Terry Gilliam, finalmente, ha conseguido rodar El hombre que mató a Don Quijote. Una buena noticia. A mí, perversamente, me entristece un poco. El documental Perdido en la Mancha era grandioso, épico, melancólico (aquí pongan mil adjetivos laudatorios más). Era la mística del fracaso hecha obra de arte. Un documental que valía más que la malograda película. Perdido en la Mancha sublimaba el fracaso de El hombre que mató a don Quijote. El testimonio del fracaso se transmutaba en resplandeciente victoria (creo que se entiende ya por donde voy). Ahora la película de Terry Gilliam se hace real (Terry Gilliam ha, digámoslo así, cazado a su ballena) y, aunque aún no la he visto, sé de antemano que no puede sino decepcionarme.
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