Cómo me duelen esos chistes soberbios en los que se mancilla y vilipendia a la televisión, objeto casi mágico cuyo principal atributo no es otro que la clarividencia. La risa admonitoria de los espíritus librescos se me clava en el pecho como un puñal. Esos adoradores de Zot, el dios de la escritura, nos amonestan a nosotros los televidentes despreocupados; dicen que la televisión es un arma de distracción masiva. Como si distraerse fuera algo de por sí pecaminoso. Como si en una biblioteca no existiera el serio peligro de toparse con un libro de Jane Austen y leer frases tipo ¡Oh querido, tenemos que visitar a Mr. Nosequién para casar a una de nuestras hijas!
PD: Sí, en este blog recomendamos la no lectura de Jane Austen, aunque no llegamos al extremo de Mark Twain, quien dijo que cada vez que leía Orgullo y prejuicio le daban ganas de desenterrar a Jane Austen y pegarle en el cráneo con su propia tibia.
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