnovistas, cumpla el amor, es decir, se apropien del objeto de deseo en la fantasía.
[19] Siempre según Agamben, a quien estamos siguiendo/copiando todo el rato
[20] Tal vez la conclusión haya sido algo abrupta, pero en el texto de Agamben ahora vienen un montón de consideraciones sobre la dialéctica del amo y del esclavo de Hegel y yo me voy quedando sin fuerzas (por culpa, tal vez, de poner demasiadas notas a pie de página, lo cual ha dejado el texto principal un poco raquítico y acaso no muy bien explicado); necesitaría insuflar mi torrente sanguíneo con decilitros de cafeína para enfrentarme a la jerga hegeliana y aun eso no garantizaría que me enterara de algo, aparte de que me alteraría y me impediría dormir.

jueves, 24 de octubre de 2013

Informe para una Academia

Y ya que hablamos de simios parlantes, Informe para una Academia.

Simios parlantes

Recordé que es fama entre los etíopes que los monos deliberadamente no hablan para que no los obliguen a trabajar
Jorge Luis Borges, El inmortal 
-Te faltó la categoría de los simios parlantes -dijo Amalfitano cuando por fin Padilla se calló.
-Ah, los simios parlantes -dijo Padilla-, los monos maricones de Madagascar que no hablan para no trabajar.
Roberto Bolaño, Los sinsabores del verdadero policía

miércoles, 23 de octubre de 2013

Voces y fantasmas

Ricardo Piglia dijo en una ocasión, a propósito de Dublinesca, que las citas eran para él, igual que para Enrique Vila-Matas, voces y fantasmas que entran y salen sigilosamente de los libros. Leopoldo María Panero, cuando le preguntaron por qué citaba constantemente, respondió que para ser escuchado y creído, y no desoído sistemáticamente. Walter Benjamin, el melancólico y querido Walter Benjamin, soñó con un libro compuesto exclusivamente de citas, un libro que habría de ser una manifestación del más extremo antisubjetivismo. Antonio Muñoz Molina dijo en un artículo que, cuando era joven, decidió que Faulkner representaba para él un héroe literario, aunque casi no lo había leído. A mí me ha pasado algo parecido con Georges Perec. Nada más ver una fotografía suya decidí que era un genio. Sin más. Sin haber leído un solo libro suyo. Luego leí Un hombre que duerme y la realidad confirmó mi descerebrada suposición, que hasta entonces no estaba apoyada en razón alguna. Y lo mismo, más o menos, con Walter Benjamin. Apenas si he leído fragmentos de Benjamin, citados en otros libros, pero un coro de voces fantasmales me ha susurrado al oído que merece la pena leerlo. Esta fascinación previa con ciertos autores de los que uno no sabe nada o casi nada es enigmática, aunque, a decir verdad, algunas razones, no del todo razonables, sí que hay. En el caso de Perec, su nombre venía envuelto en un aura mítica, un aura creada por las alabanzas de Bolaño, en cuya palabra uno puede confiar casi ciegamente. En el caso de Benjamin, porque alguien capaz de prestar atención tanto al marxismo como al misticismo se convierte automáticamente en un personaje interesante; y porque Benjamin escribe sobre Robert Walser y sobre Kafka, y eso indudablemente lo convierte en una voz tan fantasmal como cercana. Sobre los fantasmas, naturalmente, Kafka ya dijo todo lo que hay que decir: los fantasmas no se morirán de hambre, y nosotros en cambio pereceremos.

martes, 22 de octubre de 2013

Breve apología de la televisión

Cómo me duelen esos chistes soberbios en los que se mancilla y vilipendia a la televisión, objeto casi mágico cuyo principal atributo no es otro que la clarividencia. La risa admonitoria de los espíritus librescos se me clava en el pecho como un puñal. Esos adoradores de Zot, el dios de la escritura, nos amonestan a nosotros los televidentes despreocupados; dicen que la televisión es un arma de distracción masiva. Como si distraerse fuera algo de por sí pecaminoso. Como si en una biblioteca no existiera el serio peligro de toparse con un libro de Jane Austen y leer frases tipo ¡Oh querido, tenemos que visitar a Mr. Nosequién para casar a una de nuestras hijas! 

PD: Sí, en este blog recomendamos la no lectura de Jane Austen, aunque no llegamos al extremo de Mark Twain, quien dijo que cada vez que leía Orgullo y prejuicio le daban ganas de desenterrar a Jane Austen y pegarle en el cráneo con su propia tibia.

domingo, 20 de octubre de 2013

Sobre el Correcaminos y las persecuciones imposibles



David Foster Wallace contra el Correcaminos: (des)encuentros tácticos en el presente. Si les soy sincero, no alcanzo a entender muy bien esa distinción entre programa existencial y programa existencialista, sobre todo teniendo en cuenta que, al parecer, en el programa existencial se ve implicada una noción tan existencialista como la de autenticidad.

Al margen de la autenticidad y del existencialismo, lo interesante es que lo que podríamos llamar las persecuciones imposibles se repiten una y otra vez (¿quién no ama las estructuras, los patrones, los motivos recurrentes?): Tom y Jerry, Silvestre y Piolín, pero también El acercamiento a Almotásim, de Borges, y, desde luego, la búsqueda de Archimboldi en 2666, de Bolaño, aunque el tema de la persecución atraviesa la obra entera de este; es su columna vertebral.

Por supuesto, el sentido no existe; insiste o subsiste, como bien decía Deleuze (por cierto, y perdóneseme la pedantería por esta vez (mejor aún, perdóneseme siempre y así yo ya me despreocupo de si estoy haciendo referencia a demasiadas cosas o no) en Tlön, Uqbar, Orbis Tertius Borges hace una referencia al mundo subsistente de Meinong, poblado de objetos ideales, a los que Deleuze en La lógica del sentido se refiere como objetos imposibles (Borges es un genio absoluto y objeto de veneración incondicional, pero no le importaba mucho, y hacía bien, sacrificar el rigor filosófico en aras del esplendor literario; los objetos de Meinong no son ideales sino, más bien, lógicamente contradictorios, como círculos cuadrados y cosas así, y el caso es que las proposiciones que designan estos objetos tienen un sentido, aunque los objetos no puedan efectuarse en ningún caso; los objetos a los que se refiere Borges no son de esta clase, creo yo, son, tal vez, acontecimientos (la ontología de Tlön se parece más a la propuesta por Foucault, vía Heidegger, en la que lo importante no son los sustantivos sino los verbos, y recordemos que en el inagotable relato borgiano, en Tlön, nadie cree en la realidad de los sustantivos). El sentido es La caza del Snark, de Lewis Carroll (o la caza del Correcaminos, ese ser demasiado veloz, inasible, perpetuamente desplazado, diferido). Es la llegada a El Castillo, de Kafka. Es estar Esperando a Godot, de Beckett. En este último caso no hay una búsqueda ni una persecución, claro, pero porque se trata de la otra cara de la misma moneda: la espera imposible.

Tal vez más interesante que todo esto sea la complejísima escena que vemos a partir del minuto 1.40. La ilusión se vuelve real. La carretera pintada deviene verdadera (para el Correcaminos), pero cuando el Coyote la atraviesa... ¡Oh no!

¿Qué demonios ha pasado aquí? Esta escena muestra mejor que ninguna otra la radical imposibilidad de atrapar al Correcaminos, ya que este puede habitar y correr en una dimensión vedada al Coyote. El Correcaminos se convierte en una especie de objeto ideal de segundo grado: puede correr por la ilusión creada dentro de la ilusión, por los dibujos animados creados dentro de los dibujos animados. Naturalmente, la ilusión primordial consiste en que en el mundo de los dibujos animados no existen consecuencias, no hay efectos verdaderos, el Coyote no muere aunque se caiga de un precipicio veinte veces o le exploten granadas en la boca.

viernes, 18 de octubre de 2013

jueves, 17 de octubre de 2013

Simples preguntas

¿No es un poco exagerada esta especie de mitologización de los cocineros, concebidos poco menos que como figuras heroicas que luchan contra Cronos, que está llevando a cabo la televisión? ¿Hemos pasado del Matemático Demente o del Artista Sufriente al Cocinero Hercúleo que lucha contra obstáculos cada vez mayores y más arbitrarios? ¿A qué viene esto? ¿El proceso de decadencia de Occidente ha alcanzado tal extremo que ahora solo nos interesa la comida? ¿Qué sentido tiene ver excelsas creaciones artístico-culinarias que, en realidad, están destinadas al gusto? ¿No hay una especie de conflicto de facultades o, mejor dicho, de sentidos? ¿En qué momento hemos pasado de los sensatos y útiles programas de cocina que enseñaban a cocinar a las espectaculares escenificaciones dramáticas condimentadas con una espesa salsa de emotivismo desatado que muestran la heroicidad que supone cocinar complejos platos luchando contra el reloj? ¿Soy el único al que todo esto le parece de lo más extraño? ¿Soy el único que piensa que estamos ante una fracasada revalorización del sentido del gusto, considerado altaneramente por la tradición del pensamiento occidental como muy menor respecto a la vista o el oído? ¿Soy el único para el que es evidente que la tele envía imágenes, no sabores, y que por lo tanto es absurdo y ligeramente perturbador estar viendo platos que uno no tiene posibilidad de comer y que en esto reside precisamente el fracaso de esa supuesta revalorización? ¿Soy el único que considera malsano el enaltecimiento de la competitividad que realizan estos programas, aunque después la maticen sirviéndonos un postre lacrimógeno de sentimentalismo redentor? ¿Acaso no es raro que todo siga una especie de patrón narrativo tan cuadriculado, de conflictos y resolución catártica de los mismos? ¿A nadie más le irrita el descarado uso de la música que se hace en los programas televisivos de glorificación culinaria para crear un clima de tensión? ¿A nadie más le parece que los severos jueces con sus estrellas Michelín son unos capullos tiquismiquis? ¿Nadie más sospecha que el montaje de las imágenes de cocineros correteando frenéticamente de un lado para otro como pollos sin cabeza intercaladas con imágenes del reloj en su inexorable cuenta atrás está manipulado y que, por ejemplo, están dando la imagen de los cocineros cinco o seis minutos antes de que se acabe el tiempo y la imagen que a continuación muestran del reloj indica que queda menos de un minuto, de tal manera que se produzca un efecto de suspense en el espectador y este se inquiete, dado que parece imposible que el cocinero pueda emplatar dentro del tiempo asignado? Y, por último, ¿no se produce una disonancia estética tremenda entre los modelos de Agatha Ruiz de la Prada, caracterizados por su cromatismo naif, que viste Chicote y su actitud?

Saltar (narración icónica y elíptica)

Norman Rockwell, High Dive

David Hockney, A bigger splash

miércoles, 16 de octubre de 2013

Alinear palabras

Un día gris, nublado, fantasmal, perezoso, quieto, callado, ensimismado, retraído. Sin música, sin apenas salir de casa, sin llamadas, sin mensajes. Sobrevivir al insomnio y al mediodía a base de café y cigarrillos. Las nubes, afuera, pasan lentas, parsimoniosas, abúlicas, reptan por el cielo mórbido.

Un escritor alinea palabras, dijo Perec, el acróbata lingüístico por excelencia, posiblemente la reencarnación de Cristo, al decir de Arcimboldi. Y esa es la mejor definición posible del escritor. Podríamos añadir: el escritor no piensa, escribe. Podríamos decir que eso lo dijo Barthes. Si no lo dijo, da igual, diremos que eso es lo que quiso decir o lo que debió decir.

Aunque no es cierto que haya sido un día sin música y sin apenas salir de casa y sin llamadas y sin mensajes; eso ha sido dicho únicamente por razones de sintaxis y ritmo. El escritor alinea palabras, pero estas no tienen por qué corresponder con la realidad, con las cosas, pueden ser un balbuceo desgarrado que flota en el vacío o un murmullo subterráneo que atraviesa el mundo.

La literatura traiciona a su destinatario, dijo el vilmente vilipendiado Derrida. O sea, que no está dirigida a nadie en particular y, por eso mismo, está dirigida a cualquiera. Algunos libros maravillosos simulan estar dirigidos directamente a ti. Naturalmente, quien no sostiene la fantasía, quien se carga el simulacro, quien no aplaude porque no cree en las hadas, mata a un hada*.

Un libro para todos y para nadie, subtitulaba Nietzsche su Así habló Zaratustra. Como todos los libros.

Y ahora que ya hemos citado a unos cuantos franceses, a un escritor ficticio, a un alemán bigotudo y hecho una referencia a Peter Pan, el niño trágico, ahora que ya hemos alineado unas cuantas palabras, ya podemos ir dando por concluido el post de hoy.

*Evidentemente, Fantasia está amenazada por la Nada (La historia interminable, Michael Ende).

sábado, 12 de octubre de 2013

Un hombre en una habitación

La claridad matinal, el frescor nítido cayendo del mismo cielo de siempre como una bendición, un cielo muy azul, pero detrás del azul, lejos de aquí, la negrura y el misterio, el misterio que es una puerta, una puerta que no se abre. Un hombre en una habitación. Tose y enloquece. Una bendición o una maldición. Tu conocimiento intuitivo y tus epifanías no son más que espasmos cerebrales, dice una voz. Pero el viento es cierto, responde el hombre, la calle solitaria es cierta, aunque todo camine hacia el derrumbe, hacia las bellas ruinas cubiertas de nieve. Tu manía de expresarte no es más que individualismo narcisista, no eres más que un monigote blandengue, un simio parlante neorromántico incapaz de asumir deberes y tareas, dice la voz, una voz severa que clama en el desierto. Pero no es culpa mía, responde el hombre, no fui yo quien liquidó el futuro, no fui yo quien desencantó el mundo, nada más llegar aquí ya estaban todos parloteando sobre el nihilismo moral y las éticas débiles, lo juro, en los ochenta había un montón de imbéciles integrados, hedonistas y conservadores. Tu manera de echar balones fuera, mientras te quedas fumando y mirando por la ventana, revela que tú eres otro imbécil integrado, por mucho que sueñes con ser la voz agorera de los apocalípticos. El hombre se queda en silencio. Sueña que camina durante días, agotado, al límite de sus fuerzas, resistiendo las inclemencias del tiempo, resistiendo el hambre y la sed. En su sueño, camina en busca de un desierto. Naturalmente, el desierto es también un laberinto. Los primeros monjes se mudaron a un elemento hostil al hombre. El éxodo fue el más radical acto poético al que jamás determinaron elevarse los hombres. En su sueño recuerda estas frases, leídas hace tiempo. Acuden a su mente como reverberaciones fugaces, promesas imposibles. Frases salvajemente antipolíticas y seductoras. Los paseos solitarios del más solitarios de los escritores. Otra frase: el autismo es el límite mismo de la política. Camina y camina. Luego, sometido a la lógica desconcertante de los sueños, se encuentra en una plaza, en Madrid, en la que nunca ha estado. La plaza está abarrotada de gente. Una joven escritora, a la que nunca ha leído y solo ha visto en fotografías, se cruza con él. Sus cuerpos chocan. La joven escritora se aleja. Poco a poco, toda la gente se va marchando. Más allá de la plaza, llanuras infinitas de arena blanca, refulgente. La plaza, sin embargo, se ve sumida en una sombra ominosa. La joven escritora regresa. Ahora están solos y se miran a los ojos. El hombre quiere decirle algo, pero tiene miedo de quedar como un imbécil, y no dice nada. Ella tampoco dice nada. Al regresar de su sueño o de su ensueño la voz vuelve a amonestarle. Deja de evadirte, dice la voz, cuyo tono ahora es terrible. Tus fantasías jamás abolirán el principio de realidad. El hombre siente ganas de replicar que tal vez la vida sea una evasión, pero sabe que la voz le diría que no le venga con frases de escritores.

jueves, 10 de octubre de 2013

Lo rural

Parece que lo rural empieza a ser algo recurrente entre autores jóvenes, leo por ahí. Qué horror, me digo. Lo rural mata el espíritu. ¿No leen a Bernhard? Si uno, por desgracia, se ve en la tesitura de morar en un ambiente rural, debe hacerlo como un condenado que anhela con todas sus fuerzas residir en una gran ciudad y confía en que su calvario pasará pronto. Los urbanitas ven un campo idealizado. Pero lo rural es el horror. Al pueblo de sus progenitores, por ejemplo, uno debe ir a comer y nada más. Debe huir tan pronto haya terminado el café. Ah, pueblos medio despoblados de Castilla y de León, dejados de la mano de dios, qué atroces sois todos, qué implacable desolación metafísica infundís en el ánimo.

PD: No obstante, los campos de Castilla, como bien decía Ortega, son el paisaje más bello del mundo.

PD2: La primera posdata tal vez se contradiga con el furibundo mensaje antirural precedente. ¿Me contradigo? Muy bien, me contradigo (citando a Vila-Matas citando a Joyce).

Constatar ese desorden

El gran Nacho Vegas. Yo también le considero un poeta, no porque se puedan leer sus letras sin la música, sino porque sus letras, cantadas y acompañadas por la música, te vuelan la tapa de los sesos.

miércoles, 9 de octubre de 2013

El ermitaño aterido de frío (sin motivo narrativo, sin moraleja y, por supuesto, sin trama)

El frío, que siempre vuelve, ya había atenazado de nuevo sus huesos y helado sus manos y por eso S. se retorcía y contorsionaba de forma más artrítica que elegante en su silla azul (también eran de color azul su cenicero, su toalla y su mp3, entre otras cosas). Trataba de sacudirse el frío de encima, pero no lo lograba. Estoy definitivamente entumecido, se dijo, apenas si puedo moverme. Lo mejor será que me acurruque en un rincón, contento de poder, al menos, respirar. Con sus manos torpes como garras abrió la novela que estaba leyendo, escrita por un judío erudito y socarrón, una novela que supuestamente hablaba sobre un ermitaño pero que en realidad era un embrollo demencial. La trama, si la había, era ininteligible. Las citas, reales e inventadas, se sucedían sin orden ni concierto. En las notas a pie de página se hacía referencia a libros inventados. Una especie de diáspora semántica estallaba entre sus páginas. Una buena novela, sin duda. Las personas que intenten hallar una trama serán fusiladas, se advertía al final de la novela, citando a Mark Twain. Bien. Los oídos comenzaban a dolerle, por culpa del frío, obviamente. La fuerza necesaria para teclear le abandonaba. Lo notaba. Escribir una frase era un tormento indecible. Se estaba convirtiendo en una piedra. El dolor se ramificaba por sus brazos, su cuello, su nuca, hasta invadir la totalidad de su ser. Seguía, no obstante, escribiendo. Una piedra sufriente, el judío errante paralizado, catatónico. No más errar por ahí, que el mundo se prosterne ante ti, en tu habitación congelada. Superar la adversidad, se dijo, me hará más fuerte. La frase le sonó idiota pero acertada. S. era un gran defensor de los escritores diletantes y también de la idiotez, de la estulticia y de la pereza. Su cita preferida de Bukowski: mi ambición está limitada por mi pereza. No todo el mundo puede comprender la teoría de la relatividad ni al puto Gödel. Él estaba con los torpes, con el batallón de los torpes, con el bien nutrido grupo de los que suspendían matemáticas y repetían cursos y eran incapaces de pasar niveles del Candy Crash sin pedir ayuda. Se hallaba en un moderado estado de dicha nietzscheana, por así llamar a su determinación de escribir resistiendo el dolor. Dolor más superación igual a éxtasis. Algo así. No tenía tiempo de pensar en lo que pensaba. De pensar en lo que decía o se decía o escribía, solo de teclear en mitad del dolor y del drama de la vida y del cuerpo aterido de frío. En el infierno no hay llamas, solo frío. El frío es mil veces peor. Claro que en medio de una hoguera uno pensaría lo contrario. Todo depende del contexto. Incluso, o sobre todo, o como cualquier otra cosa, los significados. Pero los significados no existen. No, al menos, como cosas. En otra ocasión debo meditar esta cuestión, cuando tenga tiempo, pensó S. El dolor de oídos se expandía de forma imprecisa y no podía estar seguro de si ahora también le dolían las muelas o era solo el dolor de oídos que ya lo había invadido todo. El dolor, dicho sea sin más, es irracional. Algo que no encaja en, digamos, el esquema hegeliano de cómo son las cosas. El dolor es irracional, el dolor es real, por lo tanto lo real no es racional. Lo real es, y eso a lo mejor ya es decir mucho, y eso que el ser no es un predicado real y todo eso... El frío trastornaba la mente de S. y este estuvo enredado en tediosas disquisiciones abstractas durante un rato bastante largo sin sacar provecho alguno. La novela del escritor judío (dicho sea también sin más, S es un gran fan de los escritores y los filósofos y los cineastas judíos en general pero sobre todo, lógicamente, de algunos en particular, entre los cuales podemos mencionar arbitrariamente a Kafka, a Spinoza y a los Coen, pero no a Philip Roth) tiene menos de cien páginas y se lee fácilmente en un día, eso sí, sin enterarse uno de nada o de casi nada, lo cual, de alguna forma, por algún motivo, a saber cuál, invita a releerla de inmediato. La novela, por lo demás, ni empieza ni acaba. Bien mirado y pensado, esto es así de todos los libros. El frío le impide a S. seguir reflexionando, o seguir haciendo algo parecido a reflexionar, lo que fuere, y deja que la novela se caiga de entre sus agarrotadas manos a la vez que inicia otra serie de movimientos poco elegantes con el objetivo de desentumecerse de una vez por todas. Dado el fracaso de sus contorsiones, que no logran distender su anguloso y rocoso cuerpo aterido por el frío repentino, decide darse una ducha con el agua muy muy caliente, prácticamente hirviendo. Eso le desentumecerá y le lanzará de nuevo al mundo de los activos, de las personas no susceptibles de ser confundidas con piedras cubiertas de escarcha. El potencial redentor del agua y de las palabras es indudable, se dice S., con tono triunfal, contento con su hallazgo verbal o teológico. Mejor si el agua sale limpia y pura, si las palabras fluyen gráciles y aladas, pero si el agua está sucia, si arrastra tierra rojiza, si las palabra salen a trompicones, con esfuerzo, más como una serie de escupitajos que el lector quisiera evitar que como un arroyo rumoroso de aguas cristalinas en el que el lector quisiera bañarse, pues qué se le va a hacer. Escribir y ducharse con agua prácticamente hirviendo todos los días (imagina S. que así inicia un remedo de las cartas morales a Lucilio, de Séneca) desentumecen cuerpo y alma, aunque uno escriba con anacolutos y se líe con los tiempos verbales y tenga pesadillas con las preposiciones.

PD: El ermitaño aterido de frío había vuelto a fumar demasiado. Se mesaba su larguísima barba mientras la ceniza de los cigarros se desparramaba sobre el teclado y sobre las amarillentas páginas de la novela. Su fe en las palabras permanecía incólume, al margen de las noticias apocalípticas sobre el fin de la novela y al margen de los escritores sollozantes. Después de escribir algo, lo que sea, dice nuestro escritor diletante, siento que mi daímon interior ejecuta unos pasos de baile y sonríe satisfecho. Y añade: ya pueden considerarme un lunático, o no creerme, o creer que lo digo solo de modo figurado, pero quien escribe no soy yo, es mi daímon.

Diálogos ciberplatónicos (lo que piensa el TecnoNúcleo)

En la evolución reciente de La morada de los existencialistas errantes , el blog cruza una línea tecnológica y emocionalmente cruda. El dolo...