viernes, 28 de octubre de 2011
miércoles, 26 de octubre de 2011
La prodigiosa velocidad de los procesos mentales
El propio Nietzsche emplea algunas veces la sustancia [hachís], y queda convencido de que permite acercarse a "la prodigiosa velocidad de los procesos mentales". Pero ningún texto tendrá la solidez de los siete volúmenes de la Indian Hemp Drugs Commission, publicados por el gobierno inglés en 1894. Su informe termina así:
Considerando el tema de forma general, cabe añadir que en la India el uso moderado de hachís y marihuana es la regla, y que el uso excesivo resulta excepcional. El uso moderado no produce prácticamente ningún efecto nocivo, y el trastorno que produce un uso excesivo se limita casi exclusivamente al mismo consumidor; el efecto sobre la sociedad es raras veces apreciable.Antonio Escohotado, Historia elemental de las drogas.
Madame Psicosis y la comedia, Deleuze y Beckett
Madame Psicosis continuó leyendo libro deprimente tras libro deprimente, hasta llegar a un punto de inflexión en el que la tragedia se transformó, repentinamente, en comedia. Morir como un perro, sin saber de qué ha sido uno acusado, eso solo puede ser una broma, cósmica u ontológica, pero broma al fin y al cabo, infinita. Igual que el Castillo al que no puede llegarse. Todo Kafka, humor judío, sentenció. Woody Allen no hubiera podido parodiar a Kafka si éste no incluyera ya, bien que fuera de forma subrepticia, el germen de su propia parodia. ¿Qué puede ser la fábula del guardián de la ley sino un chiste? Y Beckett, humor teológico: lo todoimpotente, lo todoignorante. Desde luego, Beckett hace aflorar lo absurdo, pero no como tragedia, la falta de sentido excluye el mundo emocional de la tragedia. Supongamos un Edipo visto por Beckett. Después de arrancarse los ojos, perdería su propia identidad y sus recuerdos serían confusos, estaría igualmente desterrado, pero, en el fondo, diría, no importa, ¿qué hago, sino vivir un poco, con la única vida posible? Se encogería de hombros, al fin y al cabo, hice lo que pude, si los dioses son crueles, pues qué se le va a hacer. De hecho, Edipo es víctima de una broma. Una broma muy pesada, cierto. Una típica broma irónica del destino, en la que un oráculo vaticina una cosa y tú, al intentar evitarla, pones en marcha el mecanismo causal que te llevará a que suceda, precisamente, esa cosa. Nada más divertido que las desgracias humanas, comentaría el coro. ¿Y Hamlet visto por Beckett? Los personajes de Beckett no paran de preguntarse: ¿ser o no ser? Pero, de nuevo, no hay tragedia. Si hay un conflicto, no se sabe cuál es, ni cuándo ocurrió, ni cómo, ni quién lo narra. La duda no es ni metódica ni dramática, es una duda corrosiva, que vuelve la acción imposible, deja a la narración sin fundamento y se divierte con los despojos de lo que queda. Personajes sin deseos, sin esperanzas, sin ilusiones, ¿qué conflictos podrían tener? Ellos mismos son el único conflicto.
Al innombrable, esos otros no cesan de abrumarle desde que se les metió en la cabeza que haría mejor existiendo. Falta incluso el sujeto, que no tiene nombre, y esos otros, indeterminados. El innombrable existe y no existe. Se trata solo de palabras, advierte Beckett. Nada empieza ni termina. En la singularidad de las paradojas, nada empieza ni termina, todo va en el sentido del futuro y del pasado a la vez (Deleuze, 1969). El ahora desde el que habla el innombrable no deja de subdividirse. Mis aventuras están concluidas ya, mis dichos están dichos, dice, al principio. Lo que digo, lo que tal vez diré, está dicho ya. El tiempo está fuera de sus goznes, como se quejaba Hamlet. Sin embargo, los personajes de Beckett no han venido a restituir al tiempo, a encajarlo de nuevo en un orden se sucesión, que le dote de un sentido. El tiempo como determinación del movimiento, según la definición clásica de Aristóteles, está ausente en las obras de Beckett, en consonancia con sus personajes inmóviles. El innombrable está en una vasija llena de serrín y tiene el cuello sujeto por una argolla. Acostumbrarse al serrín dice, es una ocupación como cualquier otra, no soporto la inactividad. Pero, incluso con el cuello fijo, eso no quiere decir que se encuentre fijo siempre en el mismo sentido, pues puede agitar su tronco y darle el grado de revolución que quiera. Abolir completamente la actividad es imposible, excepto si uno está muerto. Los personajes de Beckett, a pesar de todo, conservan cierta voluntad de vivir. Aunque, en plan Schopenhauer, a veces parece que el propósito de esta voluntad sea aniquilarse a sí misma. Hablo, con el objeto de callar, dice el innombrable, pues si aquí el silencio es casi total, no lo es del todo. El aquí no sería otro que la narración misma. La ausencia de narración es casi total, pero no lo es del todo. Escribir, necesariamente, es un acto afirmativo, aunque no afirme casi nada. El silencio no puede ser total.
Si, según Deleuze, no hay que confundir el Acontecimiento con sus efectuaciones espacio-temporales, porque el Acontecimiento no pertenece al tiempo de Cronos, el tiempo de los cuerpos y de las mezclas, sino a Aión, y esquiva siempre el presente, es, de algún modo, de este Acontecimiento, del que habla Beckett, que es el sentido mismo, nunca presente, desplazado en un pasado inaprensible o situado en un futuro diferido, como el Castillo kafkiano.
Un único Acontecimiento, para la infinita diversidad de lo dado. Un único clamor del ser, para todos los entes.
PD: Este texto ha quedado un poco raro porque a la mitad, más o menos, cambió repentinamente de propósito. Es bastante confuso, mezcla muchas cosas, algunas que requerirían una explicación más detallada, quizás, como la idea de Acontecimiento en Deleuze, pero yo tampoco acabo de tener muy clara la filosofía de Deleuze, ni soy un experto en Beckett, a pesar de lo cual, escribo sobre ambos porque, como dijera el mismísimo Deleuze, si esperáramos a colmar nuestra ignorancia para empezar a escribir, no escribiríamos nunca.
Al innombrable, esos otros no cesan de abrumarle desde que se les metió en la cabeza que haría mejor existiendo. Falta incluso el sujeto, que no tiene nombre, y esos otros, indeterminados. El innombrable existe y no existe. Se trata solo de palabras, advierte Beckett. Nada empieza ni termina. En la singularidad de las paradojas, nada empieza ni termina, todo va en el sentido del futuro y del pasado a la vez (Deleuze, 1969). El ahora desde el que habla el innombrable no deja de subdividirse. Mis aventuras están concluidas ya, mis dichos están dichos, dice, al principio. Lo que digo, lo que tal vez diré, está dicho ya. El tiempo está fuera de sus goznes, como se quejaba Hamlet. Sin embargo, los personajes de Beckett no han venido a restituir al tiempo, a encajarlo de nuevo en un orden se sucesión, que le dote de un sentido. El tiempo como determinación del movimiento, según la definición clásica de Aristóteles, está ausente en las obras de Beckett, en consonancia con sus personajes inmóviles. El innombrable está en una vasija llena de serrín y tiene el cuello sujeto por una argolla. Acostumbrarse al serrín dice, es una ocupación como cualquier otra, no soporto la inactividad. Pero, incluso con el cuello fijo, eso no quiere decir que se encuentre fijo siempre en el mismo sentido, pues puede agitar su tronco y darle el grado de revolución que quiera. Abolir completamente la actividad es imposible, excepto si uno está muerto. Los personajes de Beckett, a pesar de todo, conservan cierta voluntad de vivir. Aunque, en plan Schopenhauer, a veces parece que el propósito de esta voluntad sea aniquilarse a sí misma. Hablo, con el objeto de callar, dice el innombrable, pues si aquí el silencio es casi total, no lo es del todo. El aquí no sería otro que la narración misma. La ausencia de narración es casi total, pero no lo es del todo. Escribir, necesariamente, es un acto afirmativo, aunque no afirme casi nada. El silencio no puede ser total.
Si, según Deleuze, no hay que confundir el Acontecimiento con sus efectuaciones espacio-temporales, porque el Acontecimiento no pertenece al tiempo de Cronos, el tiempo de los cuerpos y de las mezclas, sino a Aión, y esquiva siempre el presente, es, de algún modo, de este Acontecimiento, del que habla Beckett, que es el sentido mismo, nunca presente, desplazado en un pasado inaprensible o situado en un futuro diferido, como el Castillo kafkiano.
Bah, estoy tranquilo, no ha podido ocurrir más que una cosa, la misma siempre.
Un único Acontecimiento, para la infinita diversidad de lo dado. Un único clamor del ser, para todos los entes.
PD: Este texto ha quedado un poco raro porque a la mitad, más o menos, cambió repentinamente de propósito. Es bastante confuso, mezcla muchas cosas, algunas que requerirían una explicación más detallada, quizás, como la idea de Acontecimiento en Deleuze, pero yo tampoco acabo de tener muy clara la filosofía de Deleuze, ni soy un experto en Beckett, a pesar de lo cual, escribo sobre ambos porque, como dijera el mismísimo Deleuze, si esperáramos a colmar nuestra ignorancia para empezar a escribir, no escribiríamos nunca.
Caspar David Friedrich
El naufragio del Esperanza, o El océano glacial, o Escena imaginada en el mar ártico (nunca me aclaro)
martes, 25 de octubre de 2011
Hablar por hablar (Beckett Style)
Seguir adelante, al final el círculo se cerrará, o no, no es verdad, seguir por los lados, círculo desplegado, centro descentrado, aquí, a la intemperie, buscar cobijo, sí, ahora, yo fisurado, he ahí nuestra morada, se está bien aquí, hablo por hablar, seguir, avanzar, única divisa, en qué sentido, en qué sentidos, hacia dónde, hacia ningún lugar, probablemente, es de suponer, al final nada, ningún gran significado que esperar, haraganes, vagabundos del mundo, unamos nuestras fuerzas, para nada, porque sí, da lo mismo, aquí y ahora decir yo, decir nadie, no hablo de mí, de mi ventana sí, quizás, quién sabe, el observador tranquilo, una danza de luces lejanas, se está bien aquí, vemos las luces, necesariamente lejanas, así es mejor, el frío llega, de fuera, ningún espectador sin su mundo, ningún yo sin sus circunstancias, así ha de ser, un lápiz, un reloj, tabaco, mechero, cenicero, he ahí lo esencial, reducido todo a su mínima expresión, así ha de ser, bien, sigamos hablando por hablar, hay que hacerlo, es la tarea inútil impuesta por no se sabe qué, quién, aún no hay niebla, no llueve ahora, llovió antes, sin embargo, cuando, en la cama, medio dormido, escuchaba la lluvia, pensaba en la lluvia, invisible, acariciando mis oídos, eso debe de ser el mundo, me dije, aún sigue ahí, después de todo, a pesar de todo, sigue ahí, hermoso, feo, sigue ahí con su rostro múltiple, sus múltiples máscaras, adoptando formas y colores diversos, cambiante, qué queda tras tantos cambios aparentemente sin sentido, él es el cambio mismo, esto es difícil de pensar, quizá, no importa, subrayo con el lápiz, enciendo un cigarro con el mechero, deposito la ceniza en el cenicero, interactuamos con los objetos, los usamos, son lo que son gracias a nosotros, sin nosotros, no tendrían sentido, esto es así, creo, sin embargo, a fin de cuentas, después de todo, qué, nos entretenemos con preguntas sin respuesta, hasta que nos aburrimos, y entonces qué, otra vez qué, preguntas, en la oscuridad, nos haría falta una linterna si vamos a explorar, una luz, siempre la misma historia de la luz y las tinieblas, decir hágase la luz y ver que la luz es buena, no comparece Dios, sin embargo, estamos solos, desde aquí, desde esta atalaya azotada por los vientos, mi cueva sin afuera, contemplamos el curso de lo que pasa delante de nosotros, pasan cosas, inmóviles, algunas son graciosas, otras son tristes, otras hermosas, otras sublimes, según la ocasión y el ánimo, parece que jugamos un juego sin reglas, eso parece, a lo mejor es, no solo parece, quién sabe, decir sin tener nada que decir, he aquí que acometemos esta tarea absurda impuesta por no se sabe qué, quién, recomenzamos todo el rato, nos fatigamos, seguir adelante, o por los lados, decidir si fumar otro cigarro o no, cuestión peliaguda, ningún yo aislado es posible si el mundo o las circunstancias son constitutivas de ese yo, he ahí una gran proposición filosófica muy del siglo veinte, insistir y resistir, nada más, todo reducido a su mínima expresión, comer, hablar, mirar, pulsión escópica, dicen, qué más, nubes y tejados, como siempre, claro, qué más, me desperté a las cuatro y media de la mañana, pensando que ya sería hora de levantarse, me desperté con hambre, no me levanté de la cama, eran las cuatro y media de la mañana, qué más, al final solo desayuné café con leche, con muy poca leche, detesto la leche, la leche es para lactantes, qué más, poco más, nada más, ah sí, más cosas, pero no las recuerdo, no las voy a contar, no es asunto vuestro, ni mío, probablemente, qué cosas son esas, da igual, cosas sin importancia, ahora se ve el azul del cielo, un gran momento, la calefacción está encendida y la ventana abierta, me voy a cargar el planeta, me da igual, a tomar por culo el planeta, pero no, no es verdad, yo amo a mi planeta, me importa mucho mi planeta, vivo en él, sin embargo qué, es mejor que el humo salga por la ventana, y para eso tiene que estar abierta, y como hace frío, para que la ventana pueda estar abierta es preciso que la calefacción esté encendida, me parece todo muy lógico y coherente, la verdad, todo encadenado según la causalidad, como debe ser, por lo demás nada, no sé qué iba a decir ahora, a continuación, en breves instantes, podría hacer más preguntas sin respuesta, cuándo hay un montón, dónde acaba el mar, preguntas así, para entretenerme, mientras tanto, mientras qué, no sé, nada, en fin, esto se acaba, finaliza al fin, por fin el fin, ya, a punto de llegar, cuando me canse de hablar por hablar, de no decir absolutamente nada de nada, dentro de poco, probablemente, se acerca el fin, lo presiento, lo preveo, aún no, sin embargo, falta poco, vendrá, llegará, no habrá un gran significado, ya lo dije, lo advertí claramente, seguir adelante, o por los lados, se cerrará el círculo, o no, quién sabe.
domingo, 23 de octubre de 2011
Las cosas aún no tenían forma...
Las cosas aún no tenían forma, ni nombre, y flotaban, ingrávidas, dejando estelas enmarañadas y fugaces impresas en el cielo gris ceniciento, un ballet frenético, un caos convulso y anhelante en el que se adivinaba una decidida voluntad de armonía y belleza, pero la armonía, la belleza, parecían huir, esconderse, insinuarse apenas por un momento, para desvanecerse a continuación, como si solo existieran estando ausentes, mostrándose el mínimo de tiempo imprescindible, con el objetivo de suscitar un violento anhelo.
Mientras tanto, las cosas se movían tan velozmente que no hallaban un lugar de reposo, y era inútil asignarles nombres, pues al momento siguiente ya no eran las mismas, tan frenético era el caos. El cielo, cubierto completamente por una sola nube gris, o por muchas nubes grises que se habían amontonado hasta componer una unidad, una unidad que, no obstante, albergaba en sí una pluralidad, pasaba despacio, impertérrito, espectador silencioso de todo lo que acontecía bajo su mirada soberana e indiferente, poderosa y enigmática.
Es cuestión de tiempo que las cosas alcancen una forma y duren en esa forma lo suficiente como para que puedan ser nombradas, el caos será así conjurado, y tendremos una identidad, incluso una historia, cada uno la suya, y podremos decir que este de aquí, soy yo, esto es lo que me ha pasado, es cuestión de tiempo, o quizá ya están ahí, delante de nosotros, la armonía y la belleza, pero no hemos sabido verlas, debemos prestar más atención, quizá solo puedan existir de forma bastarda e impura, mezcladas con el desorden, nadando y asomando la cabeza en el lodo, en esta ciénaga, desde aquí mismo, deben poder verse las estrellas.
Las cosas se sucedían velozmente y se olvidaban y era como si nada hubiera pasado aún, como si todo estuviera aún a punto de pasar, siempre un mañana que esquivaba el hoy, una temporalidad melancólica, gris y cenicienta, como el transcurrir del cielo envolvente y oscuro.
Pero sí, había belleza, informe, inasible, era apenas destellos entrevistos confusamente, un ser huidizo, eso era, relámpagos de armonía en medio de la tormenta, eso era, eso sería, eso será, un espasmo, un eco...
Mientras tanto, las cosas se movían tan velozmente que no hallaban un lugar de reposo, y era inútil asignarles nombres, pues al momento siguiente ya no eran las mismas, tan frenético era el caos. El cielo, cubierto completamente por una sola nube gris, o por muchas nubes grises que se habían amontonado hasta componer una unidad, una unidad que, no obstante, albergaba en sí una pluralidad, pasaba despacio, impertérrito, espectador silencioso de todo lo que acontecía bajo su mirada soberana e indiferente, poderosa y enigmática.
Es cuestión de tiempo que las cosas alcancen una forma y duren en esa forma lo suficiente como para que puedan ser nombradas, el caos será así conjurado, y tendremos una identidad, incluso una historia, cada uno la suya, y podremos decir que este de aquí, soy yo, esto es lo que me ha pasado, es cuestión de tiempo, o quizá ya están ahí, delante de nosotros, la armonía y la belleza, pero no hemos sabido verlas, debemos prestar más atención, quizá solo puedan existir de forma bastarda e impura, mezcladas con el desorden, nadando y asomando la cabeza en el lodo, en esta ciénaga, desde aquí mismo, deben poder verse las estrellas.
Las cosas se sucedían velozmente y se olvidaban y era como si nada hubiera pasado aún, como si todo estuviera aún a punto de pasar, siempre un mañana que esquivaba el hoy, una temporalidad melancólica, gris y cenicienta, como el transcurrir del cielo envolvente y oscuro.
Pero sí, había belleza, informe, inasible, era apenas destellos entrevistos confusamente, un ser huidizo, eso era, relámpagos de armonía en medio de la tormenta, eso era, eso sería, eso será, un espasmo, un eco...
sábado, 22 de octubre de 2011
jueves, 20 de octubre de 2011
Un frío...
Un frío agradable, nítido y agudo, mezclado con el despliegue de la luz vibrante que se posa sobre el mundo, entra por la ventana, silencioso, caminando de puntillas, como la caricia eterna de una sonrisa destruida, deshecha en mil pedazos insistentes, reverberaciones del pasado y destellos del porvenir: instante inaprensible, inagotable, incesante.
La voz y el sujeto (against Descartes)
El yo del poeta lírico eleva la voz desde el fondo del abismo del ser; su subjetividad es pura imaginación.Nietzsche, El nacimiento de la tragedia
No hablo con mi voz sino con mis vocesAlejandra Pizarnik (cito de memoria y no sé en qué libro lo dice)
Voces desde la nada a ti confluyen.¿Trakl? (Ahora no sé ni el autor)
martes, 18 de octubre de 2011
Houellebecq y Pynchon se encuentran en León
El recientemente desaparecido escritor Michel Houellebecq fue visto, por un testigo sin identificar, paseando por las calles de León, junto a Thomas Pynchon. Ambos paseaban en silencio. Houellebecq caminaba cabizbajo. Pynchon sonreía. Llegaron a la plaza de San Marcos, se sentaron en un banco, frente al río, y el francés, rompiendo su silencio, exclamó: joder, empieza a hacer frío en esta ciudad de las narices, seguramente todos sus habitantes están ya acatarrados; por lo demás, todos apestamos a egoísmo y a muerte, es la condición humana. Pynchon no escuchó lo que dijo, pero le contó, a modo de contestación, una historia extraña y enrevesada, durante dos horas y media, a la que Houellebecq no prestó la más mínima atención. Se fueron de tapas, porque les había entrado una hambre voraz. Primero fueron a comer morcilla. Houellebecq comentó que el tío de la Bicha sí que era borde, y no él; dijo que, comparado con el tío de la Bicha, él era todo dulzura y amor y simpatía. Pynchon empezó a hablar sobre mecánica cuántica y entropía y Houellebecq dijo: qué se le va a hacer, la vida es así. Entraron en otro bar y, como hacía frío, pidieron sopas de ajo. A Houellebecq le gustaron tanto que dijo que, si bien él no tenía ningún mensaje de esperanza, aquellas sopas de ajo estaban de puta madre y venían de puta madre para combatir el puto frío que hacía. A Pynchon no le gustaron tanto y solo dijo que le iba a costar más de mil páginas explicarse su presencia en León junto a Houellebecq, algo que no tenía ni pies ni cabeza. Houellebecq, entusiasmado con las sopas de ajo, pidió otra ración y, mientras se las servían, salió fuera del bar a fumar un cigarro. Regresó sonriente y le preguntó a Pynchon si no era encantador llegar y encontrarse con la comida lista. Pynchon asintió, es uno de los pequeños placeres de la vida, dijo, y le contó un sueño en el que palomas mensajeras de algún lugar remoto aterrizaban y despegaban, todas con un mensaje para él y una vibración de luz en las alas, pero que no podía alcanzar ninguna a tiempo. Lo cuento en la primera página de Vineland, dijo. No lo he leído, contestó Houellebecq. Yo tampoco, dijo Pynchon. Pero lo escribiste, dijo Houellebecq. Eso sí, dijo Pynchon. Se quedaron en silencio un rato. La gente entraba y salía sin parar del bar, que era diminuto y estaba abarrotado. Esta gente no para de moverse, se quejó Houellebecq. Observa con atención, le señaló Pynchon, este entorno es sumamente entrópico, se desordena con el paso del tiempo de forma fascinante, servilletas y palillos tirados por el suelo, vasos vacíos por todas partes, ir y venir, caos creciente. La humanidad es una pandilla de degenerados patéticos, dijo amargamente Houellebecq, a quien ganar el premio Goncourt no parecía haberle hecho mucha ilusión. Eres un moralista, un moralista francés cabreado, un cascarrabias, le dijo Pynchon. Houllebecq sonrió y dijo que gracias, gracias maximalista posmoderno de los cojones. Se rieron. Pidieron más cortos de cerveza. Aquí hace un frío de cojones, cierto, pero lo de las tapas gratis es la hostia. Pynchon, visiblemente borracho, dijo que estaba viejo y que el frío le estaba jodiendo los huesos, pero que, como mejor escritor norteamericano vivo, declaraba solemnemente que pensaba alcanzar, en ese mismo momento, la condición ética samurai de estar siempre perfectamente en forma, preparado para morir. Houllebecq brindó por eso, como habría hecho por cualquier otra cosa, dado su también avanzado estado de ebriedad.
No se sabe qué fue de Houellebecq después de aquella inmensa borrachera que agarró junto a Pynchon por las frías calles de León.
No se sabe qué fue de Houellebecq después de aquella inmensa borrachera que agarró junto a Pynchon por las frías calles de León.
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