Los sufridos espectadores de This is Philosophy asistimos durante media hora a un festival de tópicos y banalidades, de simplezas y lecturas toscas y miopes de la obra platónica.
Lo mejor del programa es que dura poco.
Los sufridos espectadores de This is Philosophy asistimos durante media hora a un festival de tópicos y banalidades, de simplezas y lecturas toscas y miopes de la obra platónica.
Lo mejor del programa es que dura poco.
AQUÍ una entrevista con el Abdul Alhazred (aka El Árabe Loco) de la Filosofía, el autor de Ciclonopedia, una novela que va sobre una especie de geotrauma petrolífero, por así llamarlo.
PD: El petróleo, como todo sabemos, es el untuoso sol negro en el que se baña y prospera la suntuosa y ya decadente civilización tardocapitalista contemporánea.
Y viera el grado de sumisión de la gente a normas absolutamente arbitrarias*, ¿se echaría a llorar o se partiría de risa ante tan absurdo espectáculo?
*Al parecer, es legal no llevar la mascarilla si vas corriendo por la calle, pero es ilegal si vas caminando. La máquina gubernamental ha entrado en un estado de delirio absoluto.
Soñé que solucionaba un importante y complejo problema filosófico al decir la frase «que en última instancia no son sino descripciones definidas», pero no recuerdo de qué problema se trataba.
Su alma se desvaneció lentamente al escuchar el dulce descenso de la nieve a través del universo, su dulce caída, como el descenso de la última postrimería, sobre todos los vivos y los muertos.
James Joyce, Los muertos
Todo el mundo puede ser activista. Solo hay que añadir una bandera arcoíris a tu perfil de Facebook, o increpar a una persona mayor que no entiende lo que significa «no binario», y ya estás mejorando el mundo.
Para un cristiano no hay nada parecido a un espacio natural. Todo es artificial, todo ha sido hecho por el Artífice Supremo, la Gran Causa Eficiente.
Para un cristiano ser es ser un artificio.
La peor película del siglo XXI. Una estupidez estratosférica y detestable. Todo, absolutamente todo, está mal. Los personajes son insoportables, las escenas de acción son tan rápidas que no se ve una mierda, no hay nada ni remotamente parecido a un argumento... En fin, una infamia absoluta. Deplorable.
No solo hay ya demasiados libros, sino que constantemente se producen en abundancia torrencial. Muchos de ellos son inútiles o estúpidos, constituyendo su presencia y conservación un lastre más para la humanidad, que va de sobra encorvada bajo otras cargas.
Ortega y Gasset, Misión del bibliotecario
La falacia afectiva consiste, más o menos, en considerar que una película, por ejemplo, es pretenciosa si no te gusta o si no la entiendes.
La falacia intencional consiste en creer que el significado de la obra está determinado por la intención del autor.
Pero —Derrida dixit— la obra, una vez publicada, queda abandonada a su esencial deriva.
1. He escrito tontapolleces, luego existo
2. Deconstrucción de tontapolleces metafísicas (Derrida explicado a los niños)
No se me ocurren más.
Me pongo a leer Feria un rato. El tan afamado y polémico libro de Ana Iris Simón me produce un tedio mortal.
PD: Sigo en modo gruñón, en efecto.
PD2: El libro no parecer ser más que una crónica familiar. La polémica supongo que tendrá que ver con esa tontapollez —no voy a parar de usar esta palabra, porque es lo máximo— llamada guerras culturales.
Sí, he vuelto en plan gruñón y cascarrabias.
Pues otra tontapollez. ¿En qué valores? ¿En todos o solo en los valores morales? ¿Quizá en los valores estéticos? ¿En los espirituales? ¿Hay que que explicar la ética material de los valores o decirles a los niños que se porten bien?
PD: Una característica de los valores, por cierto, es su polaridad. Es decir, que los valores no son solo positivos. El tópico educar en valores parece dar por hecho justo lo contrario, que los valores son siempre positivos y por eso debemos educar en ellos (aunque, insisto, nunca se dice en cuáles).
Es una soberana tontapollez. En todo caso —y suponiendo que sabemos a quién se refiere ese somos— seremos una generación que vive peor que sus padres, no la primera.
Comparado con el soporífero documental sobre los Beatles que ha hecho Peter Jackson, Bela Tarr rueda trepidantes películas de acción llenas de escenas alocadas y vertiginosas.
Hace mucho tiempo dije un montón de palabras
lenguaje casa del ser tejado perdidas
viento desolado niñas
desguarecidas bajo la lluvia.
La condición: si el lenguaje es la casa del ser.
La consecuencia: entonces el viento
se ha llevado el tejado
y las palabras parecen niñas perdidas
bajo la lluvia.
Era lógico y también
era un poema
porque se entendía y no se entendía
porque soplaba el viento y llovía
y porque sonaba tan triste
con tanto viento y tanta lluvia
y tanta niña desolada.
El viento generaba gemidos desolados
y las palabras carecían de significado.
Creo que eso era, más o menos,
todo lo que pasaba en el poema.
O todo lo que no pasaba.
Pero tal vez el viento, aunque no diga nada,
diga más que las palabras...
Y además más y otra cosa.
Y no es verdad que solo genere
gemidos desolados.
A veces danza con las hojas de los árboles
y enjuaga las lágrimas
de las niñas perdidas.
Il libro è creatura fragile, soffre l'usura del tempo, teme i roditori, le intemperie, le mani inabili. Se per cento e cento anni ciascuno avesse potuto liberamente toccare i nostri codici, la maggior parte di essi non esisterebbero più. Il bibliotecario li difende dunque non solo dagli uomini ma anche dalla natura, e dedica la sua vita a questa guerra contro le forze dell'oblio, nemico della verità.
Umberto Eco, Il nome della rosa
Se me acaba de estropear la lavadora. Se ha fundido una luz del baño. Tengo los oídos taponados, sobre todo el izquierdo, por el que no oigo nada. No pude cambiar la titularidad del coche porque mi domicilio fiscal no coincide con mi lugar de empadronamiento. Me pusieron una multa. Los limpiaparabrisas funcionan a veces sí, a veces no, lo mismo que la radio. Etcétera.
Naturalmente, dada mi tendencia a la exageración, no he tenido más remedio que comparar mi situación con la de Job, quien no tuvo nada de paciencia y en seguida se puso, como más o menos he hecho yo, a increpar a Dios. También me he puesto a pensar que soy un desastre de ser humano al que cada vez le resulta más difícil ser un adulto mínimamente funcional, lo que me ha llevado a fantasear con vivir al estilo Unabomber o Wittgenstein, solo en una cabaña en medio del bosque, sin apenas posesiones, porque las cosas se estropean y es un coñazo hacerse cargo de ellas, aunque soy consciente de que en realidad no podría vivir así, entre otras cosas porque seguro que en los bosques hay todo tipo de bichos horribles y no hay centros de salud a los acudir para que te saquen tapones de cera de los oídos, y las cosas, por pocas que tengas, seguirán estropeándose de todas formas (lo natural es la entropía).
Además, no estoy estudiando todo lo que debería y tengo la sensación de que incluso he olvidado cosas básicas, como los principales campos MARC o las entidades del modelo FRBR (cosas básicas en biblioteconomía, claro, no en general), por no hablar de la siempre infernal parte de legislación.
En fin
Nota mental en forma de pregunta retórica: ¿y si los que vivimos en regiones tan despobladas y olvidadas como Extremadura o León hiciésemos como si Madrid no existiera? ¿No alcanzaríamos así, con suma facilidad, la paz mental?
Estoy en mi habitación, quiero decir, en la de la casa de mis padres. En ningún sitio me siento tan a gusto. Está el póster de Marilyn Monroe, está el de la Velvet Underground, está el de El Gran Lebowski. Están los libros. Está el cactus. Está la guitarra que nunca he sabido tocar y el reloj de cuerda al que nunca doy cuerda. O sea, está básicamente todo, y está como estaba, como debe estar y donde debe estar. Es un microcosmos ajeno a la entropía.
Mis planes a muy muy corto plazo son comer torrijas y leer el libro de Cornford Platón y Parménides, leer el libro de Ernesto Castro Memorias y libelos del 15M y leer Introducción a la ciencia de la conciencia: el estudio de la experiencia subjetiva en filosofía, psicología y neurociencias, de mi amigo Asier Arias, que es un puto crack.
También tengo planeado estudiar. Pero, sobre todo, comer torrijas.
Para ser alguien que ha vivido en innumerables pisos —en realidad, creo que hasta ahora han sido cuatro durante mi periplo estudiantil y seis durante mi errante periplo laboral (en breve voy a por el séptimo)— me sigue estresando muchísimo mudarme. Me pone de los nervios.
Siempre vivo en estancia, como un buen cristiano, como un buen extranjero, sin un lugar fijo de residencia.
He puesto una lista de canciones ligeramente nostálgica con Weezer (no recordaba lo muchísimo que me gustan), The Strokes, The Black Keys, The Vines, The Hives, Franz Ferdinand, Yeah Yeah Yeahs, Artic Monkeys, The Postal Service, The White Stripes, Pearl Jam, MGMT, Kaiser Chefs, U2, Pearl Jam, Los Planetas y Pixies. Ya lo he dicho más veces, pero si amo algo por encima de todas las cosas es la música. Y estoy convencido, con razón o sin ella, de que escuchar música, como todo, es un arte, y de que no importa tanto saber de música como disfrutarla y amarla, sea del género que sea, porque, como sabía Platón, bello es lo que uno ama.
Quiere decirse que esta lista eminentemente indie y gafapasta no significa que odie otros géneros musicales. Me encantan Las Grecas, por ejemplo, o Los Suaves, o Manolo García, o Andrés Calamaro, o La Polla Records, o la música electrónica (Four Tet y Aphex Twin me flipan). En cuestiones musicales, soy un firme defensor del poliamor. Hay diferentes músicas para diferentes momentos y situaciones, y es perfectamente posible, por así decirlo, establecer relaciones afectivas desjerarquizadas con todas ellas. ¿Por qué no amar* con la misma intensidad, por ejemplo y por muy diferentes que sean, Fear of the Dark y Segundo premio?
*Hay que decir que se ama sin razón, es un acontecimiento puro que no atiende a razones, simplemente sucede.
Ante mi manifiesta incapacidad para lidiar con el infierno de la burocracia electrónica sin sufrir ataques de pánico y desesperación —omitiré detalles porque la historia es larga y aburrida, pero baste decir que el registro electrónico de cierta universidad daba fallos que no tenían que ver estrictamente con mi impericia, la cual, sin embargo, no oculto— cierta persona, medio en broma, me ha dicho algo así como lo siguiente: «creía que eras más inteligente, tú que has estudiado una carrera». Naturalmente, he contestado —también medio en broma— que no soy inteligente, simplemente llevo gafas de pasta, y que mi carrera solo me enseñó a leer a filósofos muertos.
Afortunadamente, tras mil intentos introduciendo un pin para poder subsanar un error que supuestamente cometí yo al no entregar un justificante del pago de las tasas para presentarme a auxiliar de biblioteca de cierta universidad, finalmente pude acceder al registro y demostrar que sí las he pagado.
Hace poco leí un artículo de un doctorando en filosofía en el que contaba lo mal que lo había pasado al terminar la carrera y no saber qué hacer. En mi caso, justo cuando estaba a punto de terminar la carrera, me pasé una semana, o puede que más, tirado en un sofá llorando sin parar. No hablaba, solo balbuceaba y lloraba. De repente, la idea de dar clases me angustiaba tremendamente. No quería ser profesor. Entonces, para qué coño me había licenciado en Filosofía. Qué iba a hacer ahora. Era idiota. No valía para nada. Así que adopté una posición fetal en el sofá y me dediqué a llorar. En el viaje en autobús de vuelta a mi casa, finalizado el periplo universitario, seguí llorando. Lloré durante todo el viaje. Menos mal que nadie se sentó a mi lado. Cuando llegué a casa intenté con todas mis fuerzas no llorar más, pero no lo conseguí. Quería seguir viviendo en Salamanca, quería seguir estudiando. Seguí llorando, no podía parar. Finalmente me calmé cuando decidí —el instante de la decisión es una locura, dice Kierkegaard— que podía opositar para ser bibliotecario, pese a no tener ni idea de biblioteconomía. Mis padres no solo no me reprocharon ser un cafre y haber estudiado lo que me había dado la gana para nada y de repente cambiar de idea y no querer ser profesor de Filosofía sino que me apoyaron y me animaron a que me apuntara a una academia para preparar las oposiciones. Tengo mucha suerte de tener unos padres así. A mí la academia me parecía muy cara, a ellos no. Ahora ya llevo años trabajando como bibliotecario y, la verdad, me gusta. De vez en cuando algún compañero me pregunta por qué no me presento a alguna oposición para dar clase de Filosofía, ya que, al parecer, tengo ciertos conocimientos sobre el tema —la Filosofía me sigue flipando, eso es verdad— pero yo digo que estoy bien así.
En la evolución reciente de La morada de los existencialistas errantes , el blog cruza una línea tecnológica y emocionalmente cruda. El dolo...