Decía Cioran que la ambición es la fuente de todas las catástrofes. Así es, desde luego. Nada más perverso y despreciable que el sujeto moderno, deseoso de superarse a sí mismo. Su ciega actividad febril debiera producirnos una mueca de espanto. Ajeno a la contemplación, al silencio, a la belleza y a la serenidad, a los encantos y dones de la pereza, el ambicioso vive para imponer su voluntad, para imponerse a los demás, e incluso a sí mismo. Pobre diablo. Desde aquí nos apiadamos de su atribulada alma.
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