Escuchando al λóγος es sabio convenir que todo es Uno, vale, pero entonces, ¿qué pasa si no escuchamos al λóγος, al verbo, sino a la carne? Es la carne la que se hizo verbo, eso es seguro, dice Víctor Gómez-Pin.
Entonces, estamos en el mundo dionisiaco de las mezclas, de los fluidos, de la diferencia, del río turbulento que difiere de sí mismo, en el que somos y no somos, y no en el mundo apolíneo de las formas serenas, de los contornos bien definidos, de la identidad.
Es como si hubiese dos series inconmensurables condenadas a entenderse. La serie de los cuerpos, de las cosas, y la serie de las palabras, del lenguaje.
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Ni «espíritu de sacrificio», ni «afán de superación», ni «aspiración a la excelencia». Ni ningún respeto o simpatía por tales cosas.
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