La tele es un gran invento, un invento maravilloso. Nuestras series de dibujos animados favoritas constituyen el corazón bien redondo de nuestras infancias imperturbables. Amamos la tele, crecimos con ella, nunca olvidaremos los ratos de felicidad que pasamos a su lado.
Pero los telediarios y los programas matinales son el mal. Son monstruos insaciables, infinitamente perversos: su meta es absorber toda nuestra atención.
Digámoslo claramente: un humano cuya conciencia ha sido raptada por Susana Griso —o por Ferreras, o por cualquiera de esos sofistas enloquecidos que salen continuamente en la tele— es un esclavo.
PD: El panorama es desolador, pero Morrissey tiene la solución: stop watching the news.
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