—¡No puedo! —gritó él desde su habitación— ¡Sí, estoy ocupado! ¿Que qué estoy haciendo? ¡Escucho a Raffaella Carrá y leo a Arno Schmidt! Además, es domingo, el sabbath cristiano... Hacer algo de provecho está terminante y religiosamente prohibido. —Pues él era, como vemos, un decidido partidario de respetar el sabbath, especialmente los domingos.
(Y, a todo esto, se le preguntó cómo podía gustarle tanto un anticristiano radical como Schmidt, a él, conocido entre otras cosas por su obsesivo interés en la religión cristiana, y respondió que donde otros veían oscurantismo él veía simbolismo y poesía —y algo más, definitivamente velado al entendimiento racional—, donde otros leían literalmente él leía, como le parecía cuerdo y natural, simbólicamente y, en fin, donde unos alentaban una controversia sobre hechos, para él la religión nada tenía que ver con una disputa sobre hechos. Apelaba difusamente a Wittgenstein, a la filosofía analítica, a Eugenio Trías, a Simone Weil y a Agamben para explicar su postura, pero conminado, ante aquel tropel de referencias, a que ahondara un poco más en el tema, se escudaba en su proverbial pereza y ejecutaba un gesto que quería decir «no me seas cansino...»)
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