Cuando uno se ve obligado a leer montones de majaderías idealistas, cursis y edificantes sobre las bondades de la Cultura, con mayúscula, no puede evitar acordarse de Gustavo Bueno y pensar que la Cultura es un mito, un mito tan oscurantista como el de la Gracia de Dios, pero mucho más cutre, porque la Gracia de Dios tiene, al menos, el aura sublime del fideísmo religioso radical. A su lado, el Reino de la Cultura parece —seamos sinceros— algo propio de socialdemócratas paniaguados.
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