Sería exageradísimo decir que concibo la lectura como un pecado, como si la lectura fuera el demonio de inocentes y hermosas piernas que tienta a Simón del desierto. Exageradísimo. Pero es verdad que de pequeño mi madre me obligaba a dejar de leer pronto porque al día siguiente había que ir al colegio. Tenía que apagar la luz.
La felicidad de la lectura, como dijo Clarice Lispector, es una felicidad clandestina.
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