Se cambió el nombre y el color del pelo. Empezó a fumar. No mucho, cinco cigarros al días. Pisó el acelerador del coche, un coche viejo y peligroso con toda clase de recuerdos fatídicos y hermosos adheridos a la tapicería como un polvo espeso y pegajoso que el viento era incapaz de desprender, por muy fuerte que pisara el acelerador. Abre la ventanilla. La ceniza revolotea histéricamente unos instantes antes de ser succionada por el paisaje exterior, un paisaje seco, duro, monótono, mudo, un paisaje con los dientes apretados que parecía desafiarnos a todos, retarnos a resistir, en un extraño juego sin premio alguno. Empezó a llorar, despacio, sin hacer ruido, había sido capaz de contener las lágrimas durante mucho kilómetros solitarios, pero finalmente se deshizo en lagrimas, en silencio, la carretera se ve empañada, demasiado larga, sin destino. Hoy ha fumado más que cualquier otro día. Se mira el pelo en el espejo, no se reconoce. Tendría que mudar también la piel, alterar el timbre de mi voz, modificar el ritmo de mis pasos, la dirección de mis miradas y azuzar el fuego de mis ojos en busca de la felicidad. Dicho esto último con la ambigüedad propia de la ironía, una ironía inevitable, de obligado cumplimiento, nacida del temor, fruto de la desesperación y siempre disponible para templar frases y sentimientos arrebatados, lanzados sin red hacia el ridículo. Qué clase de personas somos, en qué clase personas nos hemos convertidos, por el amor de dios, vamos buenos, dónde está el cementerio, el coche aparcado lejos del arcén, mientras el llanto se le seca en la piel, dejando un surco ligeramente oscuro y hermoso, los ojos vidriosos, retraídos, los labios pálidos y las mejillas coloradas esforzándose en construir un esbozo de sonrisa que se queda flotando en el viento, desvaída mueca que sobrevuela el abismo. Arranca de nuevo el coche, toma el desvío hacia la autopista, el sol le molesta en los ojos, se pone las gafas de sol, y qué bien le sientan, con el pañuelo al cuello, parece salida de una película antigua, en blanco y negro, con la cazadora negra de cuero, que le da un aire salvaje y sofisticado, y empieza a reír, carcajadas tímidas al principio, carcajadas desatadas y estruendosas luego, riéndose sola como una loca, muy por encima del límite de velocidad, circulando por las desoladas autopistas que bordean sin atravesar las ciudades, movimiento perpetuo, sin progresión, sin sentido, puro movimiento sin fin, como la vida, por la red de carreteras, su compleja geometría, sus entrecruzamientos, en busca quien sabe de qué, acaso del olvido o, en todo caso, piensa, de una memoria distinta de la suya, una memoria fusionada con otras memorias, no necesariamente de personas, la memoria de las rocas y de la lluvia y de la tierra mojada y de crepúsculos rojos y de animales diminutos y de helechos cósmicos, pero qué estoy diciéndome, volviéndome loca. Dejar todo atrás. Huir, resistir. Aún no sabes de qué eres capaz. Asustada, desde luego, pero decidida, aunque reconoces que incluso la más firme de las determinaciones flaquea, acosada por la incertidumbre y por el miedo, por la nostalgia y por la furia, en fin, por tantas cosas, tantas zonas de penumbra y deseos carcomidos por el tiempo. Se trata de un equilibrio precario, un juego de claroscuros intermitentes. Seré capaz, lo sé. Formulas profecías con la esperanza de que se conviertan en profecías autocumplidas. Ser capaz, en eso consiste la libertad, ni más ni menos. Que tomen notas los estudiantes y dejen de joder con significados abstractos: voluntad de potencia, afectos alegres, afectos tristes, cuerpos. En una gasolinera para, reposta, compra un bocadillo, una botella de agua, repone fuerzas. El cielo está despejado y luce increíblemente inmenso, azul abismal, nunca lo había sentido así, un inmenso lienzo vacío, lleno de posibilidades, pero vacío, la noche del mundo, como su conciencia, prometedor a la vez que amenazante. Todos los comienzos son difíciles, una voluntad que no se determina no es real. Te dices esto siempre. Sin embargo, ella ha huido movida más bien por un impulso ciego, por una voluntad ciega. Desde luego, no sé lo que quiero, quiero querer algo, eso sí, pero no es mucho, con eso no se construye una vida, al menos no una vida firme y encarrilada, sino más bien una vida a la deriva de señorito mimado y frágil e irritante alma bella, con pájaros en la cabeza, eso sí. Una vida llena de una ansiedad absurda. En fin, la insoportable levedad del ser y todo eso. Una vida light, desprovista de sustancia. Esperas el acontecimiento de lo maravilloso atacando al mundo de los hechos como agua de mayo, pero es fugaz, respiras el aire fuerte de la cumbres y acto seguido caes. La consabida danza ciclotímica. Subes el volumen de la música. Podría arrojarme por un precipicio, pero el fotograma no se congelaría, me moriría sin más, sin fábulas esperanzadoras sobre la emancipación que valgan. Una muerte sin épica, un dato más acumulado fríamente en alguna bases de datos. Ya hay que poner las luces, ya se ha hecho de noche, todavía no has llegado, por muy deprisa que vayas no hay meta así que da igual. En tu casa no hay nada que cenar, duermes con dolor de estómago. Mañana será otro día. Tienes miedo. No importa, serás capaz.
jueves, 22 de octubre de 2009
sábado, 3 de octubre de 2009
Wind
No recuerdo quién fue el primero en sugerirlo. Tal vez no fue nadie. Tal vez todo comenzó como un temor presentido por todos, como una posibilidad que nadie se atrevía a verbalizar. Cada día caminábamos menos. Poco a poco, fuimos dejando de hablar entre nosotros. Un grupo de cinco o seis personas estuvo con nosotros durante un mes. Ni siquiera nos saludamos. Por supuesto, tampoco nos despedimos. De vez en cuando, por la noche, alguien lloraba. Su llanto se diluía en el crepitar del fuego. De todos modos, seguimos buscando. Pero la sospecha de quizá no hubiese nadie en Wind no era algo que pudiera ignorarse. Tal vez murió hace muchísimo tiempo. La imagen de los inmensos espacios en los que la luz se desplegaba con un temblor tímido se repetía en mi cabeza. Lo otros, sin embargo, albergaban visiones diferentes. Tal vez un sistema autónomo gobierna el flujo de imágenes. Tal vez no haya programador. El sistema tiene fallos. No podemos compartir el mundo. No podemos hablar entre nosotros.
Wind
Las lejanas tierras de Wind se transformaban en nuestra imaginación a cada paso que dábamos. Sedientos, cansados, los inmensos espacios en los que la luz se desplegaba con un temblor tímido y acogían al caminante duraban unos instantes y se desvanecían. Callejones oscuros, sucios, surcados por el griterío soez de los traficantes. El temor a ser asesinados y abandonados como perros. Nuestro deseo de huida hacia adelante, hacia las borrosas tierras de Wind, que nunca coincidían con las visiones serenas en la que descansar al fin, sintiendo la brisa otoñal en la piel, ni con las visiones del laberinto asfixiante de calles sucias y ruidos incesantes. Wind se mantenía impetérrita en su mudez, casi al alcance de la mano, hurtando su verdadero rostro a nuestros continuos esfuerzos por descifrarle, sembrando el camino de innumerables máscaras, a veces prolongando una visión con el propósito de engañarnos. Una risa, acompañada de una mirada cruel, deshacía el encanto. El miedo, al caer la noche. Alrededor del fuego, en silencio, temblábamos y respirábamos profundamente. No era preciso decir nada. A Wind le gustaba ocultarse.
sábado, 26 de septiembre de 2009
Irremediablemente
Soñé algo así como me volvía loco. Loco del todo. Irremediablemente. Tenía tanto miedo que tuve que despertarme. Imaginaba mi cerebro y le rogaba que funcionara bien. Tanto miedo. Despertar. Quería ocultarme en un lugar fuera del espacio. Algo así como una necesidad imperiosa de escuchar música desgarrada y triste y de llorar de nostalgia me sobrevino al despertar. Imaginaba mi cuerpo drogado sobre un escenario, mi cuerpo salvaje y demasiado cobarde para envejecer. Cantaba y luego le rogaba a la chica de la primera fila que me abrazara muy fuerte sin mirarme a los ojos. Tanto miedo. Alguien me decía estás como un puta cabra. Yo callaba. En serio, insistía. Prefiero irme a casa, decía yo. Poco antes de despertar. Tanto miedo. Mi cerebro ahora no puede pensar en nada. Repta sobre el lodo tratando de no sucumbir. Tratar de no sucumbir agota todas sus fuerzas. Ella decía todo va a ir bien, ensaya pasos de baile mientras te arrastras por el lodo, pequeños pasos invisibles, oxigenarán tu cerebro. Tu cerebro hambriento de horizontes absolutos.
viernes, 18 de septiembre de 2009
Reinado de la incertidumbre
El futuro se anuncia con el sonido retro de sintetizadores viejunos. Una vez destruida la línea simbólica de la modernidad, la lógica del revival instaura ciclos de repeticiones huérfanas de origen y de meta. Indigentes ontológicos, despertamos del sueño o pesadilla de la identida total en devenir hacia sí misma a lo fragmentario, lo múltiple, al caos de inesencialidades desatadas ante nuestros aturdidos ojos. Eterno retorno sin el relato de la teodicea según el cual Dios es principio y fin de todo cuanto hay. Lo verdadero es el todo, y el todo es esencialmente resultado, decía Hegel. Hoy, sin embargo, el todo es lo imposible. El todo ha muerto. No hay resultado final. Película sin the end. Apertura radical. Reinado de la incertidumbre.
lunes, 14 de septiembre de 2009
Huir
Tardes de electropop y Spinoza a mediados ya de septiembre, 2009, acuciado por pasiones cuya naturaleza tiene el extraño poder de sumegirte en una atmósfera líquida como de ensueño blando e infinito. Sin embargo, un leve temblor tenebroso inquieta la serenidad de la atmósfera. Una especie de oscuridad informe o ruido sordo planea siendo, a la vez, lo más cercano y lo más lejano. Huir de aquí, susurra una voz; huir de aquí, con decisión, con valentía, un pie y después otro, paso a paso, huir, alejarse lo más posible de aquí, dejar de una vez de columpiarse en la atmosera anestesiante que te envuelve y abrir los ojos, y despertar, regresar al mundo de los vivos, y caminar, con la mirada fija en el horizonte, aun si se trata de un horizonte surcado por nubes negras y amenazadores, sobre todo si se trata de un horizonte de nubes negras y amenazadoras, sin apenas equipaje, quemando las huellas, olvidando, avance a toda máquina, con alegría, que las nubes negras y los ruidos sordos son encantamientos que te impiden caminar y has de cruzar, si de verdad quieres despertar, el umbral de la fantasía paralizante que te ata a tu lugar de origen.
miércoles, 19 de agosto de 2009
La escritura recargada apesta
Dado que la escritura recargada apesta y dado que soy muy proclive a escribir llenándolo todo de metáforas, comparaciones y adjetivos innecesarios, tal como hace Muñoz Molina, he decidido imponerme una serie de reglas:
1. Pensar en cómo lo escribiría Muñoz Molina y tratar de hacerlo de la manera más opuesta.
2. El verbo es la clave del enunciado. Tener en cuenta siempre esta tesis.
3. Prohibido hacer metaliteratura. Prohibido citar a Baudrillard.
4. La estética no es un adorno. La estética será cognitiva o no será.
5. Rechazar los significados abstractos.
6. No intentar, jamás, tener estilo.
7. No abusar de las enumeraciones.
8. No abusar de la adjetivación.
9. No abusar de las metáforas.
10. No abusar de las comparaciones.
11. Saber de lo que se escribe.
1. Pensar en cómo lo escribiría Muñoz Molina y tratar de hacerlo de la manera más opuesta.
2. El verbo es la clave del enunciado. Tener en cuenta siempre esta tesis.
3. Prohibido hacer metaliteratura. Prohibido citar a Baudrillard.
4. La estética no es un adorno. La estética será cognitiva o no será.
5. Rechazar los significados abstractos.
6. No intentar, jamás, tener estilo.
7. No abusar de las enumeraciones.
8. No abusar de la adjetivación.
9. No abusar de las metáforas.
10. No abusar de las comparaciones.
11. Saber de lo que se escribe.
lunes, 17 de agosto de 2009
Shadowplay
Aquí se le rinde un culto desmedido a Joy Division: fanatismo incondicional sin distanciamiento que valga. Ian Curtis es nuestro dios.
Escribiendo, que es gerundio
Escribiendo sin meta, sin propósito, simplemente a luz turbia de sentimientos, imágenes y temblores de estrellas frías que se adivinan a lo lejos y cruzan, fugaces, por los ojos alucinados de quien espera, sentado en una orilla, con una lata de cerveza en la mano, sintiendo el viento caliente del desierto en la piel cuarteada o el aire fresco de las noches de verano, tan tristes y tan alegres puesto que, a fin de cuentas, todo pasa... esperando nada, envuelto en bucles... todo pasa, envuelto en luces turbias, lejanas, que cruzan sin propósito el viento alucinado de las noches tristes... todo pasa, los cuerpos calientes tiemblan ya en el recuerdo con una tibia palidez y la cerveza se calienta y se derrama sin meta en la garganta del alucinado que espera nada al fresco, viendo pasar estrellas frías y sentimientos cuarteados abandonados como pedazos de piel muerta tejidos a la noche...
domingo, 16 de agosto de 2009
Las lágrimas como signo poético, por un fan de Bataille
Las lágrimas no son signo de debilidad, son la expresión de una conciencia aguda capaz de captar la vida en su intimidad, como diría Bataille. Intimidad no equivale a interioridad, a la interioridad axfisiante del sujeto moderno. Intimidad quiere decir aquí superación y negación del mundo de lo útil, del mundo de los objetos conformado por la mediación del trabajo, de la actividad productiva, superación de la alienación. Entonces, las lágrimas no expresan simplemente la tristeza de un sujeto, expresan, además, una felicidad que se desborda al establecer contacto con el esplendor del ser, al intuir la abolición de las oposiciones entre naturaleza y espíritu, entre sujeto y objeto, y captar la continuidad del ser como una unidad, no obstante, incompleta, abierta a devenires; acontecimiento excesivo que no puede ser verbalizado ni, por consiguiente, razonado y se resuelve en gesto inútil, en gasto improductivo, en belleza erótica-artística-religiosa, más allá del saber, de las categorías, susceptible de ser apenas señalado por un lenguaje poético en guerra contra sí mismo, que dice su imposibilidad de decir aquello que lo excede, que lo supera y que querría ser grito, gesto violento, primordial. La poesía es lo incivilizado del lenguaje. En cierto sentido, anhelo de un origen que no deja de desplazarse porque no existió, fundamento ausente, sin positividad, sin historia, que no deja de insistir y de destellar en el límite de la lengua.
Todo esto creo que se entenderá mejor si pensamos en la música. La música toca la intimidad del mundo y de la vida, del ser, si quieren, en su dinámica, sin la opacidad de las significaciones del lenguaje. Posee una dimensión trágica, triste y alegre; escuchada con la suficiente intensidad provoca un torrente de lágrimas felices en el oyente.
Todo esto creo que se entenderá mejor si pensamos en la música. La música toca la intimidad del mundo y de la vida, del ser, si quieren, en su dinámica, sin la opacidad de las significaciones del lenguaje. Posee una dimensión trágica, triste y alegre; escuchada con la suficiente intensidad provoca un torrente de lágrimas felices en el oyente.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
-
He ahí a Joyce, feliz e inagotable coto de caza para mentes desequilibradas, señor del lenguaje. Tal día como hoy, un 16 de junio,...
-
Tardé mucho rato en darme cuenta de que las luces de las farolas estaban apagadas. Había algo raro, pero no sabía qué. Desde la ventana con...