miércoles, 15 de septiembre de 2010
domingo, 12 de septiembre de 2010
Work in progress IV
5 de julio, 2006
Labios agrietados, surcos morados alrededor de los ojos, piel pálida salpicada de puntos negros, barba de dos semanas y una delgadez cadavérica coronando la estampa espectral. Tengo diez pares de zapatillas para caminar por ahí y cruzarme con gente que a lo mejor no me ve. Aunque ya es tarde para ser Rimbaud. Estoy pensando en anclar el barco ebrio. Que me de más el sol. Ni en el infierno ni iluminado, simplemente yendo por ahí, pensando y sintiendo, cosas que no tienen por qué ser siempre tristes, ¿me oyes, Proust?
Labios agrietados, surcos morados alrededor de los ojos, piel pálida salpicada de puntos negros, barba de dos semanas y una delgadez cadavérica coronando la estampa espectral. Tengo diez pares de zapatillas para caminar por ahí y cruzarme con gente que a lo mejor no me ve. Aunque ya es tarde para ser Rimbaud. Estoy pensando en anclar el barco ebrio. Que me de más el sol. Ni en el infierno ni iluminado, simplemente yendo por ahí, pensando y sintiendo, cosas que no tienen por qué ser siempre tristes, ¿me oyes, Proust?
Work in progress III
4 de Julio, 2006
La inercia nocturna convierte los cuerpos en máquinas desesperadas y felices fundidas en el ritmo de la música electrónica. Movimiento perpetuo, sin destino: la narración disuelta en la pura compulsión pueril a la repetición. Una vez y otra vez y otra vez. Ahora la corriente que nos arrastra gira en círculos. Los ritmos más artificiales emulan los de la naturaleza perdida. Tú saltas y te ríes y pides más cerveza y que buena noche se ha quedado, salgamos. Últimas noticias: la tierra gira alrededor del sol, el sol gira alrededor del centro de la galaxia, las galaxias se alejan y aceleran y a ti no te importa demasiado, hace años que no miras las estrellas, quizá se han caído todas sin que tú las mirases. A las siete de la mañana la energía decae y al llegar a casa preparas algo de comer, te desplomas sobre el sofá, buscas dibujos animados en la tele, el resplandor matutino mece tu cerebro en un dulce sopor.
La inercia nocturna convierte los cuerpos en máquinas desesperadas y felices fundidas en el ritmo de la música electrónica. Movimiento perpetuo, sin destino: la narración disuelta en la pura compulsión pueril a la repetición. Una vez y otra vez y otra vez. Ahora la corriente que nos arrastra gira en círculos. Los ritmos más artificiales emulan los de la naturaleza perdida. Tú saltas y te ríes y pides más cerveza y que buena noche se ha quedado, salgamos. Últimas noticias: la tierra gira alrededor del sol, el sol gira alrededor del centro de la galaxia, las galaxias se alejan y aceleran y a ti no te importa demasiado, hace años que no miras las estrellas, quizá se han caído todas sin que tú las mirases. A las siete de la mañana la energía decae y al llegar a casa preparas algo de comer, te desplomas sobre el sofá, buscas dibujos animados en la tele, el resplandor matutino mece tu cerebro en un dulce sopor.
viernes, 10 de septiembre de 2010
Work in progress II
2 de Julio, 2006
Despertar ligeramente resacoso. No hay problema, turno de tarde. He desayunado Sprite y un trozo de pizza recalentada, el desayuno de los campeones sin esperanza. No sé muy bien por qué he escrito eso. En cualquier caso, la esperanza no es un bien. Implica vivir un tiempo devaluado en función de un fin que escapa a nuestro control. Por mi parte, creo en la eternidad del instante, signifique eso lo que signifique. Sigo ligeramente resacoso, lo cual implica una merma considerable en la capacidad de ordenar mis pensamientos en secuencias lingüísticas inteligibles. Por eso digo "eternidad del instante" y que cada cual piense lo que quiera. Pero bueno, más o menos quiero decir que, por ejemplo, una canción, un recuerdo u otra cosa, pues pertenecen a instantes que se pueden repetir. Algo así. Hoy he paseado, he leído, he comprado ropa, pero sobre todo me he aburrido y me he imaginado que heredaba una inmensa fortuna y vivía de las rentas el resto de mi vida, sin trabajar. El sueño capitalista. Trabajar es un castigo, en eso la Biblia es al menos más sincera que quienes asignan al trabajo un valor sagrado precisamente porque ellos no trabajan y reciben el fruto del trabajo ajeno. Es sin duda muy importante que los pobres trabajen para que los ricos sean ricos.
Despertar ligeramente resacoso. No hay problema, turno de tarde. He desayunado Sprite y un trozo de pizza recalentada, el desayuno de los campeones sin esperanza. No sé muy bien por qué he escrito eso. En cualquier caso, la esperanza no es un bien. Implica vivir un tiempo devaluado en función de un fin que escapa a nuestro control. Por mi parte, creo en la eternidad del instante, signifique eso lo que signifique. Sigo ligeramente resacoso, lo cual implica una merma considerable en la capacidad de ordenar mis pensamientos en secuencias lingüísticas inteligibles. Por eso digo "eternidad del instante" y que cada cual piense lo que quiera. Pero bueno, más o menos quiero decir que, por ejemplo, una canción, un recuerdo u otra cosa, pues pertenecen a instantes que se pueden repetir. Algo así. Hoy he paseado, he leído, he comprado ropa, pero sobre todo me he aburrido y me he imaginado que heredaba una inmensa fortuna y vivía de las rentas el resto de mi vida, sin trabajar. El sueño capitalista. Trabajar es un castigo, en eso la Biblia es al menos más sincera que quienes asignan al trabajo un valor sagrado precisamente porque ellos no trabajan y reciben el fruto del trabajo ajeno. Es sin duda muy importante que los pobres trabajen para que los ricos sean ricos.
Work in progress
1 de julio, 2006
Lo cierto es que esta mañana me he levantado magnánimo. Mientras esperaba a que hirviese el café he tarareado algunas melodías de canciones que no recuerdo haber escuchado y he observado el bosque de pinos, que desde la terraza parece un laberinto. He pensado que solo desde esta perspectiva aérea sería fácil encontrar la salida del laberinto, como en esos juegos para niños en los que viene dibujado el mapa de un laberinto y tu misión consiste en trazar con un lápiz el camino de regreso y salvación, porque hay que suponer que siempre hay un monstruo en el bosque, una amenaza oculta que da sentido a la trama y a las peripecias del héroe. El café estaba un poco amargo. Me lo he tomado en la terraza, en bañador y, a pesar de que no tenía nada que hacer y de que sobre mi vida no planeaba ninguna meta, ningún objetivo sobre el cual verter ese sentimiento mezcla de temor y deseo que llaman esperanza, he sonreído, feliz, sintiendo que cada poro de mi piel agradecía la brisa y que mi espíritu se elevaba permitiéndome contemplarlo todo desde una perspectiva inhumana, distante, desde un lugar en el que la serenidad y la indiferencia se fundían en un abrazo cósmico. Exagero, lo sé. Me gusta exagerar. Soy de naturaleza hiperbólica, desde siempre, al menos que yo recuerde. Escribir implica exagerar, exagerar la tristeza, la soledad, el deseo que uno realmente siente, expulsarlos, desembarazarse de todo eso que, no obstante, vuelve, como una carta que hubieses escrito destinada a ti mismo, sin que tú lo supieras. Una carta escrita con tinta fabricada con la sangre de espectros anónimos. Bueno, la última frase fue quizá demasiado efectista, y creo que lo estoy liando todo. Este diario debiera ser un maquinal registro de hechos y pensamientos destinados a quien tenga a bien usarlos del modo que le parezca. A mí mismo, sin ir más lejos. Una vez terminado el café -desayuno de campeones venidos a menos- me fui a la playa, estuve escuchando música mientras contemplaba a los bañistas y las reverberaciones del sol sobre la superficie del mar, alternativamente, todo ello enmarcado en una densa atmósfera de metal progresivo que contrastaba con la escena de sol y cuerpos semidesnudos que se me ofrecía a la vista. Hacía mucho calor, pero no tenía ganas de bañarme, solo de escuchar música y de mirar, registrar sonidos e imágenes, archivarlos, fomar un depósito abundante y bien ordenado, que mis conexiones neuronales pudieran revivir este exacto momento del tiempo con la mayor cantidad de matices posible. Siempre hay mundos hundiéndose a ritmos desconocidos y un tiempo pulsado off-beat que nos rescata de la entropía, o al menos hace habitable este cuento lleno de furia y sin sentido contado por un idiota. De regreso a casa compré un pollo asado con patatas y una coca-cola de dos litros y me lo comí en la terraza, leyendo el periódico, ese incombustible folletín del desastre, siempre informándonos sobre catástrofes en lugares remotos, saturándonos hasta el punto de que no podamos sentir ya nada. Quiren convertirnos en máquinas. Por cierto, Andy Warhol quería convertirse en una máquina y quizás no fuera una mala idea. Creo que se trata de una estrategia terapeútica: convencernos de que no podemos hacer nada. El mensaje es algo así como No sufras, hay demasiadas catástrofes en el mundo que exceden tu limitada capacidad de actuación, despreocúpate, vete de compras, hormiga consumidora. De ahí la publicidad entreverada en la narrativa de la desgracia. Al atardecer me he puesto ciego de cervezas y de marihuana, en la playa, con unos amigos, lo cual me ha hecho terminar el día más magnánimo aún. Siempre he dicho que soportar el eterno retorno, la muerte de Dios, el fin de las ilusiones ilustradas y todo lo que se quiera, es mucho más fácil y divertido si uno está bien provisto de cerveza y marihuana, inventos tan importantes como la rueda e Internet, unos pasos de baile fuera de la cadena de montaje.
Lo cierto es que esta mañana me he levantado magnánimo. Mientras esperaba a que hirviese el café he tarareado algunas melodías de canciones que no recuerdo haber escuchado y he observado el bosque de pinos, que desde la terraza parece un laberinto. He pensado que solo desde esta perspectiva aérea sería fácil encontrar la salida del laberinto, como en esos juegos para niños en los que viene dibujado el mapa de un laberinto y tu misión consiste en trazar con un lápiz el camino de regreso y salvación, porque hay que suponer que siempre hay un monstruo en el bosque, una amenaza oculta que da sentido a la trama y a las peripecias del héroe. El café estaba un poco amargo. Me lo he tomado en la terraza, en bañador y, a pesar de que no tenía nada que hacer y de que sobre mi vida no planeaba ninguna meta, ningún objetivo sobre el cual verter ese sentimiento mezcla de temor y deseo que llaman esperanza, he sonreído, feliz, sintiendo que cada poro de mi piel agradecía la brisa y que mi espíritu se elevaba permitiéndome contemplarlo todo desde una perspectiva inhumana, distante, desde un lugar en el que la serenidad y la indiferencia se fundían en un abrazo cósmico. Exagero, lo sé. Me gusta exagerar. Soy de naturaleza hiperbólica, desde siempre, al menos que yo recuerde. Escribir implica exagerar, exagerar la tristeza, la soledad, el deseo que uno realmente siente, expulsarlos, desembarazarse de todo eso que, no obstante, vuelve, como una carta que hubieses escrito destinada a ti mismo, sin que tú lo supieras. Una carta escrita con tinta fabricada con la sangre de espectros anónimos. Bueno, la última frase fue quizá demasiado efectista, y creo que lo estoy liando todo. Este diario debiera ser un maquinal registro de hechos y pensamientos destinados a quien tenga a bien usarlos del modo que le parezca. A mí mismo, sin ir más lejos. Una vez terminado el café -desayuno de campeones venidos a menos- me fui a la playa, estuve escuchando música mientras contemplaba a los bañistas y las reverberaciones del sol sobre la superficie del mar, alternativamente, todo ello enmarcado en una densa atmósfera de metal progresivo que contrastaba con la escena de sol y cuerpos semidesnudos que se me ofrecía a la vista. Hacía mucho calor, pero no tenía ganas de bañarme, solo de escuchar música y de mirar, registrar sonidos e imágenes, archivarlos, fomar un depósito abundante y bien ordenado, que mis conexiones neuronales pudieran revivir este exacto momento del tiempo con la mayor cantidad de matices posible. Siempre hay mundos hundiéndose a ritmos desconocidos y un tiempo pulsado off-beat que nos rescata de la entropía, o al menos hace habitable este cuento lleno de furia y sin sentido contado por un idiota. De regreso a casa compré un pollo asado con patatas y una coca-cola de dos litros y me lo comí en la terraza, leyendo el periódico, ese incombustible folletín del desastre, siempre informándonos sobre catástrofes en lugares remotos, saturándonos hasta el punto de que no podamos sentir ya nada. Quiren convertirnos en máquinas. Por cierto, Andy Warhol quería convertirse en una máquina y quizás no fuera una mala idea. Creo que se trata de una estrategia terapeútica: convencernos de que no podemos hacer nada. El mensaje es algo así como No sufras, hay demasiadas catástrofes en el mundo que exceden tu limitada capacidad de actuación, despreocúpate, vete de compras, hormiga consumidora. De ahí la publicidad entreverada en la narrativa de la desgracia. Al atardecer me he puesto ciego de cervezas y de marihuana, en la playa, con unos amigos, lo cual me ha hecho terminar el día más magnánimo aún. Siempre he dicho que soportar el eterno retorno, la muerte de Dios, el fin de las ilusiones ilustradas y todo lo que se quiera, es mucho más fácil y divertido si uno está bien provisto de cerveza y marihuana, inventos tan importantes como la rueda e Internet, unos pasos de baile fuera de la cadena de montaje.
martes, 7 de septiembre de 2010
Se acabó
Ahora sí que sí se acabó el verano: ya llueve, ya hace frío (This is León!). El tiempo retorna a sus goznes, a su curso prefijado de armonías grises que prometen comienzos y una extática serenidad que hará las delicias de los místicos melancólicos refractarios al tiempo estival que, como queda dicho, es un tiempo fuera de quicio que septiembre se encarga de reparar (¡Septiembre es como Hamlet!). El otoño es la vuelta a casa.
sábado, 4 de septiembre de 2010
El militante
El militante sabía muy bien que se exponía a la incomprensión y a la burla y, lo peor de todo, a ser confundido con la masa de sujetos vagos y pasivos desprovisto de cualquier atisbo de militancia política. Su actitud era una recusación generalizada del capitalismo. Ni más ni menos. Su estrategia: una pasividad total. Un sujeto que ni produce ni consume. Una crítica radical al núcleo del mal. Apático, desganado, contemplativo, melancólico. La nueva tabla de valores del buen revolucionario. Bajo un cielo estrellado, medita sobre la alegría de estar triste de la que ya hablaron Víctor Hugo y Kurt cobain (echo de menos la comodidad de estar triste). Pero su historia no puede ser narrada: el militante no hizo nada en toda su vida, y murió. Ya está, eso es todo.
Melancolía
Según Ficino, ésta consiste en transformar en deseo de abrazo lo que compete a la contemplación.
Y el comentario de Giorgio Agamben:
"La intención erótica que desencadena el desorden melancólico se presenta aquí como la que quiere poseer y tocar aquello que debería ser sólo objeto de contemplación, y el trágico desarreglo del temperamento saturnino encuentra así su raíz en la íntima contradicción de un gesto que quiere abrazar lo inasible. Es en esta perspectiva en la que se interpreta el pasaje de Enrique de Gante que Panofsky pone en relación con la imagen dureriana y según el cual los melancólicos, “no pueden concebir lo incorpóreo”, en cuanto tal, porque no saben "extender su inteligencia más allá del espacio y de la grandeza”. No se trata simplemente aquí, como se ha señalado, de un límite estático de la estructura mental de los melancólicos que los excluya de la esfera metafísica, sino más bien de un límite dialéctico que toma su sentido en relación con el impulso erótico de transgresión que transforma la intención contemplativa en "concupiscencia de abrazo”. Es decir que la incapacidad de concebir lo incorpóreo y el deseo de hacer de ello objeto de abrazo son las dos caras del mismo proceso, en el transcurso del cual la tradicional vocación contemplativa del melancólico se revela expuesta a un trastorno del deseo que la amenaza desde dentro"
Y el comentario de Giorgio Agamben:
"La intención erótica que desencadena el desorden melancólico se presenta aquí como la que quiere poseer y tocar aquello que debería ser sólo objeto de contemplación, y el trágico desarreglo del temperamento saturnino encuentra así su raíz en la íntima contradicción de un gesto que quiere abrazar lo inasible. Es en esta perspectiva en la que se interpreta el pasaje de Enrique de Gante que Panofsky pone en relación con la imagen dureriana y según el cual los melancólicos, “no pueden concebir lo incorpóreo”, en cuanto tal, porque no saben "extender su inteligencia más allá del espacio y de la grandeza”. No se trata simplemente aquí, como se ha señalado, de un límite estático de la estructura mental de los melancólicos que los excluya de la esfera metafísica, sino más bien de un límite dialéctico que toma su sentido en relación con el impulso erótico de transgresión que transforma la intención contemplativa en "concupiscencia de abrazo”. Es decir que la incapacidad de concebir lo incorpóreo y el deseo de hacer de ello objeto de abrazo son las dos caras del mismo proceso, en el transcurso del cual la tradicional vocación contemplativa del melancólico se revela expuesta a un trastorno del deseo que la amenaza desde dentro"
Ruinas
Tanto leer y no saber nunca qué decir
contemplar solo ruinas, lejanías
siempre anclado en la memoria de lo que no fue
rozando la piel de la melancolía
la superficie metafísica de lo inaprehensible
que echamos de menos
las tardes de septiembre
de resaca y pájaros en sus jaulas
contemplar solo ruinas, lejanías
siempre anclado en la memoria de lo que no fue
rozando la piel de la melancolía
la superficie metafísica de lo inaprehensible
que echamos de menos
las tardes de septiembre
de resaca y pájaros en sus jaulas
martes, 31 de agosto de 2010
El otro lenguaje de la naturaleza
De los árboles brotan
palabras desmayadas
que el viento recoge
en sus manos ahuecadas
Memorias
Vivía pegado a la ventana
espectador solipsista
de mi mundo
cuyos límites amaba:
el viento era mi viento
y la noche insondable
me hablaba sólo a mí
borrando mi rostro
y deshaciendo el mundo
Qué fácil entonces
Pero qué fácil entonces
alcoholizado
desequilibrado
y feliz
aquello de dejarse atravesar
por la noche el viento
cualquier cosa
con tal de que el éxtasis ardiera
y ardiera sin más
consumiéndose a sí mismo
fin y no medio
ardor bárbaro
sin palabras
grito o suspiro
o arañazo trágico y bello
daba lo mismo
Temblor de luz y agua
Y todo es temblor de luz y de agua
y lejanía inconcebible
susurro estrellado
polvo galáctico
trenes desbocados
surcando la estepa
con pies descalzos
y ojos de cristal nítidos y fríos
como la nieve
que se deshizo
hace ya miles de años
Otoño (Waiting for...)
La sombra del otoño se asoma ya con pasos sigilosos
y yo me alegro:
promesa de cobijo y cazadoras de cuero color marrón.
La presiento.
Lejana aún, pero planeando ya
sobre los árboles
que se estremecen
de placer suicida.
Desvarío lingüístico-vitalista
Quién sabe si la transformación total de la vida nos aguarda en las trémulas ascuas de un lenguaje que vibra ensoberbecido invitándonos a asaltar la realidad como si a nosotros, los últimos hombres, los efímeros, los póstumos, los peces del pantano nihilista, nos cupiera aún descubrirla, conquistarla, agitarla en el aire y saltar y gritar "¿así que era esto?, ¿así que iba en serio? Pues venga, ¡otra vez!".
sábado, 28 de agosto de 2010
Just Oates
"Margaret, hay un modo correcto y un modo incorrecto de hacer las cosas", me dice, y yo me echo a reír y le digo lo que un día se me ocurrió durante la clase de mates: "No, abuela, hay un solo modo correcto pero hay mil modos equivocados y por eso la gente lo jode todo continuamente".
¿Sabes lo que voy a echar de menos cuando me muera, Maddy? Noches como éstas en las que aquí abajo todo se ve tan claro, frío y nítido como allá arriba en el cielo, de manera que no te importa sentirte completamente sola, ¿sabes a lo que me refiero?
Joyce Carol Oates, Puro fuego: confesiones de una banda de chicas.
¿Sabes lo que voy a echar de menos cuando me muera, Maddy? Noches como éstas en las que aquí abajo todo se ve tan claro, frío y nítido como allá arriba en el cielo, de manera que no te importa sentirte completamente sola, ¿sabes a lo que me refiero?
Joyce Carol Oates, Puro fuego: confesiones de una banda de chicas.
viernes, 27 de agosto de 2010
Feliz Nuevo Mundo Veloz
Y es que este es un mundo veloz, feliz, el Feliz Nuevo Mundo Veloz. Sean bienvenidos. Acomódense en sus butacas. No hace falta que se muevan. Los haremos todos por ustedes. Ustedes no son nada, pero no se alarmen, no ser nada es algo bueno. Sonrían. Proyectaremos sobre ustedes, en nuestras pantallas, todo tipo de imágenes. Somos un Sujeto misterioso. Si atraviesan las pantallas no nos verán. No somos seres ahí. Somos el río que fluye por sus venas. Os chuparemos la sangre. Reclamamos atención. Aparten la mirada de las cosas feas. Emitimos únicamente cosas bellas y, por lo tanto, buenas. No sean idiotas, no hay nada fuera de la caverna. Tenemos reglas, podrán jugar todo el rato que quieran, a lo que quieran. Diviértanse. ¿Qué clase de perturbado no amaría a un amo benevolente que no está en ningún lugar? Satisfacemos todos sus deseos y, como sabemos que desear es difícil, les ahorramos el trago de averiguar por ustedes mismos qué desean. Se lo indicaremos a continuación.
El tiempo acelerado
Quieres mojar elegantes magdalenas en tazas de té súper finas y volverte a tu interior, a tu sagrada subjetividad delux, agasajarte con los meandros de recuerdos líricos, envolverte en ensueños acariciadores y vaporosos, mecerte en ellos como en los brazos primordiales de los que no guardas recuerdo alguno, pero ahora sólo venden bollos repletos de grasas saturadas y tiras el plástico a la calle para que se joda el planeta, en un gesto de rabia desesperada, pero es un gesto insulso carente por completo de grandilocuencia, ni siquiera una pizca. Tú y tu escuálida memoria desapareceréis de la faz de la tierra mucho antes que el plástico. El plástico tiene más futuro que tú. Tú ya no tienes un mundo interior singular. Te puedes comprar uno, un mundo cualquiera, estándar, que pasará de moda la temporada que viene. Tienes que adaptarte, estar atento, acomodar tus ritmos a la balada triste del capital, que el deseo no pare de fluir. A nadie le gustan los aguafiestas. Basta con que emitas un montón de signos festivos. Mira los anuncios, aprende de los anunios, todo el mundo es feliz en los anuncios, el mundo debería ser como un anuncio. He aquí la utopía. El motor infatigable del deseo sin fin, el mundo en perpetua revolución de las mercancías siempre renovadas. Viva la fiesta, viva la velocidad, viva la moda: el futuro ya estuvo aquí.
martes, 24 de agosto de 2010
El libro electrónico
Yo era un entusiasta defensor del libro electrónico hasta que en la Fnac tuve la oportunidad de sostener uno entre mis manos, día en que me convertí en un conservador resignado que espera en silencio el estallido sordo de la catástrofe por venir. Por supuesto, la cuestión no es, ni mucho menos, moral: se buscarán en vano valores trascendentes asociados al objeto libro, pero sí es profundamente ética: el encuentro entre el libro electrónico y yo no fue un buen encuentro. Esto quiere decir que no entramos en relaciones de composición. Ningún juicio moral, como se ve. Para otros la catástrofe será una bendición.
martes, 17 de agosto de 2010
Osos Panda
Sobre la figura y múltiple significación del oso panda en la música popular española, atendiendo especialmente a sus vertientes punk y tontipop:
jueves, 12 de agosto de 2010
viernes, 23 de julio de 2010
jueves, 22 de julio de 2010
miércoles, 21 de julio de 2010
Calor y polvo
El calor sofocante y pegajoso diluye las ideas en una serie de meandros que no desembocan en ninguna parte, o las hace girar en un círculo infernal, sin fin, hasta que caen rendidas, sudorosas, sobre la tierra seca, abrasada por el sol.
El extraño deseo de tumbarse hasta que el sol secara su carne y su cerebro se iba poco a poco apoderando de él. Ser polvo de nuevo y viajar con el viento a tierras desconocidas
Eran solo ideas o imágenes con las que se entretenía, posibilidades huérfanas de realización, es decir, posibilidades que no eran reales, meras fantasías.
Descalzarse y caminar sobre el asfalto caliente hasta cruzar los límites de la ciudad y continuar caminando sobre los campos amarillentos en los que no se divisa árbol alguno, hasta morir de sed, con la piel quemada, a cientos de kilómetros de cualquier lugar. Como un mártir de ninguna causa. Mirarían su cuerpo -la expresión hosca, su cara sudorosa y polvorienta, los labios apretados, la mirada curiosamente alegre, satisfecha- mucho tiempo después, y una desazón que no alcanzarían a comprender encogería los estómagos de los perplejos observadores. Llamarían a la policía. Se apartarían en silencio. Todo habría terminado. Una historia sin sentido. Ni siquiera el final logaría configurar un sentido. Nada cuadraría. Un mal relato.
Otras imágenes no eran tan tristes ¿ni tan absurdas?: bailaba en medio de una muchedumbre que con sus saltos formaba una densa nube de polvo, bebiendo cerveza, y alguien le miraba y esa mirada era el signo que necesitaba para saber que existía y no debía caminar hasta morir por ninguna causa, que era mucho mejor sonreír y seguir bebiendo cerveza y saltando protegido por la calurosa noche de verano que envolvía a todo el mundo con una fragancia de éxtasis. Escuchaba la música y la locura destruía el mundo. Se trataba de una imagen hermosa y liberadora, pero insostenible. Lo que la locura musical destruía era el mundo de las acciones y los vínculos humanos sobrios y obligatorios, que esperaban a la vuelta, y proponía en su lugar una efímera comunidad de poéticos habitantes de un mundo transformado en un dios bailarín. Algo así. Pero aquí la tristeza viene después. Al tiempo de la fusión dionisiaca le sucede el tiempo de la disgregación, y entonces él regresa a casa con la frente apoyada en la ventanilla del autobús.
Pero él estaba solo y desencantado. El calor, sin duda, era la causa de sus fantasías alocadas. La soledad podía ser la causa de que algún día prefiriese creer en ellas y habitarlas y olvidarse de todo convirtiéndose en un pobre hombre extravagante al que los niños tirarían piedras riéndose e insultándole: viejo loco, puto trastornnado.
Sentarse en una mecedora en el porche de una casa del sur de Estados Unidos con un rifle y una botella de whisky y emborracharse a conciencia creyéndose un gran escritor cuya imposibilidad de sustraerse a un destino tan trágico como estúpido alimentaría su misantropía a la vez que le rodearía con una aureola de atractivo malditismo. Fumaría mucho contemplando el atardecer y luego las estrellas y el resto de la noche escribiría grandes novelas americanas sobre la desquiciada y violenta sociedad contemporánea. Tendría muchas groupis, pero nada aliviaría su soledad, porque la soledad de un escritor norteamericano que bebe whisky sin parar en un porche pertenece a su esencia de ser humano lanzado a bocajarro a un mundo hostil. La necesitaría para alimentar su rabia y sus ensoñaciones, aunque fuera lo más parecido a mascar polvo en el desierto.
El extraño deseo de tumbarse hasta que el sol secara su carne y su cerebro se iba poco a poco apoderando de él. Ser polvo de nuevo y viajar con el viento a tierras desconocidas
Eran solo ideas o imágenes con las que se entretenía, posibilidades huérfanas de realización, es decir, posibilidades que no eran reales, meras fantasías.
Descalzarse y caminar sobre el asfalto caliente hasta cruzar los límites de la ciudad y continuar caminando sobre los campos amarillentos en los que no se divisa árbol alguno, hasta morir de sed, con la piel quemada, a cientos de kilómetros de cualquier lugar. Como un mártir de ninguna causa. Mirarían su cuerpo -la expresión hosca, su cara sudorosa y polvorienta, los labios apretados, la mirada curiosamente alegre, satisfecha- mucho tiempo después, y una desazón que no alcanzarían a comprender encogería los estómagos de los perplejos observadores. Llamarían a la policía. Se apartarían en silencio. Todo habría terminado. Una historia sin sentido. Ni siquiera el final logaría configurar un sentido. Nada cuadraría. Un mal relato.
Otras imágenes no eran tan tristes ¿ni tan absurdas?: bailaba en medio de una muchedumbre que con sus saltos formaba una densa nube de polvo, bebiendo cerveza, y alguien le miraba y esa mirada era el signo que necesitaba para saber que existía y no debía caminar hasta morir por ninguna causa, que era mucho mejor sonreír y seguir bebiendo cerveza y saltando protegido por la calurosa noche de verano que envolvía a todo el mundo con una fragancia de éxtasis. Escuchaba la música y la locura destruía el mundo. Se trataba de una imagen hermosa y liberadora, pero insostenible. Lo que la locura musical destruía era el mundo de las acciones y los vínculos humanos sobrios y obligatorios, que esperaban a la vuelta, y proponía en su lugar una efímera comunidad de poéticos habitantes de un mundo transformado en un dios bailarín. Algo así. Pero aquí la tristeza viene después. Al tiempo de la fusión dionisiaca le sucede el tiempo de la disgregación, y entonces él regresa a casa con la frente apoyada en la ventanilla del autobús.
Pero él estaba solo y desencantado. El calor, sin duda, era la causa de sus fantasías alocadas. La soledad podía ser la causa de que algún día prefiriese creer en ellas y habitarlas y olvidarse de todo convirtiéndose en un pobre hombre extravagante al que los niños tirarían piedras riéndose e insultándole: viejo loco, puto trastornnado.
Sentarse en una mecedora en el porche de una casa del sur de Estados Unidos con un rifle y una botella de whisky y emborracharse a conciencia creyéndose un gran escritor cuya imposibilidad de sustraerse a un destino tan trágico como estúpido alimentaría su misantropía a la vez que le rodearía con una aureola de atractivo malditismo. Fumaría mucho contemplando el atardecer y luego las estrellas y el resto de la noche escribiría grandes novelas americanas sobre la desquiciada y violenta sociedad contemporánea. Tendría muchas groupis, pero nada aliviaría su soledad, porque la soledad de un escritor norteamericano que bebe whisky sin parar en un porche pertenece a su esencia de ser humano lanzado a bocajarro a un mundo hostil. La necesitaría para alimentar su rabia y sus ensoñaciones, aunque fuera lo más parecido a mascar polvo en el desierto.
domingo, 18 de julio de 2010
viernes, 16 de julio de 2010
Animal Collective
PD: Leí por ahí que este grupo era un despropósito. Pero a mí me encantan los despropósitos.
lunes, 12 de julio de 2010
jueves, 8 de julio de 2010
Sequía (y un texto a medio hilar sobre fútbol)
Parece que escribo poco, pero lo que en realidad estoy haciendo es escribiendo mucho y borrándolo todo a continuación. Me he vuelto muy exigente o muy torpe. Y lo que no borro lo dejo en estado límbico de borrador. El último borrador:
[Las Formas platónicas, bien entendidas, no residen en un mundo trascendente, en el supuesto "mundo de las Ideas" o, al menos, existe otra posibilidad de lectura que las concibe, más bien, como potencialidades realizables. Del mismo modo que, para Hegel, una voluntad que no se determina no es real, podríamos decir que una potencialidad que no se realiza, tampoco lo es, sino que es mera "fantasía", un cuento de esos que, precisamente Platón, despreciaba.
El fútbol, bien entendido, es un discurso trágico, con su sintaxis, sus reglas, su significado (Pasolini dixit).
Ayer, lo que se vio en el partido de España, fue una Forma de jugar que, como queda dicho, no está en un mundo aparte, sino que es la configuración global que dota de sentido a la fluida sintaxis del juego, el hilo que articula los episodios, que serían las jugadas, el sentido de ese discurso dramático que, no obstante, se quiebra, en cuanto tal discurso, cuando la emoción lo desborda todo en el instante poético por antonomasia, el gol, instante cualitativamente diferente y en el cual converge toda la intensidad y la tensión del partido, temporalidad concentrada, Acontecimiento fulgurante que se destaca sobre el fondo de esa temporalidad dilatada que únicamente cobra sentido como espera, como temporalidad expectante en la que lo que pasa es la espera misma del Acontecimiento.
No puede haber Forma sin contenido, ni viceversa. Ambos se coimplican porque su separación es meramente abstracta. No es posible separar la forma de tocar un violín del sonido resultante. Y no existe la Forma perfecta, porque se lleva a cabo en el tiempo finito de los mortales, pero sí existen cumbres de virtuosisimo que arrancan el aplauso y la emoción.
Como ya ensañaba Platón, no puede haber diferencia entre conocer la virtud y ser virtuoso, dado que la virtud pertenece al régimen de la praxis. Un virtuoso del violín, un virtuoso del fútbol, solo se llega a ser con la práctica.
Desde luego, marcar gol es el objetivo, la meta, el fin que, no obstante, de alguna manera, también precede al juego. Una especie de motor inmóvil.]
No está acabado. Pensar el fútbol es una cosa muy seria. Alguien dijo: no es que el fútbol sea una metáfora de la vida, sino que la vida es una metafora del fútbol...
[Las Formas platónicas, bien entendidas, no residen en un mundo trascendente, en el supuesto "mundo de las Ideas" o, al menos, existe otra posibilidad de lectura que las concibe, más bien, como potencialidades realizables. Del mismo modo que, para Hegel, una voluntad que no se determina no es real, podríamos decir que una potencialidad que no se realiza, tampoco lo es, sino que es mera "fantasía", un cuento de esos que, precisamente Platón, despreciaba.
El fútbol, bien entendido, es un discurso trágico, con su sintaxis, sus reglas, su significado (Pasolini dixit).
Ayer, lo que se vio en el partido de España, fue una Forma de jugar que, como queda dicho, no está en un mundo aparte, sino que es la configuración global que dota de sentido a la fluida sintaxis del juego, el hilo que articula los episodios, que serían las jugadas, el sentido de ese discurso dramático que, no obstante, se quiebra, en cuanto tal discurso, cuando la emoción lo desborda todo en el instante poético por antonomasia, el gol, instante cualitativamente diferente y en el cual converge toda la intensidad y la tensión del partido, temporalidad concentrada, Acontecimiento fulgurante que se destaca sobre el fondo de esa temporalidad dilatada que únicamente cobra sentido como espera, como temporalidad expectante en la que lo que pasa es la espera misma del Acontecimiento.
No puede haber Forma sin contenido, ni viceversa. Ambos se coimplican porque su separación es meramente abstracta. No es posible separar la forma de tocar un violín del sonido resultante. Y no existe la Forma perfecta, porque se lleva a cabo en el tiempo finito de los mortales, pero sí existen cumbres de virtuosisimo que arrancan el aplauso y la emoción.
Como ya ensañaba Platón, no puede haber diferencia entre conocer la virtud y ser virtuoso, dado que la virtud pertenece al régimen de la praxis. Un virtuoso del violín, un virtuoso del fútbol, solo se llega a ser con la práctica.
Desde luego, marcar gol es el objetivo, la meta, el fin que, no obstante, de alguna manera, también precede al juego. Una especie de motor inmóvil.]
No está acabado. Pensar el fútbol es una cosa muy seria. Alguien dijo: no es que el fútbol sea una metáfora de la vida, sino que la vida es una metafora del fútbol...
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