Siempre ha odiado el frío. Las manos agarrotadas, el dolor de oídos. El fastidio de encadenar catarros, uno detrás de otro. Pero admite que hay cierta belleza violenta en el frío invernal. Le gusta mirar los tejados y los jardines con restos de nieve y los árboles desnudos en los que tiemblan brillantes gotas de agua. Y le gusta sentir, al menos durante unos segundos, las ráfagas de viento helado, ruah rugiente que sopla donde quiere.
viernes, 2 de marzo de 2018
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