Sentado en el sofá, soportando estoicamente un intermitente dolor en el oído izquierdo, y fumando un cigarro Ducados rubio, el Señor S. se dispone a escribir un texto de autoficción, pero el problema es que no tiene muy claro qué es eso de un texto de autoficción. Comienza escribiendo lo siguiente: sentado en el sofá, etc. Luego, sin motivo aparente, elabora con su mente una lista de libros que acaba de leer, que está leyendo, o que quiere leer en un futuro más o menos próximo. Son los siguientes: Un jardín de placeres terrenales, de Joyce Carol Oates; Qué fue de los Mulvaney, también de Joyce Carol Oates; El malestar al alcance de todos, de Mercedes Cebrián; A bordo del naufragio, de Alberto Olmos; La biblioteca de noche, de Alberto Manguel; Leer Lolita en Teherán, de Azar Nafisi; Mil soles espléndidos, de Khlaed Hosseini; La niña del pelo raro, David Foster Wallace; La cocina italiana clásica, de Julia Della Croce (641 cro); Café de artistas y otros papeles volanderos, de Camilo José Cela. Una vez terminada la lista, el Señor S. advierte que tiene hambre. Se levanta del sofá, que también es su cama, y se dirige al frigorífico. Se aprovisiona de jamón de York y queso en lonchas. Vuelve al salón, coge el pan Bimbo y se prepara un suculento sándwich. Se lo come pensando que sólo le queda un cigarro. Es un pensamiento desolador, pero el Señor S. aprendió estoicismo en la Facultad de Filosofía de Salamanca y no le teme a casi nada, exceptuando su pánico a ir al dentista, a volar y a diversas clases de bichos, incluidas las mariposas, que son polillas, pero más grandes. Las palomas son asquerosas, son las ratas del aire, pero no le provocan pánico sino un moderado deseo de exterminarlas a todas. ¿Para qué sirven las palomas? A continuación piensa que ya va siendo hora de dejar de escribir autoficción e irse a la cama o, mejor dicho, de transformar el sofá sobre el que está sentado en cama y echarse a dormir. Vuelve a lo del único cigarro con pesar. Séneca decía que ni un ruido intenso podía molestarle, y seguramente podría soportar que le quedase sólo un cigarro, pero el Señor S. es de esa clase de personas que pondría gustosamente en una pica las cabezas de aquellos desgraciados que hacen ruido en las bibliotecas públicas (y que merecen sufrir tormentos eternos en el infierno) y que no acaba de llevar del todo bien la prohibición de fumar en los bares.
Especialmente dedicado a los seres cuyo salón, escenario principal de esta autoficción, he ocupado. No sólo me alimentáis con vuestras reservas de queso y jamón de york, además me proporcionáis alimento literario, y eso no se paga con dinero.
miércoles, 30 de marzo de 2011
sábado, 26 de marzo de 2011
La obra musical, poética y coreográfica más perfecta jamás creada por el hombre
PD: Soy perfectamente consciente de que la asertividad desmedidamente enfática del título puede inducir involuntariamente a alguien malinterpretarla en el sentido de que yo
a) estuviese siendo irónico
b) y/o estuviese borracho.
c) y/o estuviese fumando sustancias que deberían ser legales, para favorecer los afectos positivos y para apreciar como se merece el baile del inconmensurable Battiato.
PD2: También soy consciente del exceso adverbial de la primera posdata.
PD3: Los verdaderos espíritus irónicos son infrecuentes y mucho más serios de lo que se cree. El noble desempeño de la bufonería trascendental es una rara planta cuyas secretas raíces metafísicas hay que buscarlas donde están, es decir, en la asunción alegre de la fatalidad, de los designios de la más caprichosa de las diosas, Fortuna, cruel e inocente. La bufonería trascendental descubre la mentira, la gran mentira, que se llama idealismo. La descubre y suelta una carcajada. Aplaude. Asiente. La bufonería trascendental es total y absolutamente trágica. No niega, asiente siempre. Es el supremo y más difícil de los ejercicios. Es la conquista de una libertad esculpida en la roca de lo necesario. Su verdadero nombre es Amor Fati. Me voy a por otra cerveza y a escuchar otra vez Yo quiero verte danzar que, ahora que lo pienso, es un título que condensa genialmente las claves del pensamiento de Nietzsche: la voluntad y la danza.
PD4: No sé si estoy escuchando música balcánica descalzo sobre braseros ardientes o es que están girando viejos en torno a la estancia bailando valses vieneses. La disyuntiva es inclusiva, quiere decirse que pueden estar pasando las dos cosas, pero no lo creo.
PD5: Creo que este vídeo y esta canción se merecen un análisis estético exhaustivo que ocupe al menos diez tomos y contenga más de tres mil notas a pie de página.
PD6: ¿Qué clase de mensaje cifrado nos está enviando Battiato?, ¿la clave está en el ritmo obsesivo?, ¿qué hacen los balineses cuando están de fiesta?, ¿escuchan a Battiato?, ¿son infinitos los giros de los derviches?, ¿si no fuera por Google cómo iba nadie a saber qué hostias es un derviche torneur?
PD7: Hay un continuo juego de correspondencias entre la letra, la música y las imágenes, que hacen referencia a la idea del círculo, del giro, contraponiendo así la temporalidad primitiva, aquí reivindicada, a la temporalidad lineal propia del cristianismo y que constituye, desde luego, la línea simbólica que define a la modernidad occidental, que ha dejado de lado los ritmos obsesivos, repetitivos y circulares, propios de los ritos tribales, en favor del idealismo del progreso... Luego ya lo de Battiato bailando es que es la puta hostia (notas para el prólogo)
PD8: Breve teoría sobre la superioridad del humor mímico sobre el verbal: más misterioso y profundo, sin necesidad de expresarse por medio de palabras, más primitivo y, a la vez, más infantil, más superficial, más evidente. Paradójico, como la ironía.
PD9: Las paradojas no son simplemente contradicciones sino la afirmación de dos sentidos opuestos a la vez. Aquí somos muy de Deleuze, independientemente del grado de alcohol en sangre y/o sustancias que debeían ser legales tengamos circulando por ahí. Por ejemplo, la ironía, ya que estamos, es broma y seriedad a la vez. Ni una cosa ni la otra: las dos. A la vez. Es ambigua en esencia.
PD10: Aquí no nos estamos riendo de Battiato. Esto es dicho completamente en serio, sin ambigüedades que valgan. Ni siquiera con Battiato. Aquí, más bien, Battiato libera movimientos que son singularidades impersonales que son algo más que simplemente graciosas. La bufonería trascendental es una cosa muy seria, sobre todo cuando uno se está revolcando y se le saltan las lágrimas de risa. Hay ternura en la risa de Zaratustra.
PD11: Hay mucha ternura en Chaplin, como es obvio.
PD12: Sirva las posdata undécima como ataque furibundo contra el posmodernismo y la ironía burdamente conceptuada como distancia.
miércoles, 23 de marzo de 2011
Siempre igual
Las palabras caían inútiles, sustraída su vieja fuerza, gota a gota, arrojadas sin más, sobre el desierto, que no para de crecer, como adornos marchitos; manos crispadas, a lo mejor, manos crispadas agitándose como una llamada muda en el desierto, sangre palpitante gritando en el desierto: sin destinatario, insistente, loca. Oteando el horizonte. Siempre igual.
Y suena bien
Pero la ciudad no importa. Es lo de menos.
La mejor ciudad fue siempre Salamanca.
Más eterna que el puto imperio romano.
Y tampoco importaba, también era lo de menos.
La eternidad nunca fue reflejo de piedras milenarias
sino destello fugaz de ojos nevados
deshechos por quién sabe qué viento amargo.
Esplendor del instante que no muere.
Que sobrevive en su coraza, sonriente,
con humo y música que no suena ya.
Que aún se escucha, sin embargo.
Que aún escucho, algunas veces, y suena bien.
Y suena triste, también.
Como lluvia o llanto contra el cristal
de cualquier autobús.
La mejor ciudad fue siempre Salamanca.
Más eterna que el puto imperio romano.
Y tampoco importaba, también era lo de menos.
La eternidad nunca fue reflejo de piedras milenarias
sino destello fugaz de ojos nevados
deshechos por quién sabe qué viento amargo.
Esplendor del instante que no muere.
Que sobrevive en su coraza, sonriente,
con humo y música que no suena ya.
Que aún se escucha, sin embargo.
Que aún escucho, algunas veces, y suena bien.
Y suena triste, también.
Como lluvia o llanto contra el cristal
de cualquier autobús.
martes, 22 de marzo de 2011
lunes, 21 de marzo de 2011
Os jodéis, provincianos
Las bibliotecarias más simpáticas de la galaxia están en Barcelona. En León, para preguntarles algo, yo agacho la cabeza y musito palabras ininteligibles porque tengo miedo de que me regañen. En Barcelona está la comida más picante jamás creada por el hombre. En Barcelona hay comida etíope, kazajistaní y, probablemente, de cualquier país imaginable. En Barcelona se bebe Estrella Damm, como debe ser. Y no hace tanto frío, como debe ser. Y lo siento, queridos leoneses, pero sois mucho más cutres. Aquí todo es cool. Os jodéis, provincianos. Ni siquiera tenéis un carril bici como dios manda. Ni librerías como dios manda. Os jodéis otra vez. Me voy.
martes, 15 de marzo de 2011
El Señor S. se va a Barcelona de visita, le da por escribir palabras en mayúsculas y decide que necesita más ropa
Al ir a hacer la maleta -SeñorS goes to Barcelona! Y espera que haga calor, que otra vez que fui (mejor hablo en primera persona, que no estoy loco) pasé más frío, pero muchísimo más frío, infinitamente más frío, que en León, porque AQUÍ TENEMOS UNA COSA QUE SE LLAMA CALEFACCIÓN, aunque no seamos tan modernos, y por la humedad- descubro que hay una montaña de ropa de más de un metro en la silla de mi habitación. ¿Tengo acaso algo de ropa limpia en el armario o toda la ropa está en la silla? Sí, tengo, pero la más fea, como por ejemplo una camisa regalo de Reyes que no me he puesto nunca, ni pienso, porque yo soy un hombre de firmes convicciones morales.
He perdido demasiado tiempo eligiendo qué discos voy a escuchar para sobrellevar las DIEZ HORAS que dura el viaje y no había pensado en la ropa. Lo que me lleva a pensar que necesito más ropa para que siempre haya reservas en el armario. También podría recoger de vez en cuando, en lugar de dejar que la ropa se acumule día tras día. Pero no, prefiero lo de tener más ropa.
He perdido demasiado tiempo eligiendo qué discos voy a escuchar para sobrellevar las DIEZ HORAS que dura el viaje y no había pensado en la ropa. Lo que me lleva a pensar que necesito más ropa para que siempre haya reservas en el armario. También podría recoger de vez en cuando, en lugar de dejar que la ropa se acumule día tras día. Pero no, prefiero lo de tener más ropa.
Cerca del cielo
Probablemente he hecho referencia al mito de Sísifo varios millones de veces, porque enseña la fidelidad superior de los hombres que niegan los dioses y levantan las piedras, como decía Camus, y como yo repito a la más mínima oportunidad. Esos son, ni más ni menos, que los superhombres (aunque el término sea muy, pero que muy desafortunado); capaces de vivir sin negar la vida, sin inventarse cosas raras que lo trascienden todo para poder juzgarla. También he hecho referencia al cielo varios millones de veces. Al cielo azul, o gris, veteado de nubes o no veteado de nubes, pero nunca trascendente, nunca hogar inventado por metafísicos aburridos y cobardes. Un cielo tan real como el abismo. Ambas cosas (Sísifo y el cielo) convergen en la canción de Nacho Vegas. Empeñado en subir para luego bajar por pendientes imposibles.
Y QUE EL RESTO NO ES MÁS QUE GUIJARROS QUE CAEN AL VACÍO (si no fuera terriblemente propenso a sufrir repentinos bajones de tensión seguidos de aparatosos desmayos en lugares cualesquiera me tatuaba esta frase... Y si me gustase tatuarme frases, que no es el caso)
Y QUE EL RESTO NO ES MÁS QUE GUIJARROS QUE CAEN AL VACÍO (si no fuera terriblemente propenso a sufrir repentinos bajones de tensión seguidos de aparatosos desmayos en lugares cualesquiera me tatuaba esta frase... Y si me gustase tatuarme frases, que no es el caso)
Conjuntos borrosos de cosas complejas

Te quedas viendo The Wire hasta las cuatro de la mañana. Has visto la primera temporada en dos días. Unas trece horas. En dos días. Omar es el puto amo. Eso te queda claro. A las cinco te despiertas porque un dolor de muelas te está taladrando el cerebro con una serie de punzadas desquiciantes. Bajas a la cocina y buscas algo para calmar el dolor. Eferalgan, seguro que sirve. No lo sabes, quizá no sirva. Piensas que bueno, siempre quedará el efecto placebo. Y después piensas que la condición necesaria para que el efecto placebo se produzca es ignorar que es un placebo. Acabas de desactivar el posible efecto. Piensas esto mientras das vueltas en la cama. Piensas que te tienes que levantar a las nueve, porque vienen a traerte unos libros que has comprado por Internet. Piensas que quedan cuatro horas. Piensas que da igual. Total, ya te has pasado muchas noches sin dormir, y has sido capaz de mantenerte despierto durante todo el día siguiente. La noche en que redactaste un trabajo sobre Marx que tenías que entregar para poder hacer un examen, por ejemplo. La noche en que te quedaste viendo Lost, por ejemplo. The Wire está en las antípodas estéticas de Lost. Parece que, poco a poco, el eferalgan va haciendo efecto. Tu cuerpo se destensa. Ya no das tantas vueltas. Piensas que nunca se sabe el momento exacto en el que te duermes. Piensas que esto puede generalizarse: nunca se sabe el momento exacto de la ontogénesis en que ya eres un humano; nunca se sabe el momento exacto de la filogénesis en que nuestra especie se convirtió en nuestra especie; nunca se sabe el punto exacto en que acaba el mar; nunca se sabe el momento exacto en que un niño deja de ser un niño, un joven de ser un joven; nunca se sabe a la vez la posición y la cantidad de movimiento de un objeto dado (no sé muy bien qué significa esto); nunca se sabe el momento exacto en el que aprendes a hablar.
Todo esto tiene que ver con la lógica difusa y con ver el mundo como un conjunto de espectros indeterminados que se acercan y se alejan según leyes delirantes, formando unas cosas y deshaciendo otras; tiene que ver con contornos poco definidos, con el tiempo, con la neblina que lo empapa todo. El caso es que en la mayoría de los procesos no se puede determinar el momento exacto en que algo llega a ser algo. Porque ese llegar a ser es, precisamente, un proceso, no un momento. Piensas en que tienes que dejar de pensar en esto y dormirte de una vez. Piensas que piensas demasiado. Piensas que te gustaría saber más sobre lógica difusa. Piensas que quizá la lógica difusa sea respecto a la lógica clásica como la danza de Pina Bausch respecto al ballet clásico, que imaginas que es algo así como una ruptura de sus fronteras, una expansión, pero no lo sabes porque no tienes ni idea de lógica. Aprobaste lógica con un cinco y te olvidaste de todo. En algún momento (imposible de saber con exactitud) te duermes.
Te despiertas a las nueve. Vas al baño. Te preparas una café. Te tomas el café. Pones la tele. En la tele están entrevistando al presidente de Irán, Ahmadineyad. Crees que así está bien escrito. Te parece raro que en la tele estén entrevistando a Ahmadineyad, si es que se escribe así. No te enteras de nada. Ahmadineyad sonríe. Esquiva las preguntas. La periodista no parece muy cómoda. Repite las preguntas. Insiste mucho. Ahmadineyad sonríe y sigue esquivando preguntas. Piensas que, en efecto, no tienes ni idea sobre lógica, pero que eso no es nada comparado con tu desconocimiento sobre política internacional. Piensas que democracia es un bonito nombre. Nada más que un bonito nombre. Piensas que el mercado manda, que cuántos países permiten la venta de armas. No lo sabes exactamente, pero estás seguro de que los yanquis venden armas y de que los españolitos también venden armas y de que la industria armamentística es más poderosa que los sueños de la razón práctica sobre la paz perpetua y de que la pátina de superioridad moral que recubre al bonito nombre democracia es una chorrada, que todas las cosas de este mundo son conjuntos borrosos de cosas complejas que se relacionan entre sí según leyes delirantes, pero has dormido muy poco y nada de esto se articula en tu cerebro con demasiada claridad.
Enciendes un cigarro. Te fumas un cigarro. Se acaba la entrevista. Se analiza la entrevista. En el mundo hay peligros nucleares y todo tipo de peligros. Ahmadineyad es malo. Eso ya lo sabíamos. Suena el timbre. Te traen los libros. Te alegras de que te traigan los libros. El mundo está al borde del apocalipsis y a ti te alegra que te traigan unos libros. Escribes ahora (en este momento) con esta sintaxis. Que imaginas parecida a la de Tao Lin, a quien no has leído. Ningún libro de los que pediste es de Tao Lin, si es que se escribe así. No paras de referirte a tu sintaxis. Y ahora te refieres a que te refieres a tu sintaxis. Etcétera. Uno de los libros tiene esta portada.
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