Me acuerdo de que me gustaba Georges Perec antes de haberlo leído. Me imaginaba cómo serían sus novelas y posponía el momento de su lectura porque no quería arruinar la frágil belleza de esa literatura puramente potencial. Sin ningún motivo, Perec era para mí un ser legendario. Leía reseñas, miraba fotos. La literatura como juego. Las listas, las clasificaciones, los experimentos raros, escribir sin la letra e, etcétera. Estaba bastante convencido de que Perec era una especie de genio loco, sabiendo que mi devoción por un autor del que no había leído ni una sola palabra era irracional. La expresión de sus ojos, su pelo alborotado, signos inequívocos de grandeza lúdica y literaria. Las enumeraciones, tentativas de agotar lo inagotable. Porque siempre queda un resto innombrable, el abismo del etcétera.
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