Un hombre camina de espaldas. Se aleja lentamente. Pero no vemos que sus pies se muevan. Suena una música atmosférica. Como si se deslizara sobre una cinta metálica. Seguramente va con los ojos cerrados. Se va haciendo de noche en la meseta. Queda poco tiempo. La línea del horizonte va a desvanecerse en breves instantes. Los objetos van a diluirse, su ser va a estallar en mil pedazos, en una explosión sorda, muy discreta pero inevitable y catastrófica. Suena la banda sonora del fin del mundo, la música de mono.
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Ni «espíritu de sacrificio», ni «afán de superación», ni «aspiración a la excelencia». Ni ningún respeto o simpatía por tales cosas.
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