Yo soy un místico —y no creo en nada, como decía Flaubert— y un gnóstico —el Dios inefable es Abismo y Silencio, Bythos y Sige, como saben los gnósticos valentinianos—. Ernesto Castro, por el contrario, nos alerta de los peligros del gnosticismo y de la mística.
Los místicos hablarían, según Ernesto Castro, de una especie de revelación en diferido que no termina nunca de llegar. Pero no es así: la experiencia mística, pletórica, esa alegría ontológica experimentada como fusión con lo absoluto, no necesita esperar nada, ni creer en nada, no necesita dogmas ni degradar el misterio haciendo de él objeto de afirmación o negación. Más aún: los místicos salvajes ni siquiera tienen por qué ser religiosos.
Quien tenga oídos, que oiga.
No hay comentarios:
Publicar un comentario