Apatía. Aburrimiento. Pero no el aburrimiento como categoría metafísica -o existenciario, si nos acogemos a la terminología heideggeriana traducida por Gaos- que desvela al ente en cuanto ente, sino uno mucho menos grandilocuente, un aburrimiento normalito, del montón, en el que te aburres y ya, sin experiencias metafísicas relevantes de por medio que, de tenerlas, de hecho, harían que no te estuvieras aburriendo. Digo yo.
Aunque, bien mirado, el desvelamiento del ente en cuanto ente, en su universalidad, univocidad y simplicidad puede perfectamente constituir una experiencia de lo más aburrida. Puedes decirte: bien, tenemos al ente en cuanto ente, no en cuanto tal o tal otro ente determinado, ¿y qué?
La pregunta ¿y qué?, formulada con un característico encogimiento de hombros en el que reside casi todo su significado, que es esa expresión misma de indiferencia, es incluso más radical que la famosa de por qué existe el ente y no, más bien, la nada.
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Ni «espíritu de sacrificio», ni «afán de superación», ni «aspiración a la excelencia». Ni ningún respeto o simpatía por tales cosas.
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